sábado, 29 de agosto de 2009

Los esclavos 74

Primero lo intentó usando un sillar de granito, de varios que se encontraban diseminados en el área, a modo de yunque. En una de sus aristas más vivas hizo que Antón, recostado sobre la almofalla de hierba y su propio fardo, apoyase el grillete del maléolo derecho, pero al comenzar a golpear la cabeza del grueso remache que cerraba sobre sí las dos piezas curvas con el contrafilo del calabozo se convenció que la tarea era materialmente imposible. Todo lo que consiguió Juan Martín fue dañar al muchacho, quien a duras penas podía contener los gimoteos de dolor. Luego intentó usar la gruesa cuchilla como palanca introducida en los escasos milímetros de holgura que dejaba la chaveta por ver si saltaba el pequeño champiñón de acero de su extremo, pero desistió con prontitud ante el temor de romper la hachuela. Sudaba Juan entre imprecaciones pero insistía sin dar su brazo a torcer, haciendo de la empresa una cuestión de honor. Antón, ya arrepentido de haberse colocado en sus manos, comenzó a resistirse intentando convencer al bailarín de la inutilidad de sus esfuerzos, pero éste hacía oídos sordos a sus razonamientos.
Luego el liberador probó otra estrategia, centrando ahora su interés en el aro del cuello. Hizo levantar a Antón y le encajó en una horquilla de la higuera más próxima el collar, y con él el cuello y la cabeza, asegurándole que el remache de esta pieza era mucho más delgado y por tanto más fácil de quebrar. Al primer intento de apalancamiento resbaló la hoja del calabozo golpeando con fuerza la mandíbula inferior del muchacho, el cual ante el agudísimo dolor reaccionó con marcada violencia:
—¡Compañero, deja de hacer eso, que no quiero que me los quites!
Pudo por fin el joven deshacerse de las torturas a que le sometía su bienintencionado salvador, y se sentaron en silencio, sumidos cada cual en sus propias meditaciones.
Luego, más calmados, hablaron un rato bajo los frondosos árboles tupidos de rasposas hojas verdioscuras, mientras la fresca y esplendorosa mañana avanzaba hacia el mediodía. Se oían voces y risas lejanas, de los pegujaleros que efectuaban sus tareas en viñas y manchones.
Antón era persona comunicativa, y pronto se encontró narrando con pelos y señales a un atento Juan Martin las razones de su huida de casa de Benito, el bodeguero sevillano. El castigo que éste le impuso, que revelaba el aherrojamiento a que había sido sometido, y que motivó la escapada era, desde cualquier consideración, desproporcionado e injusto, haciéndolo dormir encadenado y obligándolo a cargar durante todo el día con los incómodos grillos. Antón refirió a su compañero que la causa había sido que, teniendo un amigo, vecino, de alguna más edad que él y también esclavo negro, el cual había adquirido para su desgracia una virulenta enfermedad venérea cuyos síntomas le fue imposible ocultar, siendo así y de tal manera que su amo ordenó que fuera intervenido médicamente. Un cirujano lo situó tendido a lo largo de un banco, le fueron atados piernas y brazos con correas, y de un rápido y diestro tijeretazo le cercenó más de la mitad del purulento glande. Antón, que estaba presente en calidad de auxiliar, aseguró que todavía llevaba en las fosas nasales el repugnante olor del forúnculo, pero lo peor estaba por venir, cuando el cirujano valiéndose de unas tenacillas calentadas al rojo vivo cauterizó sin piedad la horrorosa herida, indiferente a los aullidos del paciente. Tanto impresionó la escena al joven que perdió apetito y sueño, negándose a comer aun bajo amenazas y golpes, y el bodeguero Benito Sanchez pensó que si lo llevaba al herrero a colocarle argollas más tarde o más temprano entraría en razón. En efecto, lo aprisionó, pero ni los grilletes ni la carlanca impidieron que el joven llevara a cabo varios intentos de fuga, abortados y fuerte y cruelmente castigados. Hasta el presente.
El escalofriante relato no causó en el de Gines, de temperamento sicalíptico como hemos referido, un excesivo impacto, sino que al contrario, sumó morbosidad a su deseo.
