Podía articular el pie derecho con cierta fortuna asentándolo con precaución para que el grillo no agravara más el descarnamiento, pero el izquierdo se le escapaba de control, y de cada diez pisadas nueve eran hechas en falso. Tuvo que detenerse, ya oscurecido; con uno de los vestidos que llevaba en el costal se preparó un amortiguamiento en forma de rodete que fijó como buenamente pudo entre el hierro y la carne sangrante. De esta guisa avanzó en dirección a Sevilla, cruzándose con algún transeúnte tan huidizo y temeroso como él. Oyó aullar lobos a su espalda, en Los Alcores que había dejado atrás. En las manchas de bosquecillos cantaban los búhos. Se cruzó con un coche de dos caballos y el cochero, al divisarlo y temiendo se tratase de algún facineroso, arreó a los animales a latigazos y gritos. Los campos se extendían infinitos, húmedo el ambiente por la reciente tormenta, y anduvo y anduvo sin tregua, hasta que la ciudad, cuya silueta casi le sorprendió, apareció apagada y silenciosa de improviso ante sus ojos escudriñadores. Había perdido la noción del tiempo durante la caminata, e iba fijándose en los detalles del cielo, estrellado, grandioso, hacia la parte de su derecha, en busca de algún indicio de amanecer.
Optó por rodear la urbe por el lado norte, para, cruzando el puerto de Los Humeros, acceder al Puente de Barcas, atravesar el río y ganar las estribaciones del Aljarafe antes de que la plena luz del día lo delatara. Aunque tuvo que plantearse tomar algún descanso, porque se encontraba agotado.
Pasó entre las murallas almohades y el Hospital de las Cinco Llagas, bordeando sembrados. En la torre noroeste —entonces en construcción— de dicho centro de beneficencia, parpadeaba una hoguera emitiendo guiños rojizos a través de un portalón, y supuso ser del uso de los vigilantes nocturnos. No quería arriesgarse pidiéndoles alguna limosna, por lo que continuó su periplo. Descendió por la margen izquierda del Guadalquivir hacia el puente sin tener tropiezos con nadie. Los pocos noctámbulos que transitaban por aquellos despoblados repletos de inmundicias lo hacían en actitud recogida, cabizbajos y envueltos en sus capas contra la humedad neblinosa de la ribera. En la explanada del Perneo el olor de los despojos de los cerdos reinaba en la noche oscura. Al embocar la pasarela de tablones entre un erizamiento de mástiles de embarcaciones bajó a la orilla y apagó su sed bebiendo con la mano en cuenco. Croaba algún rano esporádicamente y en la base de los mimbres espesos las suaves olas marcaban incesantes el paso del tiempo. Entonces, como si despertara, sintió el exacto concierto de los gallos y percatóse de que clareaba por oriente. Decidió, una vez en la Vega de Triana, esconderse en un campo de cebada, suficientemente crecida a aquellas alturas de la temporada como para ocultarlo a vistas comprometedoras.
Hundido en aquel mar vegetal, recostado en el fardo, adormilado, recordando, alimentándose de restos de queso que halló entre su botín —queso que robó en Pero Mingo y que casi habia olvidado—, y de granos crudos de cebada, cuyas cañitas huecas tronchaba entre sus dedos descascarillando con las uñas el fruto y llevándoselo a la boca con parsimonia, pasó todo aquel día viernes 29 de abril de 1558. Las primeras horas de él sufrió el tormento de los mosquitos*, que llenaban el aire de la mañana y en miríadas lo envolvían buscando con insistencia zonas descubiertas de su cuerpo. Luego, el sol inclemente. Por la tarde, la sed y el hambre. Sus tendones de Aquiles le parecían arder. La larga espera sirvióle a modo de recapitulación, repasando a ratos, cuando los resortes de su memoria emprendían la marcha como con autonomía propia, los hechos recientemente vividos. Se vio otra vez en Pero Mingo, en la hacienda de Pedro de Cifontes. Echó de menos la lluvia. Llovía fuertemente cuando llegó. El edificio principal se encontraba en silencio, bajo las cortinas de agua gris, y sus ventanas aparecían cerradas. Ni un alma. En los establos vacíos, en las porquerizas con sus cubiertas de paja, en las atarazanas al fondo, en el grupo de añosos nogales, en los sembrados, nadie. Solo la lluvia martilleando los patios, porraceando sobre los tejados, omnipresente