domingo, 2 de junio de 2019
Historia de los apellidos, 16.
Celebróse cierta boda el lunes 5 de junio de 1939 en el sevillano templo parroquial de San Vicente Mártir en la que —entre invitados aristócratas— se enlazaban María Teresa Llosent Marañón —de los Marañón propietarios de la hacienda de San Ignacio en Castilleja— y Gabriel Tassara y Buiza. Asistieron los hermanos de la novia, don Eduardo y don José María, —este último falangista—, y los del novio, María de los Ángeles, Clemente, —cuya nieta se uniría en matrimonio en 1985 con un Grande de España—, y Juan —criador de ganado de lidia—. La novia era sobrina del conde de las Torres de Sánchez-Dalp y prima de Ildefonso Marañón y Sáinz de Rozas. Entre los invitados, Teodoro de Arana —marido de doña Ana Sáinz de Rozas, dueña de la hacienda San Ignacio—, Antonio Flores Tassara —nuestro convecino de la calle del Convento—, Miguel Sánchez-Dalp Marañón, José María Medina Vilallonga —hermano de Rafael, el duque reconquistador de Castilleja—, Enrique Mora-Figueroa, Manuel Mora-Figueroa y Gómez Imaz —militar y marino, falangista y luego comandante de la División Azul—, Pilar y Lola Sáinz de Rozas y Gayán, Rosario Romero Aranda, Pilar y Mari Reyes Tassara, Ángeles Tassara Buiza, Amelia Medina Vilallonga —otra hermana del "Reconquistador"—, Carmen y Angelita Marañón, y Paquita Arana.
El contrayente Gabriel Tassara Buiza, —hijo de Manuel Tassara Góngoras y María de la Clemencia Buiza Lavín—, que alcanzaría el grado de general de brigada, ingresó en el Arma de Infantería en junio de 1921, fue destinado a Marruecos dos años después como alférez, como teniente prestó servicio en el Regimiento de Infantería de Soria nº 9, y luego en el de Granada, sumándose entonces a los fascistas el 18 de julio y mandando fuerzas Regulares de Melilla. Acabada la guerra volvió a Soria nº 9 como teniente coronel. Luego se uniría en matrimonio, como queda dicho, con María Teresa Llosent Marañón. Tassara Buiza por su madre tenía cierto parentesco con los Marañón Lavín. Exactamente su abuela materna lo era también de doña Ana Sáinz de Rozas.
Sepamos algo más de los antecedentes del novio: Cuando en Julio de 1936 se produjo la sublevación militar contra La IIª República Española, los pobladores de la Colonia Agrícola del Galeón (Cazalla de la Sierra), fundada en 1918, se encontraban listos para recoger la floja cosecha de cereales de aquel verano. Desde finales de la segunda década del siglo veinte, años en que Galeón había vivido su mejor época, las cosechas no habían hecho sino ir a menos mientras los problemas, tanto los de origen natural: climatología adversa, aumento de las enfermedades de la vid, como los de orden humano: financiación de la deuda, abastecimiento de semillas y herramientas, excesiva presión demográfica, aumentaban en la misma proporción, todo lo cual conducía, de manera ineludible, a un lento deterioro de la comunidad. Los datos recabados del Padrón Municipal de Habitantes, cerrado a 20 de Diciembre de 1935, nos dicen que por aquel entonces habitaban la Colonia 317 personas, 248 de ellas —142 hombres y 106 mujeres— mayores de 20 años. Entre sus instalaciones comunales contaba con una bodega cuya capacidad de almacenamiento sobrepasaba los 250.000 litros, (92 conos de 200 arrobas), escuela de niños y niñas a cargo de dos maestros con derecho a vivienda y una capilla para el culto religioso.
