En India y China se empleó la nieve en el seno de las más importantes familias, y sus usos y aplicaciones fueron adoptados por los musulmanes, quienes nos los hicieron conocer a su llegada a España. También las culturas clásicas griega y romana testimoniaron en sus escritos sobre su uso, especialmente como conservante de alimentos perecederos, y los médicos prescribían la aplicación del frío con objetivos medicinales, aunque en muchas ocasiones algunos se manifestaban en contra de él; trataron sobre ello Hipócrates, Aristóteles, Plutarco, Plinio el Joven, Suetonio, Galeno, Marcial, Lucillius, Plinio Secundus, etc.
Se menciona la fabricación y consumo de helados en los Libros de Cuentas de la Casa Real de Pedro III de Aragón (1240-1285), y en libros de cocina durante todo el período medieval. El rey de Navarra Carlos III el Noble (1361-1425) poseía en su castillo de Olite —donde murió— un pozo de nieve. Existieron estos pozos también en la Sierra Norte sevillana, desde donde el hielo era transportado por arrieros hasta la capital (en Constantina se documentan pozos de nieve para el abasto de Sevilla en el siglo XVII), pero era la rondeña Sierra de las Nieves, hoy declarada por la UNESCO Reserva de la Biosfera, el principal suministrador de dicha ciudad, y se refiere que desde el mirador de la Giralda en los días claros que propicia el viento norte se podían ver las cumbres albas de la malagueña sierra.
¿Cómo no recordar en la infancia los primeros contactos con la nieve? Cuando en los mediodías tórridos del verano andaluz quien esto escribe —a la sazón niño de corta edad— oía el bronco vozarrón del hombre del hielo pregonando su mercancía, protegida de los furiosos rayos solares con toscos sacos de arpillera en el fondo de la caja del pesado triciclo, salía a reunirse con todos los chiquillos de la calle, ansioso por recibir en su manita la limosna de un fragmento de aquella maravillosa materia para lamerlo con fruición, ignorante de su alto contenido de venenoso amoníaco. Situado en el ya conocido por nuestros lectores "Pago de Las Escaleras", el barrio era atendido por suministradores —panaderos, fruteros, pescaderos— de Gines, localidad que estaba con el referido barrio mejor comunicada que el propio pueblo de Castilleja. Eran los entrañables tiempos de las primeras "neveras" para conservar alimentos en el ámbito domestico, enfriadas con un bloque de hielo que el hombre cortaba de la barra con maestría inigualable con un punzón. La industria de fabricación de hielo florecía por doquier en los pueblos andaluces.
Muy "normalizado" el maltrato animal entre la chiquillería de aquellos años, acaso con el atenuante del deseo incontrolable de experimentar cual diminutos científicos, atormentábamos hasta la muerte a algún desgraciado sapo capturado en cualquier charca, alberca, alcantarilla o pozo séptico aplicándole en la panza, ajenos a su sufrimiento, un trozo de hielo.
Cuando en la ex-colonia española del Sáhara Occidental se estableció la primera fábrica de hielo, sita en El Aaiún, fué fácil para el ejército ocupante transportarlo hasta los últimos confines del territorio, donde incluso los ancianos centenarios lo desconocían, reaccionando a su contacto de manera indescriptible.
Si, como se afirma al principio de la divagación en que se ha convertido este capítulo, los musulmanes hacia el siglo VIII nos enseñaron el uso práctico de la nieve y el hielo, en el siglo XX y en el desierto saharaui tuvimos oportunidad de devolverles, en ínfima parte, su colosal aporte a nuestra cultura.
sábado, 4 de abril de 2009
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