Con la expansión del resplandor del lubricán matutino comenzó a cobrar animación el Camino Real, perfectamente visible en un gran tramo desde el escondrijo en el que se encontraba Antón tras las carnicerías. Cuando quiso darse cuenta después de haber comido el desayuno proveído por los matarifes, negreaban cientos de hormigas sobre su fardo. Recordó sobresaltado las gallinas muertas y al mirar en el interior pudo comprobar que se encontraban ya en el primer estadio de descomposición, con las carnes flojas y cubiertas de manchas verdosas. A su olor habían acudido los himenópteros. Sacó el contenido del petate, lo sacudió quitando todos los molestos insectos y arrojó los restos de las tres aves a un vertedero cercano en el que se amontonaban los despojos de las reses de los tablajeros y en donde pasarían desapercibidas, buscando así borrar cualquier pista de su estancia en Castilleja.
Pasaron arrieros con sus recuas camino de Sanlúcar la Mayor, carruajes acaso hacia el sur de Portugal, viajeros solitarios a caballo y sobre todo muchos mendigos y esclavos que desde toda la comarca y aún de la provincia de Huelva se dirigían a la capital para aprovechar la animación que propiciaba el fin de semana. El día prometía frescura y luz, con grandes nubes blanquísimas flotando ingrávidas en las alturas. Antón por momentos dejaba volar su imaginación en el pasado, contemplando los lejanos alcores azulencos que bajo el sol naciente iban adquiriendo matices y detalles. Creyó ver en la diminuta forma de un puntito blanco apenas visible en la ladera difuminada la desvalijada hacienda de Pero Mingo. Por allí estaba Carmona. Le pareció todo muy cercano, engañado por el efecto de la distancia. Pero hubo de cortar sus divagaciones mentales. No podía permitirse el lujo de perder tiempo con semejantes extravíos. Estaba ahora en Castilleja de la Cuesta, y en gran peligro. Centró su atención en los alrededores. Se fijaba especialmente en los caminantes negros, esperanzado en encontrar entre ellos a algún conocido que le auxiliase. No tuvo suerte, pero en el pueblo tenía a alguien a quien recurrir. Se llamaba Alejandro, era compatriota suyo y sirviente de Antonio de Gibraleón, hacendado en la Calle Real (ver "Los esclavos 41v y 41u").
Cuando el joven Antón se dispuso a acercarse con la máxima cautela a la hacienda de Gibraleón, Alejandro, recién salido del camastro donde descansaba en dicha hacienda, se encaminó hacia el fondo de la huerta donde, en un cobertizo, se alojaba un su huésped, —aprovechando que el amo don Antonio se encontraba ausente y que el capataz era persona condescendiente—; era un compañero de fatigas propiedad de una señora de Gines, llamado Juan Martin, al que ya hemos tenido la oportunidad de conocer desde "Los esclavos 61 y 62". El día anterior, viernes, al anochecer, Juan Martin, viniendo de Gines y con permiso de su ama la viuda Luisa de Alfaro, había rogado a Alejandro que le permitiera pernoctar en la hacienda hasta la mañana sabatina, en la que reanudaría su camino a Sevilla. Alejandro no vio inconveniente alguno, de manera que lo cobijó en el sombrajo dicho.
Juan Martin era amigo de bailes populares, diversiones callejeras y fiestas campechanas, y no dejaba escapar una oportunidad para disfrutar de todo ello. A pesar de su edad (40 años era plena vejez para un andaluz medio y especialmente para un esclavo) resultaba ser un maestro del taconeo en cuanta chacona o zarabanda se organizaba en las celebraciones dominicales de Santa María la Blanca. Y precisamente aquel fin de semana se había propuesto pasar en Sevilla unas jornadas de desenfreno, de vino y de música, a las que invitó a Alejandro. Hablaron un rato sentados en un poyo del patio mientras se hacía completamente de día.
Juan Martin traía directrices explícitas de su señora en lo que respecta a cómo debía comportarse en sus horas de asueto. La tarde anterior doña Luisa lo había llamado a su salón, tras el almuerzo, para otorgarle su licencia y a la vez repetirle unas recomendaciones que la vieja viuda consideraba de obligado cumplimiento.
—Juan, es día de tu fiesta.
El esclavo, de pie en la puerta de la sala, se había quitado una mugrienta gorra que, nervioso, giraba entre sus grandes manos.
—No quiero tomar trabajo por tus necedades. Ten noticia de con quien vas en Santa María, no te pido con ello nada fuera de razón. No has de beber en demasía, desde luego.
—No, mi señora.
—¿Vas a ver a Alejandro el de Gibraleón? —Y continuó sin esperar respuesta —Es hombre de buen juicio, y su costumbre debe guiarte.
