domingo, 5 de abril de 2009

Los esclavos 41b

Nicolás Monardes de Alfaro escribió abundantemente; introductor de la flora medicinal americana en España, su principal obra, "Historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales", impresa por vez primera en 1565, trata de botánica de Ultramar. Aunque se había enriquecido también con el comercio de esclavos, contra lo que pudiera parecer lógico Nicolás nunca cruzó el Atlántico. Su principal libro fue elaborado en base a testimonios de viajeros y soldados en aquellas tierras, de los cuales también obtuvo mucho material para su huerto y sus investigaciones. Y Martin de Alfaro, como ex-conquistador que era, actuó como uno, quizá el principal, de cuantos le aportaron documentación y datos, así como especímenes variados de tierras americanas. Cuando Monardes pasaba algún día en Castilleja siempre volvía a la ciudad con algún suplemento de información que el viejo soldado Martin había recordado desde su último encuentro. Como no podía ser menos, en Castilleja de la Cuesta atrajo su atención el enfermo Rodrigo Franco y le hizo varias visitas durante las cuales, percibido el mal aliento que al bodeguero producía el putrefacto tumor que crecía en su pecho, le recetaba tabaco, entonces considerado una panacea para muchas enfermedades, entre las que se incluían los dolores de muelas, de estómago y de cabeza, la artitris, las heridas y el mencionado mal aliento. Se suministraba en infusiones y también en píldoras.
Era el médico Monardes en aquellos tiempos un hombre pequeño de cuerpo y tan friolero que iba siempre ataviado con enorme sombrero y pelliza de invierno. Tenía una indefinible expresión de pesadumbre en su rostro, adornado con unos poblados bigotes canosos y caídos a cada lado de una barbita de chivo viejo, y sus ojos cansados de los esfuerzos intelectuales estaban orlados de hinchazones pálidas.
Solía hacerse acompañar de Cristóbal, el esclavo de su paciente que luego se involucraría en la pelea con el Alcalde Juan de Vega, para ir al campo a recolectar piezas para su museo, el cual había montado en su casa de la calle Sierpes para complementar sus estudios hortícolas, museo en el que almacenaba ordenadamente cortezas y resinas, piedras preciosas y minerales, animales disecados, etc., y el negro constituía una valiosa ayuda en cuanto a capturas de insectos alfarafeños se refiere, y tampoco hacia ascos a hundirse hasta las rodillas en el cieno de una charca para arrancar una hierba de toro o un laurel de San Antonio que Monardes utilizaría como astringentes. Era capaz de perseguir una libélula hasta el fin del mundo. Tenía Cristóbal destacada habilidad para extraer de sus agujeros, usando una larga pajita, las enormes tarántulas pardas, de vientre y patas anaranjadas, que poblaban los claros de matorral y los pastizales castillejanos; en el fondo tenebroso de sus guaridas brillaban fosforescentes los ojillos de los arácnidos alertando al negro Cristóbal. Cuando tenían media docena de insectos debidamente guardados en una caja plana de tapa de vidrio que el médico se había hecho construir al efecto, daban por terminada la jornada de caza pero, indefectiblemente, los animalitos enfurecidos por el inesperado encierro se atacaban unos a otros y a Sevilla sólo llegaba vivo uno de ellos, mas por lo general mutilado de varias patas por efecto de la cruenta lucha.

No hay comentarios:

Los olvidados, 12q.

  [...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...