sábado, 30 de marzo de 2019
Interioridades
La cueva se halla en el interior de la tierra: es oscura. Entrar en ella implica abandonar la claridad de la vida corriente (de la mente habitual) para adentrarnos en lo desconocido de nosotros mismos (inconsciente, emociones latentes o reprimidas, pensamiento automático, traumas, energías internas que generalmente pasamos por alto, temores, etc). https://artedelaenergia.wordpress.com/2012/08/30/simbolismo-iniciatico-de-la-caverna-o-cueva/
El regreso al interior de la cueva, es un hecho primario. Es simplemente la seguridad y la protección. Entrar en la cueva significa, expresado psicológicamente, el retorno al vientre de la madre, la negación del nacimiento, el sumergirse en las sombras y en el mundo nocturno de lo indiferenciado.
Es la renuncia de la vida terrena en beneficio de la innata vida superior...
(En la cueva) no existe tiempo, no hay ni ayer ni mañana, puesto que tampoco el día y la noche son en ella diferenciados. En el aislamiento, según M. Eliade, reside una "existencia larval", como la del muerto en el más allá. (E. Kasper, 1988). http://arteysimbolos.blogspot.com/2008/05/cuevas-cavernas.html
Para poder "ver", invocar la visión reveladora, nuestros antepasados prehistóricos hicieron el mismo recorrido invertido que afirma transitar Kapoor de la luz del día a la oscuridad de la caverna. Las fisuras, los umbrales, los vacíos que crea Kapoor, parecen querer absorber al observador hacia el interior, hacia lo profundo, abducirlo contemplativamente a un mundo intrauterino donde el estremecimiento y el éxtasis del encuentro son posibles. Volver al interior de la caverna, el viaje a los mundos inferiores del chamán, el aislamiento de los templos de Asclepio, devienen iniciaciones necesarias para ver la luz. La vida que colapsa en el encuentro de un espermatozoide y de un óvulo brilla en la oscuridad del útero matricial. https://books.google.es/books?id=dAWIDwAAQBAJ&pg=PT447&lpg=PT447&dq=el+regreso+al+interior+de+la+cueva+es+un+hecho+primario&source=bl&ots=QKSlTpf9Zw&sig=ACfU3U2rUHCT70-8qC2qtc6wOkGkmvIGyQ&hl=es&sa=X&ved=2ahUKEwjdwt-xjanhAhUSRBoKHToKBdkQ6AEwAXoECAgQAQ#v=onepage&q=el%20regreso%20al%20interior%20de%20la%20cueva%20es%20un%20hecho%20primario&f=false
Cuando por fin de marzo regresaron las golondrinas se desorientaron a la vista del estado de la Calle Real, hasta el punto de preguntarse sorprendidas —también las aves se hacen preguntas, aunque muy rápidas— si era la misma Villa que habían abandonado un año antes o, por el contrario, les engañaba la memoria. Parecía la vieja vía aljarafeña desde la altura del cielo una herida de bordes abruptos y fondos intrincados y oscuros, desde cuyas simas emanaban efluvios que habían dormido en la insondable profundidad de un sueño químico, miles de miles de años. Los montones de tierra húmeda que los obreros excavadores habían extraído a pico y pala cegaban prácticamente puertas y ventanas, y el vecindario hubo establecido un sistema laberíntico de pasillos y puentes precarios para deambular y proveerse de lo más vital y necesario, como alimentos o carbón, hasta que aquella descomunal e histórica obra, ahora paralizada desde hacía una semana, finalizase.
Juan de Vallecillos (1) salió de su casa aquella mañana tras largas horas de descanso regenerador, y pensando que los chaparrones de primavera podían ocasionar deslizamientos de barro hacia el interior de los hogares observó distraídamente que su gato, hierático, acechaba desde la cima del montículo frontero a su vivienda; siguió la trayectoria de la metálica mirada, para comprobar que coincidía en el nido de golondrinas bajo el umbrío alero de su hogar, nido ahora a pocos palmos de las implacables zarpas.