desde el cielo borroso. Riachuelos del líquido elemento se formaban por doquier, y desde los canalones las canciones de los potentes chorros se sumaban al coro monótono del chaparrón sobre la tierra y la casona. Antón traía un manto de agua encima, y apenas sentía los pies descalzos, traspasados por el frío. Se acercó al portalón principal y aguzó los sentidos intentando detectar algún signo de vida. Nada. Ni tan siquiera un perro guardián. Empujó las gruesas hojas, pero no cedieron. Probando fortuna en un portillo cercano que franqueaba una tapia baja, pulcramente encalada, comprobó que no tenía gran fortaleza, de forma que aprovechando el impulso de todo su cuerpo, descargó sobre él un golpe con el hombro y lo medio derribó de su marco con un crujido seco, pero apagado por el fragor del aguacero. Entró en un patinillo con un abrevadero adosado al muro izquierdo, rebosante, tapizado de musgo oscuro. Luego había otra puerta orlada con una parra de cuyas grandes hojas goteaba la lluvia. No le fue difícil abrirla. Tras un pasillo, accedió a un salón iluminado por tres enormes ventanales. Flotaba en el ambiente una imperceptible presencia humana, como un rastro tenue que Antón creyó identificar con la casera, una visueña llamada María Rodriguez. Era ésta viuda de mediana edad, gruesa, sencilla y noblota, y muy cumplidora de su cometido.
El esclavo supuso que la mujer no debía estar muy lejos, pero que, desde luego, en la casa no estaba. Probablemente andaba atareada en los lavaderos de la finca, una construcción aislada a unos 50 metros. Inspeccionó la habitación, y reparó en los objetos de valor que se encontraban en ella. Había sobre una cómoda una pila de ropa de calidad, de muchacha, preparada para la plancha, que seguramente la casera había recogido de los tendederos antes de que comenzara a llover; en uno de los cajones encontró un cofrecillo plano con la llavecita puesta, y en su interior un escapulario grande que parecía de bastante valor, forrado con tafetán y con una imagen silueteada de virgen con niño en plata, un collar de perlas y turquesas, una mano de berrueco** de perlas y un corazón bordado en seda celeste con cinco terroríficas llagas encarnadas.
Se asomó Antón a la cocina, de cuya mesa se llevó un cuchillo y una tijera; de la alacena un queso de cabra, entero; de un rincón unos zapatos, los cuales, aunque eran pequeños para él, vendidos podrían reportarle unos reales.
Todo lo cual introdujo en apresurado revoltijo en un costal de lona clara que allí mismo halló, y no queriendo tentar más la buena suerte que le acompañaba salió al exterior siguiendo el camino por donde había entrado. Continuaba lloviendo, con igual fuerza. Junto al portillo desenmarcado pudo oír intranquilos cacareos, y descubrió un gallinero de mínima altura al volver la esquina. Solo tuvo que levantar la cubierta de tablas y escoger de entre media docena de rollizas gallinas dos pares que sacrificó allí mismo, retorciéndoles los cuellos. Había también algunos huevos. Como tenía hambre después de varias horas merodeando por la Villa, cargó con todo. Y acto seguido, emprendió el camino, buscando poner el máximo de territorio entre sí y la hacienda de Pero Mingo.
* Mientras el esclavo Antón espera oculto en el campo de cebada, sumido en su desesperación, no menos hundido en la suya Carlos V espera en el Monasterio de Yuste su último día.
Falleció el emperador el 21 de septiembre de aquel año, a causa del paludismo que le produjo la picadura de —precisamente— un mosquito, de los muchos que proliferaban en las aguas pútridas de los estanques del convento que lo acogía.
** Berrueco. Perla irregular, o de poco valor. Según el Diccionario de Autoridades, se llama también cierta especie de perla irregular e imperfecta, formada de muchos granos juntos grandes y pequeños, pegados al modo de overa de gallina, que demuestra apariencia de mil figuras de buen parecer. Es de poca estimación.
Esta "mano de berrueco" era con toda probabilidad un exvoto para colgar en el techo o pared de algún templo, con destino a agradecer a alguna imagen venerada la sanación de dicho miembro.
martes, 14 de julio de 2009
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