—En manera que tu vecino quedó como un judío marrano*, ¿no es así, hermano? —comentó Juan distraído, con la mente puesta en otros asuntos.
Le pidió que le enseñara el contenido del fardo. Antón accedió, y, al abrirlo, detectó todavía varias hormigas que habían escapado a la inspección tras las carnicerías, que le hicieron recordar con asco las gallinas muertas. Fue sacando prenda por prenda y objeto por objeto y Juan retenía en sus enormes manos algunos de ellos valorando con el tacto sus calidades. La ropa era cara, de bastante lujo, moderna y elegante.
Lo que encontró en el fardo Francisco de Aguilar, Alcalde de la Santa Hermandad, el sábado 30 de abril de 1558, día de la captura de los dos esclavos, según registro hecho in situ : una saya mediana de muchacha, blanca, con un sayuelo también blanco a manera de cuerpo, con una guarnición del propio paño, picado y con sus pespuntes; una toca de algodón nueva; una camisa labrada de grana, de lienzo casero delgado, nueva, que es de lino y es de muchacha; una tobaja de lienzo de lino casero con una guarnición ... y unos cabos blancos, y es nueva; un sayuelo de fustán forrado de lienzo, ya raído; una almohada blanca con una guarnición de redecilla, vieja y rota; un ... de lienzo labrado de seda y de colorado, viejo y roto; un pañuelo chico de estopa, nuevo; un pedacillo de lienzo a manera de trincado de Ruán, viejo; una sábana de dos piernas, de presilla chica, vieja y rota; un camisón viejo, sucio; unos pedacillos de lienzo, viejos y hechos pedazos; un escapulario de tafetán, este doble apresado, con el cabezón ... de turquesas y aljófar gordo, con una mano que parece de donde hacen las perlas, y un coral grande con una guarnición de plata y un agnus dei de plata y con un escudo; un paño de lienzo de Ruán con unas ... de seda azul que se dice frutero, de una vara; una bolsa de carmesí guarnecida de hilo de oro; y una ¿talamanera? de halda donde estaba todo lo susodicho, y una cintilla de seda vieja, morada.
Lo que declaró, el sábado 21 de mayo de 1558, María Rodriguez, casera de Pedro de Cifontes en Pero Mingo, haberle sido sustraído: una halda de ¿yerga aviada?; una saya y sayuelo blanca de una niña; una cobija de escarlatín por guarnición; un sayuelo de fustán; dos camisas de mujer, una de grana y otra negra; un escapulario de ... con una imagen de plata y un coral con un collarejo de perlas y turquesas y una mano de berrueco de perlas; un corazón con las cinco plagas de seda; una toca nueva de algodón; una ... carmesí; una sábana y dos almohadas; un ... nuevo; otras ¿maseras? con una randa por medio; dos paños de rostro, uno de cabos blanco y otro azul; otro paño blanco como rebozo; media vara de estopa; un camisón ... de hombre; unos zapatos; un queso; una tijera y un cuchillo; cuatro gallinas y una esportilla y huevos; un pañuelo de mesa; una toca de algodón.
Lo que añadió haber robado —además de todo lo anterior— el esclavo Antón, en su declaración del miércoles 25 de mayo de 1558: un queso y unas tijeras y diez huevos y una canastilla y una hogaza y un cuchillo y una camisa labrada de negro y una cobija de paño colorado.
(Como en otras ocasiones, las palabras entre signos de interrogación son de dudosa lectura, y los puntos suspensivos corresponden a palabras ilegibles).

* A finales del siglo XV y principios del XVI, con el desencadenamiento de la represión que el Santo Ofició ejerció sobre los conversos hispanos a instancias de Isabel la Católica, los inquisidores buscaban afanosos en las personas denunciadas pruebas que atestiguaran su condición de judíos. Una de ellas consistía en asegurarse de si estaban circuncidados o no, para lo cual se desnudaba al reo y se le sometía a una minuciosa inspección. Ante tal examen, muchos de los acusados de herejía que no podían ocultar la ablación en semejante parte alegaban haber sufrido una operación similar a la que el cirujano practicó al vecino de Antón.

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Los olvidados, 12q.

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