Juan, entonces y tras unos pasos vacilantes, percibió como un hálito intangible y momentáneo, como que alguien ya había estado allí. Eran sin duda alguien los obreros, los vecinos, sus amigos y sus familiares, los ancianos que recordaba y que ya no estaban, los forasteros, caminantes, funcionarios hispalenses, gentes de paso, los desterrados, los sobrevivientes, todo el pueblo tomado en general. Pero ninguno de ellos era ese "alguien" que el aire intangible y momentáneo trajo a sus sentidos renovados. El alguien que ya había estado allí era anulador de su propia personalidad, un tanto opresor pero blando, como el abrazo con alas blancas de un bello, por ignorado, ser.
¿A dónde iba? —meditó—. Tenía la mente en blanco, invadida si acaso de extrañeza, una extrañeza blanca. Las casas aledañas le parecieron habitadas por forasteros desconocidos que le miraban tras las persianas como se mira a un insecto reptante y aislado. Imaginar forasteros avizorando desde las altas ventanas quizá fuese un resorte de su subconsciente para sobrellevar la arrasadora soledad que lo oprimía, sustituyendo la amenaza mayor por la menor y más psicomanejable.
El bostezo mudo del abismo sinuoso volvió a hacerse sentir. Las horas polvorientas se despeñaban en nebulosas susurrantes de sol temprano hacia lo hondo, pero para Juan de Vallecillos ya aquella mañana se había detenido, el carro del Tiempo no podía transitar ahora entre barrancos, pozos, desfiladeros, terraplenes y lomas.
No se le ocurrió, era impensable, explorar las subterráneas cavidades. Ni con la imaginación. Se sentía minúsculo, insignificante, incapaz.
Tras un primer estrato de basuras y detritos, recientes si se consideran a cierta escala cronológica, los pedruscos de cimientos de la casona del difunto jurado que fue don Felipe Gaspar de Arellano, juntos y revueltos con varios sillares, fragmentos de columnas de mármol que hizo traer desde Triana sobre carretones bueyeros, viejos expolios de antiguas villas romanas que almacenados en los patios de los maestros canteros esperaban el negocio de la reutilización, segmentos de arcadas otrora airosas y ahora enterragadas, muertas vidrieras cegadas por el limo y el humo, maderámenes requemados, tejas interrogantes y, trufando el grueso amasijo, menudencia de libros ya fosilizados, ropajes podridos, acetres truncos, aplastadas sillas de cadera, cueros petrificados, rotas pailas lebrijanas, botas roidas, candiles ahogados. La larga estancia de don Felipe Gaspar en Castilleja de la Cuesta estuvo marcada por el fuego trágico. El violento baile de un incendio crujiente y crepitante, naranja, rojo y amarillo, se llevó una tarde al abismo los más de sus bienes, entre ellos dos preciosas nietas, gemelas de ocho años de edad cada una y las dos cuatro ojos celestes asombrados de azul, llorosa paz marítima, candorosa simetría tridimensional. Los dos frágiles espíritus ahora se han solidificado, según suelen solidificarse a la perfección premoniciones cumplidas. Juan de Vallecillos pensaría de sí mismo que era también un vaticinio en proceso de cumplimiento, que todo ser viviente lo es, que ya existimos en los oráculos y que solo nos corresponde adivinar lo venidero, ejercitar necesariamente premoniciones, diagnosticar por encargo ineludible, pronosticar tristezas por mandato imperativo.
