domingo, 19 de mayo de 2019
Historia de los apellidos, 12.
La tesis doctoral de Juan Ignacio Codina Segovia investiga las aportaciones de multitud de autores que se han posicionado contra la tauromaquia desde el siglo XIII hasta nuestros días.
El primer atisbo de pensamiento contrario a la tauromaquia lo hallamos ya en el siglo XIII, cuando Alfonso X El Sabio, en sus Leyes de Partida, califica a los toreros como infames.
La tauromaquia es un espectáculo público que históricamente ha contado en España con destacados detractores. Sin embargo, y a pesar de la relevancia de las personalidades que a lo largo de los siglos han expresado razonamientos contrarios a las corridas de toros, el pensamiento antitaurino español apenas ha sido objeto de estudios. Esto resulta muy llamativo, sobre todo teniendo en cuenta que personajes como Quevedo, Juan de Mariana, Gabriel Alonso de Herrera, Jovellanos, José María Blanco White, José Cadalso, Unamuno, Larra, Mesonero Romanos, Emilia Pardo Bazán, Carolina Coronado, Blasco Ibáñez, Pío Baroja, Ramón y Cajal, Juan Ramón Jiménez, Francesc Pi i Margall, Modesto Lafuente, Joaquín Costa, Clarín, Azorín, Antonio Machado, Emilio Castelar, Francisco Silvela o Miquel dels Sants Oliver, entre muchos otros, escribieron en algún momento de su vida contra la tauromaquia.
http://www.plazayvaldes.es/noticias/actualidad/pan-y-toros.-breve-historia-del-pensamiento-antitaurino-espanol
El festival taurino de Jerez. [...] En primer lugar actuó, como rejoneador, el novillero de Castilleja de la Cuesta Diego de los Reyes, que en esta nueva modalidad no estuvo del todo mal; puso tres rejones en lo alto, desde luego, por impericia, puso a la jaca más de una vez en peligro, no quedando maltrecha debido a la pequeñez del bicho y a tener este los cuernos "aserrados".
Intentó poner banderillas, como lo hace Cañero y Simao y ¡na!, ni un palito.
Echó pie a tierra y desconfiado, alobado, fue achuchando en todos los pares por el bravo becerrete, que se "comía" la muleta y hacía huir al "presunto fenómeno".
Mató de un golletazo, entrando desde largo y volviendo el rostro, y aún hubo tres o cuatro espectadores que le tocaron las palmas, apagada, justamente, con siseos generales. El Noticiero Gaditano, lunes 23 de abril de 1933.
Entre toreros. El padre de Diego de los Reyes riñe con un apoderado. Y en la reyerta este recibe un balazo en la región infraescapular.
Sevilla, 6 (2 m.). — Esta noche, cuando salía de la Casa de la Montaña, sita en la calle de las Sierpes, el conocidísimo agente taurino, de cincuenta y siete años, Domingo Ruiz García, acompañado del mozo de estoques de Chicuelo, Antonio Marraco, y del apoderado de Torerito de Triana, Francisco Casado, desde un lugar inmediato le salió al encuentro Miguel de los Reyes Cabrera, padre del matador de toros Diego de los Reyes, exigiendo a Domingo la entrega de mil pesetas, que entendía le debían a su hijo como complemento de la liquidación de una corrida en Osuna.
Discutieron, y el padre del torero hizo un disparo a Domingo, que, al sentirse agredido, se abalanzó sobre su agresor para arrebatarle el arma. En este forcejeo sonaron dos nuevos disparos, y Domingo Ruiz cayó al suelo.
Unos guardias de Asalto acudieron al ruido de las detonaciones empuñando sus pistolas, obligando a levantar las manos a cuantos encontraban a su paso, por creer que se trataba de un atentado social, haciendo dos disparos al aire, sin que, por fortuna, hirieran a nadie, aunque dos de ellos alcanzaron a un café y a un círculo próximos, donde produjeron solamente alarma.
El herido fue trasladado a la clínica de la calle del Rosario, donde los médicos le apreciaron una herida, sin orificio de salida, en la región infraescapular izquierda, pronóstico muy grave, pasando seguidamente al Equipo Quirúrgico del Prado de San Sebastián. El agresor fue conducido a la Comisaría.
Por el Equipo Quirúrgico han desfilado numerosos amigos de Domingo, entre los que han abundado toreros y apoderados.
