sábado, 27 de septiembre de 2008

Documentación (13a)

No hemos usado extrema propiedad al decir que el médico estaba en su casa. En realidad era arrendada, aunque muchos en Castilleja aseguraban que le pertenecía por haberla comprado a su dueño, Bartolome de Oyega, quien en su testamento hubo de aclarar la verdadera situación para evitar malentendidos entre sus muchos herederos (tuvo catorce hijos). 
A raíz de esta confusión refrendada por diversas personas del pueblo hubo diferencias y tensiones entre el médico y el hidalgo, que terminaron por romper una relación familiar, antigua y cordial. Alguien jugaba sucio en esta cuestión, y todo apunta a que era el licenciado, que pretendía adueñarse de la morada. 
La casa habitación arrendada por don Antonio Narváez estaba en la calle de Juan de Oyega, nombrada así desde al menos el siglo XVI por un antepasado y homónimo del padre de Bartolome, y había ido pasando de mano en mano entre ellos por vía hereditaria. El medico tenía vínculos familiares con los Oyega, por medio de la mujer de Juan, una Narváez cuyo matrimonio con el noble venido a menos abrió el camino castillejense del joven recién salido de la Universidad, a cambio de convertirse en entregado y servicial médico de la familia. Sus primeras experiencias fueron en las personas y cuerpos de Juan de Oyega y de su esposa, una aristócrata oriunda de Toledo llamada doña María de Husillo y Carmona (fallecida el 5 de mayo de 1737, en los días del conflicto por la agresión al muchacho Antonio Negron por parte de Bartolome Lopez de Pineda, y seguida a la fosa muy de cerca por su marido, muerto un mes después, el 23 de junio), ambos Juan y Maria delicados de salud de tal manera que el neófito en las artes de Hipócrates apenas encontraba tiempo para sí mismo, tal era la constancia con que se le requería. 
La circunstancia de su alojamiento en la vivienda se explica a continuación en base a algunos párrafos del testamento de Bartolomé:

"Ytem: declaro; que por muerte de mi Padre Defunto, heredamos después de pagadas las deudas, quedó una casa de morada, por muerte del dicho mi Padre Don Juan de Oyega, y mi Madre, de que partimos, después de apreciada; quedó con el cargo del tributo que se paga, lindando por una parte con casa de Juan de Oyega, mi hermano, y por la otra con casa de los herederos de Sebastian de Chavez, con un pedazo de olivar que linda con la arboleda de Andres Montaño. En la calle que llaman de Juan de Oyega.

Ytem, por muerte de mi Padre entramos heredando tres hermanos, que [dos palabras ilegibles] tomado en vida y en muerte de [tres palabras ilegibles] toca. Y para esta partición de la dicha casa, entramos partiendo de ella como herederos de dicho mi Padre, para guardarnos nosotros como herederos de los otros hermanos. Yo, el dicho Bartolome de Oyega, y mi hermano Don Joseph de Oyega*, y mi hermana Doña Cecilia de Oyega, que está oy siendo Monja, hizimos la partición entre los tres, de que assí me entregó la casa y entré poseiéndola por convenio de los tres, que en ella teníamos parte. De que le entregué a mi hermana en trigo, y dineros, ochocientos reales de vellón, que assí me lo rogó, por la parte que le tocaba, la cedió en mí; y se dió por contenta. De que me dió recivo de mil y docientos y más reales, que los fuí dando y reentregando para tomar el Ábito de Monja en el Convento de Santa María de la Passión, Para lo qual por hazerle favor, y ió quedar con dicha Casa sobre prendas que empeñé de dicha mi muger, busqué el dinero, y lo dí de contado. Por lo que declaro que el dicho recivo me lo perdieron, por pedírmelo para hazer escriptura y nunca llegó a éso. Y por ser mi hermana, y no hazerle mal fuero, no lo puse por diligencia.

