martes, 23 de septiembre de 2008

Documentación (13)

El trianero don Antonio de Narváez se había formado en las aulas del Catedrático de Prima en la facultad de Medicina en la Universidad de Sevilla doctor don Pedro Fernandez Calero, Médico Titular del Santo Oficio de la Inquisición de dicha ciudad. 
Los médicos titulares estaban en la cúspide de la jerarquía sanitaria, auque entre ellos, como es natural, tenían preeminencia los mejor situados socialmente. Tras dichos médicos se encontraban los maestros cirujanos, que aunque en los últimos años habían visto elevarse el prestigio y el respeto que la sociedad les brindaba, siempre fueron un poco como los parias del estamento terapéutico. Después de ellos y bajo su supervisión estaban los maestros boticarios, que no tenían atribuciones para efectuar curas. Luego de estos últimos, vendrían los maestros sangradores, los barberos y por fin, los dentistas o sacamuelas, que entraban en la categoría de charlatanes con su deambular de trotamundos de pueblo en pueblo.

Don Antonio de Narváez se encontraba leyendo cómodamente en la sala principal de su casa, con las piernas en alto apoyadas en un bargueño colosal, de múltiples gavetas de tiradores plateados, filigranas de marfil, coloreadas pinturas de escenas de caza y en su encimera un espejo impoluto cuyo marco damasquinado representaba dos ramas de granado, hojosas y floridas. Convenientemente aislado del resto de la estancia por un biombo, se había descalzado y bajado las medias, desabrochado el chaleco y aflojado el calzón mientras releía uno de sus libros favoritos semiacostado en un gran sillón. Era un hombre alto y delgado, de aspecto señorial y distante, en el que destacaban unos ojos claros y fríos que daban mayor realce, si cabe, a su estatura. Tenía en sus manos una obra de medicina editada en Sevilla, en la Imprenta Castellana de Jose Antonio de Hermosilla en la calle Génova (actualmente el primer tramo de la Avenida de la Constitución), nueve años antes, en 1728: La Defensa Apologética y Juicios del Sueño Chirúrgico, escrita por el Cirujano Examinado Juan de Dios Crespo para defender a su maestro Don Francisco Feijoo (Cirujano Mayor del Hospital del Cardenal y Maestro de Artes en la Insigne Universidad de Sevilla) de las "imposturas que Don Gregorio Arias y Leon le hace". 
El valor que a sus ojos tenía el libro estribaba en la Aprobación, escrita por el referido su querido maestro Pedro Fernandez Calero, porque por lo demás, las páginas del interior no le decían nada nuevo y consideraba que el intrusismo de los cirujanos, ahora ya oficial, no iba a traer para la ciencia médica grandes avances.
Leía Narváez, musitando en voz baja: "...Valvulas se hallan aunque tenuisimas, que prohiben no vuelva cosa alguna del vaso esplenico al Bazo, despues que él ha arrojado al dicho vaso los humores. De la parte interior del ano sale una vena, que sube a ingerirse à la parte inferior del esplenico; y en él derrama su sangre: las raizes de esta vena se inhieren interiormente al ano; y sus raizes se llaman vasos hemorroidales internos. Estos vasos arteriosos, y venosos antes de su ingreso, y egresso, se desnudan de una de sus tunicas; y de los ramos de esta (com dexo dicho) se hace una tunica propia...". Había asociado la lectura al mal de uno de sus actuales pacientes, el Alguacil Mayor Diego de la Palma, ya referenciado en nuestra historia, aquejado de fuerte indisposición de cámara, y dejaba divagar su mente sobre tan escatológicos asuntos cuando su sirvienta le dió aviso de que un oficial del Cabildo traía un recado dirigido a él. Recompuso su atuendo y colocóse la chupa para recibir al mensajero, el cual le notificó lo siguiente: 

Auto. En la villa de Castilleja de la Cuesta a veinte y ocho de Marzo de mil setecientos treinta y siete años, el Señor Cristoval de Aguilar, Theniente de Governador de esta dicha villa, haviendo visto esta Causa y Diligencias en ella practicadas y en consideración a que al tiempo que se pasó a ejecutar la prisión de Bartolome Lopez no estava capaz de hazer declarazión alguna en esta Causa, devía de mandar y mandó que para los efectos que hubiere lugar comparesca a presencia de Su Merced Don Manuel Pizaño, Maestro Zirujano de esta villa, y declare el estado en que se halla Antonio Negron, para en su vista dar las providencias combenientes. Y asimismo mandó que don Antonio Narváez, Médico titular de esta dicha villa, reconosca a Bartolome Lopez, reo de esta Causa, declarando la enfermedad que padece, el estado en que se halla y si se podrá seguir algún imcombeniente en remover de sus Casas a la Cársel pública al dicho Bartolome Lopez, y que fecho todo lo referido, se dé traslado de esta Causa a las parte querellante para que pida lo que le combenga. Y así lo probeyó y señaló con la señal que acostumbra. Señal + del Señor Theniente. Geronimo Lopez Lozano.

Don Antonio despidió al portador del auto del Teniente y volvió tras el biombo, intentando concentrarse de nuevo en la lectura; todavía tenía un par de horas hasta la del almuerzo para ver a Bartolome Lopez, de forma que siguió ensimismado con sus pensamientos, mirando las puntas de sus pies enfundados en las medias, que se reflejaban en el espejo del escritorio. La función inferior de eliminación de excrementos hacía en cierta manera a todos, ricos y pobres, hombres y mujeres, iguales, concluyó.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Eso , eso.
El cagar , como el morir , nos hace a todos iguales.
Me encantó , como siempre.
Un gran beso.

Antonio dijo...

De aquellos años dieciochescos es este dicho pareado: "De los gustos sin pecar, el mejor es el cagar".

Abrazos.

Los olvidados, 12q.

  [...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...