Un par de varas bajo los restos tiznados del palacete del jurado se abre como el vacío paladar de un hombre hambriento, boca amplia y acusadora, la entrada de un pasadizo que va y va estrechándose. Tendremos que suponer el color rosado de las fauces antedichas porque ya a esta profundidad la luz exterior apenas excita nuestros ojos, inutilizándolos. Acompañádme. Palpemos el túnel con toda la extensión de nuestra epidermis. Sentid como a cada trecho espectrales corrientes de aire delatan bifurcaciones abiertas hacia otras tragedias que son y no son las nuestras, da igual la dirección que elijamos. Esto es, a pesar de la abrumadora falta de luz, claro cristal. Al final de una opción de las varias que se ofrecen, una ansiosa masa de aljarafeños murmura apelotonada en el amplio patio de armas de un castillo. Niños lloran. Los enfermos se lamentan. Nórdicos borrachos solían escalar todas las noches las murallas y, asomándose al patio interior, se burlaban entre ensordecedores bramidos de cuernos, alaridos y carcajadas de los refugiados, escupiéndoles, haciéndoles horrendas muecas y gestos repulsivos. Podían con facilidad, si se lo hubieran propuesto, haber tomado la fortaleza y haber pasado a cuchillo a todos sus habitantes, pero preferían divertirse unas noches, antes de efectuarlo.
Todos los sitiados, en este lugar como en otros de la capital, esperan que desde Córdoba se presente el ejército musulmán que libre a Sevilla y a su Aljarafe de la plaga nórdica, de los piratas vikingos. Han llegado desde todas las alquerías de la comarca al refugio de San Juan de Aznalfarache avisados por el humo de las torres-vigía y por grupos de caballistas que comunicaron a toda la región la alarma general. Varios metros más arriba de nuestra cueva gravita irreal el lugar de Tomares de huecas casas, abandonadas calles. Con los refugiados de la Calle Real toma cuerpo y se concreta y cumple otra anticipación: esta Calle, San Juan y Tomares vendrían a ser una misma patria, luego despedazada por el Conde-Duque.
Vencidos y expulsados los escandinavos por las tropas del omeya Abd al-Rahmán II (se colgaron las cabezas de los muertos de los ganchos de las carnicerías y de las ramas de las palmeras de Sevilla), en el verano del año 845 los ancestros de los callerrealengos habían reestablecido sus rutinas. Aquel verano se abrieron nuevos pozos, extrayéndose de algunos de ellos cuchillos de pedernal, huesos de monstruos extraños, monedas fenicias, hebillas de bronce y, por fin, agua fresca. Las golondrinas, que iban y venían, anidaron en uno de tales pozos, exactamente en el que luego surtiría del líquido elemento al morabito (2).
Pero... no nos detengamos, venid conmigo antes de que vuelvan a la Calle Real las cuadrillas de paleadores y cierren para siempre el desfiladero. Malo será que nos entierren a nosotros por distraimiento o mala fé.
He visto, ahora que se menciona el morabito remodelado en ermita (la de Guía) por un especulador de inmuebles sin gracia (3), como otro túnel, más amplio que el sanjuanero, comunicaba con el sistema que mandó agujerear el último santón musulmán, que no se fiaba ni de su sombra: desde su atalaya creía ver cristianos, nazaríes, varegos, eslavos y africanos por todos los cuatro puntos cardinales. Este sistema de covachuelas del inframundo fue sospechado por el dicho especulador, y siglos después por los gabachos napoleónicos (4). Por aquí hay íntegros esqueletos de camellos, fosforescentes, derrumbados patéticamente en hornacinas a ras del piso. La cripta del primer brujo ha sido saqueada, pero los profanadores en su huida presurosa dejaron atrás la sagrada mandíbula inferior, con no más de cuatro piezas sarrosas entre dientes y muelas. Hay cántaras habitadas por centenares de arañas de patas largas, —pholcus phalangioides— que saltan sobre sus patas como si quisieran espantarnos con las diminutas calaveras dibujadas en sus abdómenes, diseminándose con mudo alboroto por los rincones extremos. En el fondo de algunos de estos recipientes feminoides podemos descubrir restos calcinados de hachís.
Otro túnel discurría justo por debajo de la casa de Juan de Vallecillos y a escasos quince metros de ella se desviaba ligeramente hacia el este, conectando al final con el ya conocido por nosotros pozo del hospital de Hayán (5). No se comunicaba a ras de su fondo, sino a media altura. Si nos asomamos a la ventana se puede ver que ha regresado el agua allá abajo; la historia cuenta que el pozo, en tiempos de la muerte del mendigo, estaba seco; de manera que por alguna clase de filtración de algún acuífero próximo, ahora había un par de metros del líquido elemento, aunque no agua común, ya que "era parte del espectro".
