jueves, 24 de noviembre de 2011

Los Juanguren y el espadero 26

Luego incontinenti el dicho Señor Hernando Jayán fué a las casas de la morada del dicho Juan Martín Haldón, y se le secuestraron los bienes siguientes:

-Una mesa de madera, de 4 pies.
-Dos banquillos de madera, viejos.
-Una caldera mediana, y otra más pequeña.
-Un serón de palma, raído.
-Un cedazo, viejo.
-Una aldaba.
-Una espuerta de palma, grande y nueva.
-Un ovillo de hilo que tenía una onza poco más o menos.
-Unos manteles caseros, pequeños y viejos.
-Un colchoncillo de tascos1, viejo.
-Un arca de madera, vacía.
-Un paño de lienzo pintado, pequeño y viejo y roto.
-Dos candiles y una soga de pozo.
-Un cuartillo y otra medida más pequeña, y 2 embudos, uno de barro y otro de estaño, viejos, para medir vino.
-Un lebrillo blanco, pequeño.
-Unas trébedes y dos asadores.
-Un asno pardo.
-Nueve pájaros zorzales.

Todos los cuales bienes recibió en secuestro y depósito Francisco de Aguilar2, que se obligó, firmando de su nombre.

1.- Tasco. La arista, tamo, ù estopa gruessa, que dexa el lino, y cáñamo al rastrillarlos, ò espadarlos. Diccionario de Autoridades.

2.- Sobre la personalidad de Francisco de Aguilar reina cierta confusión en los protocolos que le atañen, porque si en algunos aparece como analfabeto, siendo necesario que firme por él algún testigo, en otros hace ostentación de una firma adornada de una enérgica y segura rúbrica, que denota poseer formación y cultura muy por encima de la media en aquella sociedad. Todo ello nos lleva a pensar que se trate de dos personas distintas —lo que no parece probable—, o que, fraudulentamente y con intención de servir a sus intereses coyunturales, se hace pasar por iletrado en ocasiones, para dejar las mínimas huellas documentales de sus actividades. Esta segunda posibilidad no tiene nada de extraño, pero requeriría la connivencia del escribano de turno. Ella, —advertimos—, no es contemplada por los estudiosos de la alfabetización del Siglo de Oro, los cuales basan primordialmente sus estudios, a falta de otras fuentes más fiables, en las estadísticas de firmantes, en la cuantificación de quiénes sabían firmar, ya que el indicador más general y directo es el dominio de la firma, a falta de censos que no se iniciarían hasta el siglo XIX, exactamente en el año 1835 el primero de ellos.
Un tercer caso, —que también viciaría las investigaciones aludidas—, es el de que, siendo iletrado, dispusiese de algún delegado que, subordinadamente y con autorización, usase su nombre para firmar específicos documentos.


