lunes, 22 de junio de 2020

Historia de los apellidos, 21t.



En esta caricatura política de la época de la Revolución de 1848 —que produjo la proclamación de la II República francesa— un hombre con gorro frigio da un puntapié al padre de don Antonio de Orleans, Luis Felipe I (1773-1850), que abdicaría después. Su hijo Antonio, en este año de revoluciones europeas, y María Luisa Fernanda, huyeron a Inglaterra, de allí a Bélgica y luego a España. Como rival de la casa de Orleans y de sus seguidores en Francia, el presidente republicano y luego emperador Napoleón III se opuso a que don Antonio fuera entronizado en nuestro país. El abuelo del duque, padre de Luis Felipe, fue Felipe II de Orleans (1747-1793), partidario de la Revolución Francesa que, aun así, murió guillotinado durante el Reinado del Terror.


                                 Antoine de Latour con la hija del duque María de las Mercedes

Antoine de Latour (1808-1881), asiduo visitante de nuestra Villa, de los que para recuperarse del ajetreo capitalino venían de vacaciones a sus segundas residencias —en este caso el palacio de Montpensier tenía la ventaja sobre el de Sanlúcar y el de Villamanrique de su cercanía a Sevilla, más idóneo para una escapada improvisada o un refugio repentino, incluso paseando a pie—, fue escritor, poeta, historiador (1), hispanista e italianista. (Continúa en la siguiente entrada).

 (1) De la calidad de Antonio Latour como historiador da cuenta lo que pensaba —o dijo que pensaba— de la Guerra hispano-marroquí (1a), a la que calificó de Cruzada. Con la genial ocurrencia de "cruzada" se aseguró en cualquier caso las simpatías de los sectores españoles más retrógrados.
En Viaje de S.A.R. el Srmo. señor Duque de Montpensier a Túnez, Egipto, Turquía y Grecia. Cartas (1b) por M. Antonio de Latour, traducida del francés por don Pedro L. A. Dupouy. Sevilla, 1849. Imprenta de El Independiente, calle de la Muela (1c), n.º 36, que este traductor Dupouy dedica a S.A.R, la Serma. señora Infanta de España doña María Luisa Fernanda de Borbón, Duquesa de Montpensier. Dupouy compara la obra de Latour con Las Mil y Una Noches, y a él con Chateaubriand y Lamartine, pero habla en su prólogo de la "degradación musulmana". El 26 de junio de 1845 Latour escribe la primera carta desde Túnez. Salió de Argel el 20 en la goleta Gómer (1d), mandada por M. Goubin. El Bey tunecino, Ahmed-Bajá-Bey (1e), admirador del rey de Francia  cuyos retratos colgaban de sus palacios, les hizo un recibimiento fabuloso. "Al concluir los deberes de etiqueta, no pudo menos el antiguo alumno de la Universidad de Francia de entregarse al recuerdo de Scipion y de Annibal". El Bey confiere la Orden de Nichan-Iftigrar (1f) a varios del séquito de Orleans, entre ellos al secretario Latour, y dictó amnistía, a ruego de don Antonio, para los soldados presos por faltas contra la disciplina. Por fin, parten hacia Alejandría. La segunda carta es del 7 de julio de 1845 en esta ciudad egipcia, a la que llegaron el 30 de junio a las 7 de la mañana, en la referida goleta. El virrey de Egipto es Mehemet-Ali (1g), que recibe a los franceses con no menor fastuosidad que el Bey. Se habló del "corte del Nilo", y el ingeniero M. Mougel, presente, pidió tres años para hacerlo, a lo que el Bajá le respondió: "tomad más hombres y más dinero, y hacedlo en dos". Mehemet-Alí les cuenta sus proezas en la guerra contra los Wahabites. Habitaba el Bajá en el palacio alejandrino de Rass-et-Tin (Cabo de las Higueras). Sus bandas de música tocaban La Marsellesa o La Parisienne a los invitados. La siguiente carta es fechada en El Cairo el 15 de julio de 1845. Habían salido de Alejandría el lunes 7, y viajaron, primero en un dahabieh, y luego en el vapor del Virrey, desde donde contemplaron las pirámides. En El Cairo Montpensier visitó, entre muchas otras, la mezquita de El-Azahar, entre el entusiasmo popular que tuvo que controlar la policía. De El Cairo a Suez fueron por el desierto. En esta última población encontraron anclado en el mar Rojo al buque de vapor de 200 caballos Archímedes, que esperaba a su comandante, a la sazón en París para dar cuenta de su comisión en Indochina. Montpensier, en dromedario, inspeccionó el proyecto del Canal. Cada vez que desembarcan para ver monumentos o pueblos se encuentran con caballos ensillados, asnos enalbardados y sirvientes y guías que las autoridades iban disponiendo a lo largo del itinerario. De vuelta a El Cairo, el 13 de julio celebraron oficio fúnebre en conmemoración de la muerte en accidente de carruaje del hermano mayor del duque, Fernando Felipe de Orleans (1810-1842). El 14 por la mañana partieron hacia el Alto Egipcio. La carta siguiente está escrita en Menfis el 29 de julio de 1845. Mientras cenan sobre cubierta en el vapor cuatro músicos con el kanun (clavicordio), pandereta y otros instrumentos de cuerda les interpretan "Duss´ia leili" (Mi bella noche), canción popular egipcia "la misma que todo París repite ha más de un año, y que se debe a Feliciano David (1h)". En la población de Esné, desterradas de El Cairo, encuentran a las almeas (1i)  que, fantasmales y vestidas de blanco cruzan furtivas por las esquinas. Muchas de ellas eran hombres vestidos de mujer, que cantaban y bailaban en las ferias acompañándose de castañetas de cobre. En Philoé