jueves, 28 de mayo de 2020

Historia de los apellidos, 21o.



En Hernán Cortés en Castilleja de la Cuesta (Actas de los VII Encuentros de estudios comarcales Vegas Altas, La Serena y la Siberia, Octubre de 2014, Villanueva de la Serena) su autor el profesor de educación primaria Fernando Gallego Gallardo (1) remite a una descripción muy completa del interior del palacio montpensieriano de Castilleja que en La Ilustración Española y Americana del 15 de abril de 1877 (2) apareció, en forma de carta dirigida a don Fernando de Gabriel y Ruiz de Apodaca, firmada por Cecilia Böhll de Faber, Fernán Caballero,

(1) Dice el señor Gallego que Cortés se vino a Castilleja a una casa humilde cuya planta baja carecía de ventanas para preservar el interior del polvo de la Calle Real*. Y añade: "estaba enfermo de disentería según unos, otros de viruela y varicela, algunos otros opinaron que de una enfermedad tropical y otros se inclinaron por la sífilis.[...] Como extremeño, vivió una realidad social y territorial que dejó en él una profunda huella por la larga tradición guerrera contra los musulmanes, el antagonismo castellano-portugués y la propia guerra civil castellana desembocada a la muerte de Enrique IV de Trastamara. De tal manera que se desenvolvió en un territorio de disposición permanente de acceso a las armas. De ahí su afán de aventuras.
Cita al libro Crónica de la eternidad del historiador francés Christian Duverger, quien trata de demostrar que "Bernal Díaz del Castillo, a los 84 años, nunca pudo escribir La historia verdadera de la Conquista de la Nueva España y que su autor no fue otro que el propio Hernán Cortés". Sigue documentándonos el señor Gallego: "Su hijo Martín Cortés, segundo Marqués del Valle, le dedicó el siguiente epitafio [inscrito en la lápida de San Isidoro del Campo]:
Padre cuya muerte impropiamente
aqueste bajo mundo poseía.
Valor que nuestra edad enriquecía,
descansa ahora en paz, eternamente.
[...] En 1832, simulación de traslado de los huesos de Hernán Cortés por amenaza de profanación por parte de un grupo de independentistas. [...] Con motivo de la visita de Fernán Caballero al palacio en el año 1868, más o menos, confeccionó un catálogo con lo que aquellos años contaba esta residencia".
* Erróneamente. En esto como en casi todo su trabajo el señor Gallego bebe directamente de Fernán Caballero, la cual se refiere con lo de una casa sin ventanas para proteger el interior del polvo de la Calle Real de Castilleja, al mismísimo palacio de los duques ya en el siglo XIX, y no a la casa del Jurado. El estilo mudéjar de las ventanas del palacio, estrechas, casi aspilleras, se prestaba con completa propiedad a esa protección contra el polvo de la calle, y en las edificaciones del desierto, que el Duque había conocido en 1844 y 1845, v.i., tienen su remoto origen. Pero el artículo del señor Gallego nos va a dar mucho de sí, con la nota sobre el traslado simulado de los huesos de Cortés para librarlos de las profanaciones independentistas (v.s.), hecho que se repitió en la Cuba de tiempos del general Antonio Venenc con otros restos. Añadiremos en próxima entrada cómo nuestro general se cubrió de gloria defendiendo a un grupo de estudiantes cubanos independentistas, acusados de intentar profanar la tumba de cierto importante escritor criollo partidario de la Cuba española. Fueron fusilados en aquella isla por orden de las autoridades peninsulares.

(2) El rey Alfonso XII, que este año de 1877 visitó Andalucía acompañado de la princesa de Asturias, paseó por el centro de Sevilla en un brioso caballo del duque de Montpensier, giró visita a la Cartuja y estuvo en el palacete de Castilleja el día 27 de marzo. El anterior día 21 había inaugurado el monumento ecuestre a San Fernando en la Plaza Nueva hispalense. "El duque de Montpensier obsequió el miércoles a S.M. el rey con un espléndido almuerzo dado en la casa donde murió Hernán Cortés en Castilleja de la Cuesta. S.M., según dicen los periódicos de Sevilla, iba vestido a la andaluza con el traje que le ha regalado un industrial sevillano". La Correspondencia de España, 31 de marzo de 1877, pág. 2.
Tras la expulsión de Isabel II en 1868, su cuñado el duque de Montpensier se había movido activamente por alcanzar el trono vacante, y se decía que estuvo a la cabeza de la conspiración que derrocó a su suegra, así como del asesinato del general Prim.
"En septiembre de 1862, la Reina Isabel II, junto a los Duques de Montpensier, recorre la calle Real de Castilleja para alojarse en el Palacio de Hernán Cortés. En el año de 1876, nuevamente, la Reina Isabel II se alojaría en el palacio castillejano. El 28 de marzo de 1877, es el rey Alfonso XII quién visita el palacio de Castilleja de la Cuesta [como queda dicho, v.s.], junto a su futura esposa, la Infanta María de las Mercedes, donde almorzaron y pasearon por sus jardines. Al salir el carruaje del palacio hacia Sevilla, en la calle Real, el pueblo los vitoreó, escuchándose entre la aclamación un grito de “¡Viva el Rey!” y de “¡Viva la Reina!”, siendo este último viva la primera vez que fue pronunciado por el pueblo español. Curiosamente, el 8 de diciembre de 1877, solemnidad de la Inmaculada Concepción, fue pedida en matrimonio la Infanta María de las Mercedes por el Rey: “Ayer, día feliz para mí, fiesta de la Santísima Virgen, la Inmaculada Concepción, Patrona de mi querido país, fui pedida en matrimonio por un enviado extraordinario del Rey de España.
El 27 de diciembre, nuevamente el Rey Alfonso XII, junto a su prometida María de las Mercedes y familiares, volvieron al palacio de Hernán Cortés en Castilleja de la Cuesta, visitando la capilla y la salas con recuerdos de México. Pasearon por las habitaciones, y subieron a la azotea y a los torreones. El Rey no se cansaba de admirar el paisaje, mientras Mercedes le señalaba todos los pueblos que se ven en lontananza. El Duque de Montpensier, sonriente, se acercó a ellos y les dijo: “Mercedes: tu madre y yo hemos decidido que esta finca que tanto te gusta entre en tu Corbeille de mariage”. La Infanta abrazó a su padre, emocionada y feliz. Para Mercedes, Castilleja de la Cuesta era el sueño de su infancia. Fue junto a la tapia del Palacio donde una gitana le dijo que veía en su mano una corona de Reina, y fue también en Castilleja donde oyó la primera ovación. El 23 de enero de 1878, se casan el rey Alfonso XII con la reina María de las Mercedes, que llevaba de dote el palacio de Hernán Cortés. A partir de entonces, Castilleja de la Cuesta se convierte en “el pueblo de su Real Sitio”. ABC de Sevilla, 5 de septiembre de 2013.

