Sobre la incorporación de los manuscritos ciezanos a la biblioteca de la reina sueca se barajan otras hipótesis, como es por ejemplo la de que le fueran proporcionados por el embajador de España en Estocolmo*, o la casi improbable de que Pedro o su hermano Rodrigo de Cieza hubieran enviado los manuscritos a Amberes.
Al final del año 1655 recaló la reina —con su inseparable colección de libros y documentos— en Roma, donde cinco años después revisaron dicha colección su bibliotecario Lucas Holstenius y el sucesor de este último, el anticuario Giampietro Bellori. Fué el tesoro bibliográfico instalado en el palacio Riario, estando abierto al público estudioso y siendo uno de los lugares predilectos de los religiosos eruditos benedictinos para realizar sus investigaciones. A la muerte de Cristina el cardenal Decio Azzolini se hizo cargo de él, y fallecido éste, su sobrino Pompeo, para satisfacer a los herederos, lo vendió por 8.000 escudos al cardenal Pietro Ottoboni, que el 6 de octubre de 1689 se convertiría en papa con el nombre de Alejandro VII. En el siglo XVIII todavía desconocían los archiveros romanos el nombre del autor de la historia del Perú. Cuando las tropas napoleónicas ocuparon la capital de Italia importante parte de la Biblioteca Vaticana fué trasladada a París, incluídos los manuscritos de Pedro de Cieza, pero al ser Napoleón derrotado definitivamente volvieron al Vaticano, el día 23 de octubre de 1815.
Por algunas referencias que hace don Antonio de Herrera y Tordesillas, nombrado en mayo de 1596 Cronista Mayor de Su Majestad de las Indias y Cronista de Castilla, se sabe que la obra del llerenense pasó desde la Inquisición (que ya hemos visto en "Rodrigo de Cieza 18" ) y el Consejo de Indias (idem "Rodrigo de Cieza 16" ) a la Cámara del Rey, sin que se sepa cómo ni de qué manera salieron desde allí las copias que pararon en los tan diferentes destinos. Ambrosio de Morales los seleccionó desde la Cámara para que formaran parte de la Biblioteca de San Lorenzo del Escorial, y en este monasterio fueron localizados en el siglo XIX por Jiménez de la Espada, quien los publicó en el año 1880. Desde el Escorial se efectuaron otras copias, una hoy en la Academia de la Historia de Madrid, otra en la Public Library de Nueva York (de la que derivaron importantes publicaciones), y otra en la Hispanic Society de esta dicha ciudad. Otro manuscrito, al parecer el único completo además del descubierto por Francesca Cantú, se encuentra en poder de un australiano avecindado en Irlanda, John Galvin, que afirma haberlo adquirido en California a la firma John Howell Books, pero no permite que sea consultado, para frustación de todos los estudiosos.
* El General Conde Antonio Pimentel del Prado, su amigo y confidente, que como católico que era con toda probabilidad la aconsejó y orientó en sus inquietudes religiosas. Se dice que Cristina se enamoró de él perdidamente, lo cual entra en flagrante contradicción con la fama de lesbiana que le ha acompañado siempre, fama basada especialmente en una cantidad importante de cartas de amor que le dirigió a su ayuda de cámara la condesa Ebbe "Belle" Sparre, con la que mantuvo correspondencia de este tipo incluso tras casarse esta última.
miércoles, 28 de enero de 2009
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