domingo, 14 de abril de 2019
Historia de los apellidos, 2.
Rafael de Medina. Faltó un pelo para que los anarquistas de Castilleja le reventaran la cabeza de un balazo.
Rafael de Medina y Vilallonga, duque de Medinaceli —padre del drogadicto y pederasta duque de Feria (1)—, relata en Tiempo Pasado, Sevilla, 1971, que encontrándose en la calle Tetuán, centro neurálgico de la ciudad, la mañana del día 18, que resultó fresca con viento de levante, con escasa gente por la calle, algo inusual en pleno casco histórico, coincidió con el cuñado de su hermano Luis, Perico Perales, y le comunicó que dos de sus sobrinos estaban en la localidad de Pilas y que dicho Luis, el padre, en Suiza con otro de los pequeños, muy enfermo. Preocupado por los niños en Pilas y deseando traérselos a Sevilla, emprendieron ambos el camino a dicha localidad en el coche de Perales, los recogieron junto con la niñera y los cinco regresaron a Sevilla sobre las tres de la tarde, mas a la mitad del camino decidieron volver marcha atrás, ya que las noticias que recababan de viajeros que volvían de la capital no eran nada halagüeñas en cuanto a seguridad, con tiroteos y cañonazos a mansalva. De vuelta en Pilas escondieron a los niños en casa de un amigo porque por las calles de la localidad campeaban los del Frente Popular haciendo registros y requisando armas. Se pasaron la noche del 18 al 19 oyendo Radio Sevilla, cuyas emisiones consistían en marchas militares, pasodobles, y órdenes y consignas proferidas por un capitán en nombre de Queipo de Llano. Al amanecer del domingo decidieron intentar sublevar a la población, dando voces de ¡viva España!, sin encontrar respuesta ni siquiera entre los miembros del cuartel de la Guardia Civil. Por lo cual, poco antes de las siete de la mañana emprendieron los dos el viaje a Sevilla en el mismo automóvil, "con una pistola cada uno en el bolsillo y dispuestos a lo que fuera ... ". En Aznalcázar el cabo comandante del puesto les avisó del peligro que corrían, y en Bollullos de la Mitación un grupo armado y con camisas rojas les ordenaron detenerse, pero lograron sobrepasarlos con un acelerón, respondido con varios disparos de los izquierdistas. "Salimos de aquel pueblo y en Bormujos no nos tropezamos con nadie, pero al dar la vuelta a la carretera de Pilas, para entrar en la general de Huelva, vimos en la mitad del pueblo de Castilleja, un enorme grupo de hombres, en el que destacaban no sólo las camisas rojas, sino las banderas de igual color y las de la C.N.T. Aquello se presentaba feo y había que tomar rápidamente una determinación. Retroceder resultaba casi imposible y desagradable, había que seguir adelante. Entonces se le ocurrió a Perico la feliz idea y me dijo: "vamos a asustarlos". Dicho y hecho. Empuñamos cada uno nuestras respectivas pistolas, que sacamos por las ventanillas de derecha e izquierda del coche y al mismo tiempo hicimos unos disparos al aire. Apreté el claxon, que era bastante estridente, pisé el acelerador y vimos cómo se abría el grupo desconcertado y al colarnos bastante deprisa por el hueco que hicieron, la aleta de la izquierda topó a uno de los que atravesaban, dándole en una pierna y haciéndole rodar. Oimos varios disparos, pero ya estábamos lejos y fuera de su alcance. Seguimos y pronto nos encontramos con una nueva y desagradable sorpresa. Al llegar a la curva, donde estaba la antigua venta de Perico el ventero y la ermita, vimos una fila de camiones y coches de unas veinte unidades, parados en los bordes de la carretera, cargados de hombres con armas en la mano. En cabeza iba una motocicleta con "sidecar", pintada de naranja, que no olvidaré, y al lado, subidos en lo alto del vallado, dos individuos provistos de prismáticos, mirando hacia Sevilla. Aquello era, como supimos después, la columna de mineros de Huelva, que venía a atacar a Sevilla, y el de la "moto" naranja el célebre socialista Cordero Bell, que capitaneaba la columna. La parada con banderas, que habíamos visto en Castilleja, le había hecho, sin duda, los honores a su llegada al pueblo.
Al ver aquello, tuvimos que acortar velocidad y sin usar el claxon nos fuimos metiendo entre los vehículos como pudimos, mirándolos con naturalidad, y ellos mirándonos a nosotros con extrañeza. Sin hacernos ninguna indicación y en completo silencio salimos de la columna y tomamos la curva de la cuesta del Caracol, quedándonos a cubierto.