El espíritu del mendigo ocupaba todo el claro líquido, era en realidad agua, desde el fondo pedregoso, iluminando con tenue luz los guijarros pulimentados y las paredes oscurecidas de musgo y vegetales acuáticos. Estaba farfullando algo, como entre gárgaras, cuando nosotros accedimos, pero al sentirnos enmudeció. Quizá temiese, por alguna razón, —si es que los fantasmas razonan—, que se publicasen los hechos que condujeron a su muerte en el fondo del pozo, si no es que la hubiese encontrado antes en el dormitorio a manos de su compañero el viejo, o acaso envenenado por la viuda cocinera.
Hacia la mitad poco más o menos de este último pasadizo se abre otro, muy angosto hasta el punto de obligarnos a avanzar a cuatro patas. Nos conduce nada menos que al sótano de la iglesia de Santiago. Los golpecitos que Juan de Saucedo da con el cabo del mango de su mazo sobre las losetas de barro cocido para presionarlas bien sobre el mortero de cal se dejan oir inconfundiblemente cuando nos acercamos. Juan de Saucedo solaba sepulturas. El inframundo del templo de Santiago fue labrado entre el siglo XIV y el XV por criados y sirvientes de los castellanos invasores, y en un principio no era más que la fosa de un personaje, que con el paso de los años iría ampliándose hasta formar el espacio actual. Desde el cual, ¡oh sorpresa!, se accede, tras nada menos que 2.000 metros de sinuosidades, al viejo santuario de El Carambolo, plétora de joyas de oro.
Cochinillos con don Justo Monteseirín en la calle Hernán Cortés (o Mariquita)
Por otro tenebroso itinerario accedemos en nuestro afán espeleológico a un lugar de paredes desconchadas, iluminado por una bombilla eléctrica casi opaca por las deposiciones de las moscas, y por un estrecho tragaluz protegido por gruesa tela metálica tapizada de grises telarañas, no más que un ventanuco alargado que da a la calle y desde el que se ven los pies de los deambulantes por ella. Parco de mobiliario con tan solo una enorme y pesada mesa de reseca madera, alguna silla de enea y un tosco aparador de polvorientas estanterías y rotos cristales, su techo está cruzado en diagonal por enorme viga de pino, y en ella, ganchos de carnicería delatan la utilización que antaño se daba a este sótano. En uno de dichos ganchos, colgado por el cinturón de cuero que sujeta sus pantaloncitos cortos y desgastados, gimotea un niño de cabeza rapada. Le cuelgan de la sucia naricilla mocos espesos y verdosos. Lleva el chico en este estado casi veinte minutos, horrorizado. Estamos contemplando el sótano de la casa número 9 en la calle Hernán Cortés, en pleno apogeo de la dictadura de Primo de Rivera. En esta casa, antiguo solar del mesón, alzó su escuela el maestro Justo Monteseirín González, cuyos métodos pedagógicos, como el de castigar a los niños colgándolos de los ganchos de la antigua carnicería, hoy dejarían mucho que desear. Don Justo era nacido en Sevilla, donde se casó en 1924 con Herminia García Babio, también sevillana, nacida el 13 de marzo de 1901.
En Castilleja a 26 de julio de 1926 se dio sepultura al cadáver de Justo Monteseirín Garcia, de dos meses, hijo de Justo y de Herminia, que falleció el 25 a consecuencia de atrepsia según el facultativo don Juan Lara, en la casa número 9 de la calle Hernán Cortés; se le hizo transporte de párvulo, siendo testigos Francisco Romero y Alfonso Sanchez, ministros de la parroquia de Santiago. Firma la partida de defunción don Fernando Fernandez y Villavicencio, párroco.