La epístola de Fernán Caballero en La Ilustración Española y Americana a la que Fernado Gallego Gallardo se refiere (v.s) es la que sigue, con un preámbulo del propio periódico:

La casa en que murió Hernán Cortés en Castilleja de la Cuesta. Casi en los mismos momentos en que llegaba a nuestro poder el presente bellísimo artículo, recibíamos la noticia  infausta, aunque esperada, del fallecimiento de su ilustre autora, D.ª Cecilia Böll de Faber y Larrea, Fernán Caballero.
Al Director-Propietario de La Ilustración Española y Americana, que publicó en Cádiz la primera obra literaria, titulada Lágrimas, de aquella insigne escritora, le cabe hoy la triste satisfacción de publicar en las columnas de este periódico el último fruto del vigoroso ingenio de Fernán Caballero. — Elevamos preces al Cielo por el eterno descanso de aquella mujer incomparable, que mereció en vida los privilegiados títulos de paladín del bien y ángel de la caridad. (Nota de la Dirección).

Carta de Fernan Caballero al Sr. D. Fernando de Gabriel y Ruiz de Apodaca (1).
Dice un periódico: "Escriben de Valladolid lo siguiente:
La antigua y monumental casa donde murió el célebre Colon, investigador de mundos desconocidos, y cuya fama póstuma se lega imperecedera de generación en generación, se halla en estado de ruina tan próxima, que su dueño ha tenido necesidad de colocar, no un apoyo, sino un madero que impida el tránsito cercano, con el objeto de evitar alguna desgracia, caso de desprendimiento (2).
Leía estos desconsoladores renglones, casualmente el día después de haber estado en Castilleja de la Cuesta y visitado la casa en que murió Hernán Cortés, casa que estaría aún en peor estado que la que menciona el anterior suelto, si sobre ella no hubiesen extendido los Serenísimos Infantes Duques de Montpensier sus restauradoras manos (3).
Se que complaceré a V., querido amigo, hablándole de esta restauración con algún detenimiento, persuadido (4), como estoy, del interés que le inspira cuanto contribuye a conservar viva y a enaltecer la memoria de aquel insigne compatriota de usted (5), en todos conceptos grande y heroico cuan ninguno.
El día en que tuvo lugar mi excursión, aunque fue a fines de Mayo, era en extremo frescco y agradable. El cielo, para valerme de una de las graciosas imágenes del país, estaba remendado: aquí se extendía una blanca nube como formada de ligeros copos de nieve; más allá se cernía pesadamente otra gris, como si fuese un montón de cenizas lanzadas al aire por un volcán, y entre ellas asomaba el azul del cielo sin el brillo que le presta el sol, pero tan puro cual si las volanderas nubes hubiesen tenido por misión la de ser otros tantos finos paños que le purificasen de las empañaduras del polvo que alza la tierra.
Pasemos el camino que desde Sevilla conduce a Castilleja; subamos la pendiente que le proporciona su distintivo de la Cuesta; entremos en la calle principal que la atraviesa, y a poco hallaremos en ella un pequeño castillo edificado con suma exactitud y buen gusto en estilo moruno, sobre la casi arruinada casa en que murió Hernán Cortés.
Esta casa no perteneció a Cortés; fue de D. Alonso (sic) Rodríguez, que por lo visto se la brindaría al ilustre caudillo para reponer en aquellos aires puros su quebrantada salud.
Con el peculiar tino y singular buen gusto que distinguen a S.A.R. el Excmo. Sr. Infante Duque de Montpensier, eligió para restaurarla el género de arquitectura indicado, pues sobre estar muy en armonía con el que también concuerda con los recuerdos de un país que de él conserva tan preciosos restos, era por su incomunicación con el exterior el único que podía evitar el que esta morada, si llegaba a convertirse en regia, no tuviese ventanas a una vía pública muy transitada, cuyo grosero tráfico y constante polvo había sido intolerable en ella, puesto que de esta vía no separa el edificio sino un corto espacio, cercado por una preciosa reja (6).
El solo hueco que en el piso bajo tiene a la calle es la puerta, que continúa siendo la misma de épocas anteriores, y está formada de consistente caoba tachonada con grandes clavos de metal de cabeza dorada, salientes y labrados, según la usanza de los tiempos en que se hizo, por lo que se conserva fuerte y entera, sin más detrimento que faltarle algunos de estos clavos, vendidos por sus anteriores dueños o arrendatarios a ricos viajeros o curiosos anticuarios. Sobre esta puerta se ostenta un busto de hierro del hombre que en aquel lugar halló el solo enemigo que lo rindió: la muerte.
En el piso bajo, a la derecha, se encuentra una sala con puertas de cristales al jardín, del que la separa una galería techada por un emparrado. El emparrado es en España entre las plantas lo que el pan entre los comestibles, y los pobres entre los hombres; entran y son atendidos así en la casa más humilde como en los palacios.
Esta sala es un Museo Arqueológico de objetos concernientes al grande hombre que allí murió para revivir allí mismo 320 años después, tan altamente honrado, que nadie saldrá de aquel lugar, dedicado a su memoria, sin el más solemne sentimiento de admiración y de respeto.
El testero, frente al jardín, se halla colocado un precioso mueble, sobre el que se ve un busto grande de bronce dorado que representa dignamente el Conquistador de Nueva España. En este mueble se guardan objetos y copias de documentos de mayor interés. El busto ha sido enviado de Italia por S.A. el Duque de Aumale, tan aficionado y entendido en materia de Historia y de Arqueología como su augusto hermano [o sea, nuestro Antonio de Orleans], y que de aquel país lo ha remitido por hallarse hoy la casa de Cortés, Marqués del Valle, unida por alianza a la del Duque de Monteleone y de Terranova (7), establecida en Palermo. Asimismo remitió copia de un magnífico retrato que existe en el palacio de dicho Duque, y que positivamente ["positivamente", o sea, el original, el cierto, el verdadero. Diccionario de Autoridades] se hallaba en el Hospital de Jesús, fundado por Cortés en 1529 (8). Su Alteza Real ha reunido en este Museo cuantos retratos de su héroe se conocen. Además del ya mencionado se ven: otro que representa a su modelo en toda la lozanía de su juventud, y es copia del que se conserva en el Archivo de Indias de Sevilla, y otro del que existe en París en el Museo del Louvre, y que por el estilo de la pintura se cree que pueda ser contemporáneo.
