Entre los viejos papelotes que guardaba en su escritorio del piso alto de su vivienda-mesón en la Calle Real, Martin de Alfaro contaba con dos escrituras, de las cuales existen copias en el Archivo General de Indias, que vuelven a testimoniar las ambiciones de las "retaguardias administrativas" con respecto a las riquezas ultramarinas:
Sobrecédula al presidente y oidores de la Audiencia de México, sobre otra anterior que ordena que no se remuevan ni quiten al soldado Martín, mientras que esté ausente, ciertos pueblos de indios que tiene en esa tierra, y que le fueron dados por Don Hernando Cortés, en renumeración de sus servicios. Madrid, 23 de octubre de 1529.
Y,
Real Cédula de Dª Isabel al Presidente y oidores de la Audiencia de Nueva España, para que hagan justicia, conforme a la Cédula que va inserta, dada en Toledo a 21 de mayo de 1529, sobre que le sean restituidos los sueltos de indios que le fueron quitados a Dn. Fernando Cortés, Marques del Valle, a Francisco de las Casas, Diego de Ordaz, Angel de Villafañe, Andrés de Tapia1, Juan de Laso, Diego Hurtado, Vasco Porcelo, Juan de Alvarado, Diego Becerra, Juan de Villagómez, Fernando de Salazar, Pedro Fernández de Nanqueterre, Alonso de Monroy, Dominso Martin, Francisco de Grijalva, Diego Fernandez, Juan de Morales, Martin Soldado y Juan de Herrera, vecinos de Nueva España, y cuyos pueblos de indios les fueron encomendados por sus servicios. Medina del Campo, 15 de julio de 1532.
1.- De Andrés de Tapia tenemos noticias por Pedro Zamorano en "Los esclavos 41e".
Felipillo, el hijo de su esclava Felipa, contaba un año largo de vida cuando Martin de Alfaro, dejándose llevar por el vaivén de su hamaca tras haber recibido la noticia de la gresca entre el Alcalde Vega y los hacendados Franco, repasaba, distrayéndose mentalmente del episodio, todas las peripecias y personas de sus ya pretéritas aventuras y hazañas bajo los frondosos limoneros.
Gustaba de tener en sus brazos al simpático negrito mientras se mecía, acariciándole los incipientes rizos de pelo brillante que crecían en su amable cabecita y contemplando lleno de ternura y admiración sus límpidos ojos, confiados y abiertos, fijos en aquel peludo rostro surcado de lívidas cicatrices que era, para la mente en formación del negrito, el centro del misterioso mundo de la huerta y el complemento del maternal. Martin Ramos llegaba con frecuencia a emocionarse en estos momentos, con unas lágrimas de anciano pugnando por aflorar. Y el agradable paroxismo del sentimiento que le embargaba con el niño llegaba a su culminación cuando conseguía hacerle componer el preludio de una risa que, cantarina como el trino de un pájaro de embeleso, imponíase por su armoniosa sencillez sobre todos los demás sonidos reinantes en el lugar.
Y de esta manera transcurría la vida del viejo conquistador. Gestionaba sus viñas y supervisaba las comidas que se servían en el establecimiento hotelero, hacía algunas transacciones y compraventas de caballerías o ganado de carne, iba pacientemente a las misas de Rodrigo de Cieza, participaba sin mucho ardor en las pujas de las almonedas dominicales en la Plaza, visitaba a su hermana, esposa de Juan Sanchez Delgado, recibía y acompañaba a su pariente el doctor Nicolás Monardes de Alfaro, aceptaba el padrinazgo de algún recien nacido, y dejaba que la vejez lo fuera alcanzando en su camino, meditando más sobre lo habido que sobre lo haber.
Atrás quedaron los días de las tertulias compartidas con el Marqués del Valle, y los de su consiguiente triste agonía y muerte, a la que asistió, apenas tres casas más abajo de la suya.
domingo, 26 de abril de 2009
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