domingo, 11 de enero de 2009

Rodrigo de Cieza 19

Beatriz Martinez era una mujer como de cuarenta años, alta y esplendorosa a pesar de la dura vida que había llevado desde su niñez. Y su hija Juana de Ocaña era heredera de toda su belleza, realzada por unos detalles exóticos que la hacían blanco de la atención de propios y extraños. Rubia con güedejas de oro destellante, con unos ojos azules y apasionados y una piel mezcla de leche y fresas, cuando recogía aceitunas con su madre, o cuando recostada en un montón de paja de cualquier era reía los galanteos de los muchachotes, el sólo hecho de contemplar su cara constituía el mejor descanso y el mejor refresco que se pudiese anhelar, contrapartida abismalmente superior a los rigores de las hoces y la sed, las varas y las escaleras. Pronto, una primavera Juana alcanzó esa edad en la que los hombres vuelven la cabeza embrujados para admirar el paso de una muchacha perfecta, y Beatriz su madre, por su propio temperamento y por su propia mentalidad, decidió que el destino de todo aquel encanto y belleza sería en provecho de ellas mismas y de nadie más.
Mujer sensible e inteligente, Beatriz Martinez, desde la ruptura con su marido había sabido explotar los embriagadores secretos de su escultural cuerpo ofreciéndolos a los campesinos y pastores en secretas citas que efectuaba en su casita de morada, muchas veces también en plena faena agrícola, revolcándose entre las espigas maduras de un trigal u oculta con alguien tras un añoso olivo, y toda aquella pasión —y sus frutos en forma de un costal de granos, de unas monedas, de un par de hogazas o de unos chorizos—, toda aquella febril actividad tan reconfortante y placentera, todo el éxito que sus rotundos senos, sus muslos, sus brazos, cabello y boca y voz y entregada actitud suscitaban entre los hombres del campo propició que su espíritu se formara en una filosofía de vida enormemente humana, enormemente abierta, sencilla, sincera y honesta. Y, consciente de la hipocresía de una sociedad regida por sus más bajos instintos, repugnada de engañarse a sí misma, quiso hacer de su preciosa hija su propia imagen y proyectó en ella todos aquellos buenos sentimientos que había ido madurando en su comercio carnal.
Lo cual culminó, si esto puede se concebible, el vaso desfondado de la envidia. Educaba a su hija en pleno sentido comunitario, y la había enseñado a compartir lecho y juegos amorosos con ella y con sus eventuales huéspedes, generalmente humildes labriegos, solitarios esclavos o extranjeros y gente de paso, a quienes ofrecía su casa y su asistencia, complementando el servicio con lavados de ropa y preparación de comidas. La muchacha se deleitaba hundiendo la cara en el canasto de ropa de hombre y aspirando a pleno pulmón los aromas varoniles de sus dueños.
Con el paso de los años y la extensión de la "voz y fama" sus clientes se diversificaron. Se decía que hasta algunos abades y otras gentes de iglesia acudían a horas intempestivas a la casita, lo cual era fehacientemente cierto. También hija y madre diversificaron y ampliaron su oferta, ofreciendo abiertamente en alquiler camas y habitaciones a algunos vecinos y vecinas de Castilleja, tanto solteros como casados, a quienes concertaban emparejamientos y preparaban aventuras, "casándolos" con excepcional psicología y sentido de las compatibilidades.
Los alrededores de su humilde hogar quedaron malditos, y mil ojos espiaban el momento para asestar un duro golpe que terminara derrumbando aquella insostenible situación. No les perdonaron a hija y madre que fueran bellas, que fueran trabajadoras, que fueran felices. Y sobre todo no les perdonaron que sus conductas fueran razonables, lógicas, naturales. Y pronto se les presentó a la población ostentadora de la moral oficial la oportunidad de dar salida a borbotones a todos aquellos bastardos sentimientos ácidos que la corroía.
Antes de que tal cosa ocurriera, los parroquianos más intransigentes de don Rodrigo lo habían presionado para que interviniera, y el cura hubo de ceder a tales presiones. Eligió, para entrevistarse con las dos mujeres, un atardecer cálido de agosto, después de haber puesto en marcha algunos contactos discretos porque no deseaba en manera alguna dar más publicidad a todo aquel asunto.

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