domingo, 1 de marzo de 2009

Los esclavos 21

La probanza quedó, junto con otras causas en litigio —una por daños de unos bueyes en cierta viña, otra por deudas de un indigente cargado de hijos con el panadero— en la repisa de los autos abiertos en la oficina de Miguel de las Casas, y el pueblo se dispuso a pasar de la mejor manera la noche del sábado al domingo.
La divina hija del Caos, hecha de incertidumbre primordial, madre de la Vejez, de la Muerte y del Engaño, moradora en su palacio de angustiosa oscuridad más allá de las columnas de Hércules, la Noche, sobrevoló Castilleja silenciosa tras el ocultamiento del sol. Juan de Vega durmió bajo su influencia de forma agitada e inquieta y el amanecer dominical lo sacudió como si su luz fuera un cubo de agua fría arrojado de sopetón. A su lado Bernabé Martin, el otro Alcalde Ordinario, le dirigía amables frases. Su propia esposa estaba detrás, con la vista fija en él.
De inmediato revivió Juan de Vega una pesadilla que le había torturado: en ella paseaba plácidamente cuando sintió desde un portal la llamada de un vecino, por el que sentía cierto grado de afecto; era un hombre rubio, de ojos azules y mediana edad, con fama en todo el pueblo de ingenioso inventor, y al parecer quería enseñarle su último proyecto. El Alcalde, lleno de curiosidad, accedió al interior de la vivienda, y en ese momento oyó que alguien lo llamaba a su espalda por su nombre; al girarse, con la típica vertiginosidad atemporal del universo onírico se sintió engullido por un tobogán que se hundía en los abismos de un profundo sótano; al final de la caída un resorte mecánico lo aprisionó con dos troncos a modo de cepo por el cuello impidiéndole moverse, y entonces un caníbal, inexplicablemente de rasgos europeos, comenzó a devorarle la oreja y la mejilla mientras le susurraba palabras amistosas y cálidas. El dolor de los mordiscos arrancándole la carne le hizo despertar, y comprobó palpando que una de las heridas que le habían causado los hacendados y sus criados el día anterior, a un lado de su cara, sangraba abierta por la presión y el roce de la almohada.

Por un curioso, indescifrable y velado desarrollo en la parte oscura de la conciencia colectiva, la conmoción originada entre los castillejanos por el ataque al Alcalde Ordinario no tuvo una completa manifestación sino al tercer o cuarto día, como si la distancia que con el paso de las horas debía propiciar una valoración de los hechos cada vez más fría e imparcial, en vez de ir añadiendo objetividad y raciocinio al juicio que todos y cada uno de dichos castillejanos llevaban a cabo, fuese haciendo al contrario resurgir entre ellos los instintos, miedos y sentimientos más opuestos e irreconciliables con la razón y a la lógica.
Eran unos años los de la mitad del siglo XVI en los cuales se había propagado por Europa la imagen de un Nuevo Mundo aberrante y salvaje, demonización que obedecía al intento de justificación de la empresa colonial so color de una labor civilizatorio-evangelizadora hoy por hoy completamente inadmisible.
Pero ya desde antes del citado Ibn Jaldún (ver "Los esclavos 16") con su preconización del domesticamiento de los animalizados africanos, tambien al Continente Negro se había llegado a alegorizar como una guerrera antropófaga, fomentando así el miedo cerval del inculto español medio hacia todo lo diferente, en este caso algo tan primario e importante para él —poseído por las apariencias— como una piel de color distinto. Estas maniobras publicitarias que emanaban de las instancias del poder y eran fomentadas por ellas buscaban a todas luces el efecto que conllevaba la admisión y percepción de la esclavitud negra como, mínimamente, un "mal necesario", sin entrar en consideraciones de lo que significaban en cuanto a producción de bienes materiales. De esta manera, la moral, que podía resultar en impedimento al desarrollo de la fuerza productiva esclava, quedaba a salvo e incólume. Con las medidas dirigidas desde la Corte hispana a proteger al nativo de América (ver "Rodrigo de Cieza 9", nota 1), todo el peso de esta manipulación ideológica estigmatizadora de lo foráneo recayó sobre el africano, y al referido miedo cerval del inculto hombre blanco medio se le hubo de adjudicar causa y origen ahora exclusivamente en los negros. Y en esencia, Castilleja de la Cuesta era una población formada por incultos hombres blancos medios. Los fantasmas salieron de sus escondrijos y la población, invadida y desbordada por ellos, sintióse insegura y a merced de fuerzas satánicas. África clavaba sus ojos en la preciada carne blanca y abría sus fauces, mostrando sus agudos colmillos.

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Los olvidados, 12q.

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