domingo, 15 de marzo de 2009

Los esclavos 29

El domingo 4 de julio, por Francisco de Medina, pregonero de Sevilla, se pregonó el mandamiento arriba contenido en la Plaza pública de esta Villa ante mucha gente que en ella estaba. Testigos, Salvador Perez, Francisco Aguilar, Diego Ortiz, Francisco de Ocaña* y Juan de Espino, vecinos de esta Villa.

* Francisco de Ocaña era marido de Beatriz Martin, y padre de Juana de Ocaña. Controvertido personaje, después de este domingo bastante revuelto y con los ánimos encendidos por ese odio visceral de los ignorantes hacia todo lo foráneo ahora representado y encarnado en la persona de Rodrigo Franco, cuando en la Plaza se arremolinaban en ambiente de motín los castillejanos soliviantados por el potente vozarrón del pregonero Francisco de Medina, a Ocaña le quedaban pocas semanas de vida. Se lo llevó de ésta una enfermedad implacable, y dejó viuda e hija libres para practicar las actividades licenciosas que hemos descrito (ver "Rodrigo de Cieza 19" y siguientes) y en las que a menudo participaba la mulatita esclava del bodeguero (ver "Rodrigo de Cieza 24") que ahora, como vamos a ver inmediatamente, pretendía poseer el vapuleado Alcalde Ordinario.

El viernes 9 de julio Juan de Vega presentó ante Bernabé Martin el siguiente escrito:

Juan de Vega, Alcalde Ordinario de esta Villa, en el pleito que sigo contra Rodrigo Franco y los demás ausentes, digo que Vuestra Merced mandó secuestrar los bienes de los susodichos, los cuales se dieron en depósito a Antón Lopez, hermano de las partes contrarias, el cual los secuestró y ha hecho llevar a Sevilla mucha cantidad de vino y otros bienes*; suplico a Vuestra Merced mande remover el dicho depósito y ponerlo en poder de personas que los tengan en su depósito y a costa de ellos pongan gente de guarda que los guarde, pido justicia; otro sí pido a Vuestra Merced que mande dar requisitoria para prender a los susodichos por la ciudad de Sevilla y otras partes y para les prender y poner en la cárcel ; otro sí protesto contra los susodichos y pido las costas personales de la causa que me obligo en seguir esta causa a razón de cuatro reales cada día que pierdo de jornal, lo cual pido a Vuestra Merced los condene, pido justicia.

* Vimos en el capítulo anterior como Juan de Vega solicita que le sean entregadas las dos esclavas de Rodrigo Franco, embargadas junto a los demás bienes por el Alguacil Mayor. No tuvo éxito, y pasaron al depósito de Antón Lopez, quien ilegalmente las llevó a Sevilla y las entregó a su hermano Rodrigo.

Bernabé Martin mandó que se cumpliese el primer capítulo (cambio de depositario); asimismo mandó cumplir el segundo (enviar cartas requisitorias a Sevilla y otras partes); y en cuanto al tercer capítulo, mandó que se incorporase a los autos del proceso.

Perdimiento de querella*. Después de lo susodicho, en la dicha Villa de Castilleja de la Cuesta en sábado diez de dicho mes de julio del dicho años de mil y quinientos y cincuenta y siete pareció el dicho Juan de Vega, Alcalde Ordinario, y dijo que perdía y perdió querella de los dichos Rodrigo Franco y Alonso Franco su hijo y de Francisco y Cristóbal sus esclavos, en razón de lo cual la juraba y juró en forma de derecho que no la perdía por miedo ni temor, que no le era hecho perjuicio en cumplimiento de justicia, sino por servicio de Dios Nuestro Señor y por ruego e intercesión de buenas personas que se lo han rogado, y lo pidió por testimonio, testigos que fueron presentes Rodrigo de Cieza, beneficiado de la Iglesia de Santiago de esta dicha Villa y vecino de la Calle Real, y Juan Sanchez Delgado, vecino de Sevilla y morador de la dicha Calle Real, y Francisco de Vega, clérigo, y Martin de Santana, vecinos de esta Villa.

* Abundan estos Perdimientos de Querella en los pleitos, siempre con la misma fórmula de "por ruego e intercesión de buenas personas". Muchos de ellos eran debidos a un acuerdo extraoficial entre las partes, casi siempre con una suma de dinero por medio a modo de indemnización. Pero en todos los casos de perdimiento el pleito seguía su curso, ahora con las instancias del poder como acusación, aunque siempre en el resultado pesaba nítidamente este perdón otorgado por el damnificado.

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Los olvidados, 12q.

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