Ahora, ya conocido en su generalidad el escenario de las zarabandas de Juan Martín en la ciudad de Sevilla, es el momento de retomar la narración de sus peripecias, que dejamos cuando tras despertar por la mañana en la hacienda de Antonio de Gibraleón se les reunió el otro esclavo, Antón, después su viaje desde Carmona y de saciar el hambre con el tocino y el pan que le dieron los carniceros.
El sol de la mañana, iluminando de soslayo el entablamento níveo sobre el portal encalado de la mansión, atalaya aérea que sobresalía de las demás construcciones, reconfortó de alguna manera con sus suaves rayos cálidos, acariciándole las espaldas, al muchacho que temeroso y desconfiado se adentraba por la Calle Real hacia el corazón del pueblo mirando a un lado y a otro con los ojos muy abiertos y los hombros más que encogidos. Había dejado el bulto de objetos en un recogido rincón antes de asomar la cabeza al interior de la residencia, desde cuyo patio se oían voces que reconoció como familiares por los giros y tonos propios de las gentes de su etnia. En los frondosos árboles de la huerta gorjeaban los gorriones y el mulo de la noria había comenzado su labor de llenado de la alberca de riego, a juzgar por el rítmico chirrido de los engranajes del ingenio. Ya, —con la pulcritud y rapidez a que obliga la propia seguridad—, inspeccionado el medio, recogió su hato y penetró bajo el arco fulgurante de oro en cuyas bases crecían espesos jaramagos de delicadas floraciones que armonizaban con la luz del amanecer. Una golondrina veloz ensartaba con el invisible hilo de su vuelo la oquedad fresca de la entrada desde su nido en el alero de un silo interno hasta los cielos abiertos sobre la calle, emitiendo de cuando en cuando un piar alegre y agradecido a la vida, y arriba los pinaculillos de porcelana reflejaban con tanta fuerza la clara luz de la mañana que parecían faroles encendidos. Todavía se respiraba calma y tranquilidad en el ambiente. Un perrazo sucio, pajizo, silencioso y de talante humilde, se acercó al recién llegado, cabizbajo y moviendo la cola desganadamente, hasta husmearle los pies y los sangrantes tobillos que ya varias moscas se disputaban. El perro cazó una de ellas de un rápido mordisco, tan repentino como inesperado, y se volvió como indicando al joven que lo siguiera.
Juan Martin y Alejandro volvieron las cabezas al sentirlo. Bebían vino sentados en los escalones de acceso a un almacén de aperos, acompañando el licor con trozos de pan de una hogaza de crujiente corteza, recien adquirida en la cercana tahona.
Hablaron durante diez minutos. Juan Martin bromeaba bajo los efectos de los largos tragos de mosto. Antón, tras los primeros saludos y al ofrecimiento de pan les contó que había desayunado en la carnicería, comentándoles que un carnicero había querido "pringarlo"*, una broma de mal gusto que resultó solo y afortunadamente en el obsequio de tocino con pan.
—¡Hijo de la puta! —sentenció Alejandro.
Mintió el recién llegado diciendo que había venido a Castilleja a vender unos objetos que le encargaron en Sevilla, pero ninguno de sus dos interlocutores quedó convencido sino que, guiñándose uno al otro, le hicieron comprender que sus palabras no poseían credibilidad alguna. Además estaba el aspecto del muchacho, sucio y con las argollas que delataban un pasado bastante turbulento, mas a pesar de ello, su natural atractivo y sus exquisitas maneras no tardaron en despertar la libido, ya de por sí potenciada por el alcohol, del bailarín de zarabandas. El cual empezó a insinuarse con la intención de llevar al joven a algún lugar en el cual satisfacer sus deseos. Primero se ofreció a liberarlo de sus férreas y molestas prisiones, asegurando en tono fanfarrón que era completamente capaz de hacerlo en cinco minutos porque —y le mostró con disimulo el calabozo que ocultaba en su cintura— ya tenía experiencia en ello. Antón vacilaba sospesando los pros y los contras, y Alejandro temía que se le pudiera involucrar en algún acto fuera de la legalidad. Y tanta fue la insistencia de Juan que el joven cedió por fin, acordándose en ir a cierto lugar alejado de la población, donde los golpes sobre el hierro pasaran desapercibidos. Se trataba del abandonado bosquecillo de higueras que ya conocemos, en el extremo norte del pago de Las Escaleras, hundido en un suave valle que enmarcaba el camino al lugar de Salteras.
Hasta allí se fueron los dos, desviándose por un callejón entre dos casas que los condujo a un terreno de viñas y huertas, desde el que accedieron al higueral. Juan canturreaba entre dientes, feliz con ese beatífico estado psíquico que da una borrachera incipiente, creído de que el mundo está hecho a la medida de uno y de que todo carece de verdadera importancia, excepto la posibilidad de empinar otra jarra. Pero Antón, a pesar de haber dado dos o tres tragos en el patio de la hacienda, tenía la boca seca y el corazón angustiado.
* El mismo equívoco del carnicero de Castilleja usa Lope de Vega en su obra El arenal de Sevilla (1598) cuando una mulata se queja del tacaño de su amo, quien la mata de hambre: "Mulata: Quite allá, que de miseria de no lo querer gastar el amo que Dios nos dio, como he de morir, sé yo que no me querrá pringar".
Incluso en aquellos tiempos era por muchos reconocida como práctica cruel la del pringado, consistente en derramar sobre las heridas abiertas en el esclavo por una tanda de azotes tocino, grasa o sebo derretidos, o aceite hirviendo. En la voz pringar de su Tesoro de la Lengua dice Sebastián de Covarrubias: Es lardar [huntar lo que se asa con el lardo, esto es, lo gordo del tocino] lo que se assa, y los que pringan los esclavos son hombres inhumanos y crueles, y a mi parecer por buen govierno podría la justicia necessitarles [obligarles] a que los vendiessen a otros dueños, o de allí adelante no los tratassen con tanta crueldad."
En El Lazarillo del Tormes se ilustra este castigo: "Al triste de mi padrastro [un hombre moreno de aquellos que las bestias curaban] azotaron y pringaron" (porque robaba hasta las herraduras de las caballerías).
Pero muchos esclavos ya tenían desde el primer día de cautiverio un anticipo del pringado que podían sufrir a manos de sus señores, según nos refiere Fernando Ortiz (1881-1969) en "Hampa afro-cubana: los negros esclavos; estudio sociológico y de derecho público", editado por Revista Bimestre Cubana en el año 1916. Tratando del marcado a fuego (ver "Los esclavos 71, nota 2) escribe este autor: "Este hierro consistía en una planchuela de metal retorcida de modo que formaba una cifra, o letra o signo, a la cual se unía un mango con el extremo de madera. Para marcar un negro se calentaba el hierro sin dejarlo enrojecer, se frotaba la parte del cuerpo donde se debía estampar la señal, generalmente el hombro izquierdo, con un poco de sebo o de grasa, se ponía encima un papel aceitado y se aplicaba el hierro lo más ligeramente posible. La carne se hinchaba en seguida y cuando los efectos de la quemadura pasaban, quedaba una cicatriz impresa en la piel que nada podía ya borrar. Esta costumbre fué desde los primeros tiempos de la trata; por eso A. de Torquemada al hablar de las brujas dice que se dejan marcar del demonio como esclavos. Y fué conocida en España. Gestoso nos refiere casos de esclavos marcudos (1500). Al herrar a un esclavo se le ponía nombre cristiano."
martes, 25 de agosto de 2009
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