leen en una losa de granito: "El 13 messidor del año VI de la república, un ejército francés mandado por Bonaparte ha bajado a Alejandría. Veinte días después, habiendo el ejército puesto a los mamelucos en fuga en las Pirámides, Dessaix, comandante de la primera división, los persiguió hasta pasar las cataratas, donde llegó el 13 ventoso del año VII. Los generales de brigada Davoust, Friand y Belliard; Donzelot, jefe del estado mayor; Latournerie, comandante de artillería; Eppler, jefe del 21 de ligeros. El 13 ventoso, año VII de la respública: 3 de marzo, año de J.C. 1799". Y debajo de ella, grabada por Champollion: "Esta página de la Historia no debe mancharse". En la zona de las cataratas los remeros van cantando: uno "nadie hay tan hermosa como mi amada", y los demás contestan "dile que venga". El 21 de julio están en el templo de Edfú, Luxor, Karnac, De regreso a El Cairo visitan las pirámides. Ya en la ciudad, un anciano piemontés antiguo combatiente en la batalla de Heliópolis les sitúa sobre la división de Regnier: "allí estaban los cañones, de este lado estaba Kleber". El 1 de agosto vuelven a Alejandría por el Nilo en el mismo barco que les había llevado a las cataratas, no sin antes recordar los sitios en que estuvo el rey san Luis (1j). De nuevo en el Gómer, pasan a Constantinopla. En el Kiosko de San Esteban de esta ciudad escribe Latour su siguiente carta, el 18 de agosto de 1845. Antes tocaron tierra en la isla de Rodas, vieron la Cos de Hipócrates y la Samos de Pitágoras, la Chio de Homero, la Lesbos de Safo. El día 16 a las tres de la mañana anclan en el  puerto de Constantinopla. Los recibe Fuad-Effendi en nombre del Sultán. Fuad vino a España a felicitar a Isabel II de parte de la corte otomana, y a su regreso permaneció en Sevilla algunos días visitando sus monumentos (1k). Su padre, poeta crítico con la guerra de los otomanos contra Rusia, fue desterrado y murió ahogado. Le dedicó  a su hijo Fuad los siguientes versos: "Imita al maravilloso pájaro, que, siempre en las alturas del cielo, tiene a mengua poseer un nido sobre la tierra; sosténte en tus alas más alto que el vulgo, y así como los reyes hacen de la pluma del humá un signo distintivo de su grandeza, tú serás también el ornamento de la corona". El sábado 23 los recibió el Sultán (1l). Otro día Montpensier asistió a un baile de derviches, bailó el rigodón (1m) con baronesas e hijas de ricos mercaderes. El Gómer se asomó al mar Negro. Abogó Orleans por la causa de los cristianos en Siria. La siguiente carta es del 15 de septiembre de 1845 en Atenas. Allí son hospedados por el rey Othon (1n), y el resto del mes lo dedican a visitar las provincias griegas. Tras pasar por la isla de Malta, el 1 de octubre entraba el Gómer en Tolón.
(1a) Se le podría admitir a Latour su ocurrencia de Cruzada siempre y cuando consideremos el concepto en forma realista, como el intento que fue de eludir los impuestos y gravámenes que los musulmanes de la zona del Nilo exigían a los cristianos occidentales que importaban especias por tierra desde el Extremo Oriente. Las maniobras militares no dieron resultado, y hubo que esperar a tiempos de Cristóbal Colón para soslayar la vía terrestre de importación de los apreciados condimentos culinarios. En el caso hispano-marroquí hubo intereses mineros y de otras clases, además del político que apunto a continuación: reinando Isabel II, desde 1840 los rifeños reivindicaba su tierra mediante ataques a las ciudades españolas de Ceuta y Melilla y acoso a tropas destacadas en el interior del país. El último hecho defensivo de los colonizados, en agosto de 1859 hizo que el presidente del Gobierno Leopoldo O´Donnnell invadiese el sultanato marroquí —se dice que la guerra fue un invento generador de clima patriótico para acabar con las intrigas cortesanas catolico-papistas—. Un sevillano participante en esta guerra como mariscal de campo fue Carlos María de la Torre Navacerrada, nacido en 1809. En la infantería de la Guardia Real como capitán combatió contra la insurrección carlista en 1835 y. al mando de los Voluntarios de Navarra, fue herido gravemente en Mendigorria (ver abajo, apartado 1e). Tomaría parte en La Gloriosa y en 1869 fue nombrado capitán general de Filipinas. "En septiembre de 1869 preside la jura de la Constitución en el palacio de Santa Potenciana de Manila; la apertura de libertades es festejada por una minoría de filipinos ilustrados y liberales españoles, aunque no por la mayoría del pueblo, poco acostumbrado a eventos políticos de estas características. En el programa de festejos y como acto simbólico de la caída de la Monarquía, De la Torre ordena la demolición de la estatua de Isabel II; tras negarse los empleados municipales a cumplir dicha orden, la Junta municipal, como propietaria, reclama el busto que finalmente queda depositado en el ayuntamiento. Puede que este acto de insubordinación, conocido por el Gobierno de Madrid, llevara a éste a emitir un decreto por el cual quedaban cesados todos los funcionarios de la Administración filipina. Aunque en sus Memorias De la Torre considera que ésta fue una medida impopular para su mandato, la puso, sin embargo, en vigor a pesar de las protestas de los funcionarios cesantes que se vieron suplantados por peninsulares". (Real Academia de la Historia).


