lunes, 29 de septiembre de 2008

Documentación (18a)

El padre Francisco de Sepúlveda había sentido un súbito fogonazo de inspiración al encontrarse con el cirujano en la hacienda, y fue madurando la idea por el camino, pero ya en la bajada de la cuesta al entrar en la Vega del Guadalquivir tenía tomada una decisión.
Eran malos años aquellos para la Compañía de Jesús. Los regidores sevillanos la atacaban con saña siguiendo directrices de un Madrid cuyas élites gobernantes veían como los jesuitas día a día controlaban mayores parcelas de poder, infiltrando a sus agentes en lo más profundo y sensible del sistema político reinante y adueñándose de los mas importantes centros estatales de decisión. Y en cierto aspecto, merced al dinero público y a las limosnas que recibían so pretexto de que sus esfuerzos educativos iban dirigidos a las capas más pobres de la sociedad, habían actuado los correligionarios de San Ignacio de Loyola artera e hipócritamente, reservando los mejores sitios en sus aulas para los hijos de los privilegiados y levantando voces de alarma y protesta en todos cuantos veían sus posiciones amenazadas por las nuevas generaciones de ambiciosos doctores y licenciados que, formados en el nombre de Jesús, plagaban como una nueva epidemia elitista a la sociedad.
Faltaba una treintena de años para que el rey Carlos III decretara su expulsión radical del territorio hispano, en 1767, tras el motín de Esquilache del año anterior, que fue la gota que colmó el vaso, aunque en otras naciones de Europa ocurría tres cuartos de lo mismo, con el acuerdo de las demás órdenes religiosas, enemigas acérrimas del jesuitismo. Con todo ello la hacienda de San Ignacio quedó a la venta en subasta pública, y no tardó en ser adquirida por una rica señora sevillana, la cual se integró de forma tan completa en el pueblo que acabó casándose con un sencillo trabajador castillejano.

Cuando el Visitador se encontró con el cirujano Pizaño en la mañana del 9 de mayo de 1737 predominaba en la institución jesuítica tal desazón y angustia que se había priorizado como medida de urgencia una actitud propagandística, de lavado de imagen, que absorbía los esfuerzos de los mejores de sus cerebros, empeñados en devolver a la Compañía su antigua fama de dispensadora de caridades desinteresadas y sus fueros originales de redentora de los más desfavorecidos, y el padre inspector pensó que podría contribuir a esta tarea empezando por aleccionar ideológicamente a las clases populares con obritas de teatro ejemplarizantes, de las que entre el siglo XVI y el XVII tantos éxitos cosecharon en los colegios ignacianos. La hacienda se prestaba a una representación de esta clase, con su gran patio central. La obra en cuestión se le vino a la mente en cuanto vio a don Manuel Pizaño. Todo era cuestión de hablar con el padre Director de San Hermenegildo, y si aprobaba el proyecto, en una semana se podría representar en Castilleja, convenientemente adaptada a un público rural y atrasado, de un nivel cultural que no se parecía en nada al de los muchachos del colegio hispalense.
Siempre que venía a Castilleja recordaba a su autor, padre Francisco Ximénez, y ahora se le presentaba la ocasión de materializar aquellas escenas que tanto le habían hecho reir en sus años de estudiante, y en las que alguna vez participó como actor. Castilleja de la Cuesta quedaba muy malparada bajo la pluma del ingenioso jesuita escritor, pero retocando los diálogos aquí y allá no se despertarían susceptibilidades entre los sencillos vecinos. Él mismo, que tenía veleidades de literato, se sentía capaz de adaptar la comedia. Ya veía el patio repleto de chicuelos, el escenario montado en el fondo, y sus propios compañeros los religiosos sevillanos preparados con sus disfraces, deseosos de hacer un servicio invalorable a la tan amada institución y a la vez divertir didácticamente a los niños asalvajados del pueblecito aljarafeño.
El autor de la obra que tenía en mientes había sido por la década de los 80 del siglo XVI teólogo y lector de Gramática y Retórica y enseñante en varias ciudades andaluzas, nacido en Sevilla en 1560. Y la obra en cuestión era el "Diálogo hecho en Sevilla por el Padre Francisco Ximénez, a la Venida del Padre Visitador a las Escuelas", encuadrada por los especialistas en literatura antigua en un subgénero llamado "teatro de colegio", que pretendía por los años referidos educar y divertir a un tiempo.

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Los olvidados, 12q.

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