En aquella carrera contra reloj para recuperar todas las copias de la historia del Perú que circulaban fuera de su control, Rodrigo de Cieza empezó a sentirse perdedor a los pocos años, y se atormentaba pensando que de la noche a la mañana podían aparecer editadas bajo el nombre y autoría de algún usurpador sin escrúpulos, invalidando como un huracán inutiliza la llama de un mechero todos los sacrificios y desvelos que desde que murió su hermano lo habían inquietado y a la vez alimentado y mantenido con ilusión y esperanza hora tras hora.
Cuando pensaba en ello invariablemente caía en un lugar deprimente de sus cavilaciones, en el que se le representaba el orgullo de su familia tirado por los suelos y pisoteado por los politicastros y leguleyos que tanto y tanto despreciaba, y que se reían sarcásticamente ante la hábil forma con la que habían arrebatado al insignificante beneficiado de Castilleja su tesoro. El fantasma de Pedro de Cieza parecía pedirle cuentas en silencio, en las madrugadas de insomnio, desde un rincón de la alcoba, con una mirada fija, fría y acusadora, y le hacía sentirse desgraciado con la consideración que le asaltaba de que, como su hermano mayor que era, le había fallado en el cumplimiento de sus últimos deseos, y había por añadidura despojado a toda la familia de la honra que implicaba tener en su seno a semejante personaje. Y si lo ya editado por el cronista a su vuelta de Indias constituía por sí un buen legado, no llegaba ello a compensar el sentimiento de impotencia que había arraigado en su espíritu por la irremediable pérdida del resto de la obra.
Cuando el 29 de enero de 1578 (véase Rodrigo de Cieza 16) reclamó de nuevo los manuscritos solicitando que se los restituyeran tal como consta en el Registro de Peticiones del Consejo de Indias (Archivo General de Indias, Indiferente General, legajo 1086, Registro de Peticiones, libro de 1578, folio 30), dejó al descubierto su secreto que, como depositario del escrito original merced al albaceazgo otorgado por su hermano, había ocultado celosamente desde siempre:
"Rodrigo de Cieza dice que Pedro de Cieza su hermano, después de haber servido muchos años en el Perú y hecho señalados servicios, escribió por orden del de La Gasca, gobernador que fue en aquellas provincias, todo lo sucedido en el descubrimiento de ellas y en las guerras que en ella hubo, y teniendo los libros de lo que así escribió en su poder se le tomaron por mando de este real Consejo y se trajeron a él, y habiendo acudido a pedirlo y gratificación de sus servicios murió asistiendo a ella, y al dicho Rodrigo de Cieza dejó por heredero; suplica que atento a ellos se le mande volver los dichos libros pues fue despojado de ellos siendo suyos y teniéndolos en su poder. Sépase donde está y tráiganse al Consejo" es el texto de dicho Registro de Peticiones. Varios historiadores han hecho notar un detalle que delata el doble juego de don Rodrigo el cura, y es el de que afirma que los libros estaban ya en el Consejo de Indias cuando aconteció la muerte de su hermano, lo cual no es cierto. Intenta, creemos, responsabilizar de su "filtrado" al propio difunto, cuando la verdad es que fué él mismo el que propició la pérdida cuando encomendó al Doctor Gonzalo de Zúñiga que los publicase en Madrid (véase Rodrigo de Cieza 17).
Las lecturas de las crónicas del Nuevo Mundo que efectuaba en el patio de su casa para regocijo de vecinos y parroquianos acabaron por perder sabor e interés para él, y decidió suspenderlas cuando ya eran solo un memorial de su fracaso como albacea. Llenaba aquellas horas sentado en el lugar de los recitales de antaño, mirando sin ver cómo el sol se perdía en la copa del naranjo y oyendo sin escuchar los ruidos de los enormes conejos de Flandes, que entraban en una frenética actividad en esos melancólicos momentos del atardecer.
viernes, 30 de enero de 2009
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