Otro, litografiado, sacado de uno que existe en la galería de Versalles.
Otro, de cuerpo entero, cuyo original es de Velázquez, y está en el Museo de Madrid.
Representa a Hernán Cortés, ya viejo, rodeado de algunos trofeos guerreros: en el fondo se distinguen sus naves incendiadas. Este retrato no está señalado en el Catálogo de Madrid como de Cortés; pero la casualidad, que suele mostrarse propicia a los que, como S.A.R., no se cansan en sus estudios e investigaciones de solicitar sus favores, puso en manos de este Príncipe una estampa antigua, en la que reconoció al mencionado cuadro de Velázquez, aun antes de leer el letrero que tenía, que con el nombre del grabador, expresaba el del pintor y el del original del cuadro que reproducía.
Este retrato está colocado al lado izquierdo del mueble ya mencionado, mientras que a la derecha le hace juego el que representa a Cortés en todo el vigor de su edad y de su fuerza. Nada puede hallarse que sea más español que aquella figura, cuyas finas, rectas y pronunciadas facciones parecen con su característica palidez, esculpida por delicado cincel en mármol. ¡Qué poder, qué arrojo, qué decisión, unido a la serenidad de la fuerza en la mirada de aquellos ojos negros! Con aquella mirada, en aquella actitud sería dada, por el que allí contemplamos, la orden más audaz, osada y heróica que se ha dado en el mundo. Es, por cierto, interesante, aunque muy triste, observar el contraste que forman ambas figuras. Hay naturalezas tan poderosas y excepcionales, que cuando en ellas se observa la destructora influencia del tiempo, se nos presenta terrible y con todo su incontrastable poderío nuestra humana miseria.
Ha reunido allí además S.A.R. otros retratos análogos, como son: uno de Cristóbal Colón, dibujo alemán muy notable; otro de Magallanes; otro de Pizarro, y colocado en lugar preferente, el del sabio Solís, historiador digno del gran conquistador de Mejico.
En el mueble que he mencionado están cuidadosamente guardadas muchas curiosidades fabricadas por los indios, y otras de diversa procedencia; pero la más notable de las alhajas que allí se conservan, en un precioso estuche, es el cáliz de plata y oro primorosamente cincelado, que perteneció y llevó consigo a la guerra Fr. Bartolomé de Olmedo, fraile mercenario (sic), que acompañó a Hernán Cortés.
En un cajón de este mueble se hallan reunidos y guardados en una lujosa carpeta de tafilete dorado la colección de copias de interesantes documentos de que he hecho ya mérito, y que son en número de 64, referentes a Cortés.
Uno de los más notables, que está señalado en el Catálogo con el número 1, es las Ordenanzas militares, dadas por el gran caudillo a sus tropas.
Es pasmosa, me decía con esta ocasión el coronel D. Miguel Velarde (9), ayudante de S.A.R., a cuya aptitud reconocida y a cuya amable fineza y complacencia debo estos pormenores técnicos: es pasmosa la suma de grandes dotes y conocimientos militares que estas ordenanzas prueban, y cuánto valor daba el que las promulgó a la disciplina y unidad de los ejércitos. La sagacidad, prudencia, constancia y valor descollaban unidos y en grado eminente en el gran caudillo. Cortés no era de aquellos rudos guerreros que, como Pizarro, no sabían manejar más que la espada; nacido de ilustre familia, recibió educación muy esmerada y estudió con aprovechamiento en Salamanca. Una de las cosas que más agradablemente impresionan en este conquistador es ver la constante solicitud y desvelo que manifiesta en sus Ordenanzas a favor de los buenos indios mejicanos, y muy particularmente por desarraigar en ellos los horrores de su idolatría y abrir sus ojos a la luz y civilización del cristianismo. La primera vez que visitó a Moctezuma en su palacio abordó la cuestión religiosa, y consiguió que este Rey idólatra prohibiese en su mesa la carne humana, etc.
El documento designado con el número 13 es copia de cartas escritas por Hernán Cortés a S.M. sobre la conveniencia de enviar a Nueva España religiosos para la conversión de los indios.
El número 22 es la Real cédula de Carlos V nombrando a Hernán Cortés Marqués del Valle de Oajaca, fechada en Barcelona, en 6 de julio de 1529.
El número 32 es un asiento sobre 23.000 vasallos que S.M. tenía concedidos en Nueva España al Marqués del Valle.
El 47 es copia de una carta a S.M. en que Cortés se queja de los agravios que recibe de la Administración de Justicia en sus pleitos, añadiendo que le cuesta más defenderse del fiscal, que le había costado ganar las mercedes que le estaban otorgadas por S.M.
El 52 es una Memoria de los plumajes y joyas que envía a España para repartir a las iglesias y monasterios.
El 53, unas Ordenanzas y capítulos publicados por Hernán Cortés para el buen régimen y buen trato de los indios por los españoles.
El 41 es una carta de Hernán Cortés a Cristóbal de Oñate avisándole de su llegada, y causa de haber puesto a aquel puerto el nombre de Santa Cruz, por haber arribado a él el día 3 de Mayor, en que se celebra esta fiesta.
¡Con cuánta pena se nota aquí la guerra y contrariedades de que han sido siempre blanco los hombres superiores por parte de las medianías y nulidades!
Mas ya esta enumeración va siendo larga, y sólo mencionaré un documento más moderno, pero curioso, que es el Acta de la Independencia del Imperio mejicano, levantada por  Itúrbide, el 10 de Septiembre de 1821, original, con todas las firmas.
También se ve allí el sable de Itúrbide. (Continúa en la siguiente entrada).