                                                                  Carlos María de la Torre

(1b) "Unas veces escritas en alta mar y sobre la cubierta de un vapor, a lápiz y con el cuaderno sobre sus rodillas, otras en las orillas de las cisternas del Cartago, otras a la sombra de las ruinas de Tébas, otras bajo el puente de Eurótas o en la tribuna de Atenas, echaba los sobres con los manuscritos en los buzones que milagrosamente aparecían en el itinerario", dice Latour.
(1c) Donde vivió de joven el luego jesuita Coloma, amigo de Fernán Caballero. La madre de él, por cierto, también lo era de ella y vino de Jerez a Sevilla alguna vez a verla. Por abril de 1872 llegó a la capital de Andalucía un hombre de confianza de Isabel II para entregar de manera secreta unos documentos importantes —sobre asuntos de La Restauración— al duque de Montpensier, y recaló en la casa de Cecilia en la calle Juan de Burgos. Por estar el duque de viaje y por la urgencia de una llamada de la esposa de este hombre desde París, dejó la documentación a Cecilia con el encargo de que la llevara a San Telmo. La anciana cayó enferma al siguiente día, y discurrió encargar al joven Luis Coloma la entrega, previniéndole de que no la llevara al duque hasta la noche siguiente y dándole una carta para que lo atendiesen conserjes y criados del palacio. A las 9 de la dicha noche —de un sábado— Luis tomó un coche y entregó la carta en mano al duque, el cual tras atenderlo lo despidió con amabilidad y entre bromas, refiriéndose a la fama de avaricioso que tenía, diciéndole: "—Y vea usted lo que son las cosas!... Mi padre nunca me decía —Ah Montpensier— sino —Ah Mon de-pensier!" [Mon, "mío". Dépensier, siècle XV. Cour. Qui aime dépenser, qui dépense excessivement. Dissipateur, gouffre, prodigue. Antonyme,  avare, économe. Petit Robert 1. Dictionnaire de la langue française].
Al domingo siguiente por la mañana entregaron a Luis una misiva de Cecilia, que guardó en su bolsillo, y después de oir misa, regresó a su hostal:  "Vivía yo a la sazón en una casa de huéspedes situada en la calle de Odonnell [antes calle de la Muela], número 24, como era entonces costumbre de todos los estudiantes, y sorprendióme mucho encontrar a mi vuelta el zanguán ocupado por la Policía, con grande aparato de fuerza. Causóme asombro aquel alboroto, porque era la casa muy pacífica y de las más acreditadas de Sevilla: mas ni por un momento pude imaginarme que fuese causa de todo aquello mi humilde persona. Abríme calle entre los polizontes y al llegar a mi cuarto, que estaba en la planta baja, cerróme el paso un Comisario, con larga levita, alta chistera y bastón con borlas en la mano. Preguntóme si yo era yo; díjele que sí y repúsome entonces que tenía orden del señor Gobernador [Antonio Machado Núñez, abuelo de los poetas Antonio y Manuel. Ver nota abajo 1e] de registrar mis habitaciones e incautarse de mis papeles.
Creció entonces mi asombro sin mezcla de inquietud alguna, porque harto sabía yo que nada compremetedor habían de encontrarme. Pero acordéme en aquel instante de la cartita de Fernán que tenía en el bolsillo, y como ignoraba si después de registrar mi habitación, registrarían también mi persona, temí comprometer a la buena anciana si encontraba el polizonte aquella carta y descubría en ella miasmas conspiradores. Disimulé, sin embargo, replicando al Comisario, muy indignado, que aquella orden del Gobernador no podía cumplirse ni consentiría yo jamás en que se cumpliese, mientras no me presentase antes otra orden del Juez autorizando el registro. Tenía yo en la punta de las uñas la flamante Constitución del 69, y sabía muy bien que esto era lo en ella dispuesto.
Sonrióse el Comisario al oirme, y presentóme en el acto un papel hecho cuatro dobleces: era, en efecto, una orden del Juez autorizando al Gobernador o a su delegado para penetrar en mi domicilio y registrar mis papeles. No tuve, por lo tanto, más remedio que conformarme; pero exigí entonces la presencia de dos testigos por mi parte, y fuéronlo, en efecto, un íntimo amigo  mío que acertó a llegar en aquel momento buscándome, y un coronel de caballería, persona muy respetable que vivía en la casa.
Entregué, pues, las llaves al Comisario y abrí yo mismo la puerta de mi aposento, pensando siempre en el modo de deshacerme de aquella carta que tenía en el bolsillo, entregándola con disimulo a cualquiera de mis testigos, pues esta sola había sido mi idea al exigir su presencia. No me fue posible, sin embargo, porque el Comisario había hecho entrar a otros dos polizontes, que puestos a un lado y otro de la  puerta, no nos perdían de vista.
Tenía mi cuarto una gran ventana que daba a la calle Odonnell, cubierta por una media persiana y un gran cortinón que llegaba hasta el suelo, y a ella llamaban a cada instante mis amigos, que tomaban mi casa como punto de reunión por ser tan céntrica y bien situada. Había yo abierto los cristales de esta ventana al entrar y dejado entreabierta la persiana y corrida la cortina.
Media hora hacía ya que duraba el registro, cuando llamaron fuertemente a la ventana: era el Conde de San Bernardo, Manolo Mariátegui*, como nosotros le llamábamos, joven de mi edad entonces, que veía a preguntarme si iba yo aquella tarde a los toros. Contestéle que sí desde dentro; y acudiendo prontamente a la ventana y recatándome tras la cortina, saqué con gran viveza la carta de Fernán del bolsillo y se la entregué por la reja, indicándole con un expresivo gesto que la ocultase o rompiese. Comprendió Manolo al vuelo mi gesto, y para mayor disimulo, díjome en voz alta que me esperaría en su casa para ir a los toros, y que contase con un asiento en el ´cajón´ que tenían ya tomado varios amigos... Quién nos había de decir entonces que treinta y cuatro años después había yo de ayudar a bien morir a aquel arrogante joven, a los dos días de ser nombrado Ministro de la Corona en el Gabinete de Villaverde! ...
Libre ya de esta inquietud, seguí presenciando el registro, que duró cerca de dos horas. Muebles, ropas, armarios, maletas, todo fue abierto y registrado con escrupulosidad nimia; leídas las cartas de la cruz a la fecha y recorridos los papeles hasta comprender bien de lo que trataban. Hizo el Comisario un paquete con algunos de éstos y muchas de aquéllas, y declaróme al cabo que era preciso llevar aquello al señor Gobernador para que él mismo lo examinase. Pedíle recibo de todo aquello y noté entonces que iban entre los papeles que se llevaba, las actas de la Asociación de Católicos, de que era yo secretario. Ocurrióme al punto la idea de agarrarme a esto y armar sobre ello gran alboroto, a fin de llevar la opinión por este cauce inofensivo y apartarla de la pista verdadera en que pudiese quedar comprometida Cecilia: porque evitar tamaño disgusto a la buena anciana, era mi sola preocupación y el único objeto de mis afanes.
Fuíme, pues, a ver al Arzobispo [el cántabro Luis de la Lastra y Cuesta, fallecido en Sevilla cuatro años después], al Presidente de la Asociación de Católicos, que lo era el anciano y respetabilísimo  señor D. Joaquín de Goyeneta [que había sido alcalde de Sevilla elegido por José Bonaparte], al Vicepresidente D. Diego Benjumea [Pérez de Seoane, nacido en Sevilla en 1834, abogado y ganadero, casado con Mercedes Burin] y a otra porción de personas influyentes, y tales trazas me dí achacando ante ellas el registro al deseo de apoderarse de las Actas, y tal alboroto armé publicando una carta en La Legitimidad de Sevilla [periódico alfonsino], narrando y ridiculizando el caso, que el Gobernador se apresuró a devolverme mis papeles y a enviarme sus excusas, y nadie sospechó, ni aun mis más íntimos amigos, ni la verdad del caso, ni la parte que en él había tomado Cecilia.
Cuando le referí todo a ésta, lloraba y reía la buena anciana al mismo tiempo, como una abuela que oyese contar la ingeniosa travesura de un nieto, para salir de un apuro en que ella misma le hubiese puesto". Luis Coloma. Recuerdos de Fernán Caballero.