Pero la madre Naturaleza produjo solución: el 18 de junio de 1929 en Castilleja de la Cuesta en la calle de Hernán Cortés número 9 el matrimonio vió bendecida su unión con el nacimiento de otro hijo, Ángel Manuel Monteseirín García. Éste acabaría casándose en La Rinconada el 2 de junio de 1957 con Luz Divina Portillo Gómez. Además registran los libros otra hija, nombrada como la madre, Herminia.
Herminia la madre era hija de José García Fernández y de Herminia Babio Gómez, naturales de Aznalcázar. José García Fernández era guardia civil de graduación, y vivió en la casa de la calle Real que fue antigua Oficina de Correos, al lado de la frutería de Polvillo; fue padre, además de Herminia, de Manuel García Babio, aviador voluntario franquista que murió durante el sitio de Madrid, bombardeando a los milicianos, y que tiene calle dedicada a su recuerdo en nuestra Villa en flagrante violación de la Ley de Memoria Histórica.
El guardia civil José García —"sanjurgista" según calificación de su nieto, ver infra— fue designado alcalde de Castilleja por el infame capitán Gabriel Fuentes Ferrer el 23 de julio de 1936. Dimitiría del cargo en plena ola represiva dos días después, el 25, según el Libro de Actas Capitulares del Ayuntamiento y diversas fuentes orales. Recuerdo bien el salón de la casa del exalcalde y guardia civil José García, una de las pocas que ya en el siglo XXI sigue conservando su sencilla y agradable fachada original; y la recuerdo bien porque cuando fue Oficina de Correos como queda dicho yo la frecuentaba a menudo para recoger envíos postales.
El maestro Justo Monteseirín González fue abuelo materno de Sánchez Monteseirín**, exalcalde de Sevilla de obediencia socialista e implacable destructor del arbolado de dicha capital, lo cual le valió el apodo de "Monteserrín". El padre de don Justo nuestro maestro, de igual nombre, era natural de Suellacabras en Soria, y la madre, Teresa González Vallina, lo era de San Cosme en Oviedo.
* En la oficina de la Secretaría Provincial del Servicio Español del Magisterio obtuvo su carné definitivo Herminia García Babio (ABC, edición de Andalucía, viernes 11 de julio de 1952, pág. 15). Fue galardonada con un diploma de la Dirección General de Enseñanza Primaria el miércoles 15 de septiembre de 1965 en el aula magna de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Sevilla (ABC, edición de Andalucía, jueves 16 de septiembre de 1965, pág. 45).
** http://smsevilla.blogspot.com/2006/07/mis-abuelos.html
Esquela de don Justo. ABC de Sevilla, martes 18 de septiembre de 1984, pág. 78.
No se termina aquí nuestro soterraño periplo. Ahora vamos al extremo noroccidental del término de la Villa, atravesando en diagonal el subsuelo del pago de Las Escaleras. Hoy se eleva allá, como un enorme crucero albo varado en el mar de olivos, el hospital Nisa, divisable desde muchos kilómetros a la redonda. Al excavar la maquinaria para ubicar el aparcamiento automovilístico del centro sanitario una de las cucharas semidestruyó una bóveda de antiguos ladrillos, como de un metro y medio de altura, enterrada a dos o tres de profundidad. La boca de entrada estaba sellada groseramente con varias lascas, placas pétreas sin inscripción alguna, y de su interior los obreros extrajeron una cántara de barro que contenía cenizas, con toda certeza de origen funerario. Era un humilde enterramiento de un pobre romano anónimo, cuyos despojos sirven ahora, probablemente, de adorno del chalé del jefe de la obra del hospital, quien según mi informante arrambló con la cántara, y de cierto vecino, empresario de hostelería presente aquel día, que hizo lo propio con las placas de la entrada de la hornacina.