(1) Nacido en Badajoz en 1828, coronel de Artillería, de ascendientes aristocráticos, parlamentario conservador en la Restauración y diputado por el distrito de Sanlúcar la Mayor en 1864, desapareció durante el Sexenio Democrático y regresó a la diputación del distrito de Sanlúcar en 1876 y 1879, en que fue sustituido por Luis Albareda. Consejero de la Compañía de los Ferrocarriles de Sevilla a Huelva y a las Minas de Rio Tinto. Escribió poesías. También escribió unos apuntes biográficos y un artículo necrológico sobre Cecilia por su fallecimiento, según cuenta el P. Coloma en Recuerdos de Fernán Caballero. Coloma, de Jerez de la Frontera, era una pesona especialmente bien informada por su trato con Cecilia, siendo veinteañero y ella octogenaria. Luego de su etapa de estudiante en Sevilla —vivió en una pensión de la calle O`Donnell — ingresó en la orden de San Ignacio.

(2) Estas líneas son mal interpretadas por los autores de Los palacios de los duques de Montpensier. Arquitectura y metamorfosis urbana en Villamanrique, Sanlúcar de Barrameda y Castilleja de la Cuesta, obra que cité en la entrada anterior, quienes atribuyen la descripción de la ruinosa casa vallisoletana de Cristóbal Colón que ejecuta Fernán Caballero a la de Hernán Cortés en Castilleja de la Cuesta, quizá para aparentar más conocimientos sobre ésta y para, en la misma línea que Cecilia, continuar con la mixtificación Cortés-Orleans en su edificio castillejense: "La escritora Cecilia Böhll de Faber y Larrea, que firmaba como Fernán Caballero y era muy amiga de la familia Orleans-Borbón, describió el estado de conservación de la casa cuando la adquirieron los duques de Montpensier en 1853. En un artículo publicado por La Ilustración Española y Americana años después escribió que se encontraba en peor estado del que, desconsolada, había leído en la prensa: `se hallaba en estado de ruina tan próxima, que su dueño ha tenido necesidad de colocar, no un apoyo, sino un madero que impida el tránsito cercano, con el objeto de evitar alguna desgracia, caso de desprendimiento`". Mercedes Linares Gómez del Pulgar y Antonio Tejedor Cabrera. Obra citada.
Dicho sea de paso, proclamó la "galleguidad" de Cristóbal Colón el historiador pontevedrés Celso García de la Riega (1844-1914), quien situaba su casa natal en Porto Santo, parroquia del ayuntamiento de San Salvador, Pontevedra.


Casa donde murió Cristóbal Colón, en Valladolid. Fotografía hecha poco antes de que su dueño la apuntalara como cuenta Fernán Caballero. Estaba por entonces dedicada al despacho de leche de vaca y de burra, esta última popularizada como sustituto de la de las madres humanas.

(3) Los duques no restauraron nada en absoluto, como es archisabido. Al contrario, arrasaron con los escasos restos que pudieran haber quedado de la casa del Jurado Juan Rodríguez, casa que era, por cierto, "principal" —se llamaban entonces "casas principales" a las que tenían piso alto—. Una línea después Fernán Caballero vuelve a insistir en la restauración de la casa, sin duda empeñada  en enaltecer el nuevo edificio decimonónico, otorgándole valor histórico para complacer a los duques y no ni muchísimo menos por fidelidad a la historia. Pero de la casa del Jurado, exceptuando el pozo, no había quedado nada, en parte porque los anteriores dueños, desde el siglo XVII, habían reconstruido todo según sus propias necesidades y gustos, y porque por fin el Duque transformó las dichas reformas, modernizándolas también a efectos de habitabilidad y estética. El resultado último se ve en la siguiente foto, que también pretende presentar —al estilo fernancaballeriano— un símil de la casa original. A poco que el más lego se sumerja en la historia de las relaciones entre Cecilia y los Montpensier se muestra con toda evidencia que la "protección" que SS.AA.RR. prestaron a la prolífica escritora, pagándole pensión y casa y dándole tratamiento especial, no tenía otra finalidad que servirse de su pluma a efectos publicitarios y políticos. Fernán Caballero se prestó a ello, prostituyendo sus escritos hasta grados grotescos.


Fotografía tomada desde el jardín* del palacio de los Montpensier. Al fondo, la supuesta restauración de la casa del Jurado Juan Rodríguez de Medina.
* Diseñado y realizado por el ingeniero agrícola francés André Lecolant (1818-1898), quien también se empleó en el del palacio de San Telmo, gran parte del cual fue cedido a la ciudad por la infanta —la hermana de Isabel II, viuda ya del Orleans, María Luisa Fernanda de Borbón— el 19 de junio de 1893. Lecolant, que ostentaba el cargo de "director de los jardines y bosques de SS.AA.RR. los Serenísimos Señores Infantes Duques de Montpensier", solía dar a sus jardines un carácter boscoso. Venía casi a diario a Castilleja para supervisar los trabajos, y ameritó un elogio Real en 1858 por su labor, exhibida en la Exposición Agrícola, Industrial y Artística que se celebró en Sevilla entre el 15 y el 25 de abril de dicho año.

