domingo, 12 de julio de 2009

Los esclavos 65

A pesar de que el aire en la oquedad se hacía irrespirable a causa del humo acumulado y de que la lluvia había cesado dejando en el cielo grandes claros de un azul purísimo, Antón terminó su festín de carne rosada y sosa con calma, limpiando los huesecillos a detenidos mordiscos, lleno ahora como estaba, además del energético alimento, de una embargante sensación de agradecimiento a la existencia. Con el despeje de la tormenta se abrían para él todas las maravillosas expectativas que la vida plena de libertad ofrece. Se asomó a la entrada de la cueva y oteó con la mano morena y pringosa como visera: los paisajes cristalinos eran ilimitados hacia occidente, donde un sol de oro viejo entre las informes ventanas de impresionantes paredones de nubes descendía imperceptiblemente hacia el horizonte cárdeno. Hacia su puesta, tras la gran ciudad, quedaba Castilleja de la Cuesta, su próximo objetivo. Calculó que, andando, tardaría en llegar un día como mínimo. Los olivares se extendían hasta donde alcanzaba la vista, y aquí y allá, moteando de sombra verdioscura el panorama, manchas de bosques de algarrobos y encinas, de pinos y alcornoques, difuminaban con sus pinceladas el suave descenso de los alcores desde El Acebuchal hacia la acogedora vega del gran río de Andalucía, vega con la que se fundían. Ya en las hondonadas, tajos y barranquillas había suaves sombras pero las cumbres de las colinas, riscos y elevaciones resplandecían bajo los mudos fogonazos del sol entre las columnas nubosas, animando el ambiente como si mostraran una serie de viejas pinturas de amables temas perdidos en la memoria. Divisábanse algunos cortijos blancos ligados por segmentos rectos de setos y por caminos serpenteantes, a lo largo de los cuales evolucionaba diminuto algún caminante, algún caballero, algún carro, algún rebaño. Le saludó la brisa fresca, perfumada, revitalizadora y entrañable que tras el opaco turbión transportaba maravillosos efluvios perfumados con los que los tomillos y el torvisco y los rosales silvestres y el romero obsequiaban sus sentidos. Percibía los aromas con toda su piel, con su alma.
Cantos de pájaros en recogida, ladridos de perros que avisaban de la negra tragedia que era la llegada de la negrura de la noche. Habría estrellas. A Antón le gustaba admirarlas, soñar con sus orígenes, con su pasado y su historia, los cuales ellas bordaban en las alturas de paz para sus ojos con las agujas de sus límpidas luces, para abrigar y cubrir de terciopelo prieto el frío desconsuelo de la gran pérdida, del inhumano arrancamiento de su tierra.
Había oído contar extrañas historias de un mundo redondo, de un cielo que lo envolvía, pero lo principal para él eran los sentimientos y los recuerdos que, como en una destilación muda y esperanzadora, dejaban las eternas luminarias en su espíritu.
Cargó el hato al hombro y comenzó el descenso por un escarpado senderillo bordeado de empapadas cuernicabras y matorrales de malvas salpicadas de florecitas azules y de gotas de agua cuando, sorprendido, reparó en una pequeña figura inmóvil que le cerraba el paso a escasos metros de distancia. Con la irrealidad de la cambiante iluminación en la atardecida pensó estar soñando, o ser víctima de algún hechizo, de alguna posesión demoníaca.
Un niño de 7 u 8 años lo miraba con fijeza mientras le mostraba en su manita, como ofreciéndoselo, un voluminoso cráneo humano en cuya faz nívea las dos horrorosas cuencas oscuras lo observaban desde un misterioso vacío de enigmática sabiduría, y, en contraste bajo ellas, la mitad de una sonrisa abierta y seca e hiriente como una cuchillada de diamante y acero.