La carta, publicada en La Legitimidad, fue copiada en periódicos de todo el país, entre ellos el madrileño El Tiempo, y decía así:
"Sr. Director de La Legitimidad:
Mi estimado amigo: aquel profundo consejo de los filósofos antiguos —nosce te ipsum— que he procurado siempre seguir, ya no me es  posible observarlo. Ya no me conozco: ya no soy aquel inofensivo Luis Coloma, aquel estudiante de Derecho que el año pasado entró en quintas, y que si alguna vez hizo traición a la severa Temis, fue seducido por estas coquetas hijas de Mnemosine que —¡ingratas!— no le han dado ni una entrada de cazuela para sentarse en el Parnaso.
Ahora soy un conspirador peligroso: un Orsini [Felice Orsini, que atentó contra Napoleón III y Eugenia de Montijo con explosivos de su invención, muriendo en la guillotina en 1858] que prepara sus terribles bombas en el misterio de su cuarto de estudiante; un caballero de Casa-Roja [conspirador de ficción en una novela de Alejandro Dumas] que urde las conspiraciones más atrevidas, que hasta ahora han derrocado ministerios y hundido tronos. Dicen que el solapado Thiers [historiador, ministro del rey Luis Felipe y represor de la Comuna de París en 1871] me imita, y el astuto Bismark [el "Canciller de Hierro" que dirigió la guerra contra Francia, origen de la Comuna] rabia de envidia.
Crea V., señor, que tan radical ha sido mi transformación, que hasta más feo me encuentro. Júpiter me ha prestado su entrecejo, Agamenón sus miradas, el misterio sus sombras y un federal desengañado me ha vendido su larga y poblada barba.
Y no vaya V. a creer que debo esta metamórfosis a la vara de Merlín: la ha operado el Gobierno (porque sepa V. que yo me trato nada menos que con el Gobierno) con solo fijar en mí sus ojos de lince, a través de esos lentes de miedo que tan prodigiosamente aumentan los objetos. 
Así es que al crecer en importancia, he merecido una visita de la policía, que de contarle a V., por si alguna vez piensa escribir un sainete y le falta el argumento.
No encontré en esta señora, como yo pensaba, un Argos severo pero justo: ni tampoco, como me habían dicho, ese monstruo irritante nacido en el cieno de las revoluciones, de la combinación del despotismo y la anarquía. Solo ví una de esas comadres que van y vienen, traen y llevan, y juzgando siempre por su mala conciencia, en cada dedo se les antoja un huésped, y en cada mata ven un ladrón.
Presentóse, pues, esta señora en mi cada bajo la forma de un Comisario que sin duda por ser domingo o por venir de oficio, traía guantes negros y sombrero de copa alta: seguíanle tres representantes del `orden público`, y como cuarto pie de este banco, que si bien no servía a la policía de asiento, le servía de respaldo, un individuo problemático que a juzgar por una aterradora tranca en que se apoyaba, con el mismo aire de seguridad con que yo lo hubiera hecho en mis derechos individuales, pensé —Dios me lo perdone!— que era un representante de la partida de la porra.
La policía no se quitó el sombrero, sin duda porque venía resfriada, y suponiendo que al fin de la visita yo le ofrecería la casa, entró en la mía como Pedro por la suya. Entonces comprendí, señor director, que esa igualdad de que la situación blasona no es una farsa: querrá V. creer que con la misma escrupulosidad fueron registrados mis baúles que mis guantes, mis papeles que mis pacíficos calcetines que en vano aseguraban no haber tenido jamás preñez conspiradora?...
Qué escena tan terrible aquella, amigo mío! Allí eran de oír los lamentos y protestas de mis libros cuyas entrañas se registraron: el `Derecho Patrio`se tapaba el rostro avergonzado; la `Constitución` del 69 se escondió bajo la mesa como quien dice: `No` estoy en casa, y el `Criterio`de Balmes preguntaba a gritos por el `Sentido común`.
Esto por un lado: por otro, mis apuntes se declaraban en huelga, y cada cual tomaba un camino: más lejos, unos venerables zapatos que jubilé días antes, eran sacados a la pública vergüenza, y —pásmese usted, señor director!— estaban vacíos. En fin, señor, hasta el sagrado de mi mesilla de noche fue profanado, y reconocido su inquilino por una inquisitorial mirada digna de la penetración de Radamanto, o de la justicia de Minos.
De repente el inspector de policía descubre en un oculto rincón unos papeles cuidadosamente doblados; se apodera de ellos y porque no sabe griego no exclama como Arquímedes: —Eureka!— En la gravedad de su misión, sólo se permite decir: —Ya caíste, tres motas!— Examina aquellas pruebas palpables de mi delito, y encuentra en ellas las actas de la Asociación de Católicos de que soy secretario, y una porción de cartas de mi anciana abuela, que siempre he guardado con el respeto con que se guarda una reliquia, con el cariñoso agradecimiento que inspiran los consejos de una madre, con aquella dulce tristeza que infunde el recuerdo de una voz querida, con aquella melancolía con que se piensa en el tiempo que se ha ido y ya no vuelve; —ojalá y volviese!— el tiempo en que era niño!...
Una de las cartas que a pesar de que la escribió un corazón para que otro corazón la leyese, pareció sospechosa al Comisario, fue llevada en unión de alguno que otro papel insignificante en que olió miasmas conspiradores y de las Actas de la Sociedad de Católicos, a manos del señor Gobernador.
Cuánto me alegro de que estas últimas hayan llegado a su poder! Porque así habrá sabido, sin duda con entusiasmo, que esa Asociación de Católicos que no teme las burlas del vicio impío ni del indiferentismo cobarde, va fundando por todas partes escuelas en que el pueblo recibe una educación cristiana. Así vería con gusto, que a ella pertenece la mayor parte de la juventud sevillana; pero no de esa juventud gastada, cínica, destruida, que no cree, ni ama, ni espera, sino de esa otra juventud tan simpática, tan hermosa, que une los impulsos más blandos del corazón con los ecos de la más dulce alegría, cual es la que empieza, y que en en esta época traicionera se arma, como un ángel con una espada, con el razonado juicio de la edad madura: juventud que cree en Dios, ama a su patria y espera en el porvenir que le abrirá su camino: juventud que dobla la rodilla ante un confesor porque es humilde como cristiana, y no inclina la cabeza ante una voluntad despótica que se le impone, porque nació en España y tiene el corazón en el pecho!...
Pero no le parece a V., señor director, que se va la pluma y es esto algo más que el argumento de un sainete?...
Pero, qué quiere V? A los veinte años hierve tanto la sangre!
B.S.M. Luis Coloma.
P.D. —Caí por fin del pedestal en que sin solicitarlo me han colocado: devuelvo a Júpiter su entrecejo, a Agamenón sus miradas, al misterio sus sombras, y las barbas que compré he de venderlas para pestañas de santos.
Ya soy otra vez ciudadano pacífico! El señor Gobernador me ha devuelto mis inocentes papeles y me envía sus excusas.
En prueba de agradecimiento quiero contarle este cuentecillo que trae el Padre Isla en el prólogo de Fray Gerundio.
Fue a quejarse al alcalde una mujer, de que su marido le había vareado muy bien las costillas, lo más importunamente del mundo. Declaro, dijo el alcalde, que los palos fueron nulos, y se le apercibe al marido que otra vez los dé con motivo, tiempo y en sazón.

Sevilla 6 de Mayo de 1872.

Manuel Mariátegui. Su hijo anunció a los senadores la muerte de su padre en el siguiente documento.



Nombra Coloma en sus Recuerdos a Antonio Burin "el artillero que cuidaba su salud en Cazalla" y a su hermana Mercedes, la de Benjumea, sobrinos de Cecilia, "que tomaban baños en Sanlúcar", y a los tíos de ellos Manuel Castro y Pancha Castro.


                                                         La fragata (llamada corbeta a veces) Gómer.