Diego de los Reyes, que se encontraba en Castilleja de la Cuesta,, se trasladó rápidamente a Sevilla y se dirigió a la Comisaría para visitar a su padre. El herido había sido apoderado del hijo de su agresor desde que Diego de los Reyes se inició en el toreo hasta fines de la temporada última. La Voz (Madrid), 6 de junio de 1934, pág. 4.
Ahora, miércoles 6 de junio de 1934, pág. 10.
Heraldo de Madrid, 6 de junio de 1934, pág. 10.
El 18 de julio marcó un antes y un después en la temporada taurina del 36. La campaña de Sevilla se inauguró el 12 de abril, domingo de Resurrección, y al llegar la Feria entre el 18 y el 20 de dicho mes, con el presidente de la República Diego Martinez Barrio y el de la Generalitat de Catalunya Luis Companys en el palco de honor, actuó Diego de los Reyes, novillero por entonces.
Cuando José García "El Algabeño" emprendió la reapertura de La Maestranza tras el golpe de los franquistas, iniciaron una función taurina en la que actuaron, además de él, Carreño, Juan Belmonte, Manuel Bienvenida, Domingo Ortega, V. de la Serna, "Venturita" y Diego de los Reyes.
El domingo 9 de agosto de 1936 se organizó una corrida extraordinaria con cuyos beneficios se engrosaría la suscripción abierta para los soldados del "glorioso Ejército salvador de España". Participarían el rejoneador Antonio Cañero, Joselito el Algabeño, Francisco Perlacia, Diego González Laine, Torerito de Triana, Pascual Márquez, Rafael Gómez "Gallito" y Diego de los Reyes.
Todas las tardes de verano en Castilleja, cuando ya aflojaba la calor, el ex-torero Diego de los Reyes cruzaba la Calle Real a la altura del bar Blanca Paloma, camino al Casino, con su pescadora blanca impoluta y recién planchada, su andar torpe zancadilleado por los años, y su letanía de ayes en altas voces. Era un anciano corpulento y alto, de piel mate con manchas oscuras, y de pelo cano y escaso. Desde la puerta de la taberna los viejos sedentes callaban y lo observaban con atención, en vana búsqueda de explicación a aquel extraño rosario de quejidos. Inútil intento.
En la fachada color amarillo del bar Blanca Paloma hay un gran tablero con su marco de listones alabeados y llenos de grietas, pintados de verde hace años desde la última vez. En él fijan dos empleados con mono azul y aires barriobajeros los carteles de toros. Vienen de Sevilla una tarde cada año en un desvencijado Renault blanco, descargan el cubo de engrudo y una escoba, desenrollan el cartel, lo pegan y se marchan, todo ello en treinta segundos. En la penumbra fresca de la antesala los viejos hablan de ganaderías, toreros, toros y corridas. El engrudo gotea sobre la acera.
Venía al mediodía un hombre enlutado, grueso y bajo, con cara de niño prodigio semioculta tras unas gafas ahumadas antiquísimas, que siempre llegaba a la tertulia con un pequeño transistor en la mano oyendo las crónicas taurinas; hablaba con seguridad y aplomo de los miuras y victorinos, o del empresario Canorea, y se constituida en la máxima autoridad en lo que a tauromaquia se refiere mientras los demás escuchaban sus lecciones en silencio respetuoso. Casi a la vez que este experto taurino solía llegar Luis "El Sepulturero", ataviado a la antigua, de gris como los hombres del campo, con su boina sobre la afilada nariz aguileña entre los vivaces ojillos y tarareando aquello del "cerco de la luna" de los Cuatro Muleros de Pepe Marchena; en los últimos meses de su vida se cubría la boca con un pañuelo, atacado por un cáncer de lengua. Habitual era un viejecillo de piel morena y curtida, desdentado, humilde y sonriente, que saludaba con afecto a todos pero que luego permanecía callado, chupando una babeada colilla de picadura de tabaco que liaba parsimoniosamente con sus dedos huesudos amarillos de nicotina; vestía indefectiblemente un destartalado sombrero oscuro nevado de caspa y un traje color marrón de chaqueta y pantalón, raído, arrugado y grasiento. Otro contertulio era Molina, apodado "El Serrano", hombre de baja estatura y de mal carácter, gran fumador y siempre con muñequeras de cuero y gafas de sol, que gastaba boina y un pantalón vaquero exageradamente subido con el cinto casi sobre las tetillas; solía afirmar