Desperdigáronse tanto los manuscritos y las copias desde que el albacea don Rodrigo se hizo con los primeros, que todavía hoy y en el mundo entero sus avatares siguen dando dolores de cabeza a los estudiosos americanistas. Recientemente fué descubierto por la historiadora italiana Francesca Cantú una copia en la Biblioteca Apostólica Vaticana, correspondiente a la Tercera Parte de la "Crónica". Estaban en el fondo Reginensi Latini, formado por documentos de variada procedencia aunque con una base principal constituída por los de la biblioteca de la reina Cristina de Suecia (1626-1689)*, incorporada en 1690 a la del Vaticano.
A la biblioteca "cristina" pudieron llegar desde Amberes, ciudad-mercado de libros y manuscritos en castellano al abrigo de la intolerancia de los censores peninsulares; según Francesca Cantú y Jean F. Peeters Fontainas, fué el fundador de la renombrada imprenta de Martin Nutius** en esta ciudad europea, quien había estado relacionado con Pedro de Cieza en razón del encargo que recibió de éste para efectuar la reedición de la Primera Parte de la Crónica, puesta a la venta en 1554, la persona que pudo haberse hecho con algunos manuscritos de los que con tanta vehemencia perseguía el cura de Castilleja de la Cuesta.
Desde el acceso al trono de Suecia de la reina Cristina en 1644 hasta el final de la guerra de los Treinta Años, implicadas en ella todas las casas reinantes del Viejo Continente bajo la superficial apariencia del catolicismo frente al protestantismo, pero en realidad por motivo de una confrontación por causas puramente económicas entre los nobles terratenientes y la Iglesia de Roma en una parte, y en la otra los burgueses industriales y comerciantes en pujante ascenso social, pero en todo caso verdadera hecatombe que sumió a Europa en un vendaval bélico de saqueos y destrucciones, la Realeza sueca enriqueció sus colecciones de libros y documentos con los fondos robados como botines de guerra de las bibliotecas del centro y del oriente europeo.
Cuando en 1654 la culta e ilustrada reina Cristina (la apodaban Minerva por su amor a las letras) abdicó del trono y abjuró del protestantismo, se llevó consigo su biblioteca al abandonar el nórdico país, y un año después la había instalado en la dicha Amberes, en el edificio de la Bolsa. Vossius su librero se movió afanosamente durante esa época, adquiriendo manuscritos en el Flandes rebosante de ellos, entre los que pudo estar —otra hipótesis— el grupo de los de Cieza.
* ¿Quizá el gran filósofo Descartes se deleitó leyendo la Crónica de Pedro de Cieza? Invitado a Estocolmo como profesor, la reina Cristina le exigía iniciar las clases a las cinco de la mañana, lo que contribuyó a que adquiriese una neumonía. Estaba el pensador acostumbrado, en su Francia natal, a trabajar en la cama durante la mayor parte del día, y la falta de sueño que las exigencias de Cristina le producía mermó, sin duda, muy seriamente su sistema inmunológico; falleció en dicha capital de Suecia el 11 de febrero de 1650.
** Era un destacado especialista en textos españoles, tanto literarios como científicos o religiosos. Conocía España, adonde había estado durante varios años, aprendiendo castellano. Murió en Amberes en el año 1558, pero su industria siguió activa en manos de su viuda y de Martinus II y Philippus, sus dos hijos.
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