(1d) La fragata de 450 caballos Gómer sirvió en el Caribe en 1843, y luego en la flota del Mediterráneo que mandaba el contraalmirante Romain-Desfossei. El 13 y 14 de septiembre de 1853 junto a otros barcos durante la Guerra de Crimea estaba a la vista de Constantinopla, a bordo el contraalmirante Lebarbier de Tinau, con 16 cañones. Actuó en el Archipiélago persiguiendo a los piratas (Historia contemporánea del Imperio Otomano. Francisco de Paula Vidal. Madrid, 1854). La Gómer, cuando llevaba a don Antonio y a su séquito, disponía de su propia compañía cómica, que hacía el telón del teatrillo de una vela vieja, los grumetes se peinaban y empolvaban como coquetas marquesas, poseían orquesta y disfrutaban de selectos refrescos venidos de París. En una ocasión ejecutaron La Taberna de Lustucru, "Comédie-vaudeville en un acte, représentée pour la première fois, à Paris, sur le Théâtre nationale du Vaudeville, le 24 février 1838". Sus autores, Étienne Arago (1802-1892) y Ernest Jaime (1804-1884). http://www.xn--thtre-documentation-cvb0m.com/content/le-cabaret-de-lustucru-ernest-jaime-%C3%A9tienne-arago


                                                            El bey de Túnez

(1e) Escribió un Compendio histórico y biografía de Ahmed-Bajá-bey el malagueño Serafín Estébanez Calderón (1799-1867), poeta, historiador, flamencólogo y arabista, autor de Escenas Andaluzas, amigo de Pascual de Gayangos. Estébanez participó en la Primera Guerra Carlista donde obtuvo la Cruz de San Fernando y la Especial de Mendigorria, a cuya batalla acaecida en 1835 dedicó el poema La Golondrina, versos que retratan la desolada campaña entre un ejército regular y la guerrilla en las barrancas navarras:

Ven, parlera golondrina,
Batiendo tu baya pluma, 
Y, posándote en mi reja,
Al sol naciente saluda.
Ven, ven, que el triste ser mío,
Como solícito escucha,
Nuevas en tu canto inquiere
De las vegas andaluzas;
De las vegas donde ahora,
En su solio de verdura,
Frangante la Primavera
Su cetro florido empuña.
Suelta el pico alborozada,
Tu loca voz desanuda,
Ya ruede en luengos gorjeos,
O alzada hasta el cielo suba;
Que a tus gárrulas carreras,
Bien cual a agua que murmura
En el lecho mis sentidos
Voluptuosos se arrullan:
Mis blandos párpados caen
Vencidos de tal dulzura,
Y en regiones encantadas
Revuela mi mente ilusa.
¡Ah! ¡En qué magicos celajes
En blandos sueños dibuja
La dulce imagen del suelo
Do vi mi infancia en ventura!
Celajes de azul y oro,
Que engañosos, ¡ay!, me adulan;
Mas al tocarlos se rompen
Y en la nada se sepultan:
Mas canta, canta, avecilla,
Que, en mi triste desventura,
Aun los vanos desvaríos
Mi amargo pesar endulzan.
Repite los propios ecos
Que te oí cantar adusta,
Cuando el techo visitabas
Que meció mi pobre cuna.
Donde solícita el nido
Colgabas, dándote ayuda
Con su paja los sembrados,
Con búcaro la laguna...
¿Mi pobre heredad, mi huerto
(Responde, sí, a mis preguntas)
Salvos del ábrego helado,
Crecen en pompa y frescura?
¿O ajena mano, allanando
La cerca en ávida astucia,
Mis pobos, sauces y almendros
Encierra en la heredad tuya?
¿Vive el moral do trepaba
Al frente de pueril turba,
Teñido el rostro y jugando
En lid de donosas burlas?
¿Va murmurando el arroyo
Entre espadañas y juncias,
Do su inspiración primera
Bebió arrobada mi musa?
¿En el monte la capilla
Alza su rústica cúpula,
Y en la tarde la campana
Tañe y las horas regula?
¿Por las noches el amante,
Al levantarse la luna,
En el pórtico sombrío,
Cual yo vagaba, no cruza?
¿O bien postrado a la reja,
El blando laúd no pulsa,
Encareciendo en suspiros,
Y en dulce voz sus angustias?
¿Alza como yo los ojos
Por la esfera tersa y pura,
Contemplando a Canopea
Girar lejana a las Ursas?
¿Y en el mar de tantos astros,
Ansiosa cual yo,no busca
Quién la adversa estrella sea
Que presida a su fortuna?
Mas a tí, loca avecilla,
¿Qué necio ardor te estimula,
Y a los páramos te trae
Que Cantabria al cielo encumbra?
Dejas allá verde el campo,
Y, entre rosales y murtas,
Los aromos y claveles
Mecer sus corolas rubias;
Al Betis y al Genil claro
Saltando entre blanca espuma,
O ensortijando jardines
En mil frondosas clausuras.
Dejas un sol con los rayos
Que más blandamente alumbra,
Y las vegas deliciosas
Como el Edén nunca mustias.
¿Y por qué truecas, ¡ay necia!,
Tantas dichas y hermosuras,
Peregrinando sin tino
Por los aires vagabunda?
¿Por qué, infeliz, di? Contempla,
Contempla aquí alzarse incultas
En cien montes las comarcas
Que el invierno eterno anubla.
Por allá el ancho Gorbea
Alza de nieve sus puntas,
Y allá sus crestas Andía
Entre las nubes oculta.
Allí Aralar a Tolosa
Con negras selvas escuda,
Y allí la Amescoa amenaza
Con sus frescas sepulturas.
A tantos montes y breñas,
Negras montañas se anudan,
Cual recintos de altos muros
Que el ancho reino aseguran.
Allá el Pirene y Moncayo
Corren y helados se juntan,
O por Idúbeda y Oca
A Guadarrama y Asturias.
No aquí las lejanas cimas
Cuando el sol muere o despunta
Cíñense rojos turbantes
O en oro y nácar se inundan.
Ni como el alto Neveda,
Con magica arquitectura,
Pirámides y castillos
Finge en vapores de púrpua.
Aquí en la sierra, espantosas
Alzadas polares brumas,
Cual para asaltar los cielos
Otras montañas figuran.
O bien moviéndose, torvas
Su faz horrible desnudan
En espantosos gigantes
Que los anchos aires surcan.
No aquí el céfiro en las flores
El llanto del alba enjuga,
Y en su cáliz leve alfójar
Ciernen saltando las lluvias,
Que en estruendosa violencia
Bajan en granizo, y turbias,
Rompiendo puentes, y al monte
Sorbiéndose furibundas,
Por iris cárdenas luces
Del relámpago relumbran,
Y por arrullos, el trueno
Muge en el valle y retumba.
La nieve allana los montes
Con las quebradas profundas,
Y de allí en rabioso grito
El huracán se derrumba.
Aquí al reclamo en el bosque
Lobos feroces aullan,
Y, por palomas, azores
Revuelan en la espesura.
Aquí por flores y rosas
Da hierro la tierra cruda,
Y por frutos sazonados,
Lanzas, cotas y armaduras.
Mas ¿por qué, compadecido,
Lamentar la suerte tuya
Cuando de aquí a breve plazo
Allá irás feliz cual nunca?
¡Cuando al deshojar otoño
La floresta taciturna,
A las Hespérides bellas
Volarás fausta y segura!
Antes mojarás tus alas
Del Ebro en las altas urnas,
Para ver la noble Burgos
Que a la fiel Castilla ilustra.
Verás allí los solares
Del Cid venerable alcurnia,
Y el cincel y los primores
De las góticas agujas.
O bien, sesgando allá el vuelo,
Verás los huertos del Turia,
Y el verjel adonde ostenta
Sus siete coronas Murcia.
La Alhambra y Jeneralife,
Su almimbar y medias lunas,
Y el laurel embovedado
De los palacios de Muza.
La banda fértil que en verde
Esmeralda el mar circunda,
Desde la mora Almería
A las hercúleas columnas.
Banda feliz que dejaste
En flóridas vestiduras
Y que a tu vuelta en mil frutos
Rica hallarás y fecunda.
Verás del frondoso huerto,
Que mil festones columpia,
Contra el verde, en cien colores,
Pender en sazón la fruta.
Verás la frondosa oliva,
Y en su cáliz rubicunda
Destilar miel la granada,
Las vides brindar sus uvas,
Pérsicas uvas que al iris
Sus ricos matices hurtan,
Y que en racimos de ámbar
Rubís y perlas agrupan.
Con las toronjas de oro,
Los cidros lucir su albura,
Y las palmeras y el dátil
Que al moro el Atlas tributa.
Con los plátanos, la caña
De Oriente manando azúcar,
Que en mi natal paraíso
El sol nada nos rehúsa.
Allí hallarás, por contiendas,
Danzas, amor y ternuras,
Los requiebros por rencores,
Por lides, blandas repulsas.
Mientras aquí, ¡duelo impío!,
Quedaré en la acerba lucha
Que españoles y españoles
Con fuego y sangre disputan.
Donde al grito del soldado
Responde el buitre en la altura
Con sesgo vuelo, y, graznando,
Su horrendo banquete augura.
Donde en civiles rencores
Se pierde en funesta pugna
Natal valor que enfrenara
Las extranjeras injurias,
Que unciera de nuevo el orbe
A la española coyunda,
Si una ley, si un solo intento
Blanco ofreciera a su furia.
Valor, valor heredado
Desde las Navas a Otumba,
Y que en luz de gloria abraza
Hasta Bailén desde Munda....
De tal lid, ¡ay, golondrina!,
Más azorada en tu fuga
Huirás, huirás a tu asilo,
En las playas de Yugurta.
Mientras yo, acaso, entre breñas,
Por Ulzama o la Borunda,
Hallaré, sin prez ni gloria,
Triste y olvidada tumba.