que "todas las que fumaban eran putas" y nadie sabía sobre su modus vivendis, pero no se le conocía trabajo alguno. Venía todas las tardes desde la barriada de El Faro, cuando Diego de los Reyes cruzaba hacia el Casino, un señor fornido, bien trajeado y con mascota clara, de piel blanca y ojos azulísimos, al que llamaban cariñosamente "El Gran Sebastián"; solía sentarse a mi lado, y de vez en cuando, sabedor de mi interés por la historia del pueblo, me informaba de algún asunto; se quejaba de fuertes dolores en la zona de las caderas, probablemente una lumbalgia, diciendo que la noche anterior "había visto a Dios en calzonas"; Sebastián antes de jubilarse iba a Sevilla a lomos de un burro; creo recordar que comerciaba con patatas. Llegó cierta temporada un forastero, muy entrado en la ancianidad, de expresión agradable, limpio y perfumado, sonriente su cara de perfecto afeitado bajo una gran boina negra, apoyadas las manos sobre el pomo de plata de un lujoso bastón; se quedaba ensimismado mirando al frente con sus grandes ojos verdosos llenos de luz y de vida, con su sonrisa inamovible, y no decía una palabra ni para saludar. De las personalidades más resaltables era un discapacitado psíquico al que llamaban "El Lala", que habitaba con su hermano una casa señorial en la misma Calle Real enfrente de la iglesia; con indumentaria de calidad elegante, muy aseado y distinguido, con su reloj de oro y su colonia, sus zapatos de rejilla perfectamente lustrados y su pelo engominado peinado hacia atrás., El Lala fumaba buen tabaco rubio Chesterfield sin descanso y parecía siempre malhumorado; era difícil mantener con él una conversación coherente sin que saliera por la tangente pidiendo dinero —su familia se lo restringía— o con expresiones tan desconcertantes como "¿te vienes al campo y te follo?". Impedido con muletas, subía desde su casa frente al convento de Las Irlandesas un anciano afable, con gorra verdosa, cuyo caminar recordaba al de las tortugas; a veces pedía una tónica Schweppes helada con la que se aplicaba fricciones en las pantorrillas para aliviar el dolor de las varices.
En general la más completa hilera de ancianos sentados en sillas metálicas a lo largo de la fachada del bar solía formarse con el buen tiempo de primavera y verano, aunque esporádicamente durante todo el año cualquiera podía sacar un asiento a la calle. A veces se descargaba de improviso una fuerte tormenta que obligaba a los tertulianos a refugiarse precipitadamente en el interior; entonces todos miraban como ausentes por la puerta y la ventana la cortina de agua agitada por el viento que al momento formaba una torrentera violenta convirtiendo la Calle en un río de aguas barrosas que arrastraban ramajos desgajados de las moreras, papeles y basuras, e incluso cadáveres de ratas o de algún gato. Hasta muy tarde los técnicos del Ayuntamiento no encontraron una eficaz solución de red de sumideros, y aun hoy se forman bolsas de agua sobre todo en el tramo alto de la vía.
Luego de que se estableciera la parada oficial de taxis enfrente de la Blanca Paloma, con la afluencia de sus conductores la tasca cambió algo de ambiente y se modernizó. Se oían noticias y comentarios más variados y cosmopolitas. Cuando Juan, el tabernero, se retiró, sus herederos no quisieron o no supieron mantener el ambiente desprovisto de mercantilismo que había reinado allí desde siempre, y el establecimiento vino a menos, hasta su derribo y sustitución por un moderno edificio.
Fantasía de la Blanca Paloma
La Blanca Paloma ya en fase terminal, entre la Farmacia Cansino y Calzados Garrudo.
El autor de esta Historia de Castilleja platicando con su amigo Matías. Tras Matías puede verse el viejo panel de los carteles de toros.
Ruperto, Diego y Bernardo de los Reyes (1) eran hijos del comerciante Miguel de los Reyes Cabrera (v.s.) y de Concepción de los Reyes Chávez, naturales de Castilleja, con vivienda en 1915 en el nº 5 de la Plaza, y en 1916 en el nº. 22 de la Calle Real, y casados en 1910. Sus abuelos paternos fueron Miguel de los Reyes Cálceres y Brígida Cabrera López, y los maternos Diego de los Reyes Sánchez y Dolores Chávez Oliver, todos nacidos en Castilleja.
