Río Grande de la Magdalena
"Reside en esta ciudad [de Santa Fé de Bogotá] la Audiencia, que tiene Presidente, que es Gobernador y Capitán General, seis oidores y un fiscal, con los secretarios, relatores y demás ministros y oficiales. Tiene esta Audiencia grande jurisdicción, en que provee Su Majestad por consulta del Supremo Consejo de las Indias, cinco gobiernos, que son el de Cartagena, Santa Marta, Antioquía, los Muzos y Mérida, y parte del de Popayán, y tres corregimientos, que son Tunja, Mariquita, Tocayma y Vagué. Provee más Su Majestad 12 contadores en el distrito de esta Audiencia, que son en la ciudad de Santa Fé, donde hay Tribunal de Cuentas, dos contadores mayores, dos ordenadores y contador y tesorero; en Santa Marta contador y tesorero; en Antioquía contador y tesorero. Provee más el Presidente veinte y dos oficios, los veinte corregimientos, un juez de canoas (1), y administrador de Mitayos (2) y otros oficios; demás de los cuales provee dos presidios, uno el de Carare en el río Grande de la Magdalena, y otro en el Chaparral, llamado San Lorenzo". (Compendio y descripción de las Indias Occidentales. Fray Antonio Vázquez de Espinosa).
(1) Juez de canoas. "El principal vehículo de transporte fluvial fue el champán. Con 12 metros de largo y 1,20 de ancho, este hermano mayor de la canoa era manejado por una tripulación de 12 a 14 bogas, en principio indios de encomienda. La dureza del trabajo, que propició altos índices de mortalidad en la población indígena, dio lugar a que en 1601 [Valladolid, 24 de noviembre] se redactasen una serie de ordenanzas para protegerlos de los abusos y del exceso de trabajo. El encargado de esta labor fue el 'juez de canoas', funcionario que trabajaba en los puertos. A pesar de que las ordenanzas de 1601 poco a poco permitieron la sustitución de las cuadrillas de indígenas por las de esclavos negros*, a finales del período colonial casi podemos hablar de la desaparición de los bogas indígenas.
En los champanes se transportaba la mercancía de los comerciantes ambulantes desde Cartagena o Mompox. El transporte era muy duro, incluso para una tripulación de 12, ya que había que empujar el barco con su carga contra corriente.
Debido al régimen de lluvias en el occidente del reino, el transporte fluvial era estacional. Durante la época de fuertes lluvias (abril-mayo, septiembre-noviembre) no se podía ir río arriba, por lo que el transporte se suspendía, llegando así el período de 'bogas cerradas'. La estación seca traía consigo el de 'bogas abiertas', o sea, cuando el acarreo estaba en pleno funcionamiento.
Los comerciantes y transportadores se veían obligados a pagar unos impuestos por derechos de muelle y bodegaje en los puertos donde se atracaba. La Corona vendía el derecho de recaudación de éstos a individuos que recibían, además, el título de 'alcalde de puertos' ". Alberto Córdoba Pardo y Ángeles Rodriguez Bouza. Oro y despropósitos. La Minería en Nueva Granada: Notas Históricas 1500 - 1810. Instituto Tecnológico Geominero de España. Madrid, 1992).