A su experiencia bélica en el norte peninsular también dedica Estébanez el siguiente soneto:

Yo vi en las crestas de Aralar y Andía
Y en los oscuros valles de Navarra,
En lucha fabulosa por bizarra,
Despedazarse España en rabia impía.
Mas la hispana altivez en mí crecía,
Viendo en la fratricida cimitarra
Fianza de que nunca extraña garra
Presumiera apresar la Patria mía.
Juntos hendiendo el aire ambos pendones,
¿Quién ya osara encender la hispana saña?
¿Quién desunir castillos y leones?
La sangre nuestra entinta la campaña;
Mas también escribió en nuestros blasones:
¡Eterna independencia, viva España!

Serafín dedicó otros sonetos a Isabel II y a la reina su madre. Fue jefe político de Sevilla en 1838, donde un año antes había organizado su Biblioteca Provincial. Biografió al cantaor Antonio Ortega Heredia, el Fillo, (1806-1854), gran patriarca del cante gitano andaluz que solía ir mucho a Morón de la Frontera —ver la entrada anterior—, donde conoció al sevillano Silverio Franconetti (1831-1889), cantante payo criado en Morón, de padre romano, al cual animó a interpretar, llegando éste a cantar ante Isabel II. El Fillo, hijo de Francisco Ortega y Josefa Heredia, se casó el 19 de junio de 1829 con la sevillana María de los Santos Vargas, hija de Ramón Vargas y Josefa Filigrana, y murió en Sevilla, de tisis. Su hijo Francisco Ortega Vargas (1831-1878), casado con la rondeña María Amaya (La Andonda), murió en Triana. Para su descendencia hasta nuestros días ver http://calycante.blogspot.com/ El investigador y crítico de flamenco Manuel Bohórquez ha descubierto que el tatarabuelo paterno de Manolo Caracol era primo hermano del Fillo. Un flamencólogo de la época dedicado a estos autores, Antonio Machado Álvarez, Demófilo, (1848-1893) padre del poeta Antonio Machado, está relacionado por parentesco con la familia Machado de la Rosa de Castilleja de la Cuesta. Su descendiente Manuel Carmona Rodríguez me proporcionó el dato (ver Padrón 1x. Diciembre de 2015 y en la nota 1c de arriba, Recuerdos de Luis Coloma).
Sobrino de Serafín Estébanez Calderón fue el también malagueño Antonio Cánovas del Castillo (1828-1897), político, historiador y principal valedor de Alfonso XII, asesinado por el anarquista italiano Michele Angiolillo (1871-1897) como venganza por la represión ejercida sobre los detenidos por el Atentado de la Procesión del Corpus el 7 de junio de 1896 en Barcelona, cuyo principal acusado fue otro italiano, Tomás Ascheri Fossatti (1869-1897), al cual la Guardia Civil torturó inmisericordemente en el Castillo de Montjuic para que aceptara la autoría del lanzamiento de la bomba. Algunos de estos anarquistas que se libraron del pelotón de fusilamiento o del garrote fueron deportados a los confines del Sáhara Español. 
En la citada batalla de Mendigorria de la Primera Guerra Carlista estuvieron, además de Serafín Estébanez, el sevillano Carlos María de la Torre (ve arriba, apartado 1a) al mando de los Voluntarios de Navarra, y formando parte de estos Voluntarios el castillejano Francisco Oliver, en cuyo Expediente militar, pág. 3 —Campañas y Acciones de Guerra en que se ha hallado— leemos que en el año 1835 participó: "En la de Armendoz [Almandoz, en Navarra] el 2 de enero, en la de Puerto Belate [al norte de Navarra en las estribaciones de los Pirineos] el 6 de febrero, en la de Liaga (?) el 7 del mismo, en el sitio y bombeo de dicho pueblo desde el 7 al 12, en las del 1º y 13 de marzo sobre las alturas de Lecaroz, sitio y bombeo de Elizondo hasta el 12 del mismo, en las de Amoniz el 29 y 30 del mismo mes, en el Puerto de Baquedano el 22 de abril*, en el levantamiento del sitio de Bilbao el 1º de julio, en la batalla de Mendigorria el 16, en la de los Arcos y otra en Mendigorria el 2 y 11 de septiembre en la de Salvatierra [al nororiente de Álava] y Castillo de Guevara, en la segunda voladura y acción sobre el puente de Belascoain el 1º de noviembre, y en las alturas sobre Estella en 15 y 16 del mismo".
* El 18 de abril de 1835 alcanzó el grado de Sargento 1º por "gracia general", y el 1º de junio de dicho año le fue confirmado el mismo grado por antigüedad. Como Serafín Estébanez Calderón, Francisco Oliver López también recibió la Cruz de Mendigorria. Esta batalla siguió al sitio de Bilbao en donde Zumalacárregui resultó herido de muerte.