Ytem: Declaro que la tuve arrendada como dueño de dicha Casa, a mi Compadre Don Antonio Narvaez el Médico, conque le pagué lo que lo que me se hizo cargo, quando entré poseiendo la Casa; de lo que le asistía en las enfermedades de mis Padres; Como así mismo constará del testamento y particiones del dicho mi Padre. Y Por hazerle bien a mi hermano Juan de Oyega, me suplicó que le diesse la llave de dicha Casa, mientras componía su casa, y se estuvo a la buena fé, viviendo en ella, y ió por no hazerle mal fuero, ni agravio, lo dexé estar; de que aunque digan que yo le tenía vendido, no es assí; porque como consta, de no aver hecho ni otorgado escriptura, ni hecho desación, ni por mí, ni por la dicha mi muger, de que no tenemos otorgado ni firmado escriptura de renta de dicha Casa. Por lo que la dexo por bienes con el pedazo de olivar; para que la dicha mi muger haga de dicho lo que le parezca...".

*  Jose, hermano de Bartolome Oyega y casado con la sanjuanera Isabel Monge, llegó a ser notario apostólico gracias a su facilidad con la pluma, actuando tanto en la Calle Real como en la Plaza —con don Miguel Vazquez Forero—, y sustituyendo a veces al escribano público en sus ausencias; elaboró, entre muchos otros, el testamento de Bernardo Marana, el calderero francés sifilítico muerto en el año 1747 (ver Los caldereros franceses, XVIII).

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Bartolome de Oyega era un engreído erudito de pueblo, de los que con tanta gracia e inteligencia retrataron los novelistas del XVIII especializados en reelaborar El Quijote de Cervantes con fines de crítica social; "Animábalo un alma de bulle bulle, todo pulgas, y un genio de darse a muchas empresas y quedarse vacante en todas", escribió satíricamente de este tipo de personajes el párroco del Hospital del Amor de Dios en la capital hispalense Donato de Arenzana en su "Don Quijote de la Manchuela" (Sevilla, 1767). 
Fueran los celos o fuera su propia soberbia, a pesar de las apariencias no podía soportar Bartolome de Oyega en su más íntimo ser la presencia y actuación del joven Antonio Narváez en el seno de su familia, a lo que hay que añadir su morbosa sospecha de que éste había ayudado a morir —probablemente, pensaba, a petición propia— a su padre Juan de Oyega, tan deprimido por la muerte de su esposa. Todo lo cual propició que cuando surgió el conflicto del arriendo de la casa, tampoco el heredero Bartolome hiciera grandes esfuerzos por llegar a una solución basada en el diálogo y en el pacto, de manera que fueron, en todo caso, dos fuerzas negativas y egoístas, la del arrendador y la del arrendado, las que chocaron produciendo la ruptura consabida y ya para siempre irremediable.
Bartolome murió el 1 de diciembre de 1759. Otro día primero, pero de marzo del año anterior, se le murió uno de sus hijos, Juan de Oyega Hermoso, en tal estado de pobreza que no tuvo que testar. 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Alma de bulle bulle, todo pulgas, ésa es la que animó mis años jóvenes y aquí me tienes, mucho más calmada pero sin haber atesorado nada más que deudas y frustraciones, pocos títulos universitarios ( ni uno tuve la paciencia de conseguir)y ahora me rompo la voz interior en una ventanita diaria sobre la que vomito mi vacío.
Querido Antonio,
he vuelto para seguir leyendo.
Eres un genio.
Besos.

Antonio dijo...

Reyes, piensa que la posesión de un título universitario no es una garantía de ser persona de valía. Es mas: tal como está el mundo, diría yo que no solo no es una garantía, sino que... en fin. Vamos a callarnos.

Fíjate en la Educación para la Ciudadanía, por empezar por el origen de la cuestión. En cierta manera, y desde la perspectiva de alguien que no persigue votos, ciudadanía y educación son dos términos contradictorios, vista nuestra sociedad (y las vecinas, ja ja).
Esto es un ataque a la dichosa asignatura, pero desde la izquierda anarco, ¿eh?. No vayas a pensar que estoy con la Asociación de Padres por el Diseño Inteligente.ahi

Los olvidados, 12q.

  [...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...