(4) Cecilia todavía usa el género masculino de su seudónimo, Fernán Caballero*. En este mismo número de La Ilustración que estamos estudiando se refieren a ella como "el inolvidable Fernán Caballero", firmante de la carta sobre el viaje a Castilleja, sin embargo de que en otro de los artículos necrológicos de dicho número, firmado por Ramiro Franco, amigo y admirador de la escritora finada, está plenamente identificada como mujer. Es más, la escritora sigue aplicándose el dicho género en cartas personales, como las que dirigió al coronel Miguel Velarde, ayudante de campo de Montpensier, que comento en la nota 9, v.i. "Ya sabe usted que no tiene mejor ni más simpático amigo que el que s. m. b., Fernán Caballero", aunque también alterna con "su más sincera amiga". Al dicho Valverde contó que con ocasión de que el gobierno belga había decidido otorgar a Fernán Caballero la Cruz de Leopoldo, el general Wan Halen, muy amigo de la familia, creyó oportuno precisar que se trataba de una señora, por lo cual Cecilia no recibió la Cruz.
* Adoptó este seudónimo por la villa de Ciudad Real: "gustóme ese nombre por su sabor antiguo y caballeresco, y sin titubear un momento lo envié a Madrid, trocando para el público, modestas faldas de Cecilia por los castizos calzones de Fernán Caballero". El nombre de Fernán Caballero se atribuye al reconquistador y primer señor de la población, cuya versión a principios del siglo XIV se escribía como Ferrant Cavallero. Cecilia contaba que lo envió a Madrid porque desde allí se lo exigió su tercer marido, Antonio Arrom de Ayala, para firmar la novela La Gaviota, cuyo manuscrito original en francés él había llevado sin el consentimiento de ella a la redacción de El Heraldo —propiedad del ministro don Pedro de Egaña— para ser publicado, tras su traducción al castellano de mano de don José Joaquín de Mora. De forma que cuando Cecilia recibió carta de su marido solicitándoselo, buscó afanosamente algún nombre pegadizo en un periódico que tenía cerca, y viendo cierta noticia de un hecho luctuoso y sangriento acaecido en aquella localidad, eligió su topónimo. El referido manuscrito de La Gaviota era el preferido de Antonio Arrom y él mismo se había ocupado de ilustrarlo con unos dibujos de su autoría en los márgenes de los folios. Los amigos y familiares de Fernán Caballero hubieron de recurrir más de una vez a estratagemas semejantes para conseguir publicar sus escritos. La Gaviota vió la luz en El Heraldo en 1845, contando su autora más de 52 años de edad, a pesar de lo cual todavía le daba vergüenza que su nombre apareciera en la tribuna pública, quizá por amor a la tranquilidad y a la vida sosegada. Seguidamente fueron apareciendo al público sus demás obras, que tenía escondidas celosamente. Se empezó a sospechar que Fernán Caballero era la duquesa de Montpensier, hermana de Isabel II, y cuando se supo quién era en realidad, se le ofreció la casa en el Patio de Armas e incluso puestos oficiales de profesora de príncipes en Madrid.

 (5) Es decir, Hernán Cortés. Ambos eran pacenses.

(6) Un zarpazo prepotente de Antonio de Orleans al espacio público de la Calle Real, por cierto, como puede comprobarse hoy. Es característico en los edificios montpensierianos la tendencia al aislamiento, que puede verse también en el palacio de San Telmo, antigua Universidad de Mareantes. Aislamiento encaminado a definir la construcción y a aumentar su seguridad. En el caso de Castilleja se llegó a abrir una calle nueva en el limite de poniente que separó el palacio de las casas aledañas. Este callejón al menos tuvo la virtud de comunicar la Calle Real con el Camino Nuevo ahorrando a los vecinos el rodeo por la calle del cementerio o hasta arriba por el antiguo camino de Bormujos, aunque al poco tiempo el pasaje cayó en desuso y se convertiría en un vertedero de escombros y basuras donde medraban las ratas y evacuaba el vientre de urgencia cualquier necesitado. Para el común era más práctica esta última utilización, que resistió mucho tiempo a cuantos intentos de saneamiento efectuaba el Ayuntamiento hasta que se optó por taponar el infecto y hediondo callejoncillo con dos viviendas, una a cada extremo.


En esta fotografía de la fachada norte del palacio de San Telmo, hecha a finales del siglo XIX, vemos otro ejemplo de ese carácter de marcaje de territorio y de evitación de contacto con la plebe que caracteriza a esta familia. Sus verjas culminaban con flores de lis (lirio) forjadas, como puntas de astas, figura heráldica antiquísima desde la época minoica, que a modo de emblema eligió la Casa Real de Francia, a cuyos miembros se les denominaba "princes des fleurs de lys". El lirio, sinónimo de pureza, refuerza simbólicamente la finalidad anticontaminante de las verjas aislantes.