                                                            La Cruz de Mendigorria

                                                                       Almandoz


                                                     Puerto Belate (calzada romana)

                                     Mendigorria (del euskera "mendi", monte, y "gorri", rojo)


                               El puente medieval de Belascoain, volado por los Voluntarios de Navarra


                                                                      Elizondo


 Lecaroz




Condecoración de Nichan-Iftigrar que el bey de Túnez concedió a Antonio de Orleans, a Antonio Latour y a los restantes miembros de la expedición.

(1f) "En Túnez, la Orden de la familia Husaynita, también llamada Orden de la Sangre o Nichan ad-Dam, [ نيشان دم ], fundada por el Sultán Sadi Ahmed I Bey en 1839-1840, estaba reservada a los miembros de la familia reinante y a los soberanos extranjeros, constando de una sola clase de caballeros. Fue concedida hasta 1957 cuando cayó la monarquía husseinita. La condecoración consistía en una estrella de diez rayos cuajados de brillantes, la cinta era verde con dos ribetes rojos próximos a los bordes, y se llevaba al cuello. El emperador Napoleón III fue miembro de la Orden". Sebastián Feliu y Quadreny. Diccionario Heráldico Mundial de Órdenes de Caballería.
Francisco Oliver López fue caballlero de la Orden de San Hermenegildo. "Fernando VII, rey de España, fundó esta orden en 28 de noviembre de 1814, y por real decreto de 19 de enero de 1815 se declaró que estaba destinada para recompensar a los generales y oficiales de todas las armas de mar y tierra su constancia en el servicio militar.
Con otro real decreto de 10 de julio del propio año fue aprobado un nuevo reglamento, que derogaba el de 19 de enero.
El rey es gran maestre y jefe de la orden, que se compone tan solo de grandes-cruces y caballeros.
La insignia es una cruz paté de oro, esmaltada de blanco; el centro de azur, con la imagen de san Hermenegildo a caballo, llevando en la mano derecha una palma; y la bordura de azul celeste, con la inscripción en letras de oro: `Premio a la constancia militar`. En la parte superior una corona real, pendiente de una cinta carmesí con los extremos blancos.
Los oficiales que cuentan veinte y cinco años de servicio, con una conducta irreprensible y sin nota fea, son acreedores de derecho a la cruz de san Hermenegildo, y la llevan en el costado izquierdo del uniforme.
Los capitanes generales de los ejércitos, y los generales con cuarenta años efectivos de servicio activo en la clase de oficiales, son grandes-cruces natos de esta orden. Los de esta clase usan una placa de oro igual a la venera, en el costado izquierdo del uniforme, y una banda ancha de los mismos colores de la cinta.
Las demás clases desde brigadieres hasta subteniente inclusive, que cuenten también los cuarenta años de oficial, usan la plaza bordada, pero no la banda". Bruno Rigalt y Nicolás. Diccionario Histórico de las Ordenes de Caballería. Barcelona, 1858.
(1g) Considerado el fundador del Egipto moderno, logró cierta independencia frente a las grandes potencias y gran autonomía respecto del Imperio otomano. Vemos cómo cuenta a Antonio de Orleans sus combates contra los wahhabíes en 1811. Francia, para conseguir apoyo bélico en Argelia, negoció con él en 1827, pero no hubo acuerdo, y como muestra de buena voluntad Mehmet regaló a los franceses los dos obeliscos de la entrada al templo de Luxor. Uno llegó a París en 1833 y tres años más tarde el padre del duque mandó erigirlo en la Plaza de la Concordia, donde se levantó una guillotina durante la revolución. El otro se quedó en Egipto por la imposibilidad técnica de su traslado.
(1h) "Músico compositor francés, nació en 1810. Además de un gran número de romanzas, nocturnos, melodías y otras piezas de piano y quintetos, sonetos y sinfonías para varios instrumentos, ha escrito las siguientes obras que le han dado gran reputación: El desierto, oda sinfonía; Cristóbal Colón, oda sinfonía; Moisés en el Sinaí, oratorio en dos partes; El Eden, misterio en dos partes; La Perla del Brasil, ópera en tres actos; El fin del mundo, ópera en cuatro actos". mcnbiografias.com
"El autor del `Desierto`, Feliciano David, a quien se suponía enfermo en Moscow, está ya de vuelta en París". La Escena. Revista semanal de música. Madrid, 22 de abril de 1866. 
(1i)  Frédéric Lagrange cuenta en Músicas de Egipto (AKAL, 2006, traducción de Carmen Julia Gutiérrez),  "La almea (alima, mujer instruida en el canto) se hacía llamar `usta`, término usualmente reservado a los artesanos propietarios de sus negocios. Este título le daba un status de profesional igual al de los hombres. La almea no debe ser en absoluto confundida con la ghaziya, danzarina profesional en el límite de la prostitución, categoría a la cual pertenece sin duda la célebre Kutchuk Hanem, a la que Flaubert intentó seducir [...] He aquí un ejemplo de lo que se cantaba en las fiestas:

Si tienes miedo de mi madre, mi madre sabe guardar los secretos.
Si tienes miedo de mi padre, mi padre se ha ido a Mansura.
Si tienes miedo de mi hermana, mi hermana es una conocida coqueta.
Si tienes miedo de mi marido, mi marido toma hachís.
Si no sabes donde vivo, hay un foso delante de mi casa.
(Mohammed `Umar, Kitab hadir al Misriyyin wa sabab ta`ajjurihim. 1902). 