Rincón noroeste de la Plaza de Santiago, llamada por entonces Plaza de la Constitución.
(1) Hermano de toreros, íntimo de Lola Flores, su casa fue de las más animadas del Rocío y ahora, cerca de cumplir los 91 años, mientras cuida de su hermana de 83, su pueblo, Castilleja de la Cuesta, le ha dedicado una calle.
—Ha vivido usted mucho ¿verdad?
—Voy a cumplir noventa y uno en octubre... ¡Tengo tantos recuerdos! ¡Y lo que era Castilleja, Dios mío de mi alma...!
—¿Por qué le han impuesto una calle?
—Porque soy muy buena persona.
—Y no es usted el único de De los Reyes con una calle en Castilleja...
—Mi abuelo, Diego de los Reyes, que fue alcalde.
—Ah, yo creía que era el torero...
—No, ése es mi hermano, Diego de los Reyes, que fue matador de toros, y mi otro hermano Ruperto, que fue novillero.
—¿Cuál le gustaba más en la plaza?
—Yo de Diego es que tengo muy pocos recuerdos, porque era el mayor de la casa, pero creo que era muy valiente.
—¿Eran ustedes muchos?
—¡Mi madre tuvo doce partos!
—¿Cómo fue su vida profesional?
—Estuve haciendo tortas toda mi vida. Estuve colocado en Ronda, lo menos seis años haciendo tortas, en casa de don José Carrasco, porque allí no se conocían las tortas y yo fui a enseñar a la gente, y luego estuve en Vienas Capellanes, haciendo tortas también.
—Pero también se ha dedicado a las cosas antiguas...
—Yo no soy anticuario, lo que pasa es que me gustan mucho las cosas de arte, y tengo muy buenas amistades que me encargan un mantón o una mantilla y entonces los busco, y me entretengo en algo. Pero de cuadros y de antigüedades no entiendo yo.
—Pero le gustan más las cosas antiguas que las modernas.
—Mucho más. Pueda que porque tenía amigos que eran mayores que yo y eran anticuarios, y yo me fui fijando en eso y me gustó, me gustó, y ya como no tengo edad de otra cosa, pues a ver qué hago. En las casas de antigüedades me aprecian mucho.
—También fue usted de los primeros figurines masculinos.
—Bueno, eso eran amigos sastres que me llamaban para probarme algo de lo que estaban haciendo, pero yo no me he dedicado a ir por ahí pasando modelos ni nada de esas cosas...
—Pues tendría usted buen tipo.
—Hombre, eso dice la gente. Te puedo enseñar fotografías y no creértelo. Mira ésta, aquí estoy con Doña Esperanza de Borbón. Y mira esto.
—Pero si es el carné del Requeté del año 36 ¿estuvo en el frente?
—Serví en Regulares, en el Primer Tabor de Ceuta, me parece que era aquello, en Córdoba. Me dejaron para Servicios Auxiliares porque no tenía el perímetro, yo es que era muy delgaíllo.
—Pero hoy, si fuese usted joven y tuviera una oferta, ¿haría de modelo?
—¡Claro que lo haría! Valiendo, por qué no.
—Y más ahora, que uno de Málaga es Mister Universo.
—¡Digo!
—¿Cree que los españoles son ahora más guapos que en su época?
—Antes, como no se conocía eso, pues no sabemos cómo serían...
—¿Y qué aficiones tiene?
—¿Yo? Ya ninguna, mi casa y cuidar de mi hermana.
—¿Ha vendido muchos mantones de Manila?
—Muchísimos.
—¿Hay muchos falsos?
—Sí, de máquina, muy malos. Pero en Sevilla entienden muchísimo. La aristocracia de Sevilla entiende muchísimo de encajes y de mantones, son fenómenos, hay muy buenos coleccionistas, de categoría, que saben lo que compran. Y se los saben poner, que eso es otra cosa... Del siglo XVIII, tan preciosos, con ese flequito chico, salen muy pocos, poquísimos.
—¿Tiene buena relación con la aristocracia?
