Apenas, bajo las higueras, tuvieron tiempo los dos esclavos de componer sus vestiduras atropelladamente, aunque la reacción de cada uno de ellos fue bien desigual ante la inminente llegada de los caballistas, porque mientras Juan Martin permaneció mudo y quieto, con sus ojos muy abiertos, Antón, abandonando el fardo que había acarreado durante tantos días emprendió veloz retirada en dirección a Valencina del Alcor, atravesando liños y superando pámpanos con la agilidad de una gacela perseguida por sanguinarios leones, todo a pesar de los lastres metálicos que torturaban sus tobillos y su cuello. No notó en la rápida huida la falta de descanso que le aquejaba ni la deficiente alimentación con que se había sostenido en los últimos días, como si dispusiese de un depósito de energía de repuesto en su delgado cuerpo para usar en momentos críticos. Antón era un escapista nato y no se resignaba bajo ningún concepto a estar prisionero. La libertad, como el aire o el agua, le era vital.
Lo último que había comido fue un poco de pan por la mañana, en la casona de la Calle Real en donde se encontró con Juan Martin, y en varios días, lo más sustancial una gallina que coció en un recipiente de barro, pero desde entonces habían transcurrido muchos avatares.
Fue saliendo de Pero Mingo, y caía un fortísimo e interminable chaparrón, de estos típicos del final de la primavera que suelen llenar de alegría las caras de los agricultores.
No conocía muy bien Los Alcores y las cortinas de agua contribuyeron a desorientarlo, máxime con el hato de objetos recién hurtados cargado a las espaldas. El muchacho había robado dos pares de gallinas, entre otras cosas, en la hacienda que Pedro de Cifontes* tenía en Pero Mingo**, término municipal de la Villa de Carmona. Las sacrificó de inmediato, y destinó una de ellas para reponer fuerzas, pensando en vender las demás a la menor oportunidad, o al menos trocarlas por otros comestibles. Bajo la lluvia incesante subió taludes y bajó pendientes, atravesando bosques de pinos y vadeando crecidos arroyos, saltando tapias, rodeando poblados entre porquerizas y abrevaderos y cruzando dehesas, campos de olivar y espesos trigales. Buscaba un lugar a propósito para encender un fuego y preparar el ave, y fue entre los montículos de El Acebuchal donde se le ofreció el tan deseado cobijo en forma de una pequeña gruta de reducida entrada, en cuyo interior encharcado y con un tapiz de basuras variadas decidió pasar el tiempo a la espera de que el diluvio de agua amainase. No parecía ocurrir tal cosa, de forma que optó por hacer una incursión por los alrededores en busca de algo de leña. Para su fortuna encontró algunos restos de tablas y ramajos aceptablemente secos que formaban parte de una choza cercana y, ¡oh, regalo de los cielos!, en el derretido barroso de un barranco asomando el borde de una orza*** que aparecía ni pintiparada para realizar sus propósitos. La extrajo y lavó bajo el aguacero y con ella a modo de casco y la leña convenientemente protegida con una anguarina también producto de su rapiña regresó a la covachuela, ansioso por comprobar que no habían llegado a ella intrusos. Fue previsor al huir de casa de su amo, un comerciante en vinos con establecimiento en la capital hispalense, al cual le desposeyó de algunas monedas y de eslabón, yesca y pedernal, en el entendimiento de que sin estos adminículos poco podría progresar en su escapada por el campo desierto. Desplumó con destreza al animal, sacóle las tripas con unas tijeras del mismo modo robadas, lo despedazó, sumergió en el agua del alcadafe los trozos, e iniciando el cocimiento en una trébede prehistórica erigida con pedruscos se dispuso a hacer los honores a su maltrecho estómago.
* Pedro de Cifontes, natural de Sevilla y de 45 años en este de 1558, había sido mercader tratante en cueros, dueño de navío transoceánico y viajero y residente en Indias. Casado don doña Francisca de Mendoza y ambos vecinos de Carmona, ella, nieta del difunto Comendador don Diego de Mendoza, recibió el martes 6 de septiembre de 1547 de la viuda de su fallecido abuelo doña Leonor de Anasco, en donación, unas casas en la ciudad de Sevilla y una heredad de casas, bodega y viñas en la Villa de Castilleja de la Cuesta y sus términos.