"El tipo habitual de vehículo acuático utilizado en el bajo Cauca y en el Magdalena era el pesado champán, una ampliación de la piragua indígena. Con un largo de 12 metros y 1.20 de ancho, el champán era capaz de transportar cien botijas de vino y estaba impulsada por 12 o 14 tripulantes. La canoa era hecha con un solo tronco —usualmente el gigante cedro tropical— (Cedrela sp.) que abundaba en la selva húmeda de las tierras bajas y lluviosas cercanas a la desembocadura del Cauca y en los alrededores del bajo San Jorge. Durante el siglo XVI y a comienzos del XVII los indios de encomienda de esta zona construyeron numerosos champanes, que eran vendidos a los transportadores de Mompox. Hacia 1620 había más de 100 canoas de esta clase dedicadas al transporte por el Magdalena, entre la Barranca de Matero (cerca a Cartagena) y Honda, puerto principal de Bogotá y de las zonas mineras de occidente. [...] Los indios que vivían a lo largo del bajo Magdalena y el bajo Cauca fueron obligados a manejar los champanes. Algunos encomenderos de la región se convirtieron en prósperos transportadores fluviales, dueños de champanes y tripulaciones indígenas. En estos botes se transportaba la carga de los comerciantes ambulantes desde Cartagena o Mompox hasta los diversos puertos del río. Alarmada por la desastrosa mortalidad de los barqueros o bogas, la corona promulgó en 1601 una serie de ordenanzas para proteger a los indios de abusos y exceso de trabajo. Para aplicar tales leyes se nombró un funcionario oficial llamado 'juez de canoas', que debía servir en los principales puertos fluviales. Impulsar los champanes era realmente un trabajo duro, incluso para un grupo de doce, pues estos vehículos, pesados por la carga de mercancía, tenían que ser empujados lentamente contra la corriente. [...] Tanto en el Chocó como en el bajo Magdalena, los negros desplazaron eventualmente a los indios como bogas. Ya en 1601 la corona ordenó a los propietarios de canoas el uso de trabajadores negros siempre que fuera posible. Hacia 1625 muchas de las cuadrillas del Magdalena estaban formadas por negros". Robert C. West. Comercio y Transporte en el Nuevo Reino de Granada durante el siglo XVIII. https://revistas.unal.edu.co/index.php/revistaun/article/viewFile/11940/12564
Ver Génesis y Desarrollo de la Esclavitud en Colombia Siglos XVI y XVII. María Cristina Navarrete. Universidad del Valle. Cali, Colombia, 2005.
"Desde el momento de su fundación Mompox se había convertido por diversas causas en un foco de permanente conflicto dentro de la gobernación de Cartagena de Indias. El origen de todo el problema estribaba en el especialísimo marco geográfico en que estaba enclavada —en la ribera izquierda del Magdalena, en una tierra muy pantanosa y llena de manglares—, que si bien la dotaba de una situación inmejorable para el tráfico comercial, la privaba por el contrario de todo posible desarrollo agropecuario. Sin embargo, bien pronto los habitantes de Mompox encontraron la fórmula de paliar estos efectos, ya que llegaron a convertirse en los primeros “transportistas" de la gobernación cartagenera. Efectivamente, al resultar imposible a la población indígena que tenían encomendada tributar en maíz o frutos de la tierra, debido a que las condiciones físicas del suelo se lo impedían, decidieron emplear a estos indios en una forma de encomienda de servicio personal característica del Nuevo Reino de Granada: la boga por el Magdalena. Consistía ésta en que los indios debían trabajar gratuitamente como remeros —de ahí el nombre de “bogas”—, en las canoas que surcaran el citado río, llevando y trayendo mercancías y pasaje de Cartagena a Nueva Granada y viceversa, con lo que sus encomenderos, dueños y organizadores de este tipo de transporte, habían llegado a alcanzar pingües beneficios". Mompox y el control de la boga del Magdalena. María del Carmen Borrego Plá. Temas Americanistas, nº 4, 1984, págs. 1-9.
* A pesar de la polvareda de discusiones levantada primeramente por fray Bartolomé de las Casas 100 años antes, en este 1601 todavía se sustituían a indios por negros. A pesar de las puntualizaciones del dominico y de otros moralistas se siguieron vendiendo y comprando esclavos "habidos de buena guerra y no de paz" en innumerables ocasiones en nuestra Villa —y en todas partes y lugares de la Corona, claro está— durante el siglo XVI y el XVII. Especialmente injusta era esta "justificación" cuando, como en tantos y tantos ejemplos, se aplicaba a esclavos africanos: nunca España estuvo en guerra —ni buena ni mala— con ningún pueblo del Continente Negro, mas la expresión tuvo éxito, sospecho que como tranquilizante de malas conciencias.
https://books.openedition.org/pupvd/2923?lang=es
(2) Mitayos. Indios sometidos al sistema de la mita. Ver Encomienda y Mita en la Nueva Granada. Juan B. Ruiz Rivera. Escuela de Estudios Hispano-Americanos. Sevilla, 1975.
Indios mitayos en trabajo de obraje [telar] según miniatura de un códice mexicano.( www7.uc.cl ).
