¿Disfrutaba Vasco Díaz de la protección y el amparo de Lorenzo Sánchez y de Miguel de las Casas? En cualquier caso, era perro viejo en lo referente a escurrir el bulto de las varias prisiones que conoció durante los aproximadamente 15 años que llevaba residiendo en nuestra localidad. Debió llegar a ella, según nuestras cuentas, hacia 1543, y desde entonces no hubo ni cepo, ni grilletes ni cadena que se le resistieran. Veamos su último afufón:
El viernes 10 de junio el Alcalde Ordinario Lorenzo Sánchez y el escribano Miguel de las Casas fueron a la Cárcel, y hallaron que Vasco Díaz se había ido y salido de las prisiones en que estaba preso, y el dicho Señor Alcalde visitó las prisiones en que estaba preso y halló una chaveta de dos que tenía en un peal quebrantada y medio quebrada, y la otra no la halló porque el dicho Vasco Díaz la llevó o la echó en alguna parte donde no la hallasen, y el otro peal que en el otro pié tenía, porque tenía pasada la cadena por entre ambos piés, lo halló sano, y que parece que sacó el pié por el dicho peal, y asimismo halló unos grillos que le había mandado echar, quitado de ellos una chaveta con que cierran, y no sabe si le hizo alguna cosa para sacarla, y habiéndo visto el dicho Señor Alcalde todo lo susodicho, me lo pidió a mí, Miguel de las Casas, por fé y testimonio, ante los testigos Salvador Pérez, Juan Sánchez Vanegas, Francisco de Aguilar y Diego Rodriguez de Jaén.
Tras la fuga de Vasco, al día siguiente Catalina por medio de su apoderado nos demuestra que ni el Alcalde Ordinario, ni el escribano, ni el Alguacil jugaban limpio. En nombre de la herida, el calcetero Salvador Hernández se dirige al Alcalde Mayor —recuérdese, autoridad por encima de todos los concejos del Estado de Olivares y dependiente directamente del Conde— y le expone sin tapujos la situación:
El sábado 11 de junio pareció ante el Alcalde Mayor [el Licenciado Diego López de Herrera1] la querellante Catalina García, por el denegamiento de término que el Alcalde Ordinario Lorenzo Sánchez le había hecho. Pide que se le concedan los 20 días, y pide que pase ante un escribano del Rey "cual Vuestra Merced señalase, porque yo tengo por odioso y sospechoso a Miguel de las Casas, escribano de esta Villa, y por tal lo recuso, y juro a Dios y a esta Cruz que esta recusación no la hago por malicia". Otro sí, "me querello ante Vuestra Merced de Bartolomé Moreno, Alguacil de esta Villa, y de las demás personas que parecieran culpadas, y digo que por enemistad que me tiene, y por querer favorecer al dicho Vasco Díaz, lo soltaron y dejaron ir de la Cárcel donde estaba preso, pido y suplico a Vuestra Merced mande hacer información de lo susodicho y mande prender al dicho Bartolomé Moreno, Alguacil, y a los demás que parecieren culpados, porque yo los entiendo acusar ante Vuestra Merced del dicho delito ... ".
El Alcalde Mayor Diego López lo hubo por presentado y le concedió 10 días de término, y mandó llamar por edictos, y declaró en rebeldía, y señaló letrados de la Audiencia a los que notificar los autos, que retuvo en sí.
1.- Diego López de Herrera amerita nota aparte, siquiera sea por la durísima sentencia —fuera de lo corriente y absolutamente ejemplarizante— que pronunció contra Vasco Díaz y que conoceremos al final de estos capítulos. Por los dos intentos de embarcar a Santo Domingo sabemos de su hijo Rodrigo, y que su mujer se llamaba Ana:
Rodrigo de Herrera, natural de Sevilla, soltero, hijo del licenciado Diego López de Herrera y de doña Ana de Herrera, a Santo Domingo. 12 de septiembre de 1565. Y
Rodrigo de Herrera, natural de Sevilla, hijo del licenciado Diego López de Herrera y de doña Ana de Herrera, que tenía licencia para Santo Domingo en 12 de septiembre de 1565, no pasó y se le refrenda ahora. 8 de enero de 1569. (Archivo General de Indias).
El Licenciado moriría en la Villa de La Calzada al pié de las primeras estribaciones de Sierra Morena en su parte norte, entre el 23 de diciembre de 1575 y el 21 de marzo de 1579, años durante los que, como tal Licenciado, participó en la relación y respuesta a los capítulos enviados a dicha Villa de La Calzada por el Rey y conforme al mandamiento del doctor Andrade, Alcalde Mayor del Partido de Calatrava de la Gobernación de Almagro (Ciudad Real), a la que pertenecía dicha Villa.
Conocida hoy por Calzada de Calatrava, es cuna del cineasta Pedro Almodóvar y del empresario Gregorio Imedio, inventor del pegamento que lleva su apellido.
Luego Catalina García dijo que el Alcalde Ordinario Lorenzo Sánchez tenía las llaves del preso y estaba a cargo de él, y que está presta a dar información de lo que dicho tiene.
