martes, 24 de marzo de 2009

Los esclavos 35

El "sacrificio" del Alcalde Ordinario Juan de Vega no fue en vano. Desde aquellos días los bodegueros fueron comprendiendo las ventajas que para todos tenía el cuidado de las vías públicas, y poco a poco se terminó con la incivilizada costumbre de verter líquidos residuales en ellas. Y decimos "se terminó" porque así pareció ser durante algunos años; luego tan poco higiénica práctica volvió a surgir, con los consabidos conflictos reproduciéndose a lo largo de los años y de los siglos, de tal forma que todavía en el XX, durante la II República, se incoaban expedientes a hacendados castillejanos que conducían el negruzco alpechín de la molienda de aceituna en sus almazaras por tuberías con salida directa a la calle.
En nuestro año 1557 el primero que reconoció o aparentó reconocer lo perjudicial de estas prácticas fue precisamente Rodrigo Franco, quien en plan de perdonavidas y en tono paternal dispuso que se abriesen zanjas a lo largo de las tapia de su hacienda para echar allí las hediondas lías de las tinajas de mosto, en gran parte como muestra de buena voluntad hacia las humilladas autoridades locales.
Fue en esta tarea —nos extenderemos en otra oportunidad sobre ello— cuando el esclavo Francisco, manejando la azada y la espiocha, descubrió como a medio metro de profundidad un tesorillo romano en el interior de un cantarito de barro; tras vislumbrar su redondeada panza había desenterrado el recipiente apalancando con la hoja del escardillo y lo inspeccionó con disimulo: de superficie descolorida y costrosa, su boca circular estaba tapada con un trozo de cuero reseco y agrietado amarrado a los bordes con un bramante de tripa; le dió a la vasija con el tocón de su herramienta un golpe certero y de su interior se desparramó en el fondo de la zanja medio centenar de piezas monetarias sucias de moho; ocultando el hombre nerviosamente las viejas monedas en un montón de tierra removida para volver luego, con más discreción, a recogerlas, se las prometió muy felices una vez vendidas a ciertos judíos conversos sevillanos especializados en la ilegal compra-venta de fortuitos hallazgos arqueológicos, especialmente de todo el abundante material que los saqueadores de la comarca —esclavos principalmente— extraían de los enterramientos neolíticos de Valencina del Alcor (hoy de la Concepción) o del inagotable y rico filón de las antiguas ruinas de la ciudad de Itálica.

Aquellos días Isabel redobló sus acostumbradas visitas a casa de Ana de Tovar, en busca de distraimiento y para consolarse de la brutal agresión que había recibido de los dos invitados de su amo. Resultó de ella con un labio roto, entre otras erosiones y despellejamientos, y Ana la curaba aplicándole un empasto cicatrizante cuya elaboración había aprendido de sus mayores. La esclava hablaba sin descanso de los temas más dispares, con sus grandes e inocentes ojos fijos mientras Ana la trataba. Los pensamientos de Isabel y el correspondiente correlato de palabras que acarreaban como pájaros inquietos saltando de rama en rama siempre habían hecho que su bella y estilizada vecina terminase buscando alguna escusa con la que librarse del agotamiento que el incoherente parloteo de la muchacha le producía, a pesar de que luego, recuperada la soledad y la tranquilidad, se arrepintiese reflexionando en la triste situación de la a pesar de todo encantadora mulatita. En la mayoría de las ocasiones Ana de Tovar no tenía necesidad de interrumpir la velada con subterfugios o escusas, sino que se encargaba de hacerlo la voz bronca y ajada de la vieja india que desde la puerta frontera al otro lado de la Calle Real llamaba a su ayudanta —"¡¡Isaaaaabeeeeeeeel!!"— para que la joven le aligerara las pesadas labores de la cocina o le ayudara en los duros esfuerzos que exigía la colada.
Isabel era lisboeta de nacimiento y su madre, ama de su padre, fue hermosa y apasionada viuda enriquecida con herencias, quien pudo sin esfuerzo en aquella Portugal floreciente ocultar un embarazo no deseado, concebido con uno de sus esclavos más atractivos; pero era nuestra mulata tan pequeña cuando los intereses mercantiles la separaron de su familia que no extrañaba a nadie en el reino vecino y ni tan siquiera deseaba recordarlo.
Su única madre, aunque déspota e intolerante a veces, era la anciana india Francisca.

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Los olvidados, 12q.

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