Como ocurriese con la Aldea de Fábrica del Hierro, la represión desatada por los golpistas contra los habitantes de la Colonia a partir del 12 de Agosto de 1.936, día que las tropas del comandante Gabriel Tassara Buiza tomaron Cazalla, significó sin duda la causa fundamental de la ruina y el despoblamiento irreversible de la misma. Es así mismo innegable que la extrema dureza de la represión ejercida sobre dicha comunidad —nada menos que un 49´5 % de sus habitantes mayores
de 20 años, el 85% en el caso de los varones, fue represaliado— tuvo mucho que ver con el odio y la beligerancia que contra estas colectividades agrarias habían desarrollado las derechas durante todo el periodo republicano por cuanto, en sí mismo, éstas representaban para el imaginario conservador de subversión del “orden divino” de la propiedad de la tierra. De ahí el interés de los sublevados en borrarlas cuanto antes del mapa. http://www.todoslosnombres.org/sites/default/files/investigacion155_1.pdf
Cazalla de la Sierra (Sevilla)
Medio centenar de mujeres fueron asesinadas por los golpistas tras la toma del pueblo sevillano de Cazalla, centro neurálgico de la Sierra Norte de Sevilla. La dura represión franquista llevó a la cárcel a otras 102, mientras que el resto hasta las 198 represaliadas documentadas en el libro Crónica local de la infamia desaparecieron, fueron depuradas o se exiliaron. Esto ocurrió a raíz de la toma del pueblo a sangre y fuego por la columna rebelde del comandante Gabriel Tassara Buiza el 12 de agosto de 1936. Público, 17 de marzo de 2014.
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En esta antigua entrada de nuestra Historia se echa de ver la red familiar de la aristocracia media-alta de la región: En dicho periódico y edición (ABC de Sevilla), en fecha de 22 de mayo del referido 1934 en artículo de la página 27 titulado Regreso de las rocieras, se listan "entre otras muchas muchachas conocidas, acompañadas de sus familiares" que vuelven de la romería almonteña, a Diana García de Pesquera y Noel, Burin Contreras, María del Carmen, María Isabel, Concha y Teresa de Ybarra, María Teresa y Elena Benjumea y Puigserver, Lola y Pilar Sáinz de Rozas y Gayán, María Jesús Benjumea Lora, Nela Benjumea y Medina, Ana María de Abaurre, Teresa Llosent Marañón, María de Medina y Villalonga... y un mareante centenar más de mocitas de buenas familias con apellidos ilustres. https://castillejadelacuesta-antonio.blogspot.com/2016/01/padron-1z.html
A uno de los hermanos de la novia (v.s.) se le agasajó con un interesante cargo: director del Museo Nacional de Arte Moderno. Años después dimitiría: Orden de 16 de octubre de 1951 por la que se admite la dimisión del cargo de Director del Museo Nacional de Arte Moderno a don Eduardo Llosent y Marañón. Ilmo. Sr.: Estimando atendibles las razones expuestas por don Eduardo Llosent y Marañón, este Ministerio ha resuelto admitirle la dimisión del cargo de Director del Museo Nacional de Arte Moderno, agradeciéndole los servicios prestados. Lo que comunico a V.I. para su conocimiento y demás efectos. Dios guarde a V.I. muchos años. Madrid, 16 de octubre de 1951. Ruiz-Giménez. Ilmo. Sr. Director general de Bellas Artes.
Y otro —el falangista que ya hemos referenciado— disfrutó de otro no menos interesante: Decreto de 15 de enero de 1954 por el que se nombra Jefe Nacional del Sindicato de la Alimentación y Productos Coloniales al camarada José María Llosent Marañón. A propuesta del Ministro Secretario General de Falange Española Tradicionalista y de las J.O.N.S., Vengo en nombrar Jefe Nacional del Sindicato de la Alimentación y Productos Coloniales al camarada José María Llosent Marañón. Dado en El Pardo a quince de enero de mil novecientos cincuenta y cuatro. Francisco Franco. El Ministro Secretario General del Movimiento, Raimundo Fernández-Cuesta y Merelo.
Situados ya de esta manera y mal que bien los Marañón en su contexto político-social, volvamos a la hacienda de San Ignacio, heredad que cierra —o cerraba, mejor dicho— todo el occidente de Castilleja de la Cuesta.
A doña Ana Sáinz de Rozas Marañón le fueron expropiando pedazo a pedazo su finca, que en principio se extendía por toda la parte oeste del municipio de Castilleja hasta el bormujano Cerro Colarte y hasta las fronteras con Gines, Valencina y Camas. También ella, doña Ana, contribuyó a tal desmembramiento al alquilar parcelas a diversas personas que las dedicaron a huertas u olivares. La antigua hacienda de San Ignacio, de titularidad jesuita dependiente del colegio de San Hermenegildo de Sevilla —plaza de la Gavidia—, fue afectada por la desamortización de Mendizábal, y tras varias posesiones pasajeras llegó a manos de los Sáinz de Rozas hacia 1880.
