miércoles, 2 de septiembre de 2009

Los esclavos 75

Juan Martin arrebujaba los vestidos de muchacha, fragantes como recién lavados, sobre su cara, aspirando los aromas hasta el fondo de sus pulmones. En un momento dado ordenó con voz imperiosa al muchacho que se pusiera uno, pero Antón se negó terminantemente.
Juan se encontraba muy excitado y su obnubilación lo llevaba a confundir el olor de alguna ropa que había estado en contacto dentro del hato con los cadáveres de las gallinas, con los saludables exudados de una muchacha del todo anónima, pero tan presente allí para su calenturienta mente como su joven compañero, como las higueras, las piedras o la hierba. Y en acabando de ver todo lo robado en Carmona, ya abiertamente buscó el cuerpo de Antón con sus manos, susurrándole palabras cariñosas al oído.
En esta actitud recordará el lector que los dejamos en "Los esclavos 62" (entrada de junio de 2009) con el sobresalto que les produjo la llegada de los cuadrilleros a caballo, aparatosamente enarbolando sus ballestas y a su frente Francisco de Aguilar agitando la vara de Alcalde a modo de lanza, todos al trote ligero en formación envolvente de media luna como si se dispusieran a tomar parte en una cruenta batalla.
Juan no les tenía ni miedo ni respeto, de forma que cuando a través de la enramada los reconoció, ni siquiera pensó en esconderse o huir, tan seguro estaba del temor que inspiraba a aquellos "blanquitos" el hecho de que fuera propiedad del clan de los Alfaro, familia con tan importante representación en la Villa como era el viejo ex-conquistador camarada de Hernán Cortés y ahora dueño del mesón de la Calle Real. Por eso se limitó a recomponer sus vestiduras y a poco más, al contrario que Antón, invadido por tal sensación de peligro y desamparo que casi sin subirse los calzones de un brinco abandonó el área para perderse en desordenada carrera hacia los olivares de Albarjáñez, abandonando el producto de su rapiña.
No llegó muy lejos. Para las jóvenes y briosas yeguas de dos de los ayudantes del Alcalde fue coser y cantar darle alcance apenas sin aparente esfuerzo. A Antón, por añadidura, le aterrorizaban los caballos, máxime cuando venían en pos de él como en la ocasión presente. En plena carrera lo derribaron de una patada y, desmontando, mientras uno le pisaba el pecho tirado en tierra como estaba entre insultos y amenazas, el otro le ató sin ningún miramiento una gruesa cuerda al collar, y volvieron con él a tirones y casi a rastras donde las higueras. Francisco de Aguilar había comenzado un capcioso interrogatorio a Juan Martin y un somero inventario del contenido del fardo. En poco menos de quince minutos estaba zanjada la operación, y volvían al pueblo desfilando por los senderos y callejones, los guardias ufanos y orgullosos de justificar así ante los vecinos su oficio, convencidos de la trascendencia de su labor y creyendo paliar de alguna manera el odio que aquella institución policial alimentaba en el común de la población, odio del que eran todos ellos perfectamente conscientes.
De forma que ya tenemos a los dos esclavos en el calabozo, debidamente engrillados y encadenados y con sendos cepos de gruesos tablones a los pies. La noche del sábado al domingo, 30 de abril a 1 de mayo, fue de lluvia abundante. Ya desde la tarde se habían ido acumulando pelotones de nubes bajas y oscurísimas y los pájaros volaban veloces y temerosos, como temiendo ser alcanzados por la ira de la tormenta que se fraguaba. Juan y Antón apenas durmieron, excepto algunas cabezadas que eran interrumpidas, apenas iniciadas, por el resplandor de los relámpagos y los consiguientes traquidos de los truenos, los que parecían estremecer la casa-cárcel del Alguacil Bartolomé Moreno desde sus cimientos hasta la negruzca chimenea. Por la mañana se oían los chorros de los canales estrellarse contra el rudimentario acerado y un aire frío, impropio de la época, penetraba en el recinto por las rendijas de la tosca puerta y de su única ventana. Una mujeruca vieja y encorvada, de ojos verdosos y muertos, les trajo de comer. Tosía como si se le desgarrara el pecho y hablaba con desabrimiento cosas que ninguno entendió. Luego, un poco antes del mediodía, asomaron por el umbral varios personajes de cierto porte, mirando la escena con rapidez mientras se mesaban las barbas y se atusaban los bigotes murmurando en voz baja, y seguidamente el Alguacil entró y revisó cadenas, grillos y cepos comprobando con la punta del pie si se encontraban íntegros. Inmediatamente después el Alcalde y Juan Vizcaíno les tomaron sus declaraciones, en lo que emplearon media hora.
Antón apenas había cesado de llorar desde que lo encerraron. Su llanto era silencioso e impávido, con los ojos acuosos muy abiertos, límpidos e interrogadores, fijos en un punto indeterminado de la pared; pero su compañero no se dignó ni tan siquiera dirigirle alguna palabra de consuelo. El joven se había venido abajo, como si algo en su interior se hubiera roto tras las presiones que había venido sufrido durante las últimas semanas, y una desesperación suave, pero inmensa, se había adueñado de su mente, mas ni la vieja, ni el guardián, ni los visitantes, ni, —como ya hemos dicho— su compañero de penurias, le hicieron el menor caso.
Dicho su compañero, como era de esperar, experimentó muy pronto en su situación la ya referida influencia de los notables Alfaro, y antes del almuerzo dominical recibieron en el Concejo la orden escrita del Alcalde Mayor mandando buscarle un fiador y liberarlo.

En Castilleja de la Cuesta a 1 de mayo de 1558, estando el Alcalde Mayor de esta dicha Villa visitando esta causa, dijo que a Juan Martin, negro, se dé fiado con buena fianza a vecino de esta Villa1, y con el otro, Antón, se hagan las diligencias necesarias para la averiguación del hurto, y así lo mandó. Firma, el Licenciado Diego de General.


Fianza de carcelado. Luego, estando presente Juan Guillén, vecino de Sevilla en la collación de Santa María la Mayor2, dijo que otorgaba y otorgó y que recibía y recibió por carcelado al dicho Juan Martin de color negro que está preso y que se obligaba y obligó a darlo cada vez que así le fuese requerido por cualquier juez que conociese la causa, so pena de 10.000 maravedíes, la mitad para la Cámara de Su Señoría y la otra mitad para gastos de la Santa Hermandad, y todo lo que contra el dicho esclavo fuera juzgado y sentenciado por todas instancias, para lo cual obligó su persona y bienes. Lo firmó de su nombre. Testigos, Salvador Perez, Bartolomé Moreno, Alguacil, Francisco Sanchez Ladrillero y Andres Hernandez Labrador.


1.- Con toda la urgencia que, con completa seguridad, había sido requerido por los Alfaro, ya que, como decíamos, no habían transcurrido ni 24 horas desde que el esclavo fue encarcelado.

2.- Este surgimiento tan espontáneo y como de la nada de un fiador de cárcel segura para persona tan humilde como era Juan Martin nos reafirma en nuestras fundadas sospechas de que el bailarín de zarabandas recibió un trato de favor.

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