"Doña Leonor de Anasco, mujer del Comendador don Diego de Mendoza, difunto, vecina de la ciudad de Sevilla en la collación de San Marcos y estante en esta Villa de Castilleja de la Cuesta hace donación para siempre jamás a doña Francisca de Mendoza, mujer de don Pedro de Cifontes, vecinos de la Villa de Carmona que están presentes, unas casas con su casapuerta y palacios y sobrados que ella tiene en Sevilla en dicha collación de San Marcos, que alindan con casas de doña Isabel de Hinestrosa, viuda del Licenciado Tello, y por la otra parte con casas atahonas de (nombre en blanco) Roldán y con la calle del Rey por delante, las cuales casas son realengas y sin ningún cargo de tributo ni censo, y asimismo le da en la dicha donación una heredad de viñas con su casa y bodega y lagar y vasija y con todo lo demás que le pertenece que ella tiene en la Villa de Castilleja de la Cuesta y sus términos, que alindan de la una parte las dichas casas y bodega con casas y bodega y huerta de Alonso de Espinosa, banquero, y de la otra parte con casas de Francisco Sanchez Ladrillero, con cargo de doce maravedíes de tributo cada un año que se paga al Señor Conde de la Villa de Olivares, y la dicha heredad que es en este dicho término de esta Villa, que está dividida en tres pedazos, que es el uno al pago que dicen de Tardearroba, que tiene un chifle, en que hay dos aranzadas y media de viña, que alinda con viñas de Cosme Rodriguez Farfán y de la otra parte con viñas de Cristóbal Martin de Alaraz, clérigo cura de la Iglesia del Señor Santiago de esta Villa, y de otra parte con viñas de los frailes de San Agustin y con el padrón que parte el término de esta dicha Villa y de Camas, y los otros dos pedazos son en el Pago del Valle, linde el primero con el camino que va de esta Villa a Albarjáñez y por todas partes con viñas de Rodrigo de Moscoso y de Luis de Monsálvez, en que hay dos aranzadas de viña poco más o menos, y el otro pedazo en que hay cuatro aranzadas y media, que alinda por todas partes con viñas de los dichos Rodrigo de Moscoso y con viñas de Luis de Monsálvez y con el padrón que parte el término de esta Villa y de Camas, la cual dicha heredad de viñas ella posee con el cargo en cada una aranzada de cuarenta maravedíes de tributo cada año que se dan al dicho Conde de Olivares; donación que hace por la deuda y afinidad que con la dicha doña Francisca de Mendoza tiene y por ser nieta del dicho Comendador Diego de Mendoza su marido difunto, y por las buenas obras que de ella ha recibido; y se reserva el usufructo y goce de dichos bienes durante todos los días de su vida y cumplidos y acabados que sean, todos dichos bienes sean de doña Francisca de Mendoza y los goce, con los vínculos y cargos siguientes: habrán de pagar ella y sus sucesores a la Cofradía y cofrades de la Iglesia del Señor Santiago de esta Villa por siempre jamás y al Prioste y Mayordomo que fueren de ella tres mil ciento cincuenta maravedíes cada un año desde el día de su fallecimiento en adelante por ciertas fiestas y misas que dichos cofrades han de ser obligados a hacerle cada año perpetuamente por su alma y por la del Comendador su marido; con cargo de que si dicha doña Francisca de Mendoza falleciere antes que don Pedro de Cifontes su marido, que él suceda en dichos bienes y en el usufructo de ellos, con dicho cargo a la Cofradía del Señor Santiago durante todos los días de su vida, y que los sucediere el hijo mayor siendo varón de legítimo matrimonio con dichos vínculos y cargos y después los nietos y biznietos y así sucesivamente, y si no tuvieran hijo mayor legítimo suceda los bienes la hija mayor legítima y después su hijo mayor legítimo y así vayan los bienes de unos a otros prefiriendo siempre los hijos mayores, y si caso fuere que doña Francisca de Mendoza falleciere sin dejar hijos o hijas o nietos o nietas, es su voluntad que sucedan dicha donación los hijos de don Pedro de Cifontes, y en caso de no tener hijos legítimos suceda el pariente más propincuo de la dicha donante doña Leonor de Anasco, que sea de los Anasco por vía masculina fuera o dentro del cuarto grado, y después de él su hijo mayor legítimo, y no habiendo hijo ni hija y si caso fuere que hubiere dos parientes con un grado de la donante doña Leonor de Anasco, haya dichos bienes el varón, y si ambos lo fueren, el mayor, y si hembras, la mayor; con cargo de que dichos bienes no puedan ser vendidos ni enajenados, trocados o cambiados en manera alguna, ni ninguna parte de ellos, salvo solamente darlos a tributo perpetuo a personas llanas y abonadas y con hipotecas de otros bienes y con dicho cargo y vínculo. Se obliga la donante doña Leonor de Anasco a pagar a doña Francisca de Mendoza dos mil ducados de oro si no cumpliese los términos de la donación, mas las costas, daños y menoscabos que no efectuarla ocasionaren a la dicha doña Francisca de Mendoza y a su marido don Pedro de Cifontes, y promete no revocarla jurando a Dios, a su Santa Madre y por las palabras de los Santos Evangelios, poniendo la mano sobre la vara del Señor Alcalde Diego Martin Bermejo, presente en el otorgamiento, el cual interpone su autoridad para el cumplimiento del mismo. Doña Francisca de Mendoza y don Pedro de Cifontes pidieron escritura de donación para salvaguarda de su derecho. Dada en las casas de doña Leonor de Anasco en esta Villa de Castilleja de la Cuesta, martes 20 de septiembre de 1547. Firmaron de sus nombres. Testigos, Bartolomé Hernandez Vizcaíno, Julian de Cervantes, Juan Sanchez Ladrillero y Andrés Hernandez."
