El viernes 23 de julio de 1557 ante el señor Bernabé Martin, Alcalde Ordinario de esta dicha Villa de Castilleja de la Cuesta, se presentó en la Cárcel Pública de esta dicha Villa Rodrigo Franco y Alonso Franco su hijo, y Francisco y Cristóbal sus esclavos del dicho Rodrigo Franco, y dijeron que a su noticia había venido cómo el dicho Señor Alcalde había dado mandamiento para prenderlos, y porque ellos estaban salvos de culpa por eso se presentaban en la dicha Cárcel y ante el dicho Señor Alcalde y a que oiga a cada una de las partes y les guarde justicia, testigos que fueron presentes haber presentado a los susodichos en la dicha Cárcel y ante el dicho Señor Alcalde, Diego de Molina, vecino de la ciudad de Sevilla y estante al presente en esta dicha Villa, y Diego Rodriguez de Jaen, y Hernando Miguel, y Cristóbal Pablos.
El Alcalde mandó que los cuatro tuvieran su casa por cárcel y que no la quebrantasen so pena de 50.000 maravedíes para la Cámara del Conde su señor. Luego los dichos Rodrigo Franco y Alonso Franco dijeron que se obligaban a hacerlo así, ellos y sus dos esclavos, según el mandamiento de dicho Señor Alcalde o de otro juez que de la causa pueda y deba conocer, so pena dicha, para lo cual obligaron sus personas y bienes y firmaron; testigos, Diego de Molina, Diego Rodriguez de Jaen, Hernan Dominguez y Cristóbal Pablos.
El escribano Miguel de las Casas se encontraba aquella tarde de mal humor; había almorzado en exceso y la tarde, calurosa, contribuía a que su organismo trabajase forzado. Bebía constantemente largos tragos del acetre de corcho con el que extraía agua de una tinaja en la cocina, pero cuando el líquido llegaba a su estómago no hacía más que contribuir a su malestar, y la angustia de la sed ahora se complementaba con la desazón de un vientre pesado, como inflado de aire caliente. Quería haber despachado algunos papeles que tenía pendientes, pero dado su estado fué postponiendo los deberes y dejando pasar las horas hasta que, oculto el sol, su esposa le propuso una cena ligera y reposo en la cama.
La noche de pleno verano era magnífica y se fundían el brillo de las estrellas con el aroma de los naranjos en flor, retrasados en su maduración este año debido a un invierno especialmente frío y neblinoso. Vestido con su camisón de noche el escribano sentóse en el borde de la cama, mareado, molesto y agotado por su destemplanza, y dejó pasar un rato, oyendo en la planta baja los últimos cacharreos de su esposa. Agobiado por el ambiente cargado de la alcoba prestó atención al mundo oscuro que se adivinaba más allá del hueco de la ventana. Al momento empezaron a oirse risotadas, rasgueos de vihuela y cánticos roncos de borrachos, y percibió que provenían del patio de su vecino. Por un momento le repugnó el hecho de que, tras el grave altercado, se encontrase ya libre y haciendo vida normal, y se sorprendió a sí mismo al descubrirse todavía con esperanzas en la bondad de los hombres y en la justicia social, a pesar de que todos los días de su experiencia en conflictos humanos le habían demostrado que ni la una ni la otra existían. Pensó que la esperanza era algo consustancial a los hombres, y que como un órgano vital, careciendo de ella no se podría existir. Comenzó a sentir la necesidad de evacuar ventosidades, y lo hizo como si así pudiera liberarse de los negros pensamientos que le atormentaban y a pesar de que su mujer podía entrar en la cámara en cualquier momento, contando que con la ventana abierta se renovaría el aire pronto. Hubo un rato de silencio, roto por los maullidos estentóreos de una gata en celo que llamaba a sus machos en el tejado. Luego Miguel se echó en el lecho, aspirando el aroma de las sábanas limpias y entonces unos agudos gritos femeninos rasgaron la noche. Se levantó de un salto y miró por la ventana, intentando vislumbrar entre la oscuridad de donde procedían: debajo de la ventana del dormitorio comenzaban los primeros frondosos naranjos de la huerta de su vecino Rodrigo Franco y unas siluetas agitadas, borrosas entre los árboles, formaban un irreal grupo como de danzantes. Se lo había imaginado, pero aun así no pudo evitar que una excitación morbosa se adueñara por un momento de su persona.
Con la aquiescencia de sus anfitriones los invitados Diego de Molina y Cristóbal Pablos, vecinos de Sevilla y traídos por los Franco al pueblo como testigos, habían arrastrado de su mísero catre a la joven esclava Isabel hasta el interior del naranjal entre imprecaciones obscenas y caricias libidinosas, y arrojándola sobre los ásperos terrones de la tierra recién cavada intentaban torpemente abusar de ella. Los Franco explotaban de risa en el patio mientras sus criados Francisco y Cristóbal les coreaban mal que bien, acaso esperando con sus conductas aduladoras que sus amos los obsequiaran con los despojos del festín.
En ningún momento Miguel de las Casas pensó en intervenir. No merecía la pena ni el riesgo. Nadie en el pueblo lo hubiera hecho.
Los gritos de la mulata fuéronse espaciando, se convirtieron en gemidos y, cada vez más apagados, acabaron por desaparecer en el inmenso silencio de la gran noche.
martes, 17 de marzo de 2009
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