jueves, 23 de julio de 2009

Los esclavos 67

Iniciamos este capítulo recuperando al joven negro de los abismos de un sueño agitado e intranquilo que le invadió apenas el sol se había puesto, dejándolo inconsciente en pleno campo de cebada.
Recuperar durmientes del sueño eterno del pasado no deja de ser tarea de los historiadores, quienes contravienen así en alguna forma las leyes de la eternidad, las cuales dictaminan necesariamente que del Más Allá no pueden regresar los seres humanos. De esta manera, nuestra recuperación de Antón tiene un doble aspecto: regresarlo a la vida desde su anónima tumba, que es lo que en nuestro empeño venimos intentando hacer desde que supimos de su existencia merced a la alerta dada al Alcalde de la Santa Hermandad en Castilleja, y despertarlo ahora que la luna baña la Vega, ahora que el aire es de paz y de silencio, ahora que sobre la silueta del Alfarafe, oscura como la de un enorme animal derribado a tierra por el cansancio, parpadean las primeras —jóvenes todavía— estrellas plateadas.
Ya lo tenemos vuelto a la realidad. Se frota los ojos. Le duele el aro del cuello, clavado en la nuca. Tiene hambre. Y sed. Palpa el fardo que es toda su esperanza, y piensa que ha perdido un día sin vender nada de lo que contiene; tendrá que seguir cargando con el pesado volumen hasta convertirlo en el ligero lastre de unos brillantes reales.
La noche es su aliada, su amiga, su madre protectora. Se siente bien, seguro en su regazo. Sale buscando el borde del cebadal a un camino cuyo endurecido piso demuestra un ininterrumpido tráfico, y lo enfila vacilante hacia el oeste. Pronto se orienta por la red de sendas y vías que marcan la zona desde la orilla del río y el arrabal trianero hasta Camas a un lado y San Juan de Aznalfarache al otro. Era esta zona más occidental de la Vega de Triana en el siglo que estamos describiendo y en muchos anteriores un verdadero y auténtico bosque de frondoso arbolado, con ejemplares grandiosos y antiquísimos. Habitaba en él cierta caza, y en sus recovecos se ocultaban los bandidos. Ocurrió que un voraz incendio, acontecido en los primeros años del siglo XVII, lo redujo a cenizas, dejando el paisaje con un aspecto aproximado al que hoy en día posee.
Antón llegó al pie de la cuesta y se encaminó hacia la cima. No parecía que fuese a sorprenderle el amanecer, en cuya circunstancia de ninguna manera quería dejarse ver en un pueblo tan pequeño y por ende tan poco a propósito para pasar desapercibido.
Llegando a las primeras casas detectó actividad humana en una de ellas. Eran los carniceros. Situado en el primer edificio de la Calle Real, el matadero y despacho de carne registraba temprana actividad aquel sábado 30 de abril de 1558, a consecuencia del incremento del consumo, el que se producía indefectiblemente tras el viernes, día señalado por la ley de abstinencia de comer carne entre los católicos.
De esta absurda obligación —¡en honor a la Pasión de Jesús el Viernes Santo!— se resarcían en aquellos momentos los matarifes, preparando el desayuno en base a lonchas de tocino de cerdo que se asaban crepitando en un fogoncito de ladrillos alimentado de sarmientos de vid y varetas de olivo, en un rincón del patio al abrigo de los vientos. El aroma de la grasa derretida sobre las ascuas se esparcía por el Camino Real cuando Antón se detuvo, oteando en busca de algún escondite temporal donde ocultar el fardel con los productos de su hurto.
Hallado y efectuado lo cual, se acercó nuestro amigo al establecimiento para tantear la posibilidad de conseguir algo alimenticio con lo que siquiera mantenerse en pie.
En el patinillo terrizo, abierto al fondo, sangraban los operarios una res recien sacrificada aunque viva todavía a juzgar por los estertores y pataleos que efectuaba. A todo lo largo en el suelo, habíanle atado las extremidades con gruesas cuerdas cuyos extremos sujetaban dos mozos resistiendo los tironazos que daba el desgraciado animal, mientras otro hombre acuclillado llenaba a marchas forzadas un lebrillo de barro verde con un acetre de hojalata de la sangre que brotaba a borbollones por un gran tajo de cuchillo en el cuello del cornúpeta. Canturreaba un cuarto personaje mientras sacaba agua de un pozo. Era un individuo jorobado y desagradable, que al apercibirse de la presencia de nuestro esclavo bromeó despiadado:
—¿Cuanto es el precio de la libra de carne negra hoy en Sevilla?
Sus compañeros miraron sin comprender, hasta que al darse cuenta de la aparición del recién llegado rompieron a reír a carcajadas. La escena estaba iluminada además de por el fueguecillo de la cocinita por un siniestro y vacilante candil de pared que, agitando nervioso sombras, contribuía más a realzar la oscuridad que a orientar a los presentes.
A pesar de todo, no tuvo Antón necesidad de articular una palabra: su aspecto tenía la suficiente expresividad como para que uno de los carniceros sugiriera, apuntando que parecía un perro hambriento, darle un pedazo de pan y una loncha de tocino. El joven los tomó con mano temblorosa, pidió un poco de agua, y balbuciendo unas palabras de agradecimiento se fue al lugar donde tenía escondido su tesoro, en un inmediato olivar. Allí, mas que comer, engulló. Amanecía, y se quedó amodorrado un momento.

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