sábado, 6 de diciembre de 2008

Bautismos 1

Los bautismos que don Rodrigo de Cieza inscribía en sus libros parroquiales pertenecían a nacimientos reales, a niños dados a luz entre dolores y sangre, entre gritos y angustias. Así los percibía. No eran nacimientos de niños-dioses engendrados por vírgenes inmaculadas elegidas por un Dios omnipotente que amenazaba a su Creación desde las alturas segun las fantasías desbordadas que la Biblia expone cual si de hechos fehacientes y definitivamente probados se tratara. Estos niños se engendraban gracias a un impulso sexual consustancial a la naturaleza humana, que casi obligaba, merced a su fuerza puramente animal, a unirse carnalmente a hombres y mujeres.
Los niños castillejanos tenían una altísima probabilidad de perecer en los primeros minutos de vida, desprotegidos ante las pésimas condiciones higiénicas y la ignorancia de parteras y médicos. Las madres también fallecían en los partos ante la menor complicación, y la sociedad, acostumbrada a esta lacra, consideraba tal mortandad algo tan inevitable como la sequía o los ataques de los mosquitos en verano.
Los obispos, so pretexto de que las comadronas tenían, en múltiples ocasiones, que administrar el bautismo de urgencia, pretendieron durante muchos siglos controlar esta vital actividad, eligiendo y supervisando a las dichas comadres y exigiéndoles una "conducta moral" arreglada a los parámetros eclesiásticos; en alguna ocasión se las acusó de haber perdido el alma y la vida del niño por no saber pronunciar las palabras del ritual. Estas mujeres, especialmente en los pueblos pequeños, utilizaron desde tiempos inmemoriales el cornezuelo de centeno, por sus propiedades oxitológicas, como acelerador de los partos. Desde que los Reyes Católicos establecieran a finales del siglo XV el Real Tribunal del Protomedicato, los médicos iniciaron un proceso de apropiación de los saberes y prácticas de las parteras, saberes y prácticas que hundían sus raíces en el Neolítico, cuando con la especialización y división de tareas (organización sexual del trabajo) la mujer fue marginada de la caza, la guerra, y luego de la política o el deporte, y relegada al ámbito doméstico en donde cumplía labores asistenciales, en especial a parturientas, niños y desvalidos. En el siglo XVI se oscilaba en los medios oficiales entre dar preferencia al carácter técnico y experimentado de una partera, o a sus cualidades morales, pero en pueblos pequeños primaba todavía lo segundo, y abundaban los casos de asistencias a alumbramientos por porqueros y pastores, habida cuenta de la inferioridad psíquica que se atribuía al elemento femenino.
Hubo muchos casos de llamadas a pastores en la urgencia de un parto, en la Castilleja de principios de este siglo que vio la llegada de don Rodrigo de Cieza. Y Pascual del Manzano fue uno de los más renombrados. Por el tiempo de la llegada de don Rodrigo al pueblo era un anciano que se sentaba en un poyo en la Plaza, inmóvil durante horas, con los ojos verdes apagados mirando a algún punto indefinido, fijamente y casi sin parpadear, y chupando una hojita de olivo entre los labios. Pascual fue porquero toda su vida. Desde niño se le comisionaba para que condujera y apacentara durante todo el día a los cerdos del vecindario, a cambio de unas monedas. Salía por la mañana, recorriendo todas las calles para recoger aquí un cerdo, allá dos o tres, y cuando había cumplido con toda su clientela se dirigía con la manada —a veces de treinta unidades— al pago de La Alberquilla o al del Morisco, donde se pasaba cuidándolos todo el día. Al atardecer volvía al pueblo, y los animales reconocían cada cual la casa de su dueño, penetrando en ellas como corderillos o como otro más de la familia. Aprendió a asistir a cerdas preñadas, y adquirió tal destreza que se le solicitaba para hacerlo con mujeres. La comadrona oficial de Castilleja de la Cuesta le puso un pleito, porque con su presencia sus ingresos habían mermado considerablemente, y porque la trataba con toda rudeza, a empujones e imprecaciones. Pascual también lo hacía con las parturientas, dirigiéndoles en los momentos críticos las frases más soeces y comparándolas con los cerdos que tan familiares le eran, pero los maridos y familiares transigían y habían la vista gorda, sobre todo porque sus servicios eran efectivos y baratos.
Los últimos años de la vida del porquero-matrón Pascual del Manzano se caracterizaron por su talante despectivo hacia todo y todos, convertido en un absoluto misántropo, como si el pueblo no lo fuera de personas, sino de puercos. Miraba por encima del hombro a chicos y mayores, escupiendo con asco ante muchos a quiénes había ayudado a traer al mundo, y en la mayor parte del tiempo se arrepentía de haberlo hecho.

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