Podríamos calificar la recuperación de Rodrigo Franco de milagrosa si no fuera porque creemos que los milagros solo existen en los delirios de mentes calenturientas. El hecho incuestionable y cierto es que por el mes de octubre de dicho año de 1550 comenzó a sentirse mejor, y tan grado a grado como había enfermado fuése aliviando para asombro y pasmo de todos, en especial de los médicos que lo habían asistido. Entre recetas expedidas por sanitarios oficiales y tratamientos con medicinas legales, Rodrigo admitía, presa de la desesperación, los sortilegios que su antigua concubina la india Francisca le administraba a hurtadillas y al abrigo de los inquisidores ojos del Santo Oficio sevillano, institución que por aquella mitad del siglo se cebaba especialmente en brujas y hechiceras, quienes secretamente luchaban por adquirir su parcela de poder en aquella variopinta sociedad renacentista.
Tenía la vieja india su panoplia de remedios, entre los que se encontraba media docena de idolillos de barro cocido que ella misma se había encargado de, a partir de barro moldeado con sus propias manos, llevar a endurecer al horno de las panaderías de la Calle Real so pretexto de que eran "juguetes para los nietecitos del señor"*; luego, en algún rato escamoteado a su apretado programa de servicios domésticos en la hacienda de la Calle Real, los había coloreado toscamente a imagen y semejanza de lo que había visto hacer en su niñez a los enigmáticos chamanes de su poblado inca cuando la llevaban sus padres a cumplir con los rituales de su cultura.
Francisca usaba también de la herboristería, con la misma fe y soltura con que recitaba antiguos conjuros a la cabecera de la cama de su amo el mercader, los dos solos en la penumbrosa habitación, quemando manojos de jaramagos secos y acariciándole la hinchada cara con suaves amapolas mientras bisbiseaba sus mantras indígenas poniendo los ojos en blanco y los brazos en cruz. Y cuando el cáncer de pulmón fue remitiendo se autoconvenció, rebosante de orgullo, de las bondades de su ciencia oculta.
Pero la medicina oficial era la medicina oficial, y aunque algunos sospechaban de las actividades prohibidas que la esclava estaba llevando a cabo con tanto sigilo, la pregunta principal que se hacía la mayoría era el porqué de la ausencia del otro hermano del enfermo, Francisco Franco, médico y no precisamente de los mediocres, el cual no había sido visto por Castilleja durante toda la etapa de la enfermedad de Rodrigo. Pero eran muy pocos los que conocían las desavenencias de aquella familia y que por lo tanto sabían la respuesta.
* Los panaderos se reían de aquellas panzas infladas y de aquellos ojos saltones como de ranas, bromeando con la anciana sobre si pretendía, más que entretener a los niños, volverlos locos a fuerza de pesadillas.
miércoles, 1 de abril de 2009
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