Yo creo que nos valieron dos cosas para salvar este obstáculo, aparte de la Providencia: una, el estado de ánimo de los que iban a atacar y otra, el color rojo de nuestro coche, que les pareció familiar.
Seguimos después bastante de prisa, sin más tropiezos por La Pañoleta y la Vega, hasta Triana. Al entrar en la calle Castilla nos encontramos con una serie de barricadas hechas con adoquines, puestas al tresbolillo, que afortunadamente no cerraban la calle del todo, sino que dejaban un hueco por donde cabía el coche".
(1) Cuando, el 24 de febrero de 1993, Rafael Medina pagó 25.000 pesetas a una prostituta para que le llevara a su domicíllo a su sobrina de cinco años, a la que "desnudó, bañó y le mostró revistas pornográficas", el reo no tenía lesionadas sus facultades psíquicas. El País, 26 de marzo de 1994.
En la tarde del día 22 de julio, miércoles, se reunieron Ramón de Carranza y Queipo de Llano para esbozar el modo y estrategia de ocupación de los pueblos más cercanos a Sevilla. De manera que se organizaron varias columnas compuestas principalmente por voluntarios (señoritos crápulas en busca de aventuras, sus obedientes lacayos, obreros resentidos de una forma u otra con la República, y bastante lumpem de los bajos fondos sevillanos). El grupo comandado por el mismo Carranza, del que formaban parte dicho conde de Medinaceli y el capitán Gabriel Fuentes Ferrer —con el vehículo blindado que capturó a los Guardias de Asalto en la Campana el día 18— emprendieron su "heroica gesta" el siguiente día, jueves 23.
"Salimos por la Vega de Triana, y al llegar a La Pañoleta, en el cruce de la carretera de Extremadura, vimos los restos de un camión de la columna de los mineros de Huelva, que, cargado de bombas, había hecho explotar la Guardia Civil, que les cortó el paso, en la mañana del 19, y que habíamos pasado en la Cuesta de Castilleja en aquel amanecer. Se veían trozos del vehículo colgados de la línea eléctrica del tranvía de Camas y otros repartidos por una y otra parte (1).
Desde Castilleja llegamos a Bormujos, en donde la Guardia Civil se había hecho dueña de la situación, por lo que nuestra intervención se redujo a nombrar alcalde y dar instrucciones". (Rafael de Medina, o. c.). Hay que entender por las instrucciones que daba el de Medinaceli en cada pueblo, Castilleja el primero, las que había recibido de Queipo de Llano: detener, trasladar a Sevilla, y fusilar.
(1) En efecto, a mí personalmente me contaron varios ancianos de Castilleja que viajaron a Sevilla por aquel entonces, que se podían contemplar los pedazos de carrocería de los camiones enganchados en los cables del tendido eléctrico. Alguno hubo que, dejando libre su fantasía o engañado por el propio miedo y la escasa luz, me refirió que también había visto colgando de tales cables partes de cuerpos humanos, con piernas o brazos. Añadían también mis informantes que varios mineros, huyendo de la masacre, recalaron en Castilleja, y que yendo alguno de ellos herido, el médico don Manuel de Lara le prestó los primeros auxilios. Otros fueron atendidos por los concejales frentepopulistas, y hasta se comentaba —pura fantasía popular— que un prófugo efectuó un atraco a punta de pistola en cierta panadería del pueblo.