Ella, doña Ana, era hija de Manuel Sainz de Rozas Sainz y de María Josefa Marañón Lavin —natural de Marianao (Cuba)—, de quienes heredó la propiedad. Casada con Teodoro Alberto Arana Larrinaga, tuvieron a José Ramón, Elvira, María Josefa —fallecida en 2014— y Ángela —fallecida en 2013—. María Josefa heredaría los restos, ya reducidos prácticamente a la vivienda y a un cortinal de olivos en la parte trasera. Se intentó poner en marcha una industria de elaboración de aceite en la década de los años 60 del pasado siglo, a cuyo efecto construyeron una gran nave en la que instalaron una estructura metálica de pasillos elevados y escaleras, gran profusión de maquinaria y mastodónticos depósitos de chapa de factura moderna, pero nada de ello llegó a utilizarse. Al poco tiempo la nave ruinosa era cobijo de gatos y perros errabundos y de toda la chiquillería de los barrios adyacentes; sus techos y paredes se desmoronaron y la maquinaria, presa del óxido, desapareció un buen día, seguramente malvendida para el desguace. Luego ya ni la vivienda se conservó, puesto que siendo alquilada para hotel, resultó igualmente un fracaso empresarial sin éxito alguno. Por fin y ya dentro del siglo XXI fue adquirida para instituir una de las dos secciones del actual colegio bilingüe Yago. La otra sección de este prestigioso colegio está establecida en la finca San José al otro extremo de la Calle Real, finca que pertenenció al conde de Romanones y luego a los Hermanos Maristas.
La hacienda de San Ignacio conserva su fachada dieciochesca diseñada por los jesuitas, con la portada flanqueada de pilastras, cornisa y elegante remate curvilíneo adornado con cinco pinaculillos y con el mural de azulejos con la efigie de Ignacio de Loyola. A su derecha estaba el señorío, que luego ocuparían las habitaciones del hotel, y a la izquierda se ubicaba la vivienda del capataz y la capilla.
El cortinal de aceitunos trasero, último vestigio de la utilidad agrícola de la hacienda, fue ocupado por la explanada de la antigua feria de Castilleja y por el recinto del mercadillo, y hoy también por el parque infantil El Castillo. Cuando era olivar lo atravesaba un camino pertinaz que, a pesar de ser arado con tractor año tras año, los vecinos de la Barriada de la Inmaculada lo volvíamos a abrir con nuestros viajes diarios de ida y vuelta al casco urbano del pueblo. Con diez o doce años de edad, como cada día lectivo volvíamos un mediodía tórrido de verano un amigo de la infancia —ya desgraciadamente desaparecido— y yo de recibir clases veraniegas de apoyo en la escuelita de don Cipriano de la calle Jesús del Gran Poder en el centro del pueblo. Habíamos adquirido unas cajas de cerillas y encontramos divertido, a la mitad del camino entre los olivos de la hacienda de San Ignacio, encender y arrojar un fósforo tras otro en el grueso tapiz de pasto reseco, e inmediatamente pisotear hasta apagar el incipiente incendio. Diríase que aquello no eran hierbas secas, sino gasolina. Resultaba extremadamente divertido y excitante ver lo que devenían en cuasi explosiones instantáneas de fuego crepitante, y apagarlas a zapatazos ágiles una vez tras otra. Hasta que la última nos sobrepasó: de sopetón las llamas se extendieron descontroladas alcanzando una anonadante altura y extensión. Aterrorizados y despavoridos ante aquel gigante fantasma anaranjado, chirriante y abrasador, y no ocurriéndosenos hacer otra cosa, echamos a correr.
Ya cada uno en nuestras respectivas viviendas, —habitábamos en la misma calle—, dimos cuenta atragantada del almuerzo que, solícitas y entregadas, nuestras madres nos sirvieron. Sin provecho alguno porque la mala conciencia nos roía las entrañas. Cuando terminé de comer, llamaron a la puerta. Se me hizo un nudo en la garganta, se me nubló la vista y mi corazoncito empezó a galopar. Con gran alivio oí a mi madre que saludaba en la puerta a mi amigo incendiario. Salimos los dos a la calle brazos por los hombros, y susurrándonos al oído acordamos asomarnos a ver el desenlace de nuestra reprobable acción. Al doblar la esquina, con indescriptible sobresalto contemplamos al final del barrio una monstruosa columna de humo blanquecino, alta hasta el cielo, en cuyo interior sobrevolaban arremolinándose pavesas y briznas carbonizadas. Todo el aire olía a campo quemado.
