Un inciso antes de intentar aclarar el asunto de los dos hospitales y de la fantasmal Cofradía de la Calle Real: el hecho de que el encargado de la cárcel poseyera dos domicilios cobra fuerza atendiendo a lo que pudo heredar de su padre:
Convocados todos ellos en la Plaza —la mitad de la ceremonia hubo de efectuarse en el interior de la Iglesia de Santiago, debido al mal tiempo— Ochoa de Isázaga recibió de Alonso de Esquivel, entonces Comendador de la Orden en nuestra Villa, el libro donde estaban registrados todos los propietarios, y el Comisionado procedió a repartir las Cartas de tributos. Cuando le tocó el turno a Alonso Rodriguez de Triana (recuérdese: padre del Carcelero) declaró ser dueño de una aranzada y media de viñas (que le supuso 57 maravedíes de tributo) y de una casa y dos tercios de otra (con 20 maravedíes). (Nota al pie de "Los Juanguren y el espadero 10", entrada de marzo de 2011).
Cuadra todo ello casi con total exactitud con lo embargado por Hernando Jayán: dos casas y una viña.
Lo que se afirma en este referido capítulo sobre que desde la casa de Alonso y Ana se divisaba la Plaza puede mantenerse en base a que la configuración del referido reducto distaba mucho de la que posee en la actualidad. Añádase que los característicos arcos no existían por aquel entonces, —sobre lo cual nos referiremos de inmediato—. De esta forma, desde el comienzo de la calle de los Jayanes (o de Enmedio) podía verse en toda su extensión el ágora santiaguista.
Y ahora repasemos lo publicado sobre la religiosidad en la Castilleja tomareña, incluyendo sus manifestaciones tanto corporativas (hermandad, cofradía, etc.) como materiales (ermita, iglesia, etc.), no menos evanescentes y ausentes durante el XVI de nuestros desvelos que el mencionado segundo hospital. Aunque son numerosos los protocolos notariales que se refieren a vecinos de la Calle Real en actividades de compra-ventas, testamentos y poderes, litigios y pleitos, deslindes, inventarios, donaciones, etc., con todos los detalles que nos brindan los ya transcritos y los por transcribir en esta Historia de Castilleja, en ningún lugar ni momento se menciona ninguna clase de Cofradía o Hermandad que no fuera la asentada en la Iglesia de Santiago, lo cual es de por sí meridianamente explícito: o no existió actividad religiosa en la Calle Real, o estaba reducida a su mínima expresión (puramente formal y burocrática, desde sus lejanos y desentendidos administradores de la Orden de San Francisco en San Juan de Aznalfarache). Tampoco hay referencias a ninguna ermita, capilla o iglesia, ni directas ni indirectas, por lo que concluímos que la supuesta capilla, o estaba en desuso, ruinosa o reconvertida durante la mayor parte del siglo XVI, o no existía de ninguna forma físicamente.
En lo que toca a los registros de bautismos, casamientos y defunciones, son igualmente inexistentes en otro lugar que no fuera en la iglesia de la Plaza. De hecho, vecinos de la Calle Real, o sea, sometidos a la jurisdicción de Tomares, como es por ejemplo Juan Sanchez Delgado, por nombrar a uno de los más influyentes durante el XVI, formaba parte como Diputado cofrade en la parroquia de Santiago.
¿Qué decir de los enterramientos? ¿Se inhumaba la gente de la Calle Real en ella, en Tomares o en la iglesia de la Plaza? La incalificable dejadez de la ristra de clérigos encargados del archivo parroquial desde que se formó hasta la fecha, más dedicados a fomentar entre el populacho la religiosidad esperpéntica, ostentosa y vacua que caracteriza a nuestra población, en lugar de velar por ese tesoro documental que albergan los húmedos y pútridos desvanes de los templos, ha producido una laguna insalvable ya para los investigadores que nos interesamos en descubrir identidades pretéritas, base y cimiento de las actuales, que tanto preocupan a muchos castillejanos, desorientados como cangrejos en una palangana. Los libros de registros de defunciones y matrimonios anteriores al siglo XVII han desaparecido, robados acaso, o, como apuntaba con sorna de azacán un cura de Castilleja precisamente, en tertulia de sacristía (del cual omitiremos el nombre), usados como papel higiénico.
En la época de nuestro estudio ejercía oficialmente en Tomares un escribano llamado Tomás del Río, hombre corrupto donde los haya, dicho sea de paso, capaz de, por un puñado de maravedíes, falsificar el testamento de un desgraciado moribundo al mismo pié de su cama. Ya lo conoceremos. Pues bien, a la espera de repasar la escasa documentación que dejó su Oficio, dejamos sentado como hipótesis que la Calle Real no era en la práctica nada independiente del Señorío de don Pedro de Guzmán, ni lo fué bajo la dominación de los caballeros de Santiago, y que lo único digno de resaltar en cuanto a hecho diferencial fueron los rifirrafes producidos por cuestiones de cobros de alcábalas sobre ventas de productos de primera necesidad en uno u otro territorio, alcábalas que se disputaban entre el Conde de Guzmán por una parte, y los Alcaldes de Sevilla con sus aliados —uña y carne en cuanto al saqueo de la tierra metropolitana— los Arzobispos, por la otra.
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