Luego de 80 años, el país de la desmemoria entierra de manera digna a 14 de aquellos resistentes. Los restos, en pequeñas cajas de madera, reposan en un mausoleo erigido en el cementerio de Camas (Sevilla). Un algarrobo, el árbol del 'pan de los pobres', preside la escena. Alguien deposita una bandera tricolor junto a los féretros. Un violonchelo desliza el himno de Riego por las calles del camposanto. (https://www.eldiario.es/andalucia/historia-entierro-mineros-vencer-Franco_0_564843973.html)
Soportal de la Venta de Guía (venta de Perico), donde se detuvieron los mineros para desayunar. Al fondo puede verse la fachada de la ermita de igual nombre. Para saber sobre los orígenes de esta antigua venta, http://lospapelesviejosdejuan.blogspot.com/2017/08/sobrelos-origenes-de-la-venta-de-guia.html
Termino con una anécdota que acaso pueda ser útil para reconstruir la atmósfera y ambiente que se vivía en Castilleja en los días de la rebelión fascista y de la matanza de La Pañoleta. Parece indudable que las explosiones que produjeron los vehículos cargados de dinamita debieron oirse en nuestra Villa, y aun bastante más lejos, considerando que en 1936 no reinaba el ruido enmascarante que hoy produce el tránsito de automóviles, y que cualquier estampido se podía percibir a kilómetros de distancia. Luego, por añadidura, se divisarían las humaredas negruzcas de los incendios. Todo ello despertó la alarma en el vecindario castillejano. Con la natural curiosidad que propicia la corta edad, tras dejar pasar un prudente rato un grupo de no más de tres muchachos se encaminaron a paso rápido carretera adelante hacia donde habían escuchado las estruendosas deflagraciones y se elevaba con lentitud el humo. Cuando llegaron al siniestro escenario ya los secuaces del traidor Haro Lumbreras habían ultimado su canallesca actuación, y no quedaba más que chatarra calcinada y desolación. Los tres jóvenes inspeccionaron palmo a palmo el área, especulando sobre lo humano y lo divino mientras la esperanza de cobrar algo valioso, un reloj, una cartera, dirigía sus insistentes miradas e impulsaba sus cautos pasos.
Tras tan circunspecto obrar, no regresaron a Castilleja de vacío. Mi padre, que era a la sazón uno de ellos, menor de edad entonces —sería movilizado forzoso por los franquistas al año siguiente en "la quinta del biberón" de 1937—, había hallado algo que despertó su morbo adolescente: parte de una mano derecha, formada por los dedos índice y pulgar, que no vaciló en recoger del suelo ensangrentado, guardar en una caja de cerillas de gran tamaño de las que entonces se comercializaban, y traer a Castilleja de la Cuesta como testimonio del cruento episodio que había padecido el barrio cameño. Aquella tarde el despojo humano sirvió al trío de chicuelos para constituirse en el centro de atención de toda la Villa, y desde los de más edad hasta los más niños hacían cola, prácticamente, para ver la piel velluda, como de cera sucia, las uñas toscas ribeteadas de negro, la costra oscura de sangre reseca por la que asomaban huesecillos, tendones y ligamentos blancuzcos. Luego los tres "forenses en potencia" descubrieron el aspecto lúdico del asunto, asustanto con el contenido de la caja y haciendo incluso salir corriendo despavoridas a las muchachas con quienes se tropezaban por las calles. Hasta que llegó la noche y se terminó la fiesta. Referíanos mi padre a mí y a mis hermanos con todo detalle, a modo de contraejemplo como lo que no debíamos hacer, todos aquel acontecer. A modo de contraejemplo porque la reacción no se hizo esperar: cuando cuatro días después la banda de Ramón de Carranza llegó a nuestra Villa a destituir al Ayuntamiento y a iniciar la impía purga, la red de informantes quintacolumnistas se activó y dieron principio las denuncias y delaciones. Entre sus objetivos —izquierdistas, mujeres de dudosa moralidad, ateos, etc.— entraron los tres muchachos bromistas de marras. Nada pudieron contra la determinación de los sublevados de Queipo los informes paternalistas de una Gestora recien constituida en la que figuraban familiares directos de mi padre, para evitar que fuera citado ante las nuevas autoridades. Hubo de asistir de la mano de mi abuelo, como menor de edad que era, a un interrogatorio en la sede de la Falange, constituida en la casa de esquina de la calle Jesús del Gran Poder y Calle Real que hoy ocupa la cafetería Horno de San Buenaventura; allí se le preguntó y repreguntó sobre todo respecto a armas abandonadas por los mineros, hasta que convencidos de su falta de maldad en todo aquel hecho, aquellos jerifaltes lo dejaron por libre y quito de toda culpa.
He logrado identificar a uno de los compañeros de mi padre en aquella aventura, y he averiguado que por medio de matrimonios de descendientes ahora tiene vínculo familiar con nada menos que el historidor apologista del franquismo Nicolás Salas (v. s.). La vida, con sus vericuetos contradictorios.
Junto a esta caseta de Peones Camineros en la máxima altura de la Cuesta del Caracol aparcó Cordero Bel su motocicleta naranja un momento para observar con sus prismáticos La Pañoleta, la Vega y Sevilla. En aquellos minutos la horda de Lumbreras se emboscaba abajo, en lugares como esta alcantarilla.
https://castillejadelacuesta-antonio.blogspot.com/2016/01/padron-1z.html
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[...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...





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