martes, 24 de marzo de 2009

Los esclavos 34

"Otra costumbre hay, y es que cuando algún hijo o hermano muere, en la casa donde muriese, tres meses no buscan de comer, antes se dejan morir de hambre, y los parientes y los vecinos les proveen de lo que han de comer. Y como en el tiempo que aquí estuvimos murió tanta gente de ellos, en las más casas había muy gran hambre, por guardar también su costumbre y ceremonia; y los que lo buscaban, por mucho que trabajaban, por ser el tiempo tan recio, no podían haber sino muy poco; y por esta causa los indios que a mí me tenían se salieron de la isla, y en unas canoas se pasaron a Tierra Firme, a unas bahías adonde tenían muchos ostiones, y tres meses del año no comen otra cosa, y beben muy mala agua. Tienen gran falta de leña, y de mosquitos muy grande abundancia. Sus casas son edificadas de esteras sobre muchas cáscaras de ostiones, y sobre ellos duermen en cueros, y no los tienen sino es acaso".

Rodrigo Franco cerró el libro, divagando mentalmente sobre los posibles paralelismos entre aquellos indígenas y los habitantes de Castilleja. Quizá, a tenor de lo leído, en la localidad alfarafeña la muerte fuera el vínculo más sólido, el fenómeno más ineludible y de más peso de cuantos mantenían unidos a los lugareños. En todo tiempo desde que llegó al pueblo se había sentido en cierta manera un conquistador frente a la cerrazón de los autóctonos que sentía se manifestaba especialmente en los entierros y en el rito de la muerte. Permitíase imaginar. Veía las suaves colinas de la zona como un océano paralizado en una suave agitación, con sus fijas y redondeadas olas de tierra, ahora recubiertas de vides y olivos verdes en vez de marineras espumas blancas. Como colonizador y debido al cometido civilizatorio del que alardeaba, le eran obligadas, merecía —creíalo movido por su egoísmo— ciertas prebendas y distinciones, y en su alma de mercader bullían dándole vida interior y energía los convencionalismos que en este sentido mecánicamente elaboraba su amor propio. Su perenne afán de representarse estos privilegios a modo de justificación no reprimía sino que potenciaba la elaboración de fantasías al respecto, aun con la duda de si podrían influir negativa o incontroladamente en su conducta y en sus relaciones con los castillejanos. Porque el naufragio —y ahora miró el título del libro: "Naufragios", y le pareció valioso recordatorio que había despreciado e ignorado— en que había estado a punto de sucumbir en la tormenta con el Alcalde Ordinario Juan de Vega, recapacitaba, no era sino producto de la artificial seguridad que la influencia nefasta de su fantasía había creado en su interior. Con la vista fija en la portada leyó "Álvar Núñez Cabeza de Vaca" pensando, extraño apellido, en las relaciones que este autor podía tener con el hermano del cura de Castilleja, perdiéndose un poco en suposiciones e hipótesis desordenadas que revoloteaban en su espíritu.
Dejó el libro y prestó atención a su propio cuerpo. Le atenazaba la sed. La tarde anterior bebió poco, pero a su edad poco era mucho, y tras una noche inquieta y agotadora sentía malestar de estómago y la cabeza brumosa, pesada y dolorida.

Alonso entró en la habitación y le recordó con expresión llena de ansiedad que la mañana era la señalada por el Concejo para tomarles declaración acerca de los hechos con la lía, de manera que hizo llamar a sus esclavos Francisco y Cristóbal a fin de preparar relatos exentos de contradiciones, intentó concentrarse en lo que iba a decir preparando una batería de palabras técnicas y, carraspeando, comenzó a dar instrucciones a los tres creando con su voz baja y aguardentosa un ambiente de conspiratoria clandestinidad en la sala.

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Los olvidados, 12q.

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