(7) Ducado de Monteleone, título del Reino de Nápoles creado por Carlos V en 1527 a favor de Ettore Pignatelli y Carraffa, virrey de Sicilia y Nápoles, casado con una catalana. En nuestros días, el descendiente del Conquistador, Ascanio Pignatelli Aragona Cortés, y el de Moctezuma, Federico Acosta, protagonizan en México actos de reconciliación televisivos que encuentran dura crítica y oposición en otros de los cientos de descendientes del emperador mexica que existen hoy. Uno de estos descendientes —de undécima generación— fue Francisco Javier Girón, duque de Ahumada y fundador de la Guardia Civil; y otro, Alonso Marcilla de Teruel, alcalde de Madrid en tiempos de Fernando VII.
Nieta de Antonio de Orleans, duque de Montpensier, Luisa Francisca María Laura de Orleáns (1882-1958), —abuela materna del rey Juan Carlos I—, tuvo por camarera a la VII marquesa del Valle de Oaxaca Juana de Aragón Carrillo de Mendoza y Cortés, quien se casó con Héctor Pignatelli, duque de Monteleone.
"De los Cortés a los Pignatelli. Martín, el segundo marqués, obtuvo de Felipe II el perdón real en 1574, lo que le permitió regresar a España de su exilio en Orán*, al noroeste de Argelia, y recuperar parte de sus propiedades incautadas en México. Sin embargo, se sostuvo la prohibición de su regreso a Nueva España, pagó una multa de 50,000 ducados y prestó 100,000 más a la Corona.​ Murió en Madrid en 1589 y fue sucedido en el título por su hijo mayor, Hernando Cortés, tercer marqués del Valle de Oaxaca, a quien le fue reintegrado el resto de su patrimonio en 1593, con la ayuda de su cuñado, Diego Fernández de Cabrera, tercer conde de Chinchón**, asesor cercano del rey.​ El tercer marqués no dejó hijos legítimos, por lo que a su muerte el título pasó a su hermano, Pedro Cortés, cuarto marqués del Valle de Oaxaca, quien pudo asentarse en Nueva España y asumir personalmente la gestión de la propiedad, que había sido controlada por administradores desde 1567.
El cuarto marqués también murió sin descendientes, por lo que, con los nietos, en 1629, terminó la línea directa de Hernán Cortés. El Marquesado fue heredado por la hermana de Hernando y Pedro, Juana Cortés, la quinta marquesa, esposa de Pedro Castillo de Mendoza, Conde de Priego. A su muerte, su hija mayor, Estefanía Carrillo de Mendoza y Cortés, casada con el duque de Terranova, Diego de Aragón, heredó el título, lo que la convirtió en la sexta marquesa. Tras la herencia del título, de acuerdo con el mayorazgo o vinculación, la familia adoptó el nombre de Aragona Tagliavia Cortés, aunque comúnmente se conoce como Tagliavia d'Aragona.
Estefanía y Diego tuvieron una sola hija, Juana (Giovanna), una de las más ricas herederas de su tiempo, que se casó con Héctor (Ettore) Pignatelli, quinto duque de Monteleone, dando a luz a una dinastía que reunió a la inmensa riqueza de la Aragonas, la Tagliavias, los Pignatelli y Cortés, sus títulos y sus feudos, entre los cuales el marquesado mexicano fue la joya de la corona. Tras el matrimonio, el esposo asumió el nombre de Aragona Pignatelli Cortés para él y todos sus descendientes, pero de hecho se le conoce como Pignatelli de Aragón.
Los Pignatelli continuaron recibiendo de la Monarquía Española las mercedes otorgadas por Carlos V a Hernán Cortés de manera regular, incluso después de realizarse la independencia de México, ya que al principio las deudas públicas del virreinato fueron reconocidas íntegramente por el nuevo país.
En la primera mitad del siglo XIX, los Pignatelli designaron a Lucas Alamán como su apoderado en México, quien defendió la continuidad del pago de las rentas del Marquesado, pero los liberales cancelaron dichos pagos. Rotos los lazos económicos, los Pignatelli vendieron sus propiedades en México.
El título nobiliario fue rehabilitado por el rey Alfonso XIII en 1916 a favor de José Pignatelli Aragón Cortés y Fardella, quien continuó radicando con su familia en Italia".​ (Wikipedia).
* No es correcta la expresión, porque Martín Cortés nunca llegó a estar exiliado en Orán. Fue sentenciado a ello pero se le condonó el destierro a última hora.
** Diego Fernández de Cabrera, III conde de Chinchón. Su sucesor el IV conde, Luis Gerónimo Fernández de Cabrera y Bobadilla (1589-1647) fue el XIV virrey del Perú, y lo recordamos porque su esposa dio nombre a otra denominación del febrífugo quina-quina: "En España fue el propio médico de los condes de Chinchón, el Dr. Juan de la Vega *, quien la introdujo hacia 1640, iniciando su comercio en Sevilla". (Miguel Ángel Puig-Samper. José Celestino Mutis, estudio crítico. Fundación Ignacio Larramendi, 2017).
* "La planta americana que adquirió una importancia considerable desde el siglo XVII fue la quina. Tradicionalmente se ha aceptado la leyenda de la condesa de Chinchón, esposa del virrey del Perú, según la cual fue esta dama la primera europea en utilizar el polvo de la corteza del quino y difundirlo. De ahí que Linneo la llamara Cinchona". Historia de los apellidos, 21h. Abril de 2020.
En relación con Fernán Caballero, o más exactamente con su madre y una pariente de ésta, también irlandesa, cuenta el padre Coloma un hecho protagonizado por un Pignatelli en el Cádiz turbulento de principios del siglo XIX: perseguía la chusma por el centro de la ciudad al marqués del Socorro, a la sazón gobernador de la Tacita de Plata, acusándolo de afrancesado porque no se decidía a declarar la guerra a los galos invasores. Saqueada e incendiada su casa, el general huyó por las azoteas hasta la vecina de su amiga María Tuker, la cual lo escondió en una leñera junto a la chimenea de su salón y le preparó un hábito de fraile para que escapase a la primera oportunidad ganando algún convento inviolable. Se presentó la turba aporreando la puerta, penetraron en la casa de la irlandesa, y por información de antiguos empleados, descubrieron al general en su escondrijo. Arrastrado hasta la plaza de las Nieves entre golpes e insultos le echaron una cuerda al cuello para colgarlo en la plaza de San Juan de Dios, en la misma horca que él había mandado levantar para ajusticiar a los bandoleros de las partidas de Pichardo y del Zapatero de Jerez. En ese momento "un grumetillo llamado Florentino Sanz acercóse a él, y con una navajilla pequeña asestóle una puñalada". Desfallecido por la pérdida de sangre se sentó el hombre sobre un montón de piedras al tiempo que arribaban a la tumultuosa escena dos personajes semiocultos con sus capas y sombreros. Uno de ellos se acercó al general, y hablándole un momento al oído, le descerrajó en mitad del pecho un pistoletazo, emprendiendo luego la huida. El otro personaje, pequeño y de aspecto debilucho, resultó ser un cura, que intentó impedir la profanación de cadáver, sin conseguirlo. El tal cadáver del general fue colgado en la dicha horca. Por su parte María Tuker se refugió en casa de su amiga y pariente doña Francisca de Larrea, madre de Fernán Caballero, y al otro día huyeron las dos hacia el Puerto de Santa María en un falucho, continuando después hacia Chiclana en coche de colleras. Acerca del que mató al general hubo muchas hipótesis hasta que en 1858 Adolfo de Castro en su Historia de Cádiz estampó: "según voz que corría, había sido un íntimo amigo suyo llamado D. Carlos Pignatelli". Después, en 1880, hablando el jesuita Coloma del sangriento suceso con su amigo el Conde del Real, éste le aclaró que Pignatelli, su tío abuelo, era efectivamente quien libró al marqués del Socorro, del cual era ayudante, del suplicio que le esperaba a manos de los gaditanos. Pignatelli se ocultó, luego huyó a Inglaterra, pasó a París a la caída de Bonaparte, y ya anciano y sin familia volvió a Madrid con sus sobrinos los duques de Villahermosa, muriendo en esta capital después de 1830. Fernán Caballero nunca supo quien fue el que ayudó a morir dignamente al amigo de su madre.
Este marqués del Socorro, muerto y ahorcado en 1808, era venezolano de nacimiento. "Inicialmente, dado el parecido físico, confundieron [las masas gaditanas] al general Solano con el capitán José de San Martín, a la sazón oficial de guardia, ayudante de campo del general Solano y años más tarde uno de los principales próceres de la secesión de los territorios españoles en Hispanoamérica. San Martín resultó herido mientras el general Solano logró escapar y refugiarse en la casa de una amiga irlandesa, la señora María Tuker, viuda de Strange". Real Academia de la Historia. Biografía de Francisco María Solano Ortiz de Rozas, marqués del Socorro.