(CONTINUACIÓN DEL TESTAMENTO DE FRANCISCO MARTÍN CHAPARRO). Declara que el capitán Pedro Flores (1) le dio ... pesos de plata corriente para que pagase la canoa en Mompox (v.s.) en que abajaron (sic) por el Río Grande [de la Magdalena], de los cuales el otorgante pagó 87 pesos y 6 reales por la dicha canoa, por manera que estos pesos que pagó son de 20 quilates, y los pesos que recibió fueron de plata corriente de a 8 reales cada peso, y los que él pagó son de a 20 quilates, que vale cada peso 14 quilates, por manera que pagó dineros más que los dichos 100 pesos que se le dieron por el capitán Pedro Flores, y manda se haga la cuenta y si pareciere que debe, que se descuente de lo que a este otorgante debe el dicho doctor Chaparro, y si le deben, que se cobre de ellos. Declara que dió dos poderes en causa propia a Juan Gómez Garzón (2), escribano del Rey Nuestro Señor, residente en Santa Fe de Bogotá, para que cobrase por él de Juan García Hinojosa el valor de un negro y dos caballos, que le dió costas de él, y de Nicolás Gutiérrez su fiador, que el valor de dicho esclavo y caballos y mas 50 ducados de costas, y asimismo para cobrar del capitán Garci González de Silva (3), vecino de Caracas, 140 pesos de a 22 quilates y medio, y de Pedro García, vecino de Pamplona (3), 17 pesos y medio, embargante que los dos poderes los dio en causa propia, y declara que los dichos dos poderes los dió en confianza para que se cobrasen los dichos maravedíes y se los enviasen, y así lo declara el dicho Juan Gómez Garzón en una cédula que a este otorgante hizo, y el poder que Juan Gómez Garzón dió a este otorgante para vender un molino salió incierto, porque lo tenían tomado por la deuda a Serrano, y manda que lo que hubiere cobrado el dicho Juan Gómez Garzón se cobre de él y de los demás que a este otorgante deben. Declara que le debe Pedro Martín su cuñado 100 reales que le prestó, y manda que se cobren de él. Declara que le debe Hernán Dálvarez, vecino de Triana, la mitad de lo que montó una tinaja de vino que vendió propiedad de ambos, manda que se cobre de él aquello que quisiere dar, y no otra cosa, y de lo que le diere se le devuelvan 15 reales que le parece le debe. Declara que le debe Alonso Martín, vecino de Triana, 8 ... que le prestó, manda que se cobren de él. Declara que le debe Ximon (sic) de Liscano 83 reales de resto de 12 pesos que le dio en La Habana (5), manda que su le cobren. Declara por vía de inventario que tiene los bienes siguientes: un solar en la villa de Gines linde con viñas del doctor Luis de Cabreros; tiene en su casa 1.000 reales; tiene dos sortijas de oro y una esmeralda (6) que valen 100 ducados; tiene un vestido suyo, calzones y ropilla aterciopelado, y ferreruelo de paño negro, y medias rasas de punto de seda; tiene dos coletos de venado, uno sano y otro acuchillado, y el acuchillado tiene seis botones de oro, con sus perlas; tiene un vestido de paño pardo, calzón y ropilla y ferreruelo; tiene dos pares de calzones, uno de ¿gerguillo? y otro de tafetán carmesí; tiene un cofre de Flandes; tiene otros bienes muebles en su casa, que después de que Dios sea servido de llevarlo, se le imventariarán; tiene dos mulas, una negra y otra moxina. Manda y es su voluntad que se den de sus bienes a Clara Martín, su hija legítima y de Emilia Díaz su mujer, el tercio de todos sus bienes para ayuda de su casamiento, además de la legítima que de él hubiere de heredar, lo cual haya en el solar de la villa de Gines. Declara que cuando se casó con su mujer Emilia Díaz ella trajo en dote y casamiento como 60 ducados, y manda que se le paguen de sus bienes. Declara que cuando se casó con la dicha Emilia Díaz él tenía por bienes 50 ducados, y todos los demás bienes que tienen hasta hoy son bienes multiplicados y partibles entre la dicha María (sic) Díaz. Nombra por albaceas la dicha María (sic) Díaz su mujer y Juan Alonso, vecino de la villa de Gines. Ítem declara que por cuanto él ha criado a Luis, manda que se le den de sus bienes 10 ducados, los cuales cuando él fallezca se le den al dicho Juan Alonso para que los tenga en tutela y los dé a tributo para que le ganen al dicho Luis, y de lo que ganaren lo pongan a leer y escribir de ellos, y si nada dijere de aprender el arte de leer y escribir, manda que lo pongan a oficio el que quisiere aprender, y si no quisiere tampoco, que no se le den los 10 ducados, y se queden para sus herederos. Nombra por sus herederos a Francisco Martín, María Díaz y Clara Martín, sus hijos con dicha Emilia Díaz. Manda que se den de sus bienes a Ana Díaz su suegra 2 ducados para ayuda a vestirse. Dado en Castilleja de la Cuesta estando en el Señorío en casa del otorgante, a 7 de marzo de 1596. Testigos, Francisco Vázquez ¿de Morón?, Hernando el mozo y Pedro de las Casas.
