Ahora, mientras estaba a la espectativa dedicado a adivinar la visita de su vecino el escribano Miguel de las Casas con sus rollos de folios, ocioso y aburrido, algo melancólico a causa de la inactividad, abría un libro a ratos y daba algún paseo vespertino por los límites de su naranjal descansando la vista en los reflejos de oro del atardecer realzados por un cielo perennemente morado. Eran horas vacías, muy a propósito para el recuerdo. Pero físicamente se sentía bien y su añoso cuerpo seguía exigiéndole movimiento. Rememoraba durante estos días el viejo mercader, entre otras muchas cosas, el momento más crucial y significativo de su aventurera vida, cuando una grave dolencia estuvo a punto de abrirle la siniestra entrada a la umbría fosa.
Había sido en estos patios, en estas habitaciones donde ahora vegetaba. A mediados de mayo de 1550, cuando los jornaleros de "La Huertezuela" de don Cristóbal el cura de la parroquia de Santiago andaban a palos y mordiscos (ver "Los esclavos 33"), Rodrigo Franco comenzó a sentirse enfermo. Unos días antes sorprendióse descubriendo con gran preocupación que evacuaba esputos sanguinolentos; perdió el apetito y cayó en una delgadez extrema, acentuada por su menuda y huesosa constitución; hinchábasele la cara día a día y comenzó a respirar dificultosamente. Al poco tiempo, postrado, tenían que darle de comer igual que a un niño. Su esclava Francisca lo mimaba. Pero todos esperaban lo inminente y él mismo, con la aguda lucidez que da vivir en el límite, se preparaba para el último viaje.
Rodrigo Franco tenía un tumor intrabronquial que crecía lenta pero inexorablemente, obturando con su plástica masa la luz del vital conducto. Llegó a tan extrema debilidad que solicitó hacer testamento o, mejor dicho, encargar que se lo hicieran, tal era su debilitado estado y su falta de capacidad.
Dicha última voluntad por poderes ignora desde la primera línea hasta la última a su hijo Alonso Franco y a otra hija, Juana Lopez, la cual, aunque muy desconectada de su padre siempre vivió en Sevilla capital. Tampoco hay referencia alguna a su esposa. Por todo ello, parece lógico suponer que por aquel trágico año de 1550 el comerciante indiano había roto las relaciones con ellos dos, Alonso y Juana, con su esposa, y aun con otro hermano, Francisco Franco, sobre el que de inmediato vamos a extendernos.
Quiso el enfermo terminal, como gran hombre que era, hacer su postrer acto legal a lo grande, y para ello congregó a dos escribanos: el sevillano Francisco de Morales, viejo camarada suyo en el mundillo de los requerimientos, los autos y las citaciones, y Juan Vizcaíno, por entonces titular del oficio de Castilleja de la Cuesta y antecesor de nuestro ya archiconocido Miguel de las Casas. Y una tarde de otoño, reunidos los tres en una sala dormitorio en la que se respiraba ese aire indescriptible mezcla de carne en descomposición y flores frescas, Rodrigo dictó su última disposición, habiendo ordenado antes que, exceptuando los ya dichos dos amanuenses, un allegado de la infancia, su criado predilecto y un clérigo "acomodaticio", saliesen todos —amigos, vecinos, los demás criados, esclavos— de la alcoba; deseaba con esto el viejo bodeguero, entregándose así en cuerpo y alma a la deshumanizada burocracia, a las mecánicas instancias oficiales y al frío aparato estatal, dar al acto un sello impersonal a modo de reproche hacia la injusticia de que, de alguna manera, se consideraba objeto por parte de su familia, a la cual de esta suerte repudiaba ahora ya sin remisión. Les legaba su olvido eterno.
martes, 31 de marzo de 2009
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