Volvamos al pueblecito para seguir las actividades de las autoridades que trataban el caso, actividades que se pusieron en marcha, como hemos visto en las declaraciones de los testigos, la tarde de aquel sábado día 26.
Yo, Bernabé Martin, Alcalde Ordinario de esta Villa de Castilleja de la Cuesta por el Muy Ilustre Señor Don Pedro de Guzmán, Conde de la Villa de Olivares y Señor de esta dicha Villa y mi Señor, mando a vos, Sebastián de Contreras, Alguacil de esta dicha Villa, que prendáis los cuerpos de Rodrigo Franco y Alonso Franco su hijo, y a Francisco y Cristóbal, esclavos del dicho Rodrigo Franco, por razón de cierta querella e información que ante mí de ellos dió Juan de Vega, Alcalde Ordinario otrosí de esta dicha Villa, y presos y a buen recaudo los poned en la cárcel del Concejo de esta dicha Villa y hasta que yo que el caso provea lo que sea justicia, lo cual así haced y cumplid so pena de 2.000 maravedíes para la Cámara de Su Señoría. Hecho a 26 días del mes de junio de 1557. Firman, Bernabé Martin y Miguel de las Casas.
Yo, Sebastián de Contreras, Alguacil de esta Villa de Castilleja de la Cuesta por el Conde mi Señor, doy fé que he ido a las casas de la morada que en esta Villa tiene Rodrigo Franco para verlo de prender a él y a los demás que el mandamiento a esta otra parte contenido nombra, y no los he hallado aunque he ido muchas veces a buscarlos con ciertos testigos, y por cuanto todo lo susodicho es así verdad, firmé este de mi mano, fecha, domingo 27 de junio de 1557.
El lunes 28 de junio, Bernabé Martin vuelve a mandar al Alguacil buscar a los implicados, en sus casas "o en otro cabo alguno de esta villa y su término y si no los hallase les secuestre todos los bienes raíces y muebles y otras cualesquier cosas que en esta dicha Villa tuviere, y hecho el dicho secuestro lo deposite en personas llanas y abonadas que los tengan a disposición de juez competente".
Juan de Vega comenzó a salir a la puerta de su casa a partir del martes, cohibido y triste; colocaba una silla recostada bajo su ventana a las horas más solitarias del día y dejaba pasar el tiempo mirando, apenas sin moverse, el discurrir de las penumbras por el irregular suelo. Mientras más cercano a él estuviera el objeto que las arrojaba, más oscuras eran y más nítidos y perfilados eran sus bordes. La sombra que el tejado de su propia casa proyectaba era entre grisácea azulada y el claroscuro de sus límites borrosos parecían fundirse con la polvorienta calle; en cambio, la umbría que dejaban las piedras que se alzaban escasos centímetros del nivel más bajo del terreno aparecían espesas en su negrura y perfectamente dibujadas, como por una afilada pluma entintada. Ambas formas le suscitaban recuerdos antiguos que creía ya perdidos e ilegibles en su mente por el implacable transcurso de los años, pero para su sorpresa —agradable sorpresa dentro del malestar que sufría— seguían en ella escritos y podía leerlos con toda claridad; le decían cosas amablemente mínimas, entrañablemente insignificantes, como lo eran las irregularidades barridas por la divisoria entre la luz y la oscuridad, que resaltaban a su vista en la superficie lívida de la tierra de sus ancestros.
Pasaba el tiempo y el deslizar de los planos oscuros hasta que un rayo del sol poniente hería dulcemente su cara, devolviéndole en cierta manera su identidad, o más bien iluminando lo que no era, como si recortase con su luz cálida y rojiza el propio vacío interior en el que estaba hundido.
sábado, 7 de marzo de 2009
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