No le faltaron horas al Inspector de Cuarteles ni para adaptar la obrita, cosa que logró en un par de jornadas de correcciones frente al bargueño de su celda, ni para obtener permiso del Director, concedido a las primeras de cambio de muy buena gana. Ajustado el presupuesto, se cargaron los cachivaches en un par de carros y se trasladaron a la hacienda. A la par se organizó una campaña publicitaria con la colaboración del Cabildo de Castilleja, que prestó pregones y panfletos, y al poco tiempo no había cabrero, por muy lejano y aislado que se encontrase, que no estuviera al tanto del lugar, el día y la hora del acontecimiento. Se dispuso que los niños llevaran sus propias sillitas y taburetes, calculando que ocuparían toda la parte central del patio, y que los mayores, padres y cuidadores, asistieran de pie en los laterales.
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Y llegó el esperado momento del gran día domingo 19 de mayo de 1737, tras la santa misa.
El personaje principal era Rebentón, un alguacil cerrado y mostrenco. Censo Rebentón es encargado por el decurión o superintendente del sevillano Colegio de San Hermenegildo (Colegio al que, repitámoslo, pertenecía la hacienda de San Ignacio con todas sus tierras) de vigilar la entrada para impedir el paso al Engaño, (en la forma de un anciano pícaro de grandes barbas), al Sueño y al Gozo Vano, que pretenden, como criados que son del dios Cupido, tentar y distraer a los estudiantes de sus obligaciones y tareas, justo en vísperas de que el dios Apolo viniera a efectuar una visita, con sus ayudantes el Trabajo, el Honor y el Gozo Verdadero.
El apoteósis de la escenificación llegó con las palabras que intercambian, a la puerta del Colegio, el alguacil villano y el viejo barbudo, tras alardear éste de muchos blasones e hidalguías para convencer al dicho portero de que les franquease la entrada; habla,
El Engaño:
Aora, señor Rebentón, yo le contentaré. Yo le quiero deçir de qué tierra vengo. Sabrá vuestra merced que mi abuelo era natural de Mures y Gatos, y fue tan famoso médico que, con una sola medicina de una cataplasma de sal y almagra, que ponía en las corvas, curava quantas enfermedades le venían a las manos. Mi padre se llamó mase Lope. Nasció en Ovejo. Después se aveçindó en Castilleja, adonde en tiempo de landres se hiço médico famoso, porque, si havía alguna desgracia (que no pueden faltar en esta vida muchas), la tierra la encubría. Tuvo una enfermedad malignante de opilación de bazo, y a esto le correspondió una labefactación en la médula dórsica y abundancia de umor pungente y corrosivo en la boca del estómago, sin poderlo remediar por la apretura del tiempo. Pensó que, con subir y bajar dos veces al día la cuesta del pueblo, se remediaría. Pero, al fin, con este dolor fue a la huesa. Quedé yo en este mundo para bien y remedio de esta ciudad, conocimiento de pulsos falaces, prevención de enfermedades y para servicio de mi señor Rebentón, para que tenga quien le ayude a bien morir.
El público infantil llenaba el recinto con interminables carcajadas, con el contrapunto de las risas no menos imparables y sentidas de sus mayores. Fue todo un éxito. Con toda evidencia constataron los organizadores que la gente había quedado satisfecha. Era gratificante comprobar como todos continuaban riendo mientras comentaban las escenas ya camino de sus casas.
El efecto había sido el deseado. La Compañía de Jesús repetiría estas representaciones teatrales en muchos lugares de la provincia en los siguientes meses, para luego extenderlas a la nación entera. El teatro de colegio conoció hacia la mitad del siglo XVIII un resurgimiento extraordinario que tuvo su origen en la hacienda de San Ignacio de Castilleja de la Cuesta. Fue muy felicitado el Inspector de Cuarteles padre Francisco de Sepúlveda por su brillantísima idea, y los jesuitas ganaron, con esta sencilla y cautivadora estrategia, el apoyo de muchos sectores populares a los que desde hacía más de un siglo tenían, con su perverso afán de poder, abandonados a su suerte.
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