(8) Algunos retratos de Cortés. Simulando un emperador romano, el escultor Manuel Tolsá labró en 1792 un busto en bronce, con unas grecas mexicas en el pedestal, cuya copia en escayola sobredorada se puede contemplar hoy en el Archivo de Indias. Alejandro Carnicero realizó hacia 1731 un medallón con su efigie, uno de los 88 que hoy coronan los arcos de la Plaza Mayor de Salamanca. En la sevillana Plaza de España hay otro de estos medallones también coronando uno de sus arcos. Esculpieron al conquistador de cuerpo entero Randolph John Rogers en 1853 y Antonio Colmeiro Tomás en 1932; y de autor desconocido es el busto que en la actualidad se encuentra sobre la entrada principal del palacio de Castilleja, cuya fotografía abre esta entrada. Ver http://www.medellinhistoria.com/secciones_2/iconografia_cortesiana_escultura_121 y sobre todo la colección iconográfica del Museo del Prado en https://www.museodelprado.es/coleccion/obras-de-arte?search=hern%C3%A1n%20cort%C3%A9s&ordenarPor=pm:relevance
El cuadro original cuya copia, junto con el busto, envió el de Aumale a Antonio de Orleans, estaba en el Hospital de Jesús fundado por Cortés en México en 1529 para atender a sus combatientes heridos o enfermos. Financiada con rentas propias, le dejó a esta institución en su testamento varios campos de labor para su mantenimiento.

 (9) El coronel Miguel Velarde y Menéndez-Valdés (1826-1913), gijonés, guía de Cecilia en Castilleja de la Cuesta, intercambió con ella en forma epistolar múltiples vivencias y experiencias. Muy apreciado por los Montpensier, recibió de don Antonio licencia para participar en la Guerra de África. Durante la Revolución de 1868, disconforme con la actuación de su señor el Infante pidió el retiro, cesando como su ayudante de campo. Archivo Hispalense, n.º 71, 1955.
Se conservan 56 cartas de Cecilia a Miguel en el Archivo del Ateneo de Madrid, publicadas en 1912 en el "Espistolario", tomo XIV de sus Obras Completas, Tipografía de la Revista de Archivos, Madrid. Hoy digitalizadas en la Biblioteca Virtual de Andalucía. En estas cartas —desde 1859— Cecilia recomienda a Velarde literatos principiantes y pobres viudas para que medie por ellos ante el Duque en pos de que éste les proporcione trabajo o publicaciones. La empalagosidad de los elogios que la aduladora escritora dedica al Montpensier son nauseabundos: "Como S.A.R. el Serenísimo señor Infante, entre otros muchos dones, tiene en el más alto grado el del acierto, que le acompaña en todas sus disposiciones, así en las más grandes como en las más pequeñas ..." es un ejemplo. Con ocasión de la marcha de Velarde a la guerra africana, le escribe: "Ustedes elevan su patria a la perdida altura y llevan consigo las simpatías de la Europa culta y del orbe cristiano. Los guía el dedo de Dios, y así fiemos en su santa protección. ¡Victoria contra los infieles! Diariamente eleva la Iglesia esta plegaria al cielo, y el cielo, a quién place, la atenderá. ¡Feliz viaje! Pronta y afortunada vuelta es el más vehemente deseo de su amiga y segura servidora, q. s. m. b." ( carta del 22 de octubre de 1859). "Guerra con fieras en un país salvaje", o despectivamente "moritos", u "horribles, sucios, bárbaros, feroces y esforzados moros", llega a decir en las siguientes misivas, prodigando los vivas al ejército, a España y al caudillo O`Donnell. Sobre los heridos que van llegando repatriados comunica al coronel: "Los heridos fueron recibidos aquí en triunfo; están acariciados y mimados; ninguno muere, y todos alegres claman por su pronta curación, no para irse a restablecer a sus casas, sino para volver a África", y de los que quedan en el frente: "Están ustedes tostados y barbudos. Mejor, así tendrán ustedes cara feroz para el enemigo, en lugar de tenerla bella y simpática, como naturalmente y siempre la tienen. Los que no han ido a África están mustios, por más que lo disimulan*" (carta del 7 de agosto de 1860). Hacia 1863 habla Cecilia de "la bestialidad de mi criada", "esta criada mía es el non plus ultra de la estupidez", y "gentes de esa clase viven para ejercer la paciencia de sus semejantes". Tanto como ensalza y glorifica a los poderosos, Fernán Caballero humillaba y despreciaba a los humildes, no solamente con sus actos de "caridad", sino de manera más despiadada: "hoy [19 de octubre de 1868, en plena Revolución Septembrina] una inmensa turba de trabajadores a los que el municipio pagaba seis reales y que habiéndole rebajado el jornal a cinco gritaron que no los querían, pasando por aquí [el Patio de Banderas del Alcázar sevillano, donde ella vivía] gritando, me asusté horriblemente. ¿Dónde iban? Mandé saber. Iban a la Fábrica a buscar a las cigarreras para que se uniesen a ellos. Los detuvo un humilde emisario del soberbio municipio para comunicarles que éste cedía a las exigencias de su Soberano [es decir, el mismo Pueblo]; pero el Soberano, engreído con su fácil triunfo, dijo que éstas se elevaban a querer ocho reales y el pan a dos reales**. Y esta fiesta anda hoy por las calles. ¡Cómo le están enseñando al pueblo a revolucionarse! Él hará progresos y, como sucede siempre, sus maestros serán sus víctimas. [...] Acaban de pasar todas las cigarreras que irán probablemente al Ayuntamiento a pedir aumento de salario. Estamos bien.".
 * Podría pensarse, no sin asombro, en una alusión al Duque de Montpensier, v.s., pero éste no estaba excluido de trifulcas en aquella zona, siquiera años antes y bajo la bandera de su país. En efecto, don Antonio  de Orleans ya entonces era de los que en España se denominaron "militares africanistas". Llegó la palmera datilera a ser su árbol favorito. "En 1844 combatió contra Abd al-Qádir, en la campaña de Argelia, distinguiéndose en Biskra, méritos por los que le otorgarían la Gran Cruz de la Legión de Honor el 24 de junio de 1844. El 8 de agosto del mismo año le nombraron jefe de escuadrón y el 22 de marzo de 1845 fue nombrado teniente coronel, distinguiéndose nuevamente en combate contra las Cabilas. Ese mismo año inició un viaje a Oriente Próximo, en el que visitó Turquía, Alejandría, Grecia y Egipto acompañado por su secretario, Antoine de Latour". (Wikipedia). Abd al-Qadir (1808-1883), fundador de la nación argelina, fue escritor, poeta, sufí y estudioso de la obra del gran maestro Ibn Arabi —nacido en Murcia pero trasladado a Sevilla con su familia— y del pensador Ibn Jaldún —nacido en Túnez pero de origen sevillano—. La historia de Biskra, fortificada por los franceses en este año de 1844, nos introduce en el Sáhara más profundo, el de los legendarios tiempos de Jugurta y de la Vescera romana. Desde 1830 con la toma de Argel los galos dominaron el área hasta 1962. Y desde 1860 tras la Guerra de África en la que participó Velarde, los españoles poseyeron otra parte de aquel territorio hasta 1976, de tal manera que algunas tribus saharauis quedaron administradas por las dos naciones colonizadoras. A finales del siglo XIX los franceses controlaron Indochina, y ya en el siglo XX y para mantener allí su dominación enrolaban en su ejército a soldados saharauis, hasta la intervención norteamericana. Yo conocí hacia 1973 en el desierto a ancianos excombatientes que habían servido a los franceses en el Extremo Oriente, y que hablaban francés y español, además de hassania. También el ejército español, en plena guerra del Vietnam envió allá a militares, para cumplir un compromiso que Franco adquirió con los estadounidenses. Se trató en concreto de grupos de médicos, en dos o tres expediciones. Descendientes de uno de ellos viven hoy en Castilleja de la Cuesta. 
** "... grave crisis de subsistencias en 1867 y 1868 motivada por la malas cosechas de esos años. Los afectados no fueron los hombres de negocios o los políticos, como en la crisis financiera, sino las clases populares debido a la escasez y carestía de productos básicos como el pan. Se desataron motines populares en varias ciudades, como en Sevilla, donde el trigo llegó a multiplicar por seis su precio ... " (Wikipedia).