Antón comprendió en seguida. La razón es un impetuoso torrente que ha llevado a los hombres desde la simple animalidad a los estadios luminosos en que se encuentra, y aunque muchas veces se ha intentado y se intenta —paradójicamente, por los mismos hombres— desviarlo, represarlo, privarlo de sus afluentes, soterrarlo o envenenarlo denunciándolo como dañino y perjudicial, siempre surge victorioso a lo largo de la historia, tal y como lo demuestra el incuestionable hecho civilizatorio. Y el esclavo, asistido por esta razón, se vió a sí mismo con esos pocos años, y supo que el chicuelo sólo pretendía, a modo de juego, asustarlo.
Le habló con voz suave:
—¿Cual es tu nombre?
—Alonzo —respondió el niño, con el característico ceceo de las zonas inmediatas a la ciudad de Sevilla. Era estrábico. Vestía pobremente, aunque su juboncillo hecho jirones aparecía seco, así como su pelo pajizo y enmarañado, largo hasta los hombros, lo cual indicaba que disponía de refugio. Parecía un poco decepcionado de que el negro no hubiera echado a huir como alma que lleva el diablo. Acto seguido aparentó mirar los pies del fugitivo, coronados por los gruesos grilletes. Pronto inquirió:
—¿Y tus zapatos?
Antón no se esperaba semejante detalle. El chiquillo además también carecía de ellos.
—Me los he comido, con pan —respondió, inspeccionando la cara infantil en busca de alguna reacción. —¿Y los tuyos? —le preguntó de inmediato.
—No me gustan —respondió Alonso, con la inocencia de sus pocos años.
Era hijo de Alonso Delgado*, un cantero carmonense que proporcionaba material de construcción al Concejo, a los nobles y ricos y a la Iglesia, para las abundantes edificaciones que en aquel siglo se emprendían en la populosa Villa. Encontraba su fuente de abastecimientos entre las antiguas ruinas de la comarca. Tallaba los arcaicos sillares sin miramientos, desbastando impíamente con su cincel bajorrelieves e inscripciones, o reduciendo a mazazos para convertirlos en gravas de relleno los innumerables utensilios de barro vidriado y tallas de mármol pulido que alfombraban aquellos abruptos campos, y con una carreta bueyera acarreaba los grandes bloques de piedra y las espuertas de ripios, tras desplazar aquéllos apalancándolos hasta un repecho que facilitaba su carga, hasta un almacén situado en un corralón de la localidad. Había aprendido el oficio de su padre, y éste del suyo y así sucesivamente. El cantero en su quehacer desenterraba a diario un par de esqueletos, y la parte principal de uno de ellos servía ahora de juguete a su hijito.
Antón le revolvió con su mano negra la maraña de pelos, pensando que bajo ellos había otro cráneo igual y que al paso de los años blanquearía de la misma forma. La vida era una cadena sin principio ni fin.
Se despidió del chaval y encaminóse cuesta abajo hacia la capital cuando el sol terminaba de hundirse a lo lejos, tras el oscuro murallón aljarafeño.
Mañana, si todo iba bien, almorzaría en Castilleja de la Cuesta.

* El hijo de Alonso Delgado, al cual acabamos de ver enarbolando como un Hamlet en ciernes el miserable despojo de una vida, siguió los pasos de su padre y abuelo en lo que a oficio se refiere. Eran sus antepasados gentes vinculadas por su profesión a doña Beatriz Pacheco, Duquesa de Arcos, y habían desempeñado papeles de relevancia en la fundación, organización y mantenimiento de una cofradía ilegal de talladores y canteros, formada sin ningún tipo de licencia en Carmona a principios del siglo XVI. Alonso Delgado el joven rompería de alguna forma con este estado de cosas que situaba a su familia en insegura posición, solicitando del Concejo carmonense el 23 de diciembre de 1573 autorización para vender los sillares de una construcción ruinosa y colonizada de hierbajos y pajarracos en cierto paraje llamado El Torrejón, solicitud cuya escritura se encuentra hoy en el Archivo Municipal de dicha población.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Ahora retomé la lectura y veo lo grande que eres.
Quisiera leerte en papel algún día.
Un beso.

Los olvidados, 12q.

  [...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...