Otra de las vertientes del conflicto era la que la mentalidad colonialista de Rodrigo Franco había abierto en la sociedad castillejana, cuyos componentes, con su peculiar sentido histórico carente tanto de práctica como de teoría, favorecían que cualquier desaprensivo aventurero sin más bagaje que su falta de vergüenza se adueñara con unas pocas de simples maniobras de un pueblo entero, sometiéndolo a sus puros caprichos.
En efecto, el castillejano no tenía noción ni práctica ni teórica de su historia. No la tenía práctica desde que nada material le pertenecía completamente: ni la tierra que trabajaba de sol a sol ni la casa donde se refugiaba y descansaba —en la mayoría de los casos propiedades del señor de turno—, ni las herramientas con las que se ganaba el sustento —generalmente prestadas o arrendadas—, ni su propia persona —comprada y vendida como un artefacto productivo— y ni siquiera su alma sometida a las artimañas, engañifas y trampas de los eclesiásticos, de los sanadores, de los embaucadores, de los magos. Sus hijos eran secuestrados por el Estado militar en nombre de unos inexplicables conflictos bélicos que ningún pueblo llano reconocía como suyos, sino que en todo lugar eran originados por los incapaces gobernantes que trepaban hasta los órganos de decisión. Sus hijas, estupidizadas y convertidas en meras máquinas de reproducción. Y hasta sus restos mortales eran, en ridículas ceremonias, arrancados del entorno de sus seres queridos.
En lo que respecta a teoría histórica, adolecía de una incultura bestial y de un desconocimiento abrumador, suplido por supersticiones y mentiras hábilmente propaladas por las clases dominantes; alejado de las letras, de los viajes instructivos, del saber imparcial y crítico, del razonamiento ponderado. Y así, sin medios de análisis y discernimiento, obedientes como marionetas al tirón de los hilos movidos por las instancias superiores, la historia era para ellos una masa adimensional de negrura cegadora en la que, aquí y allá, brillaban tenues lucecitas en una distribución tan desestructurada que más que orientar acababan por sumir en la más completa deriva a aquellas mentes de borregos presas de la alienación.
Rodrigo Franco entró como un ariete en dicha amalgama de ignorancia y desidia desesperanzada, de bajos instintos y egoísmo, y encontró en la médula vital de ella, la autoridad administrativa, uno de sus símbolos más representativos: la persona del tosco Alcalde Ordinario Juan de Vega, cuando sumido en sus ensoñaciones de ignorante iletrado regresaba cabalgando en su mula desde la ciudad de Sevilla.
El martes 29, ante Bernabé Martin, Alcalde Ordinario, pareció Juan de Vega, que presentó el siguiente exhorto:
... de la ...1 Villa de Castilleja de Guzmán, Juan de Vega, Alcalde de esa Villa, me ha dicho que sobre cierto caso suyo se hizo una información ante vos, la cual vos mando que dentro de tres días la traigáis ante mí para que, vista, mande hacer justicia sobre ello. Lo cual haced y cumplid so pena de mil maravedíes para mi Cámara. Hecho a 29 (tachado el 9 y encima un 8) de junio de 1557. Firma ilegible. Por mandado de Su Señoría, Alonso de Torres Esquivel.
El mismo día martes 29 Miguel de las Casas, en cumplimiento de lo anterior, llevó el proceso a la Villa de Olivares.
El jueves 1 de julio Bernabé Martin, Alcalde Ordinario de Castilleja de la Cuesta, mandó a Juan de Vega poner acusación a los cuatro encausados, y el sábado 3 de dicho mes presentó Juan la acusación.
1.- A pesar de la total ilegibilidad de las dos palabras es claro que se refieren al Alcalde Mayor, que por aquellas fechas se encontraba en el pueblecito hermano de Castilleja de Guzmán y ante quien habrían recurrido los representantes de Juan de Vega. De éste se habla en primera persona como fórmula usual, aunque seguía convaleciente de la paliza frente a la bodega de los Franco.
El Alcalde Mayor regía el Estado de Olivares como un todo, con plenos poderes para administrar justicia. Estaba, por tanto, un escalón por encima de los Alcaldes Ordinarios de cada Villa, los cuales eran dos en casi todas ellas y renovables cada año.
Un cargo de confianza directa y cuidadosamente elegido por don Pedro de Guzmán, al Alcalde Mayor se le exigía fidelidad absoluta, y en la mayoría de las ocasiones título de Licenciado como mínimo, aunque se dió algún caso de analfabetismo, compensado siempre por una colosal riqueza y un enorme poderío material, o bien por vínculos familiares con la Casa de los Guzmanes u otra filial.
martes, 10 de marzo de 2009
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