Firma de Francisco Martín Chaparro en su testamento.
(1) El capitán Pedro Flores y el propio Francisco Martín Chaparro aparecen involucrados en el negocio de transporte de mercancías, caballos y esclavos en el alto Magdalena a juzgar por este testamento.
(2) Juan Gómez Garzón. "Fue el funcionario que asignó a los pueblos de indios de Mérida sus resguardos [agrupación de indígenas que los invasores llevaban a cabo para su mejor dominio y explotación*] en 1594 y luego se desempeñó como Corregidor de Indios de Mérida". Edda O. Samudio A. Trabajo y tributo en los andes venezolanos: el caso de Mérida. Siglos XVI y XVII (en América bajo los Austrias: economía, cultura y sociedad. Pontificia Universidad Católica del Perú. 2001).
* "La asignación de resguardos (...) junto con las composiciones de tierras, reformó la propiedad agraria. En el caso de la Sabana de Bogotá, con el establecimiento del resguardo en el siglo XVI se legitimó el despojo a los indígenas de aproximadamente el 95 % de sus tierras ancestrales". Marta Herrera Angel. Ordenamiento espacial de los pueblos de indios: dominación y resistencia en la sociedad colonial. Universidad de Syracuse. https://www.icanh.gov.co/recursos_user/documentos/editores/202/Fronteras_02/Fronteras_02_04_articulo.pdf
Vecino de Michoacán en la Nueva España, recibió licencia del Virrey Álvaro Manrique de Zúñiga en la ciudad de México el 20 de marzo de 1587 para ir libremente a España, donde se había casado, a hacer vida con su mujer. Y para llevar consigo a su criado Pedro del Castillo, soltero. Al año siguiente pidió licencia desde España para regresar, esta vez al Nuevo Reino de Granada "por justas ocasiones", con su mujer e hijos, 4 criados y 4 esclavos, y un mozo y una moza de servicio, ya que Pedro del Castillo "se le había ausentado". Sin embargo Juan Rodríguez, indio natural de la Nueva España, estando en el Reino de Castilla, pidió luego al Rey licencia el 21 de agosto de 1589 para volver, diciendo que dos años antes hizo el viaje de venida en la flota de Francisco de Novoa como criado de Juan Gómez Garzón, el cual regresó dejándolo en España. El 25 de dicho mes de agosto en Madrid ante el escribano Martín Tello de Meneses testificó en favor del indio el licenciado Blas Escoto de Tovar, de 28 años de edad, vecino de México y estante en dicha Corte en la calle de los Convalecientes en casa de Salinas, quien había hecho el viaje de venida dos años antes en la nao de Juan de Goyas junto a Juan Gómez Garzón y el referido indio; el 26 lo hizo el igualmente vecino de México Luis Francisco de Ojeda, de 44 años de edad, que también vino en la dicha nao y tuvo en sus manos y leyó la licencia del Virrey, y dijo conocer al indio de muchos días, al cual "al presente lo tenía a su servicio". Por fin el indio Juan Rodríguez obtuvo licencia para regresar a su tierra.