Fernán Caballero (1) murió el 7 de abril de 1877 a las diez de la mañana en la calle de Juan de Burgos, hoy calle Fernán Caballero, donde se domicilió después de ser expulsada del Patio de Banderas en el Alcázar de Sevilla en 1868, año de la Revolución, lugar en el que vivía desde 1856 por concesión de Isabel II. Los revolucionarios de La Gloriosa dijeron que querían vender las casas del Patio, y de allí la lanzaron a punta de trabuco. Como Rita Hayworth, Cecilia Boll de Faber tuvo madre irlandesa. El padre, alemán, era cónsul, escritor, hispanista, y estaba inmerso en negocios vinateros en el sur peninsular: "Vinos de España - Sherry. Fundada en 1772 por el inglés Thomas Osborne Mann en El Puerto de Santa María, la firma tuvo conexiones tempranas y cercanas con el cónsul británico, sir James Duff de la famosa firma de Duff Gordon, que finalmente la adquirió. Ambas firmas compartieron el mismo gerente, Juan Nicolás Böhl de Faber, cuya hija Cecilia se convertiría en el famoso escritor Fernán Caballero, mientras que la otra hija, Aurora, se casaba con Thomas Osborne". https://goodwinesforyou.com/es/40/winery/pedro-ximenez-1827
Por lo tanto a Cecilia no le podía ser ajeno el tema de los caldos andaluces, al punto que escribe: "En ocasión de anotar aquí, ya que en Castilleja de la Cuesta nos encontramos, que el Pedro Jiménez, ese vino que es hoy día el de más precio que crían las afamadas viñas de Jerez fue, trasplantado a ellas de Castilleja , donde primero fue aclimatada la vid que lo da por un vecino del mismo pueblo llamado Pedro Jiménez, soldado de los tercios de Flandes, y que, hombre industrioso, se hizo a su regreso de sarmientos de las viñas del Rhin, las cuales, perdiendo en este suelo y bajo este sol el sabor acidulado de su mosto, lo trocaron en el pastoso y dulce del vino generoso que hoy se conoce con el nombre de su introductor en nuestro país". Vulgaridad y Nobleza. Fernán Caballero. Madrid, Librería de Antonio Rubiños, 1917. Hoy en día, al igual que ocurre con fray Antonio Vázquez de Espinosa, nos disputan los jerezanos el lugar de nacimiento de Pedro Ximénez.

(1) En su favor añadiré que era visceralmente antitaurina, como lo fue su discípulo y biógrafo el jesuita Coloma, v.s. Pero a ella además se le podría calificar como animalista, en el sentido amplio y actual del término. Muestra su repugnancia y horror ante el espectáculo que ofrecía el centro de Sevilla durante la segunda mitad del siglo XIX, con los vecinos y matarifes degollando a los cerdos en mitad de las calles a cualquier hora y sin reparar hacerlo incluso frente a la puerta principal de la Catedral. Luchó la escritora por suprimir esta práctica en un artículo publicado en La Andalucía del 24 de enero de 1863, en donde también ataca el maltrato de que eran objeto otros animales a manos de cocheros, pastores, gañanes, cazadores, ganaderos, etc.

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