Demostraría Pedro de Cifontes luego, en su testimonio acerca del robo en Pero Mingo, que conocía muy bien al negro Antón. Considerando además el itinerario de éste a lo largo del eje Carmona-Castilleja, en cuyos extremos tenía Pedro de Cifontes sus haciendas como queda dicho, es de preveer un nexo entre el bodeguero sevillano Benito Sanchez, dueño del esclavo huido, y este mercader indiano del cual además contamos con amplísima documentación en el Archivo General de Indias.
Tampoco la casa donada en la collación de San Marcos en Sevilla y la atahona de Roldán vecina a ella parecen ajenas a las aventuras del esclavo Antón, según veremos más adelante.
** Todavía hoy como reminiscencias de aquel siglo quedan en el término de Carmona dos haciendas llamadas de Pero Mingo Alto y de Pero Mingo Bajo, escindidas de la propiedad de Cifontes.
De interesante e ilustrativo valor es un estudio del profesor Juan Antonio Frago Gracia, (El patrónimo Mingo en su marco hispánico. Notas lingüísticas y antropológicas), acerca del apellido o apodo "Mingo"; contempla el señor Frago "Mengo" y las otras variantes femeninas, entre las que pervive "Minga" con el sentido de pene; lo asocia como aféresis con Domingo y Dominguez; cita a Manuel Gonzalez Jiménez, "Repartimiento de Carmona", Historia, Instituciones, Documentos, VIII, 1981, págs. 73, 75, 79, 80, el cual Gonzalez Jiménez menciona a un Don Pascual, cuñado de Pero Mingo, como uno de los "pobladores de Carmona que fincaron en las casas que se teníen y fuera ende de lo que netíen demás de sus moradas", pobladores que recibieron "heredad para dos yugadas de bueyes anno e ves"; observa —siguiendo con el estudio del profesor Frago— su utilización [de Mingo] en dichos y refranes como "poner el mingo" (sobresalir de entre todos los demás, en cualquier cosa. Diccionario de Uso del Español, María Moliner), o "más galán que Mingo" (De Domingo. Dícese del hombre muy compuesto o ataviado. RAE), y apunta que probablemente Mengano no tenga la etimología árabe que se le ha propuesto, sino que sea un derivado de Mengo, como Perengano lo es de Pero (Pedro); se refiere también a la gran difusión de "domingas" como pechos de mujer, y transcribe "una letrilla obscena con la que los tripulantes de un pesquero guipuzcoano obsequiaron a los funcionarios británicos que desde un helicóptero los conminaban a que pusieran rumbo a puerto":
Chúpame la minga,
Dominga,
que vengo de Fransia.
Chúpame la minga,
Dominga,
que tiene sustansia.
Letrilla que conoció en su juventud el autor de esta historia de Castilleja, servidor de ustedes, de un compañero de auto-stop por tierras castellanas, con la que amenizaba las tediosas horas de espera con el pulgar en ristre al borde de las interminables carreteras.
*** Orza (del lat. urceŭs). Vasija vidriada de barro, alta y sin asas, que sirve por lo común para guardar conserva. RAE.
Ya habrá imaginado el dilecto lector cómo unos tristes huesecillos de gallina devorada en el siglo XVI por un esclavo hambriento llegaron a ser el centro de la atención de medio mundo durante todo el siglo XX.
jueves, 9 de julio de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Los olvidados, 12q.
[...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...
-
(Viene de la entrada anterior) Vamos a documentar al siguiente hijo del masón castilllejano Eduardo Borges, Juan Borges Fe. Siendo segundo ...
-
Aparece un Comberger (sic) en documento de 1594 cuando doña Isabel Maldonado, madre de Juan Cromberger, reconoce al conde don Enrique de Gu...
-
Se cumplen estos días 400 años de la muerte de Cervantes http://400cervantes.es/ Estrechar la borbónica mano, blancuzca y viscosa, y marear...
1 comentario:
BRAVO BRAVO , me ha encantado , eres un genio !!!!!!!
Ya sabes lo que vas a seleccionar ??
Besos.
Publicar un comentario