El sábado 11 de junio el Alcalde Mayor tomó declaración al Alcalde Ordinario, quien dijo conocer a Catalina García y a Vasco Díaz; que no sabe si la hirió; que, como Juez, tenía preso a Vasco Díaz; que mandó a Bartolomé Moreno, Alguacil, prenderlo y guardarlo; preguntado si cuando el Alguacil se fué a segar, lo tomó él y recibió las llaves, dijo que lo niega; dijo que no sabía que el Alguacil se había ido; dijo que supo que Vasco Díaz se había escapado el jueves a mediodía, estando en la ciudad de Sevilla1; dijo que no hizo diligencias por ello porque no lo tenía a su cargo; preguntado si sabe que, como Justicia, es obligado a su cargo, dijo que no lo sabe; y que esta es la verdad, y que es de edad de 40 años.
1.- En la fiesta del Corpus Christi —el jueves día 9 de junio— Lorenzo Sánchez disfrutaba de la Tarasca, de los bailes y de la música cuando Antón Navarro, obligado de las Carnicerías de esta Villa, el cual también fué a Sevilla a ver la procesión, se lo encontró entre la multitud y le informó de la fuga de Vasco Díaz. Lorenzo Sánchez se desentendió de ello, sin pensar ni un momento en regresar a Castilleja para hacer las obligadas investigaciones, perdiéndose en este caso la celebración. Los festejos ejercían un fuerte atractivo sobre la población sevillana y sobre los provincianos, que acudían a ellos como mosquitos a la luz. Sin ser Lorenzo Sánchez persona inculta, antes al contrario, también se encontraba entre los incondicionales de los espectáculos, quienes, absortos, contemplaban los decorados que transfiguraban calles y plazas, las comedias y autos itinerantes que sobre carros interpretaban actores de mil procedencias, los desfiles de gigantes y cabezudos, los de las cofradías, los músicos y los cantores, y en los márgenes sociales todo el variopinto mundo, a veces sombrío y violento y otras lleno de vida y luz, que formaban los desfavorecidos de la fortuna, el lumpemproletariado, las clases ínfimas de aquel compendio de la Humanidad que era la capital andaluza, en especial en tan señalado día.
La Contrarreforma había herido de muerte el espíritu carnavalesco que permeaba toda la experiencia festiva desde la más remota antigüedad (como muy bien demostró el filósofo y antropólogo Mikhail Bakhtin), y acaso en el sur peninsular era —y es— donde tal espíritu más y mejor se resistía a los embates de la opresora religión oficial, siempre castrante y obsesa en pro del control político-social, condición necesaria para ejercer su suprema pretensión: el dominio espiritual y material del orbe. Pero y a pesar de los esfuerzos de la Corona y la Iglesia, —dos caras de la misma moneda— las autoridades no podían reprimir a aquella masa, que las sobrepasaba y desbordaba con sus mil formas: corría el vino, y aquí y allá sobre el mar de cabezas veíanse jarras y botillas elevándose y dejando caer los dorados chorros en las sedientas bocas; pronto se poblaron las calles de borrachos tirados en los suelos, escarnecidos por las bandas de pilluelos, revolcándose en sus propios vómitos y profiriendo incoherencias y eructos; saltaban por encima de ellos los ladrones, urgidos por colocar el producto de sus robos —joyas, guantes, bastones, puñales, sombreros, pañuelos bordados, estuches finos, dijes y hasta anteojos—, acaso sustraídos al descuido en la entrada a una calle y de inmediato vendidos por unas monedas en la salida; en las bullas muchachos introvertidos y ancianos desesperados acechaban la ocasión de rozarse con mujeres desprevenidas o acaso provocadoras y complacientes, a veces junto a sus distraídos maridos e hijos; vendedores ambulantes transportando canastas vociferaban sus productos, entre los que descollaban las frutas confitadas y las semillas saladas; saltaembancos y malabaristas ocupaban cada encrucijada; bandadas de prostitutas hacían su agosto, trabajando a destajo en cualquier lugar y, concluido el contrato, volviendo a la multitud, a enganchar a su próximo cliente arrastrándolo tras cualquier esquina; en la céntrica calle de Las Sierpes, tras la tapia semiderruída de un solar abandonado, el carnicero Antón Navarro había disfrutado de los servicios sexuales de una muchacha pálida, en los puros huesos y con la cara plagada de eczemas, asombrándose del reguero de parejas que accedía al recinto, a pesar de estar a escasos metros de las procesiones, hecho que comentó entre sonrisas maliciosas en su casual encuentro con el Alcalde Ordinario de Castilleja, tras darle cuenta de la fuga del luso.
Proliferaban las peleas y riñas, muchas de ellas sangrientas; como en todas las aglomeraciones de personas, se producían desmayos y lipotimias, que no alcanzaban a prevenir los entoldados que protegían las plazas y calles de los rigores del sol de junio; abundaban las caídas o los accidentes con las caballerías, o los desprendimientos de cornisas; perdíanse niños con frecuencia, viéndoselos desorientados y aterrados, todo lágrimas, deambular sorteando piernas de adultos hasta que algún alma caritativa —o lo que es peor, algún pederasta, algún brujo satánico— reparaba en ellos.
