viernes, 20 de abril de 2012

Los Juanguren y el espadero 37j


Ίστορΐα en griego significaba antiguamente "conocimiento adquirido mediante investigación", "información adquirida mediante búsqueda". Una descripción de los datos obtenidos por medio de la Ίστορΐα lleva a una narración, a un relato de los hechos; este relato no tiene otra opción que ser cronológico si ha de ser ordenado, o comprensible. El tratado aristotélico Ηερί τα ςώα ίστορία ha sido traducido al latín como Historia animalium, y así, "Historia" ha venido a significar relato de hechos. De ahí que la historia sea el conocimiento de los hechos, pero hay una tendencia a contemplar estos hechos sólo cuando están en relación con asuntos humanos. Determinar estos hechos es nuestra intención, o más ambiciosamente, determinar la "realidad" de estos hechos; podemos establecer que "fueron reales" pero otra cosa es la idea que de ellos tenemos, el falseamiento o tergiversación que los cambios de mentalidad y de valores, influyentes decisivamente en la intepretación de las fuentes, producen en nuestros enjuiciamientos de ellos, o en la manera de observarlos. Husserl encontró una distinción entre hecho (Tatsache) y esencia (Wesen) y a la vez puso de relieve la inseparabilidad (Untrennbarkeit) de ambos. A partir de conceptos tan generales como Esencia, Ser, nos conviene retroceder, siquiera para tomar impulso: volvamos desde el Cosmos infinito, desde la Eternidad insondable donde habitan dichos conceptos (diluidos también en nosotros mismos), en un tornaviaje que sólo el pensamiento investigador puede permitirse, al intimismo entrañable de nuestra Villa del siglo XVI, de nuestros antepasados cuyo polvo forma parte hoy de las tierras que remueven máquinas excavadoras para cimentar urbanizaciones o para trazar autopistas. Amamos, odiamos, existimos sobre ellos, y desde tal posición de privilegio los hechos —sus hechos— nos forman, nos hacen, valga la redundancia.
Miguel de las Casas, Catalina García, Lorenzo Sánchez, Vasco Díaz y la realidad de sus hechos nos interesan ahora.

En casa de Catalina, la testigo María Hernández Rubia —Rubia era apodo que pasó a transformarse en apellido— ayuda solidariamente a su vecina, quien está ya dando algunos torpes pasos de convaleciente. "La Rubia", al final de la veintena, es una mujerona gruesa cuya presencia comunica salud animal, fuerza bruta, ordinariez; tiene los ojos azules hundidos en gordezuelos cachetes rojos, y melena y cejas trigueñas. Ahora se ha detenido pensativa en el patio tras volver a dejar en la cama a la vendada Catalina. Es mediodía, y cavila sobre qué hacer de comer, adecuando también el condumio para la delicada circunstancia de la agredida. Hace sol; en una tosca mesa de madera descolorida por la intemperie reposa una base rota de cántaro de barro arcilloso que con las lluvias pasadas retiene una porción de agua; en el fondo el polvo y las briznas vegetales de la atmósfera han ido depositando un sedimento marrón, y en la superficie del líquido flota con las alas abiertas el cadáver de un enorme abejorro que acaso su malsana curiosidad narcisista ahogó; María la Rubia lo examina con detenimiento y no hace ascos a darle un toquecito con la sucia uña de su dedo índice; la luz solar que incide directamente en los transparentes élitros del insecto proyecta en el terroso fondo, a través del agua, unos minúsculos fantasmas de oro resplandeciente, de luz y fuego, naranjiamarillo espejismo reverberante cuyos rayos refractos tiemblan sobre las irregularidades del légamo oscuro, incendiándolo con su mínima caricia alucinante.
Catalina duerme ya, inquieta, cuando "La Rubia" sale de la casa cerrando sin ruido la puerta y dispuesta a preparar para las dos una reconfortante olla en su cocina. Todavía no sabía qué cocinar, pero el zumbido de un abejorro que en mitad de la calle batía la luz en la altura —¿pareja del náufrago?— le brindó la solución: tenía un par de zorzales comprados el día anterior y ya desplumados y sin tripas, y suficiente carbón para el fogoncillo. Tuvo una idea, para la que su realización la soledad del mediodía caluroso en las calles del pueblo venía pintiparada; Vasco se había volatilizado y su familia ahora habitaban en la otra punta de la Calle Real; el huerto, por falta de riego y cuidados, iba a la ruina; decidió aprovechar lo que buenamente pudiese recuperar de él para cocer los zorzales, y, armándose de un cuchillo, se deslizó con cautela a lo largo de la tapia que deslindaba el sembrado, ahora plagado de hierbajos con más de dos palmo de talla y con el suelo resquebrajado y endurecido por la carencia de agua; vió con disgusto algún rastro oscuro de la sangre ya reseca de Catalina, y, escandalizada, el ladrillo manchado con el que el portugués la atacó, el cual no había sido utilizado como elemento probatorio, delatando así la desidia y el desprecio que las autoridades respecto al trágico suceso mostraban. Se dirigió espantando a una bandada de gorriones hacia un mato de berenjenas todavía rozagantes, lo que comprobó presionando con la yema del pulgar en la piel de uno de los frutos cárdenos, que de inmediato recuperó su forma indicando así que su estado era óptimo para la mesa; cortó varias que puso en el vuelto faldón de su sayo, y avanzó hacia el plantel de cebollas lirias, de las que arrancó —no sin esfuerzo— media docena; completó la carga con unas habas que languidecían en sus caballones sedientos; y con varios puñados de higos que maduraban en un solitario y arrinconado árbol, frutos que destinaría a una cocción laxante porque Catalina le había confesado encontrarse terriblemente estreñida, dió fin a su garrama. Ya tenía de sobras para el guiso.


El miércoles día 15 mandó el Alcalde Ordinario Lorenzo Sánchez poner edictos instando a Vasco Díaz a que se presente en el término de 20 días a purgarse y salvarse del proceso, bajo pena de ser declarado en rebeldía. Mandó pregonar dicho edictos a Alonso Martín, pregonero del lugar de Tomares en primero, segundo y tercer pregón, y que el edicto se fije en la esquina de las casas que son de Pedro de la Palma, en la Plaza pública de esta Villa.

Ante el Alcalde Mayor pareció Lorenzo Sánchez y dijo que él no es culpable de haberse soltado Vasco Díaz, porque no es obligado a guardar los presos, y es el Alguacil, el cual se anda paseando1 y no quiere hacer diligencias para prenderlo; dice que él no está obligado de hacer las diligencias, pero que además, por estar preso y encarcelado, no puede hacerlas. Por tanto, pide que se le suelte de la prisión, y que si no ha lugar, que le mande dar en fiado. Pide justicia.

1.- Peyorativamente se expresa el Alcalde Ordinario respecto a la ausencia de Bartolomé de Castilleja para poner más de relieve su supuesta culpa, cargándolo así a ojos de procuradores y jueces. Malintencionadamente usado así y en semejante contexto, "pasear" tiene connotaciones de las expresiones germanescas de la época: mandar, sacar, condenar a pasear era "ser condenado a ser azotado, castigo que se cumple llevando al reo subido en un asno por las calles de la ciudad" —recordemos el "mandar a paseo" de hoy—, y "paseante de a pie", "el hombre ocioso que pasa el día paseando a pie por las calles de la ciudad sin tener otra cosa que hacer". (José Luis Alonso Hernández. Léxico del marginalismo del Siglo de Oro. Universidad de Salamanca, 1976).
En un hombre con abundancia de caballos y criados como lo era Lorenzo, se echa de ver a distancia el desprecio que siente por un triste segador acuciado por el hambre y la miseria, como lo era el Alguacil Bartolomé.

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Los olvidados, 12q.

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