—Lo que vuestra merced mande, señora. Iré a buscarlo esta tarde.
—No huelgo sino de oír hablar que no te han injuriado, Juan Martin. Cuida de lo que hagas. Y de cómo lo hagas.
Era una mujer con cierta formación cultural y todavía en buen estado físico de conservación, pero poseída por una afectación rayana en lo delirante, cuya principal manifestación consistía en una monomanía que alimentaba secretamente en el fondo de su alma: crear una especie de corte renacentista al modo italiano en la mansión que su marido difunto le había dejado, situada entre el Pósito y la Cárcel del Concejo, enfrente de la iglesia en la plaza principal de Gines. Aunque no había viajado nunca en su vida a Italia —sí lo había hecho un hermano suyo, recientemente fallecido— considerábase, en un rasgo de magnanimidad con ella misma, una señora de las de la antigua usanza, de las que medraron en la vecina península durante la explosión de entusiasmo por el clasicismo que definió a aquella sociedad cuando durante el siglo XIV, con la prevalencia de los poderes personales convertidos en Estados, surgieron como hongos pequeñas pero lujosas cortes en torno a los abundantes tiranos aristocratizados.
Devoraba Luisa de Alfaro la traducción de Boscán de El Cortesano de Castiglione* identificándose sin reservas con la Duquesa que hospedaba en su palacio de Urbino a la horda de ociosos vividores, horda que ella quería ver como la culminación de la inteligencia, del buen gusto y de la sensibilidad. Buscaba con afán hombres y mujeres así, a quienes invitar a su residencia ginecina, pero lo único que tenía a su disposición eran malolientes labriegos borrachines, desvergonzados pastores libidinosos y soeces matronas analfabetas. Todo lo cual angustiábale amargamente, reafirmaba su aislamiento y, agigantando su soledad en el pequeño pueblo, la iba neurotizando en la última etapa de su existencia.
Juan Martin salió de la estancia cargado con una preocupación. Doña Luisa había aludido a algo que le inquietaba: había hablado de "injurias". En efecto, desde unos años a esta parte la fiesta semanal de los esclavos fue degenerando, en parte debido al vino, hasta convertirse en escenario frecuente de lances y altercados que por lo general terminaban de manera sangrienta. Y Juan, precavido, escamoteaba del cuarto de las herramientas un viejo calabozo que, colgado de su cinto y oculto bajo el faldón del sayuelo, le garantizaba una adecuada defensa frente a cualquier y mas que probable intento de agresión.
Sospechaba que su posesora estaba al tanto y que hacía la vista gorda. Y no se equivocaba. A la viuda —como a todos los detentadores de aquellos bienes animados— le interesaba en especial la integridad física de su "propiedad".
* Baltasar de Castiglione, que había llegado a la corte de Carlos V en Madrid el 11 de marzo de 1525 en calidad de nuncio enviado por el papa Clemente VII ( murió en Toledo el 2 de febrero de 1529 ), se encontraba justamente un año después, el 11 de marzo de 1526, en la capital andaluza, donde —en su Alcázar— tuvo lugar la boda del emperador con Isabel, princesa de Portugal. Por entonces la sevillana doña Luisa de Alfaro era cortejada por el Bachiller Morillo, y ambos encontraron en los festejos que la ciudad organizó con motivo de la boda imperial fuente de ensoñaciones para la suya propia, que acaecería poco tiempo después. Desde entonces habitaron en la heredad de Gines.
Mujer ciertamente soberbia y creída, en su fuero interno siempre se consideró elemento imprescindible para que el Bachiller desempeñase su oficio —en muchas ocasiones en la vecina Villa de Castilleja de la Cuesta—, y aun desarrollase con buen fin su vida y su existencia, minimizando unos conocimientos técnicos y prácticos que veía como secundarios. Con toda naturalidad recomendaba formularios, escribanías y contactos a conocidos y vecinos en base a que "lo había visto hacer a su esposo" o a que "entendía de ello".
domingo, 2 de agosto de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Los olvidados, 12q.
[...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...
-
(Viene de la entrada anterior) Vamos a documentar al siguiente hijo del masón castilllejano Eduardo Borges, Juan Borges Fe. Siendo segundo ...
-
Aparece un Comberger (sic) en documento de 1594 cuando doña Isabel Maldonado, madre de Juan Cromberger, reconoce al conde don Enrique de Gu...
-
Se cumplen estos días 400 años de la muerte de Cervantes http://400cervantes.es/ Estrechar la borbónica mano, blancuzca y viscosa, y marear...
No hay comentarios:
Publicar un comentario