lunes, 16 de marzo de 2009

Los esclavos 30

Un hombre mira. Camina despacio. Levanta la cara bañada en sudor cuando cava una viña al pleno sol de agosto, y se restaña la frente con un viejo pañuelo. Por las tardes se sienta en un poyo y ve pasar lentas carretas bueyeras. Saluda a su vecino, a un caminante. Come y duerme. Acaricia a un perro, a un niño. Desea, añora y sufre. Ama.
Un político, semejante a un religioso, a un monje, a un fraile, embauca y finje, adula y envidia, tegiversa y manipula. Los políticos, astutos, marrulleros y calculadores, en sus borracheras de idiotismo sustituyen a Dios por una burda entelequia mundana y dispensadora de la suprema felicidad material; son lo mismo, pero para ese hombre que mira, que camina despacio y que levanta la cara bañada de sudor, si un sacerdote, un siervo de Dios, participa de la pura locura un político, un ejecutivo, un hombre público, participa, más o menos en la misma proporción, de la pura imbecilidad. El pueblo sencillo, la gran masa silenciosa que mueve el mundo, los soporta tolerante como se soportan las moscas o como soportan los vendimiadores las gotas del sudor que el sol de agosto hace brotar en sus caras. Con indestructible estoicismo cuando, pertinaces como testarudos discapacitados los políticos incordian en exceso, o con humor, cuando las duras circunstancias de la existencia permiten al pueblo llano un respiro para dejar libre la mente en las plácidas praderas del paternalismo indulgente y positivo.
Todos los hombres nacen iguales y a los pocos años les sobreviene una diferenciación que los convierte en políticos o en gente normal. Es en la escuela y en la familia, en los primeros estadios educativos, donde se reparten los guiones que estos tarados con ínfulas de dirigentes —limitados en cuanto inconscientes de sus realidades personales— necesitarán para las futuras interpretaciones que van a llevar a cabo en el estrafalario teatro de las administraciones públicas. Ya fantoches por elección propia antes que ajena, se proveerán de unos trajes de plumas y de unas pinturas refractantes para brincar en desasosegados bailoteos dirigidos a llamar la atención de sus, por nobles, indiferentes víctimas. Es muy probable que aseguren invocar a espíritus divinos de los cuales dicen recibir inspiración de noche, mientras duermen tras los animalizados escarceos amorosos con sus queridas y barraganas, y que propongan oraciones y mantras repetitivos con los que exorcisan los fantasmas del sentido común —sentido que, como a todos los locos, les aterra— y se autoconvencen de su utilidad social.
Sale el sol. Los pájaros cantan. En invierno llueve. Y un buen día Fulano sueña ser político, estadista, gobernante, y busca, para no hallarlas, causas a tan trascendental decisión. Y como no existen, se las inventa a golpes de genialidad de espejo; y cuando en su ceguera virtual encuentra otras imágenes en la cristalina superficie, interacciona con ellas en a veces furibundas trifulcas movidas por incompatibles causalidades.
El lado humano de ambos grupos tiene el mismo hedor de podredumbre. La sexualidad y la rapiña de los curas o la sexualidad y la rapiña de los políticos, legisladores y tribunos es como una transpiración corrosiva y ácida licuada de miedo e ignorancia.

En nuestro Siglo de Oro los religiosos y adoradores y los políticos y mandatarios habitaban en los mismos cuerpos, eran las mismas personas, con sus almas constituídas por las dos potencias o fuerzas, la espiritual y la material. La Iglesia administraba el mundo y el repartimiento de la riqueza era una actividad sacralizada. La justicia se basaba en la razón divina que Dios repartía misteriosamente entre algunos privilegiados. En Sevilla esta situación se manifestaba especialmente, habida cuenta del inconmensurable tesoro que fluía desde el otro lado del Océano, y el Dios cristiano desde sus alturas dirigía su atención especialmente a la próspera ciudad. A Rodrigo Franco, partícipe en los orígenes de toda la abundancia en que sobrenadaban los hispalenses poderosos, no le faltaron excelentes consejos e inmejorables apoyos para salir del atolladero. Recibía visitas diarias de personajes influyentes, los más de ellos vistiendo hábitos y ropas talares y ostentando títulos institucionales, y pronto se le allanó el camino de vuelta a su querida bodega castillejense. Como era habitual en semejantes casos, se preparó la tramoya, se barrió el escenario y se alinearon las butacas, y una vez enmascarados los actores y repartidos los papeles, los viticultores y sus esclavos se dirigieron al pueblecito para representar la farsa perfectamente estudiada por todas las partes del conflicto con Juan de Vega. Antes, para guardar las apariencias, debían pasar por un ligero formalismo, apenas unas horas en prisión.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Ay Antonio...
Qué bien escribes.
Hace mucho que me perdí en la lectura , pero voy a leerme los esclavos desde el principio.
No te llamé porque la niña se acatarró y faltó al cole.
Lo intentaré de nuevo más adelante , total, sólo te robaré quince minutos , un martes por la mañana.
Besitos, genio.

Antonio dijo...

¡¿Quince minutos me vas a robar?! ¡Pero si yo tengo para tí 25 horas al día! ¿Te vas a conformar con esa miseria de tiempo?

Ya tengo señalados todos los martes en rojo, en mi calendario de escritorio. Iremos a un lugar en "tierra de nadie", para que veas que no juego con ventaja. A Gines, por ejemplo, que está a un tiro de piedra de mi casita. A ver quien es más tímido de los dos.

Con "Los esclavos" tengo para largo. Hay documentación a punta de pala. Tengo Berberiscos, Moriscos, Indios sudamericanos y Negros. No podía ni imaginar que en mi querido pueblo de Castilleja estuviera tan presente esa lacra social. Esas cosas no nos las enseñaban los Hermanos Maristas del colegio "Beato Marcelino Champagnat", establecido en mi barrio hasta fin de los años 60.

Ave María Purísima, y besos y abrazos. Selene, cuídate, que te espera un verano inmenso.

Los olvidados, 12q.

  [...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...