sábado, 7 de marzo de 2009

Los esclavos 23

Rodrigo Franco poseía un libro, la edición zamorana de 1542 de los "Naufragios" de Alvar Nuñez Cabeza de Vaca, que constituía su lectura preferida cuando llegaba a Castilleja, y que solía situar en lugar principal de su pequeña biblioteca en la hacienda. Deteníase con especial fruición el mercader, en las muchas tardes de ocio que disfrutaba, en los capítulos dedicados al delicado tema del canibalismo hispano practicado por aquellos piojosos desharrapados que en los remotos parajes se devoraban unos a otros como lobos, y filosofaba acerca de la triste condición humana serenamente cuando, frente a tantas historias inhumanas de espeluznantes referencias y horrendos relatos, dejaba el libro abierto sobre su regazo y perdía la vista entre los naranjos de su huerta. A partir de dicha historia se había formado nuestro bodeguero lo que podríamos llamar hoy en día una "teoría antropológica", comprobando y comparando relaciones de conquistadores que sobre tan delicado tema habían tratado, releyendo criterios y críticas de moralistas y eruditos y recordando historias de monstruosidades oídas en sus tiempos de comerciante en Indias, muchas de ellas de primera mano.

Con acceso a fuentes de información y de cultura que no eran asequibles a la inmensa mayoría de la población, no dejaba de sonreírse cuando, ya huído con su hijo y sus esclavos y a salvo en la casa de un familiar sevillano, escuchaba lo que se decía del suceso de la Calle Real, pensando en aquellos mezquinos e ignorantes campesinos que ni por asomo podían imaginar lo que fueron capaces de hacer, por simple hambre, sus admirados héroes de la conquista del Nuevo Mundo.
Así que, de todas todas, le divertía por una parte y le convenía por la otra que siguieran los incultos castillejanos obsesionados con los antropófagos africanos y, sobre todo, que sobreestimaran como lo hacían a los, en realidad, aventureros ladrones que se habían lanzado a cruzar el océano para asolar todo un continente, en la consideración de que él mismo, con sus mercaderías y negocios, era otra pieza de aquella maquinaria de rapiña arrasadora.
Y como a él, a don Rodrigo de Cieza, o a Martin de Alfaro, a Íñigo Ortiz de Juan Guren, a Rodrigo de Moscoso o al mariscal Diego Caballero, todos ellos prominentes personalidades de Castilleja y élite culta de ella, poseedores de un conocimiento y experiencia de la vida, de un dominio y un saber de los aconteceres mundiales, con los cuales, como ripios en el cemento de la realidad permanecían unidos en la defensa de sus mezquinos intereses.

Y así pasaron varias semanas padre, hijo y esclavos, medio ocultos, saliendo discretamente a la calle a deshoras y disimulando por todos los medios su clandestina estancia en la capital, con los oídos abiertos a cuantas noticias llegaban del pueblo alfarafeño, por muy insignificantes que pudieran parecer, y para no ofrecer pistas a quienes los buscaban prohibieron a sus dos esclavos el esparcimiento semanal que disfrutaban los de su raza en las fiestas y bailes dominicales de Santa María la Blanca, o las actividades en la Cofradía de Nuestra Señora de los Ángeles (Los Negritos), a la cual los habían suscrito sus amos años atrás.

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Los olvidados, 12q.

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