martes, 8 de septiembre de 2009

Los esclavos 75b

Pronto empieza la trifulca. Hay entre Francisco y Pedro últimamente graves diferencias que pesan en sus relaciones, condicionándolas. El primero es huérfano reciente y en su casa se debaten entre la más absoluta pobreza, en una caída vertiginosa hacia la miseria. El segundo en cambio ve como los elementos materiales que, como por arte de magia, aparecen en su hogar de la noche a la mañana, hacen su vida más agradable, aunque no puede todavía sospechar que ello se debe a la posición social de su progenitor.
En la última partida ha perdido Francisco y debe pagar a Pedro con uno de los huevos que tiene dispuestos a su lado, en el interior de una taleguilla. Mas está convencido de que el derrotado no es él. No se explica porqué su compañero cree lo contrario, lo mira y le habla, pensando que se dirige a un ser de otro mundo, a un desconocido. No le cabe en la cabeza que su entrañable amigo arguya con razones tan absurdas y la falta de entendimiento empieza a ser total. Brotan entre ellos todo lo que de negativo se oculta y agazapa en las relaciones humanas normales como esperando a saltar para morder los corazones. Ahora Francisco comienza a ver otros aspectos, los cuales poco a poco se hacen preponderantes en la tensa situación. El padre de Pedro, la protección que le brinda, sus vestidos limpios, su pelo bien cuidado, su mirada brillante. La casa del Alcalde respira progreso y bienestar, la suya por el contrario va arruinándose día a día, ya no tiene flores y las comidas son insípidas. Él mismo lleva las ropas rotas y ribeteadas de mugre. Su madre, al contrario que la de Pedro, está malhumorada continuamente. Surgen detalles diferenciales que otros días atrás parecían carecer de importancia, pero que ahora se agigantan cobrando grandísima gravedad. Los juguetes, los regalos, los accesorios de su amigo, —ahora lo está viendo con toda claridad—, no han sido sino martillos con los que le ha venido atormentando en los últimos tiempos.
Y así el malentendido originado en la errónea interpretación de las reglas del sencillo juego infantil tiene la propiedad de cegar cuanto de positivo alimentaba la amistad entre los dos muchachos, que ahora manejan en sus mentes obnubiladas únicamente el orgullo egoísta y la envidia venenosa. Crece el ambiente de agresividad mientras inician otra partida, pálidos y tirantes, sin pronunciar palabra. Son, de un instante a otro, enemigos mortales dispuestos a todo.
Para contrarrestar el albur en el juego y en su contexto el dios Zeus —señor del orden, magno legislador, protector de familias y hogares, fuente de todos los poderes proféticos— tenía la obligación de haber aparecido sobre la Plaza a través del portal aéreo que guardan sus emisarios risueños ataviados de túnicas azules, armado de sus atributos el águila, el trueno y los rayos, entre inasibles escalas musicales que las liras efímeras construyen y entre el hueco trompeterío plateado que engendra volutas de luz, pero acaso por un imperdonable olvido o por la natural malicia de los dioses olímpicos la gran puerta celeste permaneció cerrada y el cielo sobre la Plaza de Castilleja por ende, brillante y bello pero ciego y hermético, negó el concurso divino a la solución de aquella no por infantil menos significante tragedia humana, y dejó que se ahogaran los dos chicuelos en su negro abandono, asendereados por las imprevisibles olas del turbio mar de los avatares.
¡Cuánto se perdió en unos instantes! Las excitantes aventuras, las locas carreras, las charlas, los primeros descubrimientos. Juntos aprendieron a encaramarse a las paternales ramas de los árboles y juntos exploraron en las albercas el líquido elemento braceando torpemente entre risas y alegría. Cada uno llamaba a la puerta del hogar del otro multitud de veces cada día. Muchas tardes huyeron hombro con hombro de las iras de los labradores amenazantes tras el hurto de unas frutas, de un melón. Criaron sus primeros perros, maravillados de semejantes seres, y crearon de la nada y algo de leña la mágica ilusión de la fogata. Cazaron insectos metálicos, pequeñas bestezuelas de suave pelo. Fueron a las charcas de Valdovina en primavera para capturar orondos renacuajos, y al Riorrepudio a lomos de un mulo gigante, abrazados, acompañando a sus mayores a las aceñas y molinos del arroyo. Conocieron a la par la gran ciudad y sus gentíos, y ante el Guadalquivir exclamaron al unísono el sempiterno "¡cuánta agua!". Juntos enmudecieron sobrecogidos al contemplar la increíble extensión del océano en Huelva, alzado como una muralla acuática entre dos pálidas dunas.

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Los olvidados, 12q.

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