Nos aproximamos al enorme incendio extremando las precauciones y con todo el disimulo de que eramos capaces. El solar estaba negro y las partes bajas de los olivos achicharradas. El fuego había avanzado hasta las tapias de los patios traseros y amenazaba a toda la edificación de la hacienda. Había gran actividad, varios hombres de aspecto jornalero bregaban agitados, intentando evitar que las llamas pasaran al interior. Uno de ellos nos dió voces, gesticulando para que nos acercáramos. Mi amigo y yo nos miramos con una muda interrogación. No teníamos otra opción, nos habrían reconocido, no existía escapatoria. Atravesando el campo carbonizado entre tenues fumarolas blanquecinas llegamos a las tapias dispuestos a enfrentar una implacable acusación. El fuego había prendido en una gran pila de leña gruesa de olivo y los hombres acarreaban cubos de agua que arrojaban, entre gritos, a las llamas. Nos dijeron que les ayudásemos. Entre los dos comenzamos a llevar y traer un gran cubo de chapa con agua que la casera llenaba de un pilón cercano. Hicimos varios portes hasta que, por fin, el incendio quedó dominado. Los hombres se sentaron en el suelo fresco junto a las paredes, se despojaron de sus gorras campesinas y se secaron el sudor de los curtidos rostros. Nos dispusimos a marchar, y entonces se nos acercó uno que parecía ser capataz, y nos puso en las manitas ¡oh, asombro maravillado! una moneda de cinco duros a cada uno.
La sociedad de los adultos nos pareció muy compleja y extraña. La paradójica situación nos hizo meditar profundamente. Había muchas incógnitas en aquellos hechos que no se nos alcanzaban, que no lográbamos descifrar. El absurdo era lo único real de la situación. Tan real como reales eran las dos gruesas y pesadas monedas, que nos proporcionarían atracones de chucherías, variedad de soldaditos de plástico y numerosos tebeos durante varios días, adquiridos gozosamente en los numerosos puestecillos de la localidad.
Ya mayor y reflexivo me he cruzado muchas veces con los caseros, el matrimonio paseando por la acera de la entrada de la hacienda. Estaban muy mayores y salían algunas tardes a disfrutar de la marea atlántica cogidos del brazo como con un yugo, a pasos lentos y medidos como los bueyes, con sus mismas cabezas bovinas hundidas en el suelo y sus mismas miradas de resignación. Era gente triste, con un estigma de desolación. Él levantaba la cabeza para corresponder brevemente a mi saludo, y luego seguían su andar cansino y pesadumbroso. Siempre sospeché de que sabían quienes fueron los autores de aquel acontecimiento que pudo terminar en una gran tragedia.
Los caseros, forasteros, desaparecieron del pueblo cuando la hacienda se convirtió en hotel.
Acusados los de Marianao de haber comprado la Casa de la Moneda en Sevilla con dinero del comercio con esclavos —no sería arriesgado extender esta acusación a la Hacienda San Ignacio—, uno de sus descendientes, que firma T. de Arana S. de Rozas los defiende de aquesta forma:
Los Marañón. En el diario del 23 de este mes, en la sección "Las edades de la ciudad", aparece a toda página, un artículo de la bien cortada pluma de J. Félix Machuca. En él se describe y documenta la trayectoria en Cuba del capitán general Miguel Tacón. Muy interesante, y amenamente descrito, para nuestra generación.
En el artículo, pienso que para "redondear" el tema, Machuca vierte unas insinuaciones demagógicas y peyorativas para una familia sevillana: los Marañón y Lavín. Y como guinda, la gran foto de la Casa de la Moneda con la afirmación "sic. comprada en su día con dinero de esclavos". Es totalmente falsa y denigrante esta aseveración.
Don Ildefonso Lavín Ruíz, natural de Matienzo en Cantabria. emigró con 17 años en la primera decena del siglo XIX a Cuba. Allí trabajó en Guines y se integró en la familia criolla, de origen también de la Montaña, los López Gavilán, que poseían Ingenios de Azúcar, casándose con Elvira. Contribuyó, con su esfuerzo y buen hacer, a la prosperidad de su familia, pero nunca comerció con esclavos.
Tuvo dos hijas, que casaron con dos hermanos, emigrantes de Revilla en Cantabria: José Y Manuel Marañón Martínez de Rozas, y entonces el matrimonio Ildefonso Lavín - Elvira López Gavilán, con edad madura (Ildefonso tenía más de 50 años) deciden vender sus posesiones en Cuba y regresar toda la familia a la Patria.