Firmas de los testigos estantes en Madrid Luis Francisco de Ojeda y Blas Escoto de Tovar
(3) Garci González de Silva, militar, conquistador, alcalde de Caracas, tesorero de la Real Hacienda, teniente general. Por cédula dada en Madrid el 12 de octubre de 1608 se le denegó el oficio de depositario general de la provincia de Venezuela y el de tenedor de bienes de difuntos de ella, seguramente por débitos fiscales por los que el gobernador Alquiza le había exigido 872.400 maravedíes, aunque a la vez el dicho gobernador le procuraba mineros expertos para reiniciar una explotación en San Juan y La Platilla, que Garci decía haber descubierto en una incursión con 36 hombres a caballo por los ríos Tiznados y Guárico para defender Valencia, a la sazón atacada por los indios caribes (1576). La novelesca vida de Garci González de Silva fue relatada por el historiador José de Oviedo y Baños, quien refiere que hirió en una lucha cuerpo a cuerpo al cacique Paramaconi y que luego se convirtieron en amigos. En compañía con Mateo Díaz de Alfaro, con el cual estaba emparentado, obtuvo del gobernador Diego de Osorio una vasta extensión de tierras al suroeste de Caracas para criar ganado y hacer de barrera contra los ataques de los caribes orinoqueses. Llegó a tener 200 esclavos y unas rentas anuales de 40.000 pesos, por lo que se le consideraba el caraqueño más rico de la época. Nació en Mérida (Badajoz) hacia 1546 y murió en Caracas en 1625. Era hijo de Lorenzo González y de Leonor de Silva, y salió de España en 1569 como alférez de un grupo mandado por su tío Pedro Maraver de Silva. “Una fruta silvestre lleva su nombre (‘garcigonzález’) y lo recuerda también un pájaro venezolano, el ‘gonzalito’, cuyos colores amarillo y negro se parecen al penacho del conquistador”. A. Pérez Vila, “González de Silva, Garci”, en VV. AA., Diccionario de Historia de Venezuela, vol. II, Caracas, Fundación Polar, 1988, págs. 333- 335. http://dbe.rah.es/biografias/35161/garci-gonzalez-de-silva
(4) Pamplona. "La Provincia de Pamplona, también llamada Gobierno de Pamplona durante la época imperial española, fue una entidad administrativa y territorial de la Nueva Granada, creada el 3 de agosto de 1555 como corregimiento del Virreinato del Perú. En 1717 una Real Cédula expedida por el rey Felipe V de España creó el Virreinato de Nueva Granada, por medio de la cual la provincia fue agregada a este último". (Wikipedia).
(5) También estuvo Francisco Martín Chaparro en La Habana. Aunque no he logrado dar con su licencia de pasajero a Indias, a Francisco —y a sus familiares— podemos seguirles la pista en sus andanzas ultramarinas en, por ejemplo, Documentos sobre posesión de aguas de los pueblos indígenas del Estado de México, siglos XVI al XVIII, de Israel Sandre Osorio, México, 2005, donde parece referenciarse a su padre: "... hice parecer ante mí a Antonio Gómez Cortés y a Francisco Martín Chaparro, terceros por mí nombrados para el tanteo y reconocimiento de las tierras que poseen los naturales del pueblo de San Francisco Chalchiguapa, los cuales como inteligentes en las tierras y cosas de campo, declaren las que hubiere realengas [...] y declaró el dicho Francisco Chaparro ser de sesenta años de edad, español y casado con doña Juana de Alcántara, española y ser vecino de este pueblo de Atlacomulco, y no firmó porque dijo no saber". O en Antecedentes agrarios del municipio de Atlacomulco, Estado de México. Mario Colín. Edición del Departamento de Asuntos Agrarios. 1963: "... con tierras de don Gaspar, las cuales divide un camino que sale del dicho pueblo de Atlacomulco para el rancho que posee Francisco Martín Chaparro, y estando en un plan que hacen unas lagunetas secas, siguiendo dicho camino ...". O en The Demise of the Caciques of Atlacomulco, Mexico, 1598-1821: A Reconstruction. Anne Bos. Research School of CNWS, School of Asian, African, and Amerindian Studies, 1998: "The other Spaniards who were said to have united with the gobernadores were Joseph de Barrera, Juan de Contreras, Francisco Martín Chaparro, Gabriel de Monroy and Bartolomé Astacio ... ".