En el Prólogo de Músicas de Egipto de Lagrange dice Christian Poché: "Un movimiento turístico [en el siglo XIX] aprovecha la navegación regular de los paquebotes de las mensajerías marítimas, atraviesa el Mediterráneo, asiste con deleite y concupiscencia a la evolución de las `almeas`, cuya reputación ha atravesado el suelo egipcio desde hace un siglo: ellas alimentaron de fantasmas diversos una sociedad francesa gazmoña y pudorosa. Será en Occidente donde nazca el mito egipcio de la danza de los siete velos". Lagrange, nacido en París en 1964, profesor de árabe en la Universidad de París-IV-Sorbona. Exacto representante de esta sociedad pudorosa era Antonio de Latour, que se escandalizaba de ver en las aldeas egipcias a las mujeres medio vestidas y a sus hijos desnudos en el Nilo, sin considerar que con temperaturas de más de 40 grados no tenían otra opción. Latour, con la hipocresía que le había hecho merecedor de un importante puesto en la corte del duque de Orleans, —igual de servil que su protegida Fernán Caballero—, ejercía a las mil maravillas de educador de su hija, María de las Mercedes (ver foto arriba) consevándola entre algodones para que la mala fama de su pretendiente y primo hermano Alfonso XII no la afectara. Hay dudas de si la joven, por conductos extraoficiales, estaba al tanto de los escarceos amorosos de su primo, pero lo que sí es seguro es que Latour lo estaba y que los conocía con todos los detalles.
(1j) El rey San Luis, Luis IX de Francia (1214-1270), fue nieto de Alfonso VIII, esto es, primo hermano del rey castellano Fernando III el Santo. Uno de los hijos de Luis, Roberto (1256-1317) se casó con Beatríz de Borbón. El duque Luis I de Borbón, hijo de ambos, fue el fundador de la Dinastía Borbón. Es Borbón topónimo de Bourbon-l´Archambault, comuna francesa situada en el departamento de Allier de la región de Auvernia-Ródano-Alpes.
(1k) "Desilusión popular. En agosto de 1844 se anunció la inminente llegada a Sevilla del embajador turco, Fuad Effendi, que arribaría a la ciudad desde uno de los vapores que hacía la línea Cádiz-Sanlúcar-Sevilla. El embajador fue recibido en el muelle por la autoridad militar del distrito y una grandísima espectación popular acerca de la notoriedad que se podía esperar de un embajador de país tan exuberante y pintoresco en sus atuendos, o al menos en la idea preconcebida que todos poseían sobre el tópico: turbantes, camisas multicolores, pantalones de los bombachos, zapatos con puntas mirando al cielo, cimitarra o alfanje a la cintura...
En vez de todo eso descubrieron a un señor de piel morena, absolutamente encantador que vestía a la última moda de París o Londres —o sea, traje con chalequillo, camisa, corbata y zapatos de piel— y cuya única diferencia con un europeo cualquiera era ir cubierto con el tradicional fez rojo, cosa esta que no satisfizo las expectativas de todos acerca de que el embajador hubiera aparecido ataviado poco menos que como un personaje de Las mil y una Noches o Aladino y la lámpara mágica. El pueblo que salió a recibirlo, tanto el que lo esperó en el muelle a su llegada como el que lo fue a ver posteriormente en las diferentes visitas que hizo por la ciudad, se volvió con gran desilusión porque el embajador y sus acompañantes vestían al último grito europeo, tal como suele decirse.
El diplomático permaneció casi una semana en Sevilla donde no perdió el tiempo. Visitó sobre todo fábricas, tanto públicas como privadas, tomando notas de los procedimientos de elaboración de los productos que se manufacturaban en las diferentes industrias que visitó. Siempre atento, simpático y muy amable, rogó que no le escoltara una guardia adjudicada por mor de su categoría cuando se retiraba por la noche a descansar, como queriendo no molestar con su presencia. Partió para Madrid seis días depués de su llegada a Sevilla". Ángel José Hidalgo Garrido. Enigmas y leyendas de Sevilla. Almuzara, 2019.
"Sevilla 5 de Agosto. El Sr. Fuad-effendi, ministro plenipotenciario de la Puerta Otomana, se ha alojado en la hermosa casa que se llamaba de Andueza*, calle de las Armas. Ayer mañana lo han felicitado todas las autoridades políticas, militares, eclesiásticas y municipales.
También hubo ayer un banquete suntuoso en obsequio del ilustre huésped, costeado por el ayuntamiento, al que asistieron convidadas comisiones de todas las autoridades civiles y eclesiásticas y demas dependencias del Estado". Gaceta de Madrid, n.º 3619 del 11 de agosto de 1844.
* Propiedad de don Vicente Torres Andueza, vecino de Castilleja de la Cuesta. "El señor Torres Andueza consta como vecino de Castilleja en tiempos de la Primera Guerra Carlista. Comerciante al por mayor, en 1816, 1817 y 1824 fue Cónsul del Consulado Terrestre y Marítimo y en 1818, 1821, 1826 y 1827 Prior del mismo". Padrón 1m. Noviembre de 2015. 
Considerando que la visita de Fuad-Effendi estuvo motivada por intereses comerciales se explica que don Vicente, importante figura sevillana de esa actividad, lo alojara en su palacete de la calle de las Armas —hoy Alfonso XII, calle donde, por cierto, murió Pedro de Cieza de León, "Príncipe de los Cronistas de Indias" y hermano del cura de Castilleja don Rodrigo de Cieza—.


El autor de esta Historia de Castilleja en el patio de la casa de Andueza, en la actualidad conocida por Casa de Galindo, su posterior propietario.




(1l) El virrrey Mehmet Alí (1769-1849), modernizador de Egipto. Sobre lo que contó al duque de Montpensier, se dice en Wikipedia: "En 1811 combatió la insurrección de los wahhabíes en el principio de la Guerra Otomana–Wahhabi, a petición del Imperio otomano, lo que le permitió extender su autoridad sobre el Hiyaz. Al partir a la guerra dejó a su hijo Ibrahim Bajá en el gobierno. En 1815, mientras combatía a las tribus rebeldes, recibió informes sobre la huida de Napoleón de la isla de Elba y sobre una posible invasión otomana de Egipto. Esta difícil situación internacional podría hacerle perder el gobierno del país, por ello partió en cuanto pudo hacia El Cairo. El 18 de junio (día de la batalla de Waterloo) llegó a la capital. La campaña pasó entonces a ser dirigida por su hijo Tusun. En 1816, Ibrahim sustituyó a su hermano (muerto en combate) y en 1818 acabó definitivamente con la insurrección.
Esta campaña significó el control egipcio de las Ciudades Santas de La Meca y Medina y de la costa oriental del Mar Rojo. Con ello Mehmet Alí se convirtió en salvaguarda del Peregrinaje y consiguió zonas estratégicas para controlar las rutas comerciales de Arabia. El ejército que luchó en Hiyaz estaba compuesto principalmente por las tropas albanesas con las que Mehmet llegó a Egipto. A su regreso causaron una serie de incidentes violentos que obligaron al valí a reformar el Ejército".
(1m) El baile del rigodón "es una danza de origen francés, de los siglos XVI y XVII, de ritmo binario y cuya invención se atribuye a Rigaud, del que no se conocen más detalles al respecto.
Es una especie de contradanza que se baila entre dos o más parejas con variedad de figuras. El aire es a dos tiempos y se divide en dos retornos fraseados de cuatro en cuatro compases empezando por la última nota del segundo tiempo. El paso se efectúa en el primer lugar sin avanzar, retroceder ni ladear por más que las piernas ejecuten muchos movimientos.​
Al convertirse en una danza de moda en la corte francesa durante el siglo XVII, se incorporó en los espectáculos escénicos de Lully y Rameau. En el siglo XVIII se incluía en ocasiones en la suite alemana". (Wikipedia).
(1n) El rey Othon I de Grecia (1815-1867), hijo de Luis I de Baviera y de la princesa Teresa de Sajonia-Altenburgo. El Reino de Baviera, hoy parte de Alemania, existió desde 1806 hasta 1918, en que fue disuelto tras la Guerra Mundial. El padre de Luis I, abuelo por tanto de Othon, fue Maximiliano I, quien profesó una gran simpatía por Francia y por las ideas de la Ilustración, y fue aliado de Napoleón hasta 1813.

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Los olvidados, 12q.

  [...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...