—Los conozco, de la romería del Rocío, que he ido toda mi vida, ya voy menos, sólo a ver a la Virgen, la romería ya se acabó. Cuando murió mi hermana Dolores, que era la que tenía la carreta, se quitó la carreta y ya se acabó todo, como se acaba todo en la vida... Oh, El Rocío, el Beni de Cádiz me decía, Bernardo, vengo a cantarte, luego yo le daba una copa de vino y se iba. Venían a mi casa Rocío Jurado, Matilde Coral, Juanita Reina, Marujita Díaz, Paquita Rico, Lola Flores. Lola y Paquita hacían el camino conmigo y se quedaban en mi casa... Por allí desfilaban todos, pero todo eso era cuando yo era Bernardo... Qué Rocíos más buenos pasábamos.
—¿Y le basta con ver un mantón o tiene que examinarlo?
—Yo los veo y sin tocarlo sé si es bueno o es malo. Lo mismo que veo a las mujeres de mantilla y sé si la mantilla es buena o no vale nada.
—¿Las mujeres se siguen vistiendo bien de mantilla?
—Sí, mucho, eso se conserva, gracias a Dios.
—¿Hay algo más hermoso que un mantón de Manila?
—En una mujer, no.
—¿Y en el arte?
—Una mujer que sepa llevar un mantón bueno, te deja embobaito.
—¿Cuándo vendió el último mantón bueno?
—Uno bueno, bueno hace ya mucho... Antes iba a París, tenía allí amigos, pero esto se ha puesto de tal manera que no hay quien gane una peseta. París era una cantera de mantones hace cincuenta años, yo no he visto más mantones en mi vida, y ya no hay ninguno. La primera vez que fui a París llegué con ocho mil pesetas que me prestaron. Iba en tren, con mis filetes empanados y mis croquetas, para no gastar. Se hacía trasbordo en Irún y al dia siguiente, al amanecer, se llegaba a París.
—¿Qué hacían sus amigos de París?
—Un íntimo amigo mío de Huelva estaba allí de mayordomo. Y los que estaban allí sirviendo tenían un cuarto, que le decían la chambre, muy bien arreglado, y allí me quedaba.
—¿Y lo pasaba bien?
—Claro que lo pasaba bien, por eso iba. Lo que más me gustaba de París era el público, la educación, que hasta cuando te pasan por delante te dicen pardon, no como aquí, que te dan un empujón y te mandan a la vera enfrente.
—Me han dicho que una vez le dieron un disgusto con un mantón que le vendieron, de dudosa procedencia...
—No me acuerdo muy bien, del mantón que fue... ¡Han sido tantos! (Alfredo Valenzuela, ABC de Sevilla, 29 de abril de 2007).
Un mantón de Manila vendido por la elegancia de Bernardo era algo más que una seda bordada con un enrejado de flecos: era una leyenda. Como de leyenda, no sé si cierta, queda aquel lance del error judicial sobre la compra de unas antigüedades, del que luego salió absuelto con todos los pronunciamientos favorables, pero que momentáneamente lo llevó a la cárcel. Los súbditos de este Reyes acudieron en su auxilio. Y un amigo que abogado era lo visitó en el enrejado locutorio de la vieja e inhóspita cárcel, casi cervantina, de Ranilla. Preguntó a Bernardo qué podía hacer inmediatamente por él. Y no le habló de la libertad perdida, ni de la injusticia que allí lo tenía. Ni de la celda espantosa con la taza de váter en la esquina y pulgas en las mantas y jergones. Ni le pidió que le llevara ropa limpia, ni comida. Desde su elegante refinamiento, Bernardo lanzó tras las rejas su grito de desesperación que fue una proclamación de su señorío:
--¡Sácame cuanto antes de aquí, que aquí nada más que hay gentuza! (Antonio Burgos, ABC de Sevilla, 10 de marzo de 2014).
Foto de Bernardo de los Reyes (a la derecha) bailando con mi tío Manuel Oliver Tovar, de oficio matarife municipal. "Seguidamente el Sr. Presidente expresa que como a todos constaba el terreno donde se halla edificado el matadero de reses también fue donado a su tiempo por el Sr. Salinas [Manuel Salinas Malagamba] pero que el Ayuntamiento carecía todavía de título de propiedad del mismo. Y el Ayuntamiento acordó por unanimidad autorizar al Sr. Alcalde [Francisco Ordóñez Bel] para que firme el correspondiente título de propiedad". Actas Capitulares del Ayuntamiento de Castilleja de la Cuesta. Sesión extraordinaria del día 28 de enero de 1930.
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