Aunque al doctor Francisco Guillén Chaparro en la mayoría de las ocasiones se le menciona por este nombre, no faltan las que lo hacen como Francisco Martín Chaparro, alternando así el Guillén con el Martín, como vamos a ver a continuación. Pero antes, esta cita de Documentos para la historia de la educación en Colombia, Volumen 1. Patronato Colombiano de Artes y Ciencias. 1969, que quizá contribuya a embrollar más el tema: "... a la dicha iglesia y coro, no lo quisieron hacer ni cumplir y tomaron por achaque para se salir del dicho colegio y los primeros que se salieron fueron Francisco Martín y Bartolomé Guillén, criados que habían sido del señor doctor Francisco Guillén Chaparro, oidor que preside en la Real Audiencia de este Reino ... ".
En el Nobiliario de Extremadura, Tomo IV, Ediciones HIdalguía, Madrid, 1999, se incluyen: "Francisco MARTIN Chaparro, natural de Medina de las Torres, Badajoz, en 1574 Colegial del Mayor Santa María de Jesús de la U. de Sevilla, Oidor del Nuevo Reino de Granada y de México, y García MARTÍN Cabezas, natural de Don Benito, Badajoz, en 1619 Colegial en el mismo Mayor de Sevilla, Jurista, Provisor, Canónigo de las Charcas, Inquisidor de Lima y Obispo de Cartagena". Al doctor Guillén Chaparro se le vuelve a nombrar Martín Chaparro en la revista Hidalguía de 1989, volumen 37, parte 2.
(6) No cabe ningún género de duda acerca de la procedencia de la esmeralda y del oro de estas joyas."El oro fue uno de los principales intereses de los españoles en sus campañas de Conquista en territorio americano. Después del dominio militar, las autoridades civiles y eclesiásticas implementaron medidas para continuar y justificar el saqueo. Diversas fueron las estrategias diseñadas por los indios para evitar el expolio de sus lugares sagrados. Al final, fue evidente la tensión entre la supervivencia de las prácticas religiosas indígenas y la política de represión y censura aplicada por la Corona y la Iglesia [...] La llegada del hombre español significó un punto de ruptura en esa compleja y próspera actividad metalúrgica, y un impacto irreparable al ancestral acervo cultural y religioso de las comunidades americanas. Debido a la valoración y particular percepción que los europeos le atribuían al oro, buena parte de este preciado metal fue saqueado indiscriminadamente y luego fundido. Los indígenas, entre tanto, se resistían a abandonar sus creencias religiosas. Ante la represión, optaron por practicar sus ritos de manera soterrada conservando sus ídolos y venerando a sus dioses [...] Tan pronto los conquistadores pisaron las playas de la Costa Caribe durante los años iniciales del siglo XVI, dejaron ver su deseo infinito por acumular oro. En un principio, se les otorgaron licencias para que, dentro de sus labores de exploración, descubrieran santuarios y sepulturas pero bajo ciertos parámetros en los que se buscaba un beneficio compartido con la Corona en torno al reparto del botín obtenido [...] Miles de piezas sagradas para los nativos fueron profanadas, raptadas y fundidas bajo el ya consabido argumento de ser objetos con los que se alimentaba el paganismo. A veces, se utilizó el método de la persuasión y el diálogo amistoso pero, cuando esto no funcionaba, los conquistadores no tuvieron empacho en arremeter con furia y violencia con tal de lograr su cometido [...] En la provincia de Cartagena, el cacique Zipacua se acercó en 1533 en son de paz ante el gobernador Pedro de Heredia*, entregándole a manera de presente un buen número de piezas de oro fino, después de lo cual lo invitó a sus aposentos. El gobernador respondió al llamado y halló en el templo un puerco espín de oro al cual se le rendía culto, cuyo peso era de 5 arrobas y media. Heredia se lo llevó no sin antes reprocharle al cacique por la superstición en que estaba incurriendo al venerar esa pieza zoomorfa. Igual táctica utilizó al entrar al pueblo de Carnapacua en donde halló ocho patos de oro que eran el centro de adoración. El peso de estas piezas se aproximaba a los 40,000 ducados. En ambos casos, el gobernante español quiso tener un detalle con estas comunidades obsequiándoles baratijas, machetes y hachas, elementos que eran para ellos una verdadera novedad. En Finzenú, que era el centro espiritual de los zenúes, halló Heredia 24 ídolos de madera con figuras