Y bien. En esta excursión por el corazón y las arterias del occidente aljarafeño, —perfil de bestia verdosa que de día dormita al sol y desvelada de noche vigila el cielo estrellado— la estructura soñada desde la Realidad de la Calle castillejana brinda poca cosa más: roeduras de lombrices, labores de hormigas, orificios de ratas, laberintos de topos, huecos naturales, pequeñas fosas con restos de amados perros y gatos, mas y mas pozos, cimientos de palacios y de establos, postes e hincos, surcos, capas y capas de huesos, orificios que con paciencia los árboles ejecutan extendiendo sus lentas e inexorables raíces, o las gotas de una lluvia a veces mansa, a veces violenta, siempre vaciando en el abismo la luz tierna e inocente. Y sobre todo ello los pasos, el arañar de pezuñas, los húmedos rastros de las babosas, el trazo rítmico del escarabajo, todo bullendo, rascando o tamborileando, todo huyendo de la oprobiosa inmensidad desconocida del firmamento, buscando el cobijo, el amparo, la protección oscura que alberga a los antepasados sobre los que nos erguimos.
(1) "Debemos situarnos ahora en aquellas bonancibles y serenas tardes de La Plaza de Santiago de mediados del siglo XVIII, cuando Juan de Vallecillos se informaba del pasado de nuestra Villa leyendo los viejos documentos que rescataba del desbarajuste que era el archivo depositado en la cárcel, según y como se cuenta en "El pueblo (IV) y (V)" —junio de 2008—." https://castillejadelacuesta-antonio.blogspot.com/2010/05/los-esclavos-82r.html
(2) "Con el vendaval arrasador que supuso la llegada de los castellanos del rey Fernando III, el morabito quedó abandonado, reducido a un edificio ruinoso utilizado durante un par de centenares de años como establo y aprisco de rebaños por pastores y vaqueros, y como letrina por viajeros y campesinos que empleaban a modo de papel higiénico las páginas de los libros que no pudieron ser llevados por el viejo santón en su huida, —ni su par de mulas ni sus fuerzas daban para más—, al seguro refugio del Reino de Granada." https://castillejadelacuesta-antonio.blogspot.com/2008/07/territorio-y-fronteras-v.html
(3) "A la vuelta de su reunión con el Teniente de Gobernador y regidores enfiló cuesta abajo por la quebrada la carretera de acceso al Aljarafe que los ingenieros sevillanos inverosímilmente sostenían sobre una cama de pedruscos en la ladera oeste, no sin antes fijar codiciosamente sus ojos en los restos del antiguo ribat árabe emborronado por la arboleda cuando al pasar su carruaje de cuatro mulas sobre el arco de una alcantarilla le pareció ver por la ventanilla en la moribunda luz del atardecer una cabeza humana que rápidamente desaparecía bajo la cuneta. Mandó parar al cochero, extrañado de que alguien anduviera en paraje tan inhóspito, y bajando inspeccionaron los alrededores, descubriendo la entrada de una cueva disimulada entre el matorral que permitía justamente el paso de una persona.
Tomó buena nota el duque del hallazgo, y no pasaron muchos días para que volviese dispuesto a descubrir el centro de la tierra. Aunque como ya había supuesto e imaginado, la cueva solo conducía a la cripta del primer brujo del morabito." https://castillejadelacuesta-antonio.blogspot.com/2008/07/territorio-y-fronteras-vii.html
(4) "Soult encomendó la logística de la operación a un hábil propagandista de su gabinete, y a los pocos días el soldado Pierre de Amano, debidamente instruído sobre la peripecia andaluza de quien resultó ser su muy querido abuelo paterno, era destinado al destacamento que maniobraba desde la Ermita de Nuestra Señora de Guía dominando los accesos de entrada y salida del Alfarafe oriental." https://castillejadelacuesta-antonio.blogspot.com/2008/07/los-caldereros-franceses-xii.html
(5) "Buscóseles por todas partes, y se encontró por fin el cuerpo del recién llegado, ya sin vida, en el fondo de un pozo situado en el corral del establecimiento caritativo, seco y sin brocal ni señalización alguna y cuya boca permanecía semioculta entre la profusión de malvas y jaramagos que medraban entre los viejos muros. De inmediato la Justicia del Concejo se hizo cargo de la recuperación del cadáver mediante cuerdas y un empleado que descendió con no poca dificultad."
https://castillejadelacuesta-antonio.blogspot.com/2018/06/notas-varias-2z.html?m=1
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