Martin de Alfaro armó su paraíso colgante atado por cada extremo a dos añosos limoneros de más de 10 metros de altura, árboles de robustas ramas y espesa fronda junto al mato de tabaco en su huerta, protegido del sol, los vientos y las miradas indiscretas por una alta tapia que limitaba el recinto por el este. Prefería esta situación a la del barco, y también a la de los largos descansos que le permitían los productivos indios de su encomienda de Matalanga en México. Aquí, en España, era diferente, envuelto en el aire de la tierra de sus antepasados, entre los aromas de la madre patria y ya su vida en el remanso tranquilo de aguas quietas que perezosamente buscan la desembocadura del río existencial, por fin apaciguadas y exentas de turbulencias.
Usaba para disfrutar al máximo del balanceo y a modo de pértiga impulsora un palitroque que conservaba a mano con el que, apoyándose sobre las irregularidades de la pared del vecino muro, obtenía un momento en las pendulaciones con tiempo suficiente hasta que la modorra se apoderaba de sus sentidos. Mientras llegaba el irreal instante del abandono le parecía que el universo era el que, centrado en su cuerpo, giraba graciosamente pendiente de su bienestar, y la centrifugacidad leve de las amplias mecidas asentaba los humores de su cuerpo, distribuyéndolos por todos los recovecos de su organismo y llenándolo así de vida y de energía, y renovando incesante el preludio y desarrollo de los sueños.
La fresca armonía de aquel fluido que lo contenía en sus repetitivos viajes nadando en la brisa estaba transida de perfume de azahar cuando recibió, por boca de una doña Aldara con los ojos desencajados, la noticia de la pelea entre los Franco y el Alcalde Ordinario Juan de Vega.
Pero Martin de Alfaro tenía sus propios problemas. La administración no se portaba con los excombatientes de forma justa, pensaban él y todos sus compañeros de la gran aventura. Recordaba a su capitán y con él el viejo refrán: "cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar". No quería morir pobre, y dejar a su hijo un legado de miseria material y a su mujer la zozobra de una situación económica degradada. Hernán Cortes murió desposeído de riquezas, falto de cuantos tesoros había obtenido y almacenado durante sus innumerables aventuras y él mismo, si no obraba pronta y decididamente, corría igual suerte. Estaba en urgentes negociaciones con el hijo de su camarada Pedro Zamorano*, muchacho de igual nombre que su padre y que pensaba hacer un viaje a la Corte madrileña en un futuro próximo, para que lo representara ante el emperador Carlos I y los oficiales del Consejo de Indias y reclamara para él y su propio hijo, Alonso de Alfaro, la encomienda mexicana que ya, en sus horas bajas, daba por perdida entre las garras de los burócratas cortesanos que, implacables en sus ambiciones y rapiñas, se aprovechaban de los frutos de sus esfuerzos guerreros.
* Según Peter Gerhard, "Geografía histórica de la Nueva España, 1519-1821", citado por Guadalupe Yolanda Zamudio en su "Tierra y sociedad en el Valle de Toluca, siglo XVI", a Pedro Zamorano, —reiteradamente calificado como "uno de los primeros conquistadores de la Nueva España"—, correspondió la encomienda de Ocuilan, a medias con Serván Bejarano en Coatepec, ambas de la jurisdicción de Malinalco. Fueron las encomiendas que más temprano se otorgaron en el valle de Toluca, en 1526.
Pedro Zamorano presenció el sacrificio del soldado Cristóbal de Olea, merced al cual el futuro Marqués del Valle se salvó de ser aniquilado por los mexicas, y relató este episodio en 1561: "Andrés de Tapia hizo un recuentro que vino el marqués junto a esta cibdad de Mexico, en una calzada pequeña que se nombra agora la Calzada de San Martín... vido este testigo que los naturales pusyeron e tanto peligro e trabajo al marqués... y a su capitanía que hera de gentiles hombres y sobresalientes, donde yba este testigo1, que si no fuera por el dicho Andrés de Tapia y su gente llevaran los naturales el dicho marqués, porquel socorro llegó al tiempo que hizo tan gran fruto que se llevaron un soldado que se dezía Olea, que estaba en la capitanía del dicho capitán Andrés de Tapia, e por su buen socorro e buena industrya no llevaron al dicho marqués, e con todo esto perdieron cuarenta y cinco hombres los españoles que los naturales sacrificaron aquel día en el qu de Uchilobos en el Tlatelulco".
En 1558, el 10 de noviembre, se expidió en Valladolid una Real Provisión ejecutoria de las sentencias dadas en el pleito entre Pedro Zamorano y el fiscal sobre el pueblo de indios de Ocatlán, a petición del dicho Pedro Zamorano, documento que obra en el Archivo General de Indias, lo que nos demuestra que la desposesión a que se veían sometidos los conquistadores era generalizada. Igualmente en el Archivo de Indias (Audiencia de México) está depositado un cuaderno con memorial e información de oficio y parte sobre los hechos de Pedro Zamorano en la conquista de la Nueva España, con abundantes testimonios de muchos testigos.
1.- Y Martin de Alfaro, como veremos inmediatamente.
domingo, 26 de abril de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Los olvidados, 12q.
[...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...
-
(Viene de la entrada anterior) Vamos a documentar al siguiente hijo del masón castilllejano Eduardo Borges, Juan Borges Fe. Siendo segundo ...
-
Aparece un Comberger (sic) en documento de 1594 cuando doña Isabel Maldonado, madre de Juan Cromberger, reconoce al conde don Enrique de Gu...
-
Se cumplen estos días 400 años de la muerte de Cervantes http://400cervantes.es/ Estrechar la borbónica mano, blancuzca y viscosa, y marear...
No hay comentarios:
Publicar un comentario