No quisieron volver a su patria chica, y ufanarse ante sus paisanos con espléndidas casonas. Eligieron Sevilla para reinvertir su gran fortuna. Una de las primeras inversiones fue precisamente la Casa de la Moneda, que adquirió Ildefonso Lavín al Estado, mediante la "puja llana" y pagó con el importe de ventas de sus bienes raíces en Cuba.
En Sevilla nacieron sus descendientes, se casaron con familias significadas de esta capital y participaron en su engrandecimiento.
Don Ildefonso Marañón Lavín, nieto de Don Ildefonso Lavín, regaló a Sevilla su finca de San Pablo, para que se construyese un aeropuerto suficientemente dimensionado. La familia Marañón-Lavín, en su conjunto, sufragó totalmente el gasto de construir el Hospital de la Cruz Roja, que hasta entonces no tenía sede en la capital.
Me parece que "Las Edades de la Ciudad" puede ser un magnífico tablero donde se analicen la evolución de la ciudad, sus costumbres... pero con rigor y ética, sobre todo al referirse a personas concretas. Cartas al Director. ABC, miércoles 31 de enero de 2007.
La sevillana Casa de la Moneda
El regalo a la ciudad de los terrenos para la construcción del aeropuerto de San Pablo tuvo su reconocimiento: Ministerio del Aire. Decreto de 20 de diciembre de 1946 por el que se concede la Gran Cruz del Mérito Aeronáutico con distintivo blanco al Excmo. Sr. don Ildefonso Marañón Lavín. En atención a las circunstancias que concurren en el Excelentísimo Sr. don Ildefonso Marañón Lavín, a propuesta del Ministerio del Aire, Vengo en concederle la Gran Cruz del Mérito Aeronáutico, con distintivo blanco. Así lo dispongo por el presente Decreto, dado en Madrid a veinte de diciembre de mil novecientos cuarenta y seis. Francisco Franco. El Ministro del Aire, Eduardo González Gallarza.
Pero ya se sabe: el Estado, lo que te dá con una mano te lo quita con la otra. Boletín Oficial del Ministerio del Aire. Sábado 12 de agosto de 1967. Orden Ministerial núm. 1.807/67, de 2 de julio, por la que se dispone el cumplimiento de la sentencia que se cita, dictada por el Tribunal Supremo. Excmo. Sr.: En el recurso contencioso-administrativo, en grado de apelación, seguido ante la Sala Quinta del Tribunal Supremo, como demandada y apelante, la Administración General del Estado, y demandante y apelada, doña Ana Sainz de Rozas Marañón, sobre justiprecio de finca expropiada se ha dictado sentencia con fecha 2 de marzo de 1967, cuya parte dispositiva es como sigue: "Fallamos: Que con revocación de la sentencia apelada debemos desestimar y desestimamos el presente recurso contencioso-administrativo interpuesto por doña Ana Sainz de Rozas Marañón contra la resolución del Jurado Provincial de Expropiación de Sevilla de veintiséis de septiembre de mil novencientos sesenta y cuatro, por la que se fijó el justiprecio de la parcela propiedad de la demandante, sita en el paraje "Cerro Colarte", del término de Castilleja de la Cuesta, provincia de Sevilla, expropiada por la Región Aérea del Estrecho, cuyo acto administrativo confirmamos por estar ajustado a Derecho, absolviendo de la demanda a la Administración, sin expresa condena de costas en ambas instancias. Así por esta nuestra sentencia, que se publicará en el "Boletín Oficial del Estado" e insertará en la "Colección Legislativa", definitivamente juzgando, lo pronunciamos, mandamos y firmamos." En su virtud, este Ministerio ha tenido a bien disponer se cumpla en sus propios términos la referida sentencia, publicándose el aludido fallo en el "Boletín Oficial del Estado", todo ello en cumplimiento de lo dispuesto en el articulo 105 de la Ley reguladora de la Jurisdicción Contencioso-administrativa de 27 de diciembre de 1956 ("Boletín Oficial del Estado" núm. 363). Lo que por la presente Orden Ministerial digo a V.E. para su conocimiento y efectos consiguientes. Dios guarde a V.E. muchos años. Madrid, 21 de julio de 1967. Lacalle. Excmo. Sr. General Subsecretario del Aire. (Del "Boletín Oficial del Estado" núm. 191, de 11 de agosto de 1967.)
Instalaciones del Ejército del Aire en el Cerro Colarte (Bormujos), en terreno de la hacienda San Ignacio expropiado a doña Ana Sáinz de Rozas.
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