Volvió Antón Navarro a Castilleja al caer la tarde, tambaleándose sobre la albarda de su pollino, empapado en mosto y con la faltriquera floja. A Lorenzo Sánchez lo invitó un amigo sevillano, cofradiero de los de "orden" y persona económicamente boyante, a disfrutar de un banquete en su casa en la collación de San Juan de la Palma; era costumbre extendida abrir puertas de par en par a propios y extraños para agasajarlos, y las familias pudientes tenían a honra y orgullo preparar en extensas mesas en los patios de sus domicilios montañas de tentempiés y entremeses diversos, rápidamente devoradas por cuantos, a puro capricho, entraban a ellos, en un ambiente cordial de camaradería y llaneza. Pero almuerzos formales, con toda la ceremonia, solo se ofrecían en privado y entre allegados, cuando la fiesta coleaba entrada ya la tarde, como fué el caso con el Alcalde Ordinario de nuestra Villa, quien por otra parte ya se encontraba total y completamente olvidado de sus deberes en ella.
Como hoy, las capas sociales superiores en este aspecto no se diferenciaban notablemente de las bajas: en estos convites se presentaban las deseadas ocasiones de hacer una excepción con la bebida, de exteriorizar el histrión que todo ser humano alberga dentro de sí, de llevar a cabo ese tan soñado encuentro íntimo con la esposa del vecino siquiera bajo los dictados de la premura, de realizar y experimentar por fin tantas y tantas apetencias y pasiones reprimidas durante todo el año por los estrechos decretos impuestos por la vida social:
"... no puede dejar de mencionarse cómo se solía prolongar la fiesta religiosa también en las convivencias posteriores de los hermanos y vecinos, ya que esta del Corpus era una de las celebraciones principales del calendario y como tal suponía uno de los momentos privilegiados del año para el disfrute general. Pues bien, entre la función de la mañana y la procesión de la tarde era costumbre que el mayordomo convidase con cargo a las arcas de la hermandad no sólo a los demás oficiales, religiosos, músicos, diáconos, integrantes del Concejo y demás participantes en la fiesta, sino a otras muchas personas que se unían, lo que a veces derivaba en excesos y desórdenes... ". (Francisco Amores Martínez, "Culto y fiesta en torno al Santísimo Sacramento en los pueblos del Aljarafe de Sevilla, 1550-1835", Acta del Simposium "Religiosidad y ceremonias en torno a la Eucaristía", San Lorenzo del Escorial, septiembre de 2003).
En "Fiesta Grande: el Corpus Christi en la historia de Sevilla", Biblioteca de Temas Sevillanos, 1980, dice Vicente Lleó Cañal: "... la magnificencia de su celebración en los siglos posteriores [al XIII, XIV y XV] la hizo descollar [a Sevilla el Corpus] entre las restantes ciudades españolas. Así lo expresa un cronista [Reyes Messia de la Cerda], que escribía en 1594: "Y aunque en todos los lugares de España se celebran estas fiestas con increyble solemnidad y varios plazeres, no quitándoles la gloria a las ciudades famosas que en esto gastan parte de sus thesoros, pueden todas rendir vasallaje a la ynsigne ciudad de Sevilla, que en celebrar estas fiestas les haze notables ventajas y con razón, pues siendo ella el luzero de España y el archivo y thesoro de su honor y grandeza, parece que de derecho está obligada a mostrar en estas sanctas ocasiones más gravedad y pompa como más señora y con cuyo poder ninguna de las del mundo puede competir".
A la declaración de Lorenzo Sánchez siguieron —el 16 ó 17 de junio— las de dos mujeres que vivían con el Alguacil Bartolomé Moreno en la casa-cárcel: su esposa y una viuda, aunque todavía joven acogida allí por pura compasión; eran de esperar sus deposiciones, ya que puestas a elegir entre acusar de la fuga de Vasco Díaz al marido y huésped o al Alcalde Ordinario, el resultado no podía ser otro:
Testigo, Mencía Rodriguez, mujer del dicho Alguacil Bartolomé Moreno. Preguntada que dónde está su marido, dijo que hace 7 ó 8 días se fué a segar; dijo que él lo hizo saber a los Alcaldes Ordinarios de esta Villa, para que pusiesen cobro a los presos (pronto veremos quienes eran los otros); dijo que lo dijo a Lorenzo Sánchez y a Francisco de Contreras; dijo que no se acuerda si Lorenzo Sánchez ha entrado a ver a los presos después; dijo que Lorenzo Sánchez fué quien sacó a Vasco Díaz de sus cadenas; dijo que Lorenzo Sanchez tenía las llaves. Declaró ser de 28 años de edad, y no firmó por no saber escribir.
Testigo, Catalina Sánchez, viuda de Bartolomé Rodríguez Cordobés; vive en casa del Alguacil Bartolomé Moreno; dijo que fué Lorenzo Sánchez quien sacó al preso, y que ella lo había visto llegar a la Cárcel algunas veces y mirar a los presos; tiene 30 años de edad, y no firmó.
No hay comentarios:
Publicar un comentario