En la casita de Haldón, en el centro de su patinillo, se erguía un naranjito joven de cuyas ramas nuevas ya en aquel mes de noviembre colgaban maduras dos o tres docenas de gruesas y saludables frutas. Mientras el Juez de Comisión, el escribano Juan Vizcaíno con sus notificaciones, y otros testigos recontaban los escasos bienes, el viejo Rodrigo Franco, como Pedro por su casa, salió al dicho patinillo a curiosear, y detúvose frente al arbolito, distraído. La mañana había cobrado esa luminosidad otoñal que proporciona un cielo limpio tras varios días de aguaceros, luminosidad que en el patio era acrecentada por el pulcro enjalbegado que Catalina aplicaba asiduamente a las paredes, multiplicándose en el espacio como en espejos de cristal. El cielo estaba profundamente azul y el sol de oro, en plena elevación, dejaba sus cegadores planos en el blancor de los muros. Algunas matas de rojos geranios florecían en humildes tiestos aquí y allá, alternadas con un ringlero de jaulas de cañas que abarcaba todo el perímetro, en las cuales saltaban en sus posaderos, alegres por la radiante mañana, oscuros zorzales de ojillos brillantes e inquietos, representando todas las edades. El aire fresco y sedoso estaba quieto. y el hacendado respiró a pleno pulmón la agradable atmósfera, desentendiéndose de las voces de los inspectores, que hasta él llegaban. Se ensimismó hasta el punto del sobresalto cuando apercibióse de que alguien lo observaba desde la puerta, reconociendo al volver la cabeza a la esposa del zorzalero, que, nerviosa, le clavaba una mirada preñada de miedo.
Rodrigo sonrió para tranquilizarla, adivinando que la mujer, desconfiando de todo y todos, se había asomado para vigilarle.
Durante unos momentos pasó por su mente un torbellino de ideas que intentó no dejar traslucir, y para mejor disimularlas extrajo de la vaina prendida en su cinturón, con toda la parsimonia de que fué capaz, una lujosa y antigua daga de caza, arma que siempre le acompañaba, mientras que con la mano libre agarraba una escogida naranja, girándola y arrancándola de su tallo sin perder de vista a Catalina. Lentamente, regodeándose en sus movimientos, comenzó a mondar el dulce fruto, dejando caer al suelo las irregulares cintas de cáscara. Sintió el aroma de los gajos cercenados y el zumo chorreando entre sus dedos, y de reojo se percató del rubor de la mujer, en cuyo pecho hervía la ira.
Mientras, mascando el primer trozo al tiempo que apuntaba al rostro pétreo que tenía delante con la punta del puñal, le preguntó:
—¿No me iréis a negar, señora Catalina Hernández, que sabéis a ciencia cierta adónde han ido a volar los dos pájaros y la otra pájara, por ventura? —la tenía a su merced, y pensó en aprovecharse de la situación para descargar de trabajo al Juez Hernando Jayán y a la vez demostrar a todos que los años no le habían enturbiado la sesera.
La mujer no respondió. Sabía el paradero de Ana de Tovar, pero no así el de los dos prófugos.
Las aves enjauladas revoloteaban inquietas ante la extraña presencia de Rodrigo Franco.
Masticaba produciendo chasquidos repulsivos cuando el aire de la cabidad bucal, burbujeando en las comisuras de su boca, salía expelido ruidosamente por los interticios que la carencia de piezas molares había dejado, y a la vez que intentaba sonreir con burla, con gesto pretendidamente lascivo pero que resultó, a ojos de la mujer de Haldón, de una repugnancia nauseabunda, el hacendado se relamía los bigotes canosos, dejando entrever sus casi despobladas encías, mientras el azucarado y pegajoso jugo le corría por los ralos mechones de la barba, otrora poblada y ahora semejando un erial, y unas gotas le empapaban ya la pechera del jubón de estameña morada que vestía, formando oscuros lamparones.
El viejo recordó a la esposa del Alguacil, la bella Ana de Tovar, "la otra pájara", con excitación, pero la visión de las rotundas formas de Catalina se interpuso en su mente. Era ésta, en efecto, hembra todavía joven, de formas macizas patentes bajo la basquiña oscura. Tirando a un rincón el resto de la naranja, se dirigió hacia ella, invitándola con un seco ademán a reunirse con los que, en el interior de la vivienda, acababan la inspección. Cuando Catalina le volvió la espalda el viejo, en parte para hacerle ver que estaba desamparada, en parte para someterla a humillación y en parte para sondear su voluntad concupiscentemente, a la vez que se limpiaba en la saya femenina la mano pringosa le estrujó con ansia el trasero, emitiendo una risita cascada y artificial que erizó los pelos de la nuca de su víctima.
Catalina dió unos pasos rápidos hacia el interior para desembarazarse del anciano hacendado, aunque optó por no delatarlo, al menos en aquel allí y en aquel entonces, desfavorable a todas luces para ella, reservándose la reacción para cuando las cosas, y su persona misma en primer lugar, estuviesen mas calmas y serenas.

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