humanas, revestidos íntegramente de gruesas capas doradas. Cada una de estas piezas tenía en la cabeza un ornamento en finísimo oro y entre ellas estaba colgada una hamaca en la que era depositado el oro que ofrecían los indios, piezas delicadamente labradas a martillo y algunos tejuelos de fundición. Contiguo a este santuario se localizaba una montaña sembrada de árboles de cuyas ramas colgaban en hilera abundantes campanas de oro fino talladas burdamente. En estas expediciones, los invasores pudieron recoger de las sepulturas más de 150,000 ducados en oro que fueron repartidos entre el gobernador y los soldados de la compañía [...] Después de las campañas militares de dominación del territorio y de sumisión de los indígenas a los dictámenes de los conquistadores, el oro siguió siendo uno de los principales objetivos. Una vez asentadas las primeras instituciones políticas y económicas españolas, se dispuso de todo un marco legal que sirviera de justificación para sustraerles a los indios el oro y combatir sus prácticas religiosas, percibidas por la mente europea como heréticas y perjudiciales. La Iglesia y la Corona encaminaron sus esfuerzos en torno a tener éxito en este propósito. Se daba así inicio a una nueva etapa del saqueo, esta vez no bajo el asedio intimidante de la espada sino bajo el argumento de las providencias Reales y el concurso no siempre armónico de oficiales, funcionarios y representantes de la Iglesia. Para el efecto, se organizaron visitas a las áreas denunciadas dentro de la meta de erradicar la idolatría ligada a la existencia de santuarios indígenas. Extensos testimonios y largos juicios se derivaron de estos recorridos. A juzgar por los relatos, este tipo de diligencias no estuvieron exentas de robos perpetrados por los mismos funcionarios quienes, inducidos por la tentación, se apropiaban ilícitamente del oro o presentaban unas cuentas distorsionadas. Tampoco hubo certeza de que esos recursos fueran orientados a la cristianización de los esquilmados indios, tal como rezaba la norma: ...y porque en los dichos santuarios se halla algunas veces oro y cosas de valor, se ordena y manda que lo que así se hallare se distribuya en utilidad de la iglesia del pueblo donde el santuario se hallare y lo mismo sea de lo que se hallare en sepulturas por aviso del sacerdote, y lo que sobrare, distribuido en las iglesias, se gaste en la enfermería y en obras pías tocantes al mismo pueblo... [...] Al enterarse [el licenciado Miguel Díaz] de que el cacique del repartimiento de Bogotá almacenaba oro, lo retuvo y lo desterró luego a Vélez en donde fue objeto de tormentos quemándole algunas partes de su cuerpo hasta el punto de que terminó confesando el paradero de un sacerdote indígena que guardaba cierta cantidad del preciado metal. A este líder espiritual también lo torturaron quemándolo con un tizón ardiente y trasquilándolo [...] Al alcalde de Popayán don Sebastián Quintero se le acusó en 1552 de aprovechar una visita, que había programado con el pretexto de tasar tributos, para exigir a los indios el oro de sepulturas. Al cacique de Yumbo lo encadenó, lo ató a un palo y lo mantuvo tres días con azotes por no decirle en dónde estaba enterrado el metal aurífero. A una nativa la colgó de los pies, la azotó y la puso después bajo candela. A otros dos los ahorcó porque solo lograron reunir `una olla con gargantillas y patenas` [...] En tiempos del arzobispo Zapata de Cárdenas, el cura doctrinero Francisco Lorenzo logró con su poder de persuasión y astucia, y con la ayuda de la información de un indio, engañar al jeque del pueblo de Ubaque para que entregara sus santuarios. Lorenzo buscó la forma ingeniosa de comunicarle a este líder espiritual indígena que sus divinidades le ordenaban ubicar en una cueva todas las ofrendas. El Padre declaró haber hallado en este paraje cuatro ollas llenas de santillos y tejuelos de oro, cuyo inventario fue tasado en 3,000 pesos de oro aunque algunos rumores apuntaban a que en realidad logró recaudar más del doble [...]. El expolio de los santuarios indígenas durante la conquista en el Nuevo Reino de Granada: un debate entre la confrontación religiosa y la ambición. Roger Pita Pico. Revista de Historia de América, nº 142, 2010.
He subrayado las referencias a la clerigalla ambiciosa y ladrona que invadió Suramérica.
