domingo, 14 de septiembre de 2008

Documentación (4)

Luego in continenti Su Merced dicho Señor Teniente de Gobernador, Juez de esta causa, habiendo visto la declaración que antecede por la que resulta ser menor Antonio Negron, mandó se le notifique dentro del segundo día que si tiene que pedir esta dicha causa contra quien le agravió lo haga para que se le tenga y guarde Justicia. Asimismo tenga por Cárcel las casas de su morada en que al presente se halla y no quebrante con pretexto alguno y se cure con el Cirujano que de primera instancia lo ha curado, y guarde la dieta que se le tiene, pena de sincuenta Ducados aplicados a disposición de los Señores Alcaldes del Crimen* de la Real Audiencia de la Ciudad de Sevilla. Y prosígase la sumaria como está mandado, y por este su Auto así lo probeyó y señaló. Señal + de dicho Teniente. Geronimo Lozano.

Y luego in continenti yo el escribano hise saver lo contenido en el auto de arriba a Antonio Negron. Doy fe. Geronimo Lozano.
Continúa en Documentación 5.


*Un jovencísimo Alcalde del Crimen (de 24 años de edad), nacido en Gijón el 5 de enero de 1744, se encontraba repasando autos en el salón del segundo piso de la Real Audiencia de Sevilla una mañana de la primavera de 1768, a la luz prístina del gran ventanal entreabierto que le proporcionaba amplia vista sobre la animada plaza de San Francisco. Perseguía, entre el laberinto de testimonios y diligencias, antecedentes y circunstancias de cierto hacendado aljarafeño, al que se acusaba de varias violaciones y abusos sexuales en las personas de media docena de muchachas de la comarca. A golpes de campanilla hacía que sus secretarios le trajeran paquetes de antiguos legajos atados que con parsimonia y método impropios de su edad repasaba minuciosamente. Se había despojado de la casaca gris plomo característica en su atuendo, y no así de la alba peluca corta como era hábito entre sus usuarios, que evitaban hacer el ridículo al mostrar sus rapadas cabezas en público. En la gran mesa de caoba donde trabajaba había elegante recado de escribir y el joven usaba una larga pluma de ganso para anotar en un folio ad hoc como si de la elaboración de un mapa se tratase, nombres de pueblos y de sitios, de personas, de fechas y de instituciones, delimitando su campo de actuación en actos que se asemejaban al acorralamiento de un conejo —el terrateniente— por un consumado y frío estratega. Apareció en cierto momento ante sus ojos inquisidores un cuadernillo de varias hojas cosido con basto hilo en cuya portada se leía el nombre de un pueblo que no tuvo por menos que suscitarle una asociación tan necesaria como inevitable: Hernan Cortes, el conquistador de México. Adivinó tras la parda mole del convento de los franciscanos y más alla de la Vega occidental la altura en la que se asentaba el pueblecito donde murió el Capitán, y pensó recordando la historia que algún día él también haría el viaje a Ultramar. Se reconocía débil y enfermizo, no muy bien dotado para los esfuerzos físicos, pero también era un hombre de excepcional inteligencia, cultura y tesón, lo que le compensaba otras limitaciones. Leyó la fecha del pleito: marzo de 1737. Hacía 31 años. El nombre del acusado: Bartolomé Lopez de Pineda. Nada que ver con el objeto de su investigación, estaba a punto de desecharlo al montón de legajos ya repasados que crecía a su izquierda cuando, como movido por una fuerza misteriosa, como si un fantasma invisible le hubiese susurrado al oído con voz imperativa "¡ábrelo! ¡ábrelo!", tomó entre sus delicados dedos la primera hoja, ya amarillenta del paso de los años, y leyó. Se acusaba a Bartolomé de haber golpeado con una cepa de vid a un muchacho mientras efectuaban labores agrícolas. En la segunda hoja declaraba el cirujano, hombre de curioso apellido, un tal Pizaño. En la tercera el Teniente de Gobernador de Castilleja instruía a la víctima sobre sus deberes, advirtiéndole de la multa que habría de pagar a la Real Audiencia caso de incumplimiento. El Alcalde se levantó con el cuadernillo en la mano y aproximóse al ventanal, reflexionando sobre el pasado, reviviendo en su mente las vicisitudes, hechos y personas que habían poblado aquella estancia desde hacía tantos años. En aquella silla se habían sentado muchos hombres que ya pasaron, o que ahora envejecían, acaso agonizaban. La luz de la plaza había bañado sus figuras, había iluminado sus papeles, sus escritos. Se sintió como uno más, otro resorte, otro diente en un gigantesco aparato de relojería. Abajo la muchedumbre vocinglera y colorista se afanaba en sus existencias, también —pensó— formando piezas del gran reloj cósmico. Absorto dejó pasar el tiempo junto a la ventana, con el legajo castillejense en su mano, cuando su atención, independiente de su voluntad o de causas conscientes, se fijó en un mulero que penetraba en el área cruzándola desde la calle de los Colcheros (hoy Tetuán) y dirigiéndose a la fuente a refrescar su caballería. Era un hombre como de cincuenta años, con la pesadumbre de los labriegos. Parecía arrastrar su sombra junto con la de la bestia que cansinamente lo seguía. Consumidos por el duro ejercicio a lo largo de los surcos flotaba en su conjunto un aura triste como una maldición.El Alcalde del Crimen volvió sobre sí mismo y sentándose a la mesa se dispuso a continuar con su labor. El mulero acercó su bestia al brocal de la fuente aprovechando un hueco entre las demás caballerías. El joven Alcalde del Crimen era Gaspar Melchor de Jovellanos, que no abandonaría la capital andaluza hasta agosto de 1778. El mulero era Antonio Negron, como desdoblado de la escritura que, allá arriba del impresionante edificio y manejada por el funcionario gijonés dejaba constancia de unos hechos, pero el hombre del mulo era un espejo con más años, con más amargura y con varias cicatrices a sus trabajadas espaldas. El dios de las Coincidencias Inverosímiles había puesto aquella mañana una única mirada en los dos seres.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

ostia,
)perdón)
qué maravilla.
Coincidieron Gaspar Melchor de Jovellanos y este Antonio?'
De verdad???
Qué gozada de historia.
Qué bien escrito.
Qué bien.
Ya tengo el primer capítulo leído.
mañana sigo.
Besos miles.

Antonio dijo...

Jovellanos, a lo largo de su ejercicio en Sevilla, debió manejar muchos documentos castillejenses. Y Antonio Negrón, aquel bello joven convertido en un consumido mulero, debió igualmente pasar infinidad de veces por la plaza de San Francisco.

Una coincidencia tal era, más que probable, de esperar.

Miles de besos.

Los olvidados, 12q.

  [...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...