domingo, 18 de enero de 2009

Rodrigo de Cieza 24

Por fin son interrogados los dos últimos testigos, marido y hermano de María de Aguilar.

Testigo, Antón Moreno, trabajador vecino de esta Villa; dice que conoce a Beatriz desde hace 4 años, y a Alonso Muñoz desde 2 meses; dice tener 25 años y no ser pariente de ninguna de las partes; que tiene al dicho Alonso por hombre honrado; que dicha Juana fue a espigar el verano pasado, y a coger aceitunas, y no sabe otra cosa; que este testigo ha visto a algunos hombres, que no sabe sus nombres, que estaban ... la Iglesia1, que entraban y salían de casa de la dicha Juana de Ocaña, pero que no sabe nada más; que sabe que las dos van a espigar, y que no sabe otra cosa; no sabe firmar. Testigos, los mismos.

1.- Como su esposa María, alude también a hombres de Iglesia entre los concurrentes a los servicios de Beatriz y Juana. En todo caso nadie se atrevió a nombrar a don Rodrigo de Cieza, acaso porque éste había sabido disimular bien sus visitas bajo el pretexto de "consejero, confesor y asistente espiritual" de las dos mujeres, o, lo más probable, por puro miedo, por las razones que ya hemos esgrimido.

Último testigo, Francisco Aguilar, trabajador1 vecino de esta Villa. Conoce a Beatriz de 30 años a esta parte, a Juana desde que nació, y a Alonso desde el mes de agosto; dice tener 45 años de edad, y que es compadre de la dicha Beatriz2, pero que no por eso dejaría de faltar a la verdad; dice que tiene a Alonso por hombre pacífico, de buena vida, y que es buen cristiano; dice que ha oído decir a muchas personas que no se acuerda de sus nombres, cómo la dicha Juana, yendo a espigar ella y su madre a Valencina, que se echaba con hombres la dicha Juana, y que no estaba doncella, lo cual era público y notorio en esta Villa; dice que la susodicha ha ido a coger aceitunas con su madre y otras personas honradas; que yendo el testigo a preguntar a Beatriz que porqué metía gente en su casa, que se decía en Castilleja que no lo hiciese, y a este testigo le respondió Beatriz que era verdad que entraban hombres en su casa, muy de bien y muy a su honra; que es cuanto sabe; dice que oyó decir a Sebastián de Contreras que en casa de Beatriz Martinez estaban encerrados un clérigo y una mujer, y que Beatriz tiene por uso lo contado en esta pregunta; dice que oyó decir a la dicha Juana Ocaña cómo dormía en las eras cuando iba a espigar. Testigos, Pedro Sanchez, Alcalde, y Miguel de las Casas.

1.- El calificativo de trabajador no implicaba, en algunos casos, pertenencia a la clase más baja de la sociedad; de hecho en este ejemplo se aplica a un hombre que posee algunas viñas y otros bienes, y que es requerido por el Conde de Olivares y sus electores para ejercer, como ya hemos dicho, puestos de responsabilidad en el gobierno de Castilleja de la Cuesta.

Por desgracia desconocemos el desenlace de este pleito y sus repercusiones en la vida cotidiana de Beatriz Martinez y de su hija Juana de Ocaña, porque las últimas hojas de los autos se han extraviado. Existían otras mujeres de "mala fama" en aquellos años, especialmente esclavas, bien residentes en el pueblo o bien forasteras. La misma Juana de Ocaña tuvo profunda amistad con una muchacha mulata de "actividad desordenada", propiedad de Rodrigo Franco, comerciante indiano vecino de Sevilla y con diversas heredades en Castilleja, sujeto que pronto conoceremos como protagonista de uno de los más sonados escándalos de los que, de cuando en cuando, sacudían a aquella sociedad tranquila y pacífica.
Los legajos de los notarios aparecen abundantemente salpicados de casos referentes al comercio carnal de las esclavas, muchos de tales comercios ya ejercidos cuando la mujer había alcanzado su libertad, por razón de no encontrar medios para subsistir en un nuevo mundo en el que, sin el paternalismo de sus antiguos dueños, tenía que buscarse la vida por ella misma, a veces con la carga de uno o más hijos o de algún familar anciano o enfermo. En las otras circunstancias, la conducta de la esclava le acarreaba la reprobación de su señor, que la denunciaba a la justicia y la estigmatizaba de por vida mencionando en contratos de compra-venta o en otros documentos personales su condición de ramera, para que futuros compradores y público en general supieran a qué atenerse. Las cárceles de los Concejos, particularmente los de las ciudades importantes, albergaban gran cantidad de esclavas jóvenes, detenidas en relación a este menester. En otras ocasiones no menos abundantes, el señor explotaba a su criada, bien directamente utilizándola como objeto sexual, bien actuando como proxeneta, o bien las dos cosas a la vez, situación que parece transparentarse en el ejemplo de un espartero vecino de Triana que en el año 1515 compró a Juan Perez Hurtado una esclava de 25 años llamada Catalina documentada por el vendedor como "puta, borracha, ladrona y huidora" y que le costó 11.000 maravedíes, porque, en otro caso, ¿para que querría una mujer de semejantes características?

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Los olvidados, 12q.

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