* El desnarigado Pedro de Heredia es un viejo conocido nuestro: "En ciertas jornadas, eufóricos por el valor del botín encontrado en los cementerios o por los efectos del mosto que con generosidad distribuían entre aquella turba salvaje sus jefes, pateaban cráneos y se lanzaban unos a otros, entre risotadas y burlas, despojos de cadáveres, cubriéndose los hombros con las lujosas vestiduras de los muertos principales y las cabezas con sus emperifollados gorros, e imitando los bailes indígenas con grotescos vaivenes y saltos, mientras sus perros de presa destrozaban a dentelladas las mortajas.
No hacían los esbirros del Gobernador ascos al nauseabundo hedor de las sepulturas recientes, y con las manos desnudas revolvían los restos todavía frescos de los que no habían sido momificados, sobre los que pululaban los gusanos.
El agravio a las tribus indígenas del Sinú no se quedaba simplemente en la desacralización de los difuntos y el robo de sus joyas; en la observación de las conductas de los animales encontramos las llaves de oro que explican las nuestras, y en el caso universal de las ceremonias de enterramientos que todas las culturas de la humanidad han llevado y llevan a cabo no es difícil atisbar reminiscencias de los hábitos de depredadores que, como muy bien se demostró en el siglo XIX, son nuestros antepasados y procedemos de ellos. Los cánidos constituyen el ejemplo más patente del hábito de enterramiento de despojos, reservados para alimentarse con posterioridad. En el subconsciente colectivo de los pueblos de la tierra, muy difuminado por las charlatanerías religiosas y las conveniencias pseudosociales, late este instinto primordial y práctico que lleva al animal a ocultar como un tesoro su fuente de proteínas. Y en este ámbito del subconsciente humano, profanar tumbas equivale a saquear despensas; de este modo el indio colombiano se veía dañado en todos los niveles de su psiquismo con las incursiones de aquellos crueles gigantes blancos que, como una jauría de lobos, arrasaban a su paso sin consideración alguna aquéllo que tanto apreciaban". https://castillejadelacuesta-antonio.blogspot.com/2010/09/los-esclavos-82y.html
He subrayado las referencias a la clerigalla ambiciosa y ladrona que invadió Suramérica.
* El desnarigado Pedro de Heredia es un viejo conocido nuestro: "En ciertas jornadas, eufóricos por el valor del botín encontrado en los cementerios o por los efectos del mosto que con generosidad distribuían entre aquella turba salvaje sus jefes, pateaban cráneos y se lanzaban unos a otros, entre risotadas y burlas, despojos de cadáveres, cubriéndose los hombros con las lujosas vestiduras de los muertos principales y las cabezas con sus emperifollados gorros, e imitando los bailes indígenas con grotescos vaivenes y saltos, mientras sus perros de presa destrozaban a dentelladas las mortajas.
No hacían los esbirros del Gobernador ascos al nauseabundo hedor de las sepulturas recientes, y con las manos desnudas revolvían los restos todavía frescos de los que no habían sido momificados, sobre los que pululaban los gusanos.
El agravio a las tribus indígenas del Sinú no se quedaba simplemente en la desacralización de los difuntos y el robo de sus joyas; en la observación de las conductas de los animales encontramos las llaves de oro que explican las nuestras, y en el caso universal de las ceremonias de enterramientos que todas las culturas de la humanidad han llevado y llevan a cabo no es difícil atisbar reminiscencias de los hábitos de depredadores que, como muy bien se demostró en el siglo XIX, son nuestros antepasados y procedemos de ellos. Los cánidos constituyen el ejemplo más patente del hábito de enterramiento de despojos, reservados para alimentarse con posterioridad. En el subconsciente colectivo de los pueblos de la tierra, muy difuminado por las charlatanerías religiosas y las conveniencias pseudosociales, late este instinto primordial y práctico que lleva al animal a ocultar como un tesoro su fuente de proteínas. Y en este ámbito del subconsciente humano, profanar tumbas equivale a saquear despensas; de este modo el indio colombiano se veía dañado en todos los niveles de su psiquismo con las incursiones de aquellos crueles gigantes blancos que, como una jauría de lobos, arrasaban a su paso sin consideración alguna aquéllo que tanto apreciaban". https://castillejadelacuesta-antonio.blogspot.com/2010/09/los-esclavos-82y.html





No hay comentarios:
Publicar un comentario