domingo, 6 de septiembre de 2009

Los esclavos 75a

En el anterior capítulo nos hemos referido al odio que las instituciones policíacas —en todo tiempo y lugar— despiertan en las personas comunes y corrientes. Los pocos afortunados, de entre la sociedad, que se ven favorecidos por las actuaciones de dichas instituciones apenas tienen ocasión de agradecerlas y de regocijarse en ellas, cuando el lado oscuro de los hombres, la maldad, la cruda realidad vuelven a hacerse presente, necesariamente como tales realidades que son. Es una maquinaria deshumanizada la encargada de hacer cumplir las leyes, y los soñadores que comienzan a formar parte de ella ilusionados acaso con mejorar la sociedad, pronto ven estas sus ilusiones destrozadas entre los inmisericordes engranajes. Sólo las altas instancias del poder valoran a la policía en cuanto que, como ocurre generalmente, sirven a sus intereses particulares y a sus objetivos de dominación social. En todo caso la del poder hacia su brazo ejecutor es una valoración con ciertas y justificadas reservas, por la sencilla razón de que ni es raro ni infrecuente que dicho brazo se vuelva en contra, ademas del cuerpo que lo sustenta y nutre, de la mente que lo dirige y ordena.
Personalizado el instrumento de represión social en Castilleja de la Cuesta en la persona de Francisco de Aguilar este año de la captura de Antón y Juan Martin, en refuerzo de lo que acabamos de exponer vamos a retroceder seis años. 1552. No es de extrañar que al tal Aguilar nos lo volvamos a encontrar desempeñando el mismo cometido: en una villa con tan escasa población y con tan pocos hombres útiles los nombramientos rotatorios se daban con harta frecuencia, en muchas ocasiones para menoscabo y perjuicio de sus detentadores, que tenían que sacrificar muchas horas de trabajo en detrimento del sustento de sus familias para cumplir con unas obligaciones por otra parte ineludibles en cuanto que emanadas del omnipotente poder del Conde de Olivares. Mas todo hace pensar que a Francisco de Aguilar el cargo le iba como un guante, según se desprende del episodio que narramos a continuación en este desglose de la serie de "Los esclavos", y que de buena gana asía férreamente y con evidente deseo la vara de Alcalde de la Santa Hermandad en las ocasiones que, ceremonia de investidura mediante, la ponían a su alcance, dispuesto a no dejar títere con cabeza entre sus abundantes enemigos y sus numerosos no-amigos.
Estamos ahora en el centro de la Plaza, bajo la sombra serena de los añosos árboles que la poblaban, en la tranquila mañana del miércoles 20 de abril del referido año 1552.
Los niños juegan gesticulando entre risas y gritos, los viejos ven pasar los últimos tiempos masticándolos con desgana, las mujeres, gris y negro, se afanan en el trajín diario. Cierto juego infantil de aquellos años, quizá de suerte, quizá de destreza —cuya investigación hemos emprendido infructuosamente— exigía del perdedor la entrega de un huevo al que había vencido. A esto jugaban dos chiquillos, Francisco y Pedro, aquel día. Debemos suponer, moviéndonos en el terreno de las hipótesis, que se trataba de huevos acaso recién robados a alguna pájara que los incubaba celosa en su nido, los cuales para los niños tenían un valor extraordinario, habida cuenta de que esperaban de ellos pajaritos a los que criar. Aunque no tiene nada de extraño que se tratara de huevos de otro cualquier animal, como por ejemplo, de lagarta. Los de lagartos, cuya puesta acontece en los huecos del tronco de los olivos, de siempre han llamado la atención de la muchachada, y recolectados en sazón pueden proporcionar la sorpresa de contener minúsculos lagartitos que se agitan encantadoramente moviendo las colas. También cabe contemplar que fueran simples huevos de gallinas. Sabido es que un alto porcentaje de hogares disponía de gallinero, y en temporadas están documentados superávits de huevos tales que no es de extrañar que las madres los regalaran a sus hijos para sus entretenimientos. Fuera como fuese, el hecho es que los niños en la Plaza aquella mañana debían pagar con un huevo la derrota que sufriesen en su actividad lúdica.
Varios juegan en el suelo polvoriento del recinto. Hay un cordero de pelaje amarillento triscando los frescos hierbajos que al abrigo de las tapias forman macizos oscuros, salpicados de azuleas, margaritas, jaramagos y alguna que otra amapola, sinfonía de colores revoloteada por mariposas de la col. En el porche de la iglesia dos mujeres enjalbegan con groseras brochas los antiguos ladrillos, charloteando entre ellas. Un negro ata su caballo cargado con dos tinajuelas en angarillas a la reja de una bodega aledaña al templo, chasqueando la lengua pausadamente para tranquilizar al animal, que se espanta a colazos impertinentes moscardones.
Francisco y Pedro están muy concentrados en su actividad, desconectados de su más inmediato entorno. Francisco es hijo de Juana Hernández, viuda conocida como "la de Padilla", quizá por el apellido de su difunto marido*. Pedro es hijo del temido y prepotente Alcalde de la Santa Hermandad Francisco de Aguilar.

* Sabemos de un vínculo entre Padilla y Francisco de Aguilar en cierto pleito sobre falta de peso en hogazas en el año 1557 (ver "Bocetos del siglo XVI, 1", entrada de diciembre de 2008). Posteriores transcripciones documentales afirmarán o desmentirán esta asociación.

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