El esclavo Juan tenía veintipocos años cuando fué pregonado en la calle de las Gradas a la sombra de la Catedral sevillana, una tarde bochornosa de verano; procedía de un cargamento traído de la ciudad portuaria de Setúbal en Portugal, donde había llegado hacía pocas semanas en un siniestro barco desde la costa occidental de África. Los traficantes lusitanos ofrecían en aquellos años mejor y más mercancía que los hispanos .
Juan recordaba vagamente su paso por la Calle Real de Castilleja cuando, hacinados en varios carretones, los traían a él y a sus compañeros a la almoneda de la gran urbe hispalense. No podía imaginar que volvería al día siguiente al pueblecito en el borde de la elevación que anunciaba la gran ciudad, como criado del cura.
Con su acento portugués el traficante lo ofreció a una expectante masa de sevillanos que se había congregado dispuesta a pujar enconadamente o simplemente curiosa de ver aquel grupo de mozarrones humillados y temerosos, aquellas muchachas de excitantes curvas posando como ovejas sumisas ante una manada de lobos sin corazones.
Don Rodrigo —que se había hecho acompañar de su insustituible Juan Sanchez Delgado— se acercó, subiendo los desgastados escalones de piedra, atraído por el cuerpo esbelto del joven apenas cubierto por un calzón corto, sucio y roto. Frente a él rebuscó con su mirada en el fondo de los aterrorizados ojos del muchacho, como investigando en su ignota alma en busca del peligro, en indagación de la luz roja que delatase a un asesino acaso, quizá a un ladrón, a un loco tal vez. Por un momento dos almas se enfrentaban, y el instante fue como el choque de dos tormentas, fugaz y tenebroso en su misterio.
Juan bajó sus ojos y, como si hubiese accionado un interruptor, el sol de los prejuicios, de los convencionalismos, del orden establecido, de la política etnocentrista y de los intereses mercantiles se hizo sentir, cegador, de nuevo, tras aquel momentáneo nublado de sentimientos ancestrales: don Rodrigo recuperó la conciencia de su jerarquía y posición, le hizo enseñar la dentadura y darse media vuelta, y se dispuso a regatear al portugués unas decenas de maravedíes que su bolsa agradecería sobremanera.
1 comentario:
Juan bajó sus ojos y, como si hubiese accionado un interruptor, el sol de los prejuicios, de los convencionalismos, del orden establecido, de la política etnocentrista y de los intereses mercantiles se hizo sentir, cegador, de nuevo, tras aquel momentáneo nublado de sentimientos ancestrales
Hola, querido Antonio. Soy Miguel Ángel.
Me ha llamado la atención la utilización de estas locuciones: "el sol de los prejuicios",... "del orden establecido",..."de la política etnocentrista",...
Me llama la atención porque me parece cuestionable que describan o digan algo de la escena que describes. Quiero decir, tú remites al lector con esos términos a un discurso muy ideologizado que habita en la cabeza de los lectores. Con ello, la fuerza de la escena se diluye en la imagen mental que tiene preparada el lector. Es como si en la metáfora del interruptor, éste estuviese estropeada y la luz encendida en la mente del lector, donde están esos lugares comunes (etnocentrismo, etc.). Entonces, tú haces el gesto de accionarlo y no pasa absolutamente nada, la luz sigue encendida en la mente del lector y ha visto a alguien accionar un interruptor. Incluso lo ha oído, pero nada nuevo sobre la escena.
Entonces eso es un recurso inane desde el punto de vista narrativo, ya que el lector no va a percibir lo que tú tratas de crear describiéndolo.
Por ejemplo: el clérigo puede estar animado de varios sentimientos al revisar la dentadura del negro, etc. Si ponemos delante la retícula de determinados moldes de pensamiento estos haran que se vea la escena, pero no como tú la concibes, porque al hacerlo haces dejación de esa función. Ya no te arrogas el derecho de ser tú quien crea la escena; simplemente, dejas que la cree un prejuicio consolidado en la mente del lector.
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