jueves, 19 de marzo de 2009

Los esclavos 32

Isabel valía infinitamente menos que una mula. Nadie en Castilleja se preocupó de su suerte al otro día, y ni siquiera la vieja india hechicera hizo referencia alguna a lo acontecido la noche anterior entre ella y los dos invitados borrachos.
La ínfima consideración que los castillejanos tenían hacia los esclavos, en especial hacia los negros, queda claramente manifiesta en la expresión que, en tono de reproche, dirigió un Alguacil Ordinario cavador de viña a su compañero cuando trabajaban formando parte de una cuadrilla en las propiedades del clérigo Cristóbal Martin de Alaraz, cura de la parroquia de Santiago, en el año 1550, siete años antes del caso de Rodrigo Franco que estamos relatando. Sucedió que un tal Juan Perez rozaba con su azada en una camada*, y gracias a su destreza y fortaleza física llevaba la mano** sobre los demás operarios, entre los que se encontraba, casi a su altura, el Alguacil Francisco Garcia. A media mañana pasaron por la reguera*** que dividía esta tierra del clérigo de la de Hernando Jayán Miguel de las Casas, Bernabé Martin, Diego Verde y el dicho Hernando Jayán, y el cavador Juan Perez, embargado por el ímpetu del que a toda costa intenta demostrar su superioridad y convertirse en el centro de atención, apretó el ritmo de la azada sacando, en pocos momentos, una considerable ventaja sobre el cercano Alguacil, el cual no pudo reprimir una frase de reproche hacia el exhibicionista labriego: "os adelantáis y queréis hacer más que todos aunque sea no más que un negro el que pase; ya sabemos que sabéis cavar". Juan se molestó sobremanera, respondiéndo con insultos: "anda y vete, que no eres más que un bellaco borracho", ante lo cual el Alguacil, imbuído de su cargo y de su mayor edad quiso demostrar con los hechos la fatuidad del aventajado campesino: metióse en su camada e inspeccionó la labor que había dejado atrás, para descubrir que bajo y alrededor de las frondosas vides de la parte de Juan Perez la superficie reseca de la tierra estaba intacta, abundante en pequeñas hierbas parásitas que medraban a la sombra de las grandes hojas de los sarmientos. Puesto en evidencia, Juan Perez se defendió con una maniobra grandilocuente encaminada a la distracción de la cuadrilla, blasfemando y jurando a Dios que el Alguacil era un borracho y que estaba beodo. Se produjo el consabido enfrentamiento, agarrándose ambos a patadas y puñetazos, mas quiso la fortuna que sus compañeros intervinieran de inmediato y la paz volvió a reinar entre los jornaleros, aunque el volcán que rugía en el interior de Juan Perez no tardó en vomitar toda su furia. Mientras en silencio seguía cavando con ira sentía sangre viscosa y cálida chorreando por su cara y cuello. Había sido el resultado de la pelea una oreja semiarrancada de un brutal mordisco, aunque él de un tirón le había sacado a su contrincante un espeso mechón de las amarillentas barbas****. Pasaron muy pocos minutos y, no estaba seguro, le pareció oír entre los peones algún comentario, alguna disimulada risa que buscaba ahora herirle en su orgullo y honor, y calculando de reojo la posición del Alguacil y sin pensarlo dos veces le lanzó volteando la pesada azada con la que trabajaba. Apenas pudo Francisco García parar el traicionero golpe con el cabo de la suya propia a modo de escudo, aunque no pudo impedir recibir un porrazo en el hombro, y tras ello saltó hacia Juan pero, más ágil éste, emprendió la huida a la carrera saltando vides como un gamo.

* Camada, f. Espacio entre dos liños o hileras de olivos, vides, etc.
"... dejando por romper el lomo de enmedio (sic) de la camada ... (Manuel Paz Guerrero, "La viña en Jerez, por un obrero", Jerez, 1925, pág. 30.)
"... si es por triángulo como por camada derecha, va de frente y primeramente hace la media camada de la derecha, dejándola perfectamente allanada; terminado el lado derecho, el obrero se vuelve a la izquierda haciendo la misma operación, quedando la camada rota, llana y pulverizada." (Íd., íd., pág. 32). De VOCABULARIO ANDALUZ. Antonio Alcalá Venceslada.

** Llevar la mano, f. En la frase "Llevar la mano", ser primero en cualquier cosa. De aquí viene, en las labores agrícolas, el vocablo manijero.
"... acomete primero, que es medio ganar llevar la mano." (Pedro Espinosa, "Panegírico a Antequera". Ed. de Rodriguez Marín, pág. 303). De VOCABULARIO ANDALUZ. Antonio Alcalá Venceslada.

*** Reguera. La canál ò taxéa que se hace en la tierra, para conducir y llevar el agua para el riego de las plantas y semillas. Lat. Aqua ductus. Diccionario de Autoridades.

**** ¿Era una particular forma de lucha, propia de aquellos tiempos? Nótese la similitud de estas agresiones con las que sufrió el Alcalde Ordinario Juan de Vega.

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Los olvidados, 12q.

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