jueves, 25 de septiembre de 2008

Documentación (16)

Ya sabía Bartolome Lopez de Pineda —desde su ingreso en prisión— que iban a someterlo a unas preguntas con las que se le daría la oportunidad de decir lo que verdaderamente ocurrió en Las Escaleras. Y siempre, hasta que llegó la hora del interrogatorio, se propuso mentir en provecho propio, a la búsqueda de su absolución o, al menos, a la de aligerar en lo posible la gravedad de los hechos de que le acusaban. Durante las primeras horas de encierro vividas con la sensación de que todo era nuevo a su alrededor, de que la luz, los sonidos ordinarios de la Plaza, la comida que le traía su mujer estaban recién creados, cual si al embotamiento de los sentidos propio de las fiebres altas hubiera sucedido su renovación completa, que le hiciera ver, oir, oler el mundo estrenando órganos sensoriales, siguió la percepción más espiritual de todo ese mundo como estando envuelto y empapado de la pesadumbre triste de los hechos funestos, improductivos y consumados. Porque era un hecho de esa clase el encontrarse encerrado como una alimaña. Y lo era también el arrebato de ira que lo llevó a golpear al muchacho. Pero su determinación siempre salía a flote en el mar de aguas negras de sus remordimientos, y ensayaba gestos y miradas con las que acompañar sus respuestas para darles mayor convicción. El trabajo era arduo porque debía imaginar las preguntas correspondientes, anteponerse a ellas, adivinar las ocultas intenciones que cargaban. Por fin, agotado ante la complejidad de construir un hipotético interrogatorio que como un sistema fractal crecía en posibilidades y al que tenía que enfrentarse memorizando cada palabra y cada actitud, abandonó rindiéndose, proyectando dejarse en manos de la improvisación, de la suerte y el destino. 
Mentiría por norma, simplemente. Y con la revigorización que esta idea le proporcionaba se recostó en el colchón suministrado por su familia y cayó en un sueño que, comparado con los últimos bajo los malignos efectos del enfriamiento, resultó beatífico.

En efecto, pocas horas iba a tardar el Teniente de Gobernador en dictar auto ordenando recibir la confesión del podador preso: 

Auto. En la villa de Castilleja de la Cuesta en sinco días del mes de Abril de mil setecientos treinta y siete años, el Señor Cristoval de Aguilar, Theniente de Governador de esta dicha villa y Juez en esta Causa, haviéndola visto dijo que respecto de hallarse en la Cársel pública de esta villa presso Bartolome Lopez, reo de ella y estando sentensiado en la causa de ella se le tome su Confesión haciéndole los cargos, las preguntas y repreguntas combenientes bajo su Juramento; así lo probeyó, mandó y señaló. Señal + del Theniente. Geronimo Lozano.

Mientras Bartolome preparaba una estrategia defensiva en la penumbra del calabozo y Geronimo Lozano escribía el auto del Teniente ordenando examinarlo, Antonio Negron salía a la calle entre sus amigos, casi en calidad de héroe. Algunos hasta lo envidiaban, dada la notoriedad que había adquirido. Formaron un grupito con él al centro y pasearon por las calles principales del pueblo, aparentando hablar entre ellos de temas personales, pero pendientes todos del entorno y de las reacciones del vecindario al verlos, y en especial de las muchachas con manifiesto atractivo. 
Haremos constar, de pasada, que una de las ofensas más odiosas que se podía infligir a un agricultor era introducir en sus sementeras o sembrados un animal (o varios) que, por lo general, arrasaba con las mejores plantas. A la pérdida irremediable de los cultivos se añadía el escarnio de ver cómo el ganado del intruso engordaba a costa del sudor y el esfuerzo propio. Si fue verdad que la burra del muchacho comía de las hortalizas del podador, se explica, aunque no se justifica, la violenta reacción de éste.

Cuando en la Plaza, hacia las cuatro de la tarde de aquel viernes cinco de abril, el Teniente y el escribano se dirigían a la cárcel para interrogar a Bartolome, se cruzaron con el grupo de jóvenes en derredor del hijo de Juan Negron, los cuales subían por la calle del Convento tras su ronda, y quiénes se sintieron frustrados y disminuídos al comprobar que los dos hombres que representaban a la autoridad no les dirigían ni siquiera una mirada, patentizando así la momentánea y en